16 de noviembre del 2019
 
Octubre de 2019
Por:
Juan David Montoya Guzmán* Historiador, Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín. Profesor Asociado, Departameto de Historia. Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín.

TORO

La historia  de la ciudad está intrínsecamente ligada al Chocó, y su trayectoria refleja los avatares vividos en otros poblados fundados por los españoles en regiones periféricas del Nuevo Reino de Ganada. 

Toro es hoy un sosegado municipio del norte del Valle del Cauca. Sin embargo, durante el siglo XVI, esta población vivió un intenso proceso de explotación aurífera que implicó el trabajo de miles de personas, entre nativos, mestizos, esclavos africanos y españoles. En respuesta a la invasión violenta y desordenada ejercida por los europeos, los indígenas chocoes, que vivían próximos a la población, no solo resistieron el embate colonizador, sino que también atacaron las encomiendas, estancias y reales de minas, lo cual obligó a los vecinos de Toro a trasladar la ciudad en dos oportunidades. La historia de la ciudad está intrínsecamente ligada al Chocó, y su trayectoria refleja los avatares vividos en otros poblados fundados por los españoles en regiones periféricas del Nuevo Reino de Granada. Sin saberlo, los toresanos abrieron una de las fronteras internas más importantes de la actual Colombia (la de las tierras del Pacífico) y pusieron en práctica un proceso de colonización y de extracción de metales preciosos que todavía no termina hoy.

 

Desde mediados del siglo XVI, a las naciones de los chancos, yngaraes y totumas —asentados en la Cordillera Occidental—se les acusaba de asaltar el camino que unía a Cali con Cartago. Por tal motivo, en 1572, el gobernador de Popayán, don Jerónimo de Silva, comisionó al capitán Melchor Velásquez de Valdenebro para que no solo conquistase a estos indios, sino que iniciara un proceso de poblamiento en la zona. El resultado fue la fundación de la ciudad de Nuestra Señora de la Consolación de Toro el 3 de junio de 1573.

 

La expedición que llevó a los españoles hasta las selvas del Chocó había partido de Buga. Unos cien hombres, entre ibéricos, mestizos, esclavos negros y nativos auxiliares remontaron la Cordillera Occidental hasta hallar las provincias de los totumas, chancos e yngaraes. Allí construyeron la nueva ciudad. El lugar escogido fue un valle en la cuenca del río de Hábita, un pequeño afluente del río Tamaná.

 

No todos los expedicionarios se asentaron de forma definitiva en el nuevo centro urbano. Según un plano que se conserva de la primera distribución de solares, en Toro se avecindaron ochenta y seis españoles, entre quienes estaban capitanes como Pedro de Moriones, Diego de Paredes y el mestizo Melchor Velásquez el mozo, hijo homónimo del fundador de la ciudad. Los nuevos colonos repartieron a los indígenas en encomiendas. Así, una veintena de encomenderos controlaron un poco más de quinientos indios tributarios.

Primera repartición de solares hecha por el capitán Melchor Velásquez de Valdenebro en 1573 ( el documento está fechado en 1623), de acuerdo con el mapa Archivo General de la Nación, Mapas y Planos ​4, 486 A. Dbujo de Lorena Morales, 2019.

 

 

 

En 1576, Toro se convirtió en la capital de la nueva gobernación del Chocó, un territorio que se extendía entre la bahía de Buenaventura y el curso bajo del río Atrato. Velásquez de Valdenebro fue elegido su primer gobernante. En los años siguientes, la ciudad sirvió como punto de avanzada para realizar campañas militares contra los indios que habitaban las tierras del Pacífico. Miguel de Ávila, el mestizo Melchor Velásquez y Alonso García Altamirano asolaron las tierras de los noanamaes, los cirambiraes y de los chocoes, a quienes pretendían conquistar.

 

Al finalizar el siglo XVI, los toresanos, en compañía de esclavos africanos y nativos de la zona, explotaban oro en los ríos Tamaná, Cajón, Negro y Tuturrupí. Sin embargo, la resistencia de los chocoes obligó a que la población fuera trasladada en 1587 al cañón del río Garrapatas, lugar que los documentos de la época describen como malsano.[1] En 1591, el gobernador Velásquez de Valdenebro fue destituido de su oficio y, en su reemplazo, se nombró al capitán Melchor de Salazar, quien solo gobernó el Chocó hasta 1594, cuando esa jurisdicción se incorporó a la gobernación de Popayán.

