Agosto de 2016
Por:
Luis Horacio López Domínguez es Antropólogo, Universidad de los Andes. Estudios de postgrado en Psicología Social, Universidad Nacional Autónoma de México y en Comunicación Social, Universidad Iberoamericana, México. Miembro de Número y Secretario de la A

UN CADÁVER AMBULATORIO

Afecto Santander a los frailes franciscanos, fue cofrade terciario. Masón, educado interno en el colegio de San Bartolomé, el canónigo Nicolás Mauricio de Omaña, su patriótico tío, fue el acudiente. Libre pensador y obsecuente sensualista de línea benthamista, murió católico, en los brazos de su gran amigo el arzobispo Manuel José Mosquera y fue embalsamado su cadáver en la sala capitular del convento de San Francisco. De Bolivar se dice que también visitaba conventos y hacía donaciones, entre éstas a las monjas carmelitas de Villa de Leiva, y lograba convertir a la causa patriota a obispos realistas como monseñor Jiménez, el de Popayán. Pero al final de sus días no quiso reconciliarse en confesión, en la visita que a su lecho de enfermo le hizo el obispo J.M. Estévez de Santa Marta y fue, entonces, el cura del caserío de Mamatoco quien ofició las honras fúnebres del agnóstico caraqueño. 

A los 48 años fallece Santander, a causa de de una dolencia hepática, el 6 de mayo de 1840. La velación de su cadáver se prolonga hasta el día 13, después de honras fúnebres en la Catedral se le sepulta en una bóveda provisional, a la izquierda del camellón que cruza el cementerio público. Diez años pasa en paz su sepulcro. En 1850, su viuda doña Sixta Pontón acude al cementerio, lo desentierra y marcha por la Calle Real con el ataúd, una caja de zinc, que deposita en su casa de habitación, convertida en colegio femenino y lo coloca en cercanías al altar del oratorio de la casa, en la carrera séptima con calle 16. La picaresca bogotana ante este arrebato de la viuda -que se ha asociado con el delirio necrófilo de Juana la Loca- afirma que el General Santander fue el único muerto en Bogotá que regresó a casa. Permanece por 16 años al cuidado de su viuda, entonces otros deudos emprenden un nuevo desfile fúnebre de retorno el Cementerio Central y se le deposita en un nicho de la tumba de su hermana Josefa de Briceño. 

El 6 de mayo de 1891 se le desentierra de nuevo y se le traslada a un mausoleo, iniciativa de las autoridades de Bogotá, para conmemorar el centenario, al año siguiente, de su natalicio. El 12 de abril de 1940 es nuevamente abierta su tumba para cambiar las losas y el administrador de los cementerios, Enrique Tovar, certifica que aún se encuentra cubierto por el tricolor nacional un sarcófago en zinc. La apertura de su sepulcro formó, entonces, parte del ceremonial con el que se conmemoraron los centenarios del natalicio y muerte del pobre General Santander, quien había determinado en 1838 en la segunda cláusula de su testamento que se le enterrara en el cementerio, sin pompa ni fausto, de traje de militar y de sus bienes se construyera una bóveda. Añadiéndole una frase que mencionara su fidelidad a la independencia y amor a su patria. Apenas en 1990 se cumplió su voluntad, 150 años después.