Una de las piezas de la serie de transformación entre serpiente y venado, el venado serpentiforme (figura votiva). Cordillera Oriental, Muisca. 600 d.C. - 1600 d.C. Colección Museo del Oro, Banco de la República. Reg. O33833. Fotografía: Clark M. Rodríguez
Septiembre de 2015
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Credencial Historia

REPRESENTACIÓN Y SIMBOLOGÍA EN EL ARTE PREHISPÁNICO

El icono del hombre estático

Figura votiva muisca. Cordillera Oriental. 600 d.C. - 1600 d.C. Colección Museo del Oro, Banco de la República. Reg. O04678. Fotografía: Rudolf Shrimpff.
Pectoral. Alto Cauca. 900 d.C. - 1600 d.C. Colección Museo del Oro, Banco de la República. Reg. O07355. Fotografía: Clark M. Rodríguez

 

Hay un tipo de icono antropomorfo, cuya frecuencia y redundancia dan mucho que pensar. Para identificarlo lo llamaremos icono del hombre estático; se constituye como tal porque, una vez desarrollado, se repite con los mismos caracteres básicos sobre piezas de distinta función, encontradas en lugares distintos, en contextos diferentes y porque parece conservar estas propiedades por largos períodos de tiempo. El icono del hombre estático se construye en formas concretas, diferentes entre sí, en cada uno de los conjuntos metalúrgicos. No obstante, hay aspectos comunes a todos: sin excepción se trata de representaciones frontales; hay una simetría bilateral que solo se rompe ocasionalmente por una diferencia en la posición de los brazos; la expresión del rostro es neutra, podría decirse también que no hay expresión o que la expresión es de baja intensidad; los rasgos faciales se representan de forma esquemática, usando los trazos mínimos requeridos para señalar los rasgos básicos, de manera tal que toda alusión a la edad, características fisonómicas particulares e incluso al género de la persona representada están ausentes; la cabeza es el centro de atención de la representación, a veces solo ella está presente y, cuando hay un cuerpo, la cabeza es desproporcionadamente mayor que el cuerpo. Lo más evidente es que los iconos comunican una sensación inequívoca de quietud.

El vuelo chamánico

El profesor Gerardo Reichel-Dolmatoff (1988) encontró en muchas de las piezas de la colección del Museo del Oro una representación recurrente que identificó como la expresión del vuelo extático del chamán. Su análisis parte de la base de que en las sociedades indígenas, tanto las actuales como las antiguas, los chamanes son personajes de primera importancia en el orden social y realizan funciones de curación, negociación de conflictos, adivinación y otras que garantizan la paz y la estabilidad de la comunidad. Estos personajes, cuidadosamente entrenados y dotados de gran sabiduría, usualmente recurren a las plantas sagradas para realizar sus funciones: la ingestión de yagé, yopo, peyote, ambil de tabaco u otras sustancias induce estados de trance que se asocian con un vuelo imaginario. Estos chamanes en vuelo aparecen en las piezas de orfebrería de casi todas las regiones de Colombia con aves que simbolizan precisamente la capacidad de volar y de otros animales auxiliares que los acompañan en el viaje. Los ejemplos más evidentes y explícitos son los pectorales de estilo Cauca de la región del valle de Popayán en los que una figura de hombre alado aparece rodeado de aves y otros pequeños cuadrúpedos. El profesor Reichel suponía que estas piezas cumplían la función de recordar y reiterar frente a la comunidad este carácter sagrado del personaje y su acto, el vuelo extático. De esta manera, se refrenda el contenido religioso y colectivo de los temas iconográficos en el arte precolombino.

Las transformaciones

Entre las figuras metálicas de ofrenda de los muiscas hay series compuestas por figuras que se conectan en continuos de transformación a: 1) Hombres y felinos; 2) Hombres y serpientes; 3) Serpientes y felinos y 4) Serpientes y venados. Cada serie está constituida por: pares de figuras con rasgos propios que representan los extremos de la transformación y por un número variable de figuras con rasgos adquiridos que constituyen etapas intermedias de la transformación. Parece probable que estas series iconográficas de transformación aludan a la permanencia de un tiempo mítico en el cual las mutaciones entre especies eran la regla; aquella época en que Bachué devenía serpiente y Bochica, el venado, enseñaba a tejer mantas. Una época, también, en que el hombre era una especie más entre otras, no el centro del cosmos, sino otro que caminaba al lado de los felinos, los venados y las serpientes. Las series de la transformación debieron hacer parte de ofrendas con las cuales se buscaba restablecer el equilibrio, aquel que forma parte de las condiciones del tiempo original; al recrear en series iconográficas las transformaciones múltiples entre hombres y animales se estaría reviviendo, en una dimensión simbólica y religiosa, este tiempo al cual se ansiaba volver. La transformación cambiaba lo que se debía cambiar, hacía posible volver a poner en marcha las leyes del origen que, por otra parte, en el mundo real ya no funcionaban, permitiendo así que lamentablemente hubiese enfermedades, las cosechas se perdieran y los vecinos hostiles atacaran.