22 de septiembre del 2019
 
Octubre de 2016
Por:
Credencial Historia

UN SIGLO DE POESÍA

Algunos de los mejores poetas colombianos son desconocidos. Otros, muy pocos, han gozado con holgura de las mieles del éxito. A estos últimos los reseña Juan Gustavo Cobo Borda en su espléndida Historia Portátil de la Poesía Colombiana. Título muy adecuado, como que se trata de poetas que todos tienen al alcance de la mano y cuyos versos son recitados en cualquier ocasión que lo amerite. Esa popularidad no les quita un ápice de su grandeza, bien que en el caso de Julio Flórez la popularidad ha resultado peyorativa. Le ha servido al enorme poeta chiquinquireño para ser menospreciado por la crítica como un bardo menor y sensiblero, cuando es, por el contrario, uno de los más profundos y sugestivos.
Entre los poetas del siglo XX que deberían estar en el Olimpo, y que han sido arrojados al limbo del olvido, debemos mencionar a Federico Bravo, ingenioso y recursivo, si los hubo. Su muerte prematura no le permitió ver reunidos sus versos en un libro, y ahí quedaron esparcidos en periódicos y revistas. Federico Bravo fue en vida un poeta y escritor respetado, admirado, y temido. Su ingenio era como una daga de fino y penetrante acero. Baste recordar la irreverente columna en verso que escribió durante muchos años en el irreverente vespertino Gil Blas y firmada con el seudónimo, peor que irreverente, de Hunos evangelistas.
Como Federico Bravo hubo un puñado de nombres que hoy nadie recuerda –ni aún las antologías—y de quienes puede decirse que son un tesoro oculto en el cofre enterrado de la literatura colombiana. Jorge Mateus, Delio Seraville (pseudónimo de Ricardo Sarmiento), Dulce María Borrero de Luján, Valerio Grato (pseudónimo de Carlos Arturo Soto Muñoz), Carlos Villafañe. 
Los olvidos son como el hielo. Llega un tiempo en que aparece el sol que lo derrite y aquello que ocultaba recupera su brillo y su prestancia. Así ocurrirá con esos poetas ignorados, no por ello menos importantes.

Firmamento de poetas

La sentencia condenatoria según la cual Colombia es un país de poetas, no carece de asidero, ni de razón. Quizá sea el nuestro y el vuestro uno de los pocos países que tiene una casa de poesía, bautizada con el nombre de su poeta mayor. La Casa de Poesía Silva es una de las entidades prestigiosas de la cultura iberoamericana y muy apreciada por poetas de idiomas extranjeros. También se realiza en nuestro país el único Festival Anual de Poesía, en la ciudad de Medellín, desde 1992, y el único encuentro, así mismo anual, de mujeres poetas, en la ciudad de Roldanillo, Valle.
En Colombia lucen tantos poetas como estrellas en el cielo. Sería exagerado sostener que cada colombiano es un poeta, pero nos arrimamos a la verdad si afirmamos que de cada diez colombianos ocho hacen versos. Y de cada ocho que hacen versos, tres los facturan muy buenos.
José Asunción Silva, en su novela De Sobremesa, ironizó un poco al respecto. “¡Poeta yo! Llamarme a mí con el mismo nombre con que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al Dante, a Shakespeare, a Shelley… Qué profanación y qué error”. La sátira va enderezada a esa cantidad incontable de compatriotas que se creen poetas porque escribieron un soneto; ya antes Silva se había ganado la enemiga de sus contemporáneos con un poemita letal que publicó en el semanario El Liberal en 1884, en que hizo temblar de ira a más de uno.

Encontrarás poesía
dijo entonces sonríendo.
En el recinto sagrado
de los cristianos templos,
do, como el humo a la altura,
sube la oración al cielo;
en los lugares que nunca
humanos pies recorrieron,
en los bosques seculares
donde se oculta el silencio, 
en los murmullos sonoros 
de las ondas y del viento, 
en la voz de los follajes,
del amor en los recuerdos;
de las niñas de quince años,
en los blancos aposentos,
en las noches estrelladas...
¡Jamás... en los malos versos!