 

Los vecinos de Toro permanecieron por poco tiempo en el cañón del río Garrapatas. En 1595 se trasladaron nuevamente. Esta vez, el lugar escogido fue la suela plana del valle del Cauca, sitio que ocupa actualmente la ciudad. Las ventajas eran evidentes, pues Toro, al abandonar su pasado selvático, bélico y minero, se convirtió en una ciudad dedicada a la ganadería y la agricultura. Aunque conservó la jurisdicción sobre las tierras altas de la Cordillera Occidental, en ese momento dejó de ser el centro de las tierras del Pacífico.

Sello postal conmemorativo de la fundación de Toro, 1973.

 

 

 

Sin embargo, la historia de Toro siguió conectada a la del Chocó. A principios del siglo XVII, don Arias de Silva estableció el real de minas de Nóvita, a orillas del río Tamaná. A la expedición de Silva le siguieron las campañas lanzadas por otros capitanes que no solo buscaban alcanzar el mítico dorado del Dabaybe, sino también sojuzgar a los indígenas de la región. Los resultados no fueron los esperados, pues la muerte de los capitanes Martín Bueno de Sancho, Mateo de Cifuentes y Juan Antonio Pereira, entre 1638 y 1642, desalentó a las autoridades coloniales. El ruido de las armas castellanas fue enmudecido por el poder de los aguerridos chocoes.

 

En la segunda mitad del siglo XVII, las autoridades decidieron cambiar de estrategia. Jesuitas y franciscanos evangelizaron a los nativos, crearon los primeros pueblos y abonaron el terreno para la conquista definitiva de los chocoes y noanamaes, a finales de la centuria. La dominación de estos nativos le dio un nuevo impulso a la olvidada Toro. La introducción de esclavos africanos para la extracción aurífera en las tierras bajas del Pacífico creó una demanda de alimentos, herramientas y vestuario que solo podía abastecerse desde las ciudades andinas de las gobernaciones de Popayán o Antioquia. No obstante, dos factores jugaban en contra de Toro: su baja densidad de habitantes, si se le compara con otras poblaciones como Cartago, Cali o Buga, y la poca cantidad de hatos y estancias, circunstancia debida a la estrechez de su jurisdicción.

 

En la centuria siguiente, su decadencia económica y demográfica se profundizó. En 1772, se le describía como una pequeña ciudad con tan solo novecientos habitantes (la mayoría de ellos mulatos y negros) dedicados al cultivo de caña de azúcar, tabaco, plátano y maíz. Solo encerraba en su jurisdicción los sitios de El Hatillo, Bohío Redondo, el Hato de Lemos (actual municipio de La Unión) y el pueblo de Cajamarca, este último con un poco más de un centenar de indígenas.

 

En la época de la Independencia, Toro hizo parte de las ciudades confederadas del Valle del Cauca, junto a Cali, Caloto, Buga, Cartago y Anserma, con las que conformó una liga que buscaba oponerse a los realistas de Popayán y Quito. Aunque desde 1824 era capital de un cantón, cuando el coronel Agustín Codazzi la describió a mediados del siglo XIX encontró que su población apenas superaba los siete mil habitantes, todos labriegos que se dedicaban al cultivo de maíz, cacao, yuca, arracacha, tabaco y plátano.

 

Las últimas guerras civiles decimonónicas, la inestabilidad política generalizada y el auge de las colonizaciones antioqueñas y caucanas produjeron cambios en el uso del suelo y en las relaciones laborales entre los habitantes de Toro. Paradójicamente, la recuperación económica del Valle del Cauca en la primera mitad del siglo XX (con la construcción del Ferrocarril del Pacífico, el aumento del cultivo del café y la consolidación de Buenaventura como puerto) y el afianzamiento de una economía agroindustrial acentuaron la pobreza de la región y la pauperización de los campesinos de la zona.

 

​Referencia bibliográfica

·         Archivo General de Indias, Sevilla (en adelante, AGI), Patronato, 160, R. 1, N. 3, f. 927r.

·         AGI, Patronato, 160, R. 1, Nº 3, ff. 918r-v.

·         AGN, Empleados públicos del Cauca, T. 2, ff. 310r-312r.

·         AGI, Quito, 24, N. 36, ff. 6 r-v.

·         Kathleen Romoli, “El Alto Chocó en el siglo XVI. Parte II”, Revista Colombiana de Antropología, 19 (1975), pp. 20-21.

·         AGI, Quito, 32, N. 59, ff. 1r-5v.

·         Real Biblioteca del Palacio Real, Madrid, Miscelánea de Manuel José Ayala, II/2859, f. 168r.

·         Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá, Libros raros y curiosos, mss. 375, f. 18r.

·       “Estado general de las ciudades y pueblos del Cauca en 1771”, Cespedecia. Boletín Científico del Valle del Cauca 45-46 (1983), pp. 407-409.