11 de diciembre del 2018
 
UNIVERSIDAD Y ARQUITECTURA
Septiembre de 2018
Por:
Alberto Saldarriaga Roa, Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, especializado en Vivienda y Planeamiento en el Centro Interamericano de Vivienda en Bogotá y en la Universidad de Michigan. Decano de la Facultad de Artes de la Universid

UNIVERSIDAD Y ARQUITECTURA

La enseñanza universitaria en Colombia, desde sus inicios, ha requerido edificios especiales, adecuados para sus actividades. Ya se ha visto cómo los edificios conventuales del período colonial alojaron las universidades y colegios establecidos por las comunidades religiosas en el territorio del Nuevo Reino de Granada. Con esos antecedentes puede afirmarse que los edificios universitarios cuentan con una larga y distinguida tradición en el país. Cuatro de las actuales universidades colombianas se establecieron en Santa Fe en ese período: la Universidad de Santo Tomás, regentada por los padres dominicos; la del Rosario, fundada como Colegio Mayor en 1653; la Javeriana, de la comunidad jesuítica; y la San Buenaventura, de los padres franciscanos. De sus edificaciones originales solo sobreviven la del Colegio Mayor del Rosario y, parcialmente, la del Colegio Mayor de San Bartolomé.

 

Ya se ha visto también cómo, desde el final del siglo XIX y comienzos del XX, se inició una nueva época en la arquitectura universitaria con la construcción de edificios destinados a algunas de las facultades que hacían parte de las universidades existentes en ese período. De las edificaciones republicanas para la educación sobreviven hoy algunos ejemplos de gran interés arquitectónico, algunas de ellas ya mencionadas en el fascículo anterior. En Bogotá se encuentran las antiguas sedes de la Facultad de Matemáticas e Ingeniería, hoy Museo Militar (Alberto Borda Tanco y Arturo Jaramillo), de la Facultad de Derecho, hoy sede de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura (Arturo Jaramillo) y de la Escuela de Medicina, de la cual sobrevive la porción occidental (Gastón Lelarge). En Medellín se encuentra el Edificio del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, primera sede de esta universidad desde 1886, en el predio anteriormente ocupado por el convento de los franciscanos; las obras de adecuación se deben a Horacio Marino Rodríguez. Y en Barranquilla se encuentra el edificio de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, otro excelente ejemplo de la arquitectura universitaria republicana tardía.

 

El salto a la arquitectura universitaria moderna tardó años en producirse. La Ciudad Universitaria de Bogotá fue desde su inicio un laboratorio de arquitectura destinada a alojar las distintas dependencias de su estructura pedagógica y espacial. En una dilatada primera época, los proyectos provinieron de la Dirección General de Edificios Nacionales del Ministerio de Obras Públicas y fueron desarrollados por un grupo selecto de arquitectos, nacionales y extranjeros, vinculados a dicha institución. En este “período de oro” de la arquitectura universitaria, entre 1936 y 1950, se proyectaron y construyeron, entre otros, los edificios de las facultades de Derecho (Alberto Wills Ferro), Arquitectura (Eric Lange y Ernst Blumenthal) e Ingeniería (Leopoldo Rother y Bruno Violi), la Imprenta, las casas para profesores y el estadio Alfonso López (Leopoldo Rother), las residencias estudiantiles (Julio Bonilla Plata) y la Capilla (Edgar Burbano) todos ellos orientados por las ideas de la modernidad. La Facultad de Ingeniería y la Imprenta, hoy Museo de Arquitectura, son dos de los edificios más destacados del conjunto y en cada uno se evidencia un enfoque del espacio universitario, el primero dentro de los principios de un racionalismo inteligente y el segundo en la experimentación de una especialidad más libre y fluida.

Hacia 1950 se habían establecido en el país otras universidades además de la Nacional, algunas de ellas privadas. Como consecuencia lógica, la necesidad de nuevas edificaciones aumentó. La idea de estructurar un “campus” se planteó tempranamente en las universidades Javeriana y Andes de Bogotá, Nacional y Pontificia Bolivariana de Medellín, del Valle en Cali, del Atlántico en Barranquilla y en la Industrial de Santander en Bucaramanga. Los primeros edificios de aulas fueron relativamente convencionales, a la manera de edificios de oficinas, con corredor central y aulas a lado y lado. En Medellín se encuentran dos excepciones interesantes: el conjunto de la Facultad Nacional de Minas de la Universidad Nacional, obra del maestro Pedro Nel Gómez y la iglesia de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, de Antonio Mesa Jaramillo. En estas dos obras se trabajaron interesantes cubiertas en concreto: la cúpula del Aula Magna en la primera y las bóvedas de la nave y el crucero en la segunda.