Silva sabría a quien o a quiénes extendió la amable sugerencia de abstenerse de hacer, y sobre todo de publicar, malos versos. Sin embargo, en el Siglo XX, la poesía colombiana, ha sido un jardín bien cultivado y los libros que se publicaron en el curso de cien años acreditan una cosecha sorprendente de buenos versos y de poetas dignos de ese nombre. Tan es así que la intención inicial de escoger una biblioteca básica de poesía colombiana compuesta por cien libros hubo de ser ampliada a doscientos. No era posible, desde el punto de vista de la calidad, omitir ninguno de estos, ni restringir la selección a la cifra determinada, y sin duda caprichosa, de un libro por año.
En el ensayo citado anota Cobo Borda: 
“He aquí el otro punto: el afán de estar al día, de plagiar o morir, coexiste con el aislamiento perceptible. Somos nacionalistas de puertas para adentro y el mundo, lamentablemente, no parece estar de acuerdo con nuestra escala de valores. La poesía colombiana, más allá de las fronteras patrias, no parece contar en el ancho mundo de la lengua española, en ningún sentido. Si, claro: Silva, Barba, algo de Carranza, algo de Álvaro Mutis... Y pare de contar. Fuera de Colombia, seamos honestos, nadie parece saber quién es León de Greiff, y mucho menos Aurelio Arturo, para no mencionar siquiera a Luis Vidales.
“Planteado así el tema: carrera para alcanzar lo que siempre termina por dejarnos de lado, y aislamiento de incomunicada provincia, podemos, con tranquilidad, comenzar a leer nuestra poesía. Es, quien lo duda, una confrontación personal con textos individuales y un intento por situarlos dentro del marco de una historia que ellos, en sus mejores momentos, trascienden a fondo. Hay, en consecuencia, que comenzar a ver la historia de nuestra poesía, por lo menos en este siglo, como un diálogo de textos: entre ellos mismos, con la lengua en que se producen, dentro del país que los vio nacer y al cual afirman o, casi siempre, contradicen. La poesía, como la violencia colombiana, son dos de nuestros rostros que aun no asumimos del todo. Violencia y poesía: allí se origina nuestra imagen más significativa”.
A estas observaciones agudas y precisas en su mayor parte, no habría que objetarles sino en la conclusión. ¿Debemos creer que Colombia es un país de poetas al mismo tiempo que un país de violentos? ¿Que poesía y violencia hacen parte del ser colombiano? Aunque muchos poetas colombianos han sido guerreros en el sentido literal de empuñar las armas contra sus semejantes, como en el caso clásico de Julio Arboleda, no corresponde a un análisis atinado juntar violencia y poesía como aspectos de una misma idiosincrasia. Si examinamos en su conjunto la historia universal es fácil comprobar que, en el siglo XX, la violencia ha estado presente en todos los pueblos del planeta. En las grandes potencias y en las naciones medianas y pequeñas. Las dos guerras mundiales fueron la expresión de máxima violencia desatada por las naciones más civilizadas, cultas y prósperas de la Tierra. Las guerras civiles, las masacres a destajo, los crímenes más horrendos se han dado en Estados Unidos, en la vieja Europa, en Asia, en África y, no faltaba más, en América Latina. Si hacemos un balance imparcial de esta “historia universal de la infamia” traducida en violencia, podremos establecer que Colombia es uno de los países menos infames, menos violentos. Y sin embargo trastea con la mala fama por cuenta de unos actores de violencia que no llegan a sumar el 5% de la población, contra un 90% que ama la poesía, la lee, la escribe o la disfruta. 
Sólo que la violencia hace bulla y la poesía no. Aseverar que “violencia y poesía son dos de nuestros rostros” equivale a creer que un acné pasajero es inherente a la personalidad de un adolescente. Colombia es un país joven y la violencia ha brotado en su cara como un acné juvenil que pronto se desvanecerá. La poesía en cambio sí representa el rostro auténtico de nuestro país, la esencia de sus gentes. Mujeres y hombres han escrito poesía en Colombia desde los tiempos de la madre Castillo. En el Siglo XX los poetas y las poetas se multiplicaron, acaso también como una reacción poderosa contra los focos de violencia que, auspiciados por fenómenos económicos, como el expolio de tierras a los campesinos en los años cincuenta – que se ha repetido en los últimos quince años—y el narcotráfico, han logrado una fuerte capacidad de perturbación en la vida nacional. Colombia es un país de poetas del que unos pocos violentos pretenden apoderarse. Habrá que ver si en el futuro inmediato la poesía de los muchos sucumbe ante la violencia de los pocos, lo que constituiría una tragedia inenarrable.
 

Inducción a la lectura

Aparte del valioso ensayo de Juan Gustavo Cobo Borda, tenemos, como aporte al conocimiento de nuestra poesía en el siglo pasado, el imprescindible Quién es quién en la poesía colombiana, de Rogelio Echavarría. Cobo Borda nos muestra un panorama selectivo de poetas del siglo XX, y Echavarría uno mucho más amplio y completo de poetas de todos los tiempos (colonia, independencia, República, siglos XIX y XX). Ambos permiten al lector adquirir un conocimiento detallado que le propiciará comprender por qué los colombianos se consideran a sí mismos como un pueblo de poetas. 
Ahora, para conocer de manera íntima a los poetas que escribieron y publicaron en el Siglo XX colombiano, lo pertinente es leer sus versos. Incitar a esa lectura, inducir al lector a entrar en un universo de belleza espiritual y de grandeza intelectual que lo fascinará, nos animó a la difícil y arriesgada selección de doscientos poemarios aparecidos en el siglo XX, que incluimos en esta edición, y cuyo común denominador es el de una poesía de altísima calidad. José Asunción Silva abre la lista y la cierra Mario Rivero. Entre uno y otro resumen la magnificencia del desfile. ESM.