17 de octubre del 2019
 
Julio de 2019
Por:
Alfredo Molano Jimeno*Historiador y Periodista, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá Periodista de la sección Política, El Espectador Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (Noticia – Prensa), 2018

TUMACO

Lo mas posible es que el asentamiento colonial en Tumaco se hubiera originado en alguno de los núcleos establecidos por curas para impartir la doctrina a los indígenas que habitaban las costas del pacifico, entre finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII.

En 2016, cuando el gobierno de Colombia y las Farc firmaron el Acuerdo Final de Paz, se dijo que Tumaco se convertiría en la capital del posconflicto. Su realidad, luego de la dejación de armas de la guerrilla, era la prueba perfecta para la tesis según la cual el abandono estatal, la pobreza y la criminalidad se debían a la existencia de la insurgencia. Además, en esta frontera colombiana con Ecuador convergen los grandes retos que enfrenta hoy el país: es el municipio con mayor concentración de cultivos ilícitos, es utilizado como puerto para el narcotráfico, la minería ilegal de oro se devora sus ríos y los homicidios se han triplicado en una compleja lucha por el control del territorio y de las comunidades entre grupos narcotraficantes, expresiones del paramilitarismo y disidencias de las Farc. Una mezcla explosiva a la que el Estado le sumó más de 12.000 hombres de la fuerza pública.

Isla del Morro, frente a las playas del mismo nombre.

Al puerto puede llegarse a través de la vía que conecta con Pasto. Una carretera que construida en la década de 1960 sobre el fracaso de la línea férrea que prometió el presidente Rafael Reyes en 1905 y que sólo fue terminada en 1942. Sin embargo, el tren sólo duró 10 años, pues se impusieron los intereses de las compañías automotrices y de los constructores de carreteras. Además del acceso por vía terrestre, a Tumaco también puede llegarse después de una larga travesía desde Buenventura, a través de los esteros del San Juan, una bellísima zona de mangle donde la vida palpita en la mezcla de agua dulce y salada. Sin embargo, así como es de exuberante la vida natural, parece que la vida humana tuviera poco valor.

En muchos rincones de la Colombia rural, los procesos de resistencia de las comunidades han estado impulsados por comunidades religiosas, principalmente católicas, que cumplen con el elemental principio de la cristiandad: el trabajo con los humildes y excluidos. Un camino en el que mucho tiene que ver Yolanda Cerón, una monja nariñense que atravesó el Pacífico entero y, así, pudo conocer la dramática situación de las comunidades negras instaladas en las costas chocoanas, caucanas y nariñenses. Tanto así, que a la hermana Yolanda se la conoce como la madre de la Ley 70 de 1993, con la cual se incluyeron en el ordenamiento jurídico los derechos de las comunidades negras a constituir territorios propios y autónomos, base sobre la que se cimentó la consulta previa, libre e informada.

El trabajo de Yolanda Cerón llevó a que cerca de 100.000 hectáreas fueran tituladas colectivamente a comunidades negras en todo el Andén Pacífico. Cerón empezó su actividad con las comunidades como maestra de la escuela en Salahonda, municipio de Francisco Pizarro. En la década de 1990 impulsó en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 un capítulo para garantizar los derechos políticos, culturales y sociales de las comunidades negras. Fue así como se consiguió el reconocimiento de las prácticas ancestrales del pueblo negro, que unos años después, en 1993, adquirió vida con la adopción del convenio 169 de la OIT por parte del Estado colombiano.

 

A partir de ese momento, la hermana Yolanda empezó a trabajar en la constitución de los territorios colectivos. En 1995, asumió la dirección de la Pastoral Social de la Diócesis de Tumaco, desde donde llevó un mensaje a la gente negra: organizarse para defender el territorio. Sin embargo, nunca imaginó el costo que tendría su trabajo. Tras el fracaso de la mesa de diálogos entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc, en 1998, Tumaco vio llegar a los paramilitares del Bloque Libertadores del Sur. Entonces, Cerón inició una fuerte campaña de denuncia de la violencia paramilitar y de su alianza con la fuerza pública, denuncias que le costaron la vida el 6 de febrero de 2000. Ese día, frente a la iglesia la Merced, en pleno centro de Tumaco, Yolanda Cerón fue abaleada al medio día.

La historia de violencia en el puerto tiene sus orígenes 300 años atrás del asesinato de Cerón. En estas tierras, desde el río Iscuandé hasta la frontera con Ecuador, vivieron los indígenas tumaco, una cultura precolombina que desciende de la tradición mesoamericana de los olmecas. El primer español en pisar las costas tumaqueñas fue Pascual de Andagoya, quien llegó en 1522 y describió a los indígenas como sociedad de artesanos, especialmente orfebres, muy organizada, jerárquica y politeísta. Tres años después, Francisco Pizarro, en su obsesión desenfrenada por encontrar El Dorado, ingresó a Perú por Santa Barbara Isla del gallo, a una hora y media de Tumaco. En sus documentos dejó nota de la riqueza que corre por los ríos Mira, Telembí y Patía. Lo más posible es que el asentamiento colonial en Tumaco se hubiera originado en alguno de los núcleos establecidos por curas para impartir la doctrina a los indígenas que habitaban las costas del Pacífico, entre finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, y que su importancia se debiera a su posición estratégica para la construcción y el amarre de embarcaciones.