 

Hacia 1960 puede localizarse el inicio de una nueva etapa de las edificaciones universitarias en Colombia. Las causas de estos giros no están claramente definidas pero cabe señalar algunos hitos. Uno de ellos fue el traslado de la Universidad del Valle al campus de Meléndez, previo el Plan Maestro coordinado por los arquitectos Jaime Cruz y Diego Peñalosa y desarrollado por un numeroso grupo de profesionales. Algunos edificios individuales fueron proyectados por arquitectos de la talla de Bruno Violi, Fernando Martínez Sanabria, Germán Samper, Aníbal Moreno, Harold Martínez, Manuel Lago, Francisco Zornoza, Jaime Camacho y Julián Guerrero, entre otros. Este campus y sus edificios son hoy un ejemplo excepcional de planeación universitaria y trabajo colaborativo.

A nivel de edificaciones individuales, la década de los años sesenta fue bastante pródiga. En la Ciudad Universitaria de Bogotá, entre 1960 y 1970, se construyeron los edificios de las Facultades de Economía (Fernando Martínez Sanabria y Guillermo Bermúdez Umaña), Sociología (Reinaldo Valencia Rey), Artes, hoy demolida (Hernán Herrera Mendoza) y el conjunto de la Plaza Central –conocida hoy como Plaza Che Guevara– que conforman el Auditorio León de Greiff (Eugenia de Cardoso), la Torre Administrativa (Jairo Novoa), la Biblioteca Central (Alberto Estada) y la Cafetería Central (Gonzalo Vidal Perdomo) además de otros edificios de aulas para Ingeniería y Agronomía. El enfoque de todos ellos fue el de la “arquitectura orgánica” propuesta y desarrollada en esa universidad a lo largo de la década que de un modo u otro buscaba comprobar en la práctica los principios de esa arquitectura.

 

Otro de los edificios construidos en esa década fue el edificio Paulo VI de la Universidad Javeriana, obra de Aníbal Moreno Gómez, destinado inicialmente a la Facultad de Enfermería y hoy ocupado por la Facultad de Artes. En este edificio se experimentaron nuevas aproximaciones espaciales, formales y técnicas, en particular el empleo de cajas estructurales en ladrillo conectadas con estructuras de concreto en los corredores, balcones y puentes. En la Universidad de los Andes se construyó el edificio Franco (Germán Samper Gnecco) en el que se definió el espacio principal de ingreso al campus y se desarrolló una escalinata que operó como un auditorio al aire libre. Estos proyectos y los mencionados en el párrafo anterior se asociaron a planes de estructuración (o reestructuración) de sus campus respectivos. En el caso de la Universidad Nacional, en el ejercicio de planeación del espacio universitario se intervino fuertemente el trazado original del plan de Leopoldo Rother.

 

 

La palabra “campus” tiende hoy a asociarse con conjuntos universitarios de gran extensión, localizados inicialmente en sectores periféricos que gradualmente se absorbieron en el tejido urbano de las ciudades. Pero es posible pensar en otra categoría, la del “campus urbano” desarrollado dentro o en los bordes de las áreas centrales de la ciudad. Uno de ellos, de especial interés, es el de la Universidad Externado de Colombia en Bogotá, proyectado por el arquitecto Roberto Londoño Domínguez entre 1970 y 1980. Localizado en el borde oriental del centro histórico, en un terreno de ladera, incluyó, además de los edificios principales, un cuidadoso trabajo de terraceo, arborización y jardinería. Otro ejemplo, también en Bogotá, es el de la Universidad Jorge Tadeo Lozano la que, a partir de unos edificios iniciales en el centro de la ciudad, ha efectuado un trabajo de renovación urbana en un sector degradado y cuenta hoy con un conjunto espacial de espacios abiertos y edificios de gran calidad, como el conjunto de la antigua Vicerrectoría de Posgrados (Guillermo Bermúdez y Daniel Bermúdez) y la Biblioteca y el Museo de Artes (Daniel Bermúdez) que bordean una amplia plazoleta pública arborizada.

La expansión cuantitativa de las instituciones universitarias en Colombia en los últimos treinta años ha sido notable, no lo ha sido así su expansión cualitativa. Muchas universidades “de garaje” han proliferado por doquier, ocupando antiguas viviendas e incluso sectores urbanos de cierta extensión. Sus dependencias se acomodaron apretujadamente en esas viviendas, algunas de ellas de gran valor arquitectónico, sin mayor intervención de las entidades de planeación de las respectivas ciudades. Frente a esa expansión, las universidades principales respondieron y responden todavía con sus campus bien organizados y con nuevos edificios de alta calidad.

 

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