El oro de estas cuencas del Pacífico atrajo a la Corona española, que, a través de Francisco de Prado y Zúñiga, comenzó a explotar para los españoles, en 1600 y valiéndose de esclavos, las minas de Barbacoas. En la segunda mitad del siglo XVII, las minas de Barbacoas se convirtieron en una de las más productivas de los tiempos coloniales, lo que atrajo el interés de piratas. Para ese entonces, Panamá y Tumaco servían como bases españolas que cuidaban de los piratas las minas de Barbacoas. Documentos escritos por cronistas jesuitas afirman que desde 1671 intentaron sitiar a Tumaco, pero que el español Juan de Godoy resistió varios ataques del corsario Wolmen. En 1684, el pirata flamenco Eduardo David se tomó el puerto, lo saqueó y lo quemó. También existe otro registro más de una incursión de seis barcos que lograron cruzar la defensa española, en 1687. Los registros se convirtieron en leyendas, algunas de las cuales señalan que Tumaco siempre fue tierra pirata.

Algunos historiadores dudan de estas versiones, pero en lo que hay un acuerdo es en la incidencia en la identidad de los tumaqueños que tuvieron los esclavos africanos. Tumaco se encuentra ubicado en el suroccidente del Departamento de Nariño, en un triángulo fronterizo con Ecuador. De un lado está la bahía a la que conducen “los esteros del San Juan”, que son ramales del río Patía, el cual nace cerca de El Tambo (Cauca), en la Cordillera Central, y termina desembocando a la altura de las bocas de Satinga. Del otro, el río Mira, que nace en el Cumbal y corre paralelo a la frontera con Ecuador. Un territorio que, encerrado por estos dos afluentes y el Océano Pacífico, se enmarca en la subregión del Patía, profusa en oro y agua. En parte eso explica que, en tiempos coloniales, la Corona española puso todo su interés en la región y llevó una enorme cantidad de esclavos a explotar las minas.

Con la abolición de la esclavitud, en 1851, la explotación de oro decayó. Se venía de extraer cerca de mil libras anuales, mientras a finales del siglo XIX, tan atravesado por guerras civiles, en el mejor de los casos se conseguían 700 libras. Sin embargo, el que la extracción minera hubiera caído no rebajó el interés por la región, y vino la segunda fiebre del oro. El resultado fue que, en la primera mitad del siglo XX, hubo una feria de concesiones mineras en toda la costa nariñense, y el Estado impulsó la modernización de la región para responder a las expectativas empresariales. En ese escenario, las obras del ferrocarril Pasto-Tumaco se iniciaron en 1923 con recursos de la indemnización por la secesión de Panamá y su construcción se prolongó por casi 20 años. Al terminar la obra, se determinó abandonar el ferrocarril y sobre su trazado levantar una carretera, que quedó habilitada en 1964. De Pasto a Tumaco hay una distancia de poco menos de 280 kilómetros. El trayecto puede tardar entre cinco y seis horas. Sin embargo, la vida del puerto es más parecida a la que se desarrolla en Chocó que a la que ocurre en Pasto. Su vida comunitaria transita, en su mayoría, por los ríos.

Casas en medio de manglares, Tumaco.

Los viejos pobladores de la región narran que en la década de 1960 la gente vivía del oro y de unos pequeños cultivos de cacao y arroz, pero que un día apareció un señor con semillas de palma, que decía haber traído de África y que serían el nuevo oro. El primer proyecto palmero, de casi 500 hectáreas, fue impulsado por la empresa Palmas del río Mira, después comprada por Palmas de Tumaco. El experimento funcionó y, en menos de una década, en Tumaco y las cuencas aledañas, desde Barbacoas hasta el Mira, los inversionistas mandaron a tumbar miles de hectáreas de selva que se llenaron de palma africana. Con el interés palmero, las empresas adquirieron una enorme cantidad de tierra de comunidades negras. En 1970 se registraron poco más de 1.000 hectáreas sembradas en Palma, 30 años después se hablaba de 35.000 y, en 2005, tras la desmovilización paramilitar, se registraron 80.000 hectáreas. Con la llegada de los palmeros también llegaron los ejércitos privados, la prohibición de los sindicatos y las prácticas laborares del destajo para los trabajadores de las palmeras.

A su vez, se produjo la migración de cientos de campesinos que, al vender sus tierras, se fueron tras la bonanza cocalera que estaba en pleno auge en Putumayo y Caquetá. La situación de contradicción social atrajo el interés de los grupos armados. El ELN fue el primero en incursionar en la zona, a donde llegó en la segunda mitad de la década de 1970, atraído por la actividad agroindustrial y portuaria, a cuya sombra crecían incipientes movimientos sindicales. Las Farc llegaron a Tumaco a finales de 1980. La insurgencia ocupó zonas rurales y cabeceras de los ríos como estrategia para controlar sus corredores y la economía del oro, que empezaba a introducir el fenómeno de las retroexcavadoras, con las cuales se escarban los lechos de los ríos para sacar el oro mediante una práctica de alto costo ambiental y social.

A mediados de la década de 1990 se dio inicio a un sangriento capítulo que se prolonga hasta nuestros días. Paramilitares del Bloque Libertadores del Sur llegaron a la región para hacerle contrapeso a la insurgencia. Al mismo tiempo se iniciaron fumigaciones a las plantaciones de coca en el sur del país, lo que produjo desplazamiento de cultivos y cultivadores hacia la costa nariñense. Con oro, coca, plantaciones agroindustriales, guerrillas, paramilitares y comunidades muy pobres todo estaba listo para hacer de Tumaco uno de los territorios más conflictivos del país. Ni la desmovilización paramilitar ni la de las Farc han resuelto el problema.