Río Magdalena, puerto de Girardot. Fotografía de Julio Racines, ca. 1920. Colección Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Reg. BPP-F-003-0830.
Marzo de 2014
Por:
Carmen Elisa Acosta Peñaloza. Doctorado en filología hispánica, UNED, Madrid. Magíster en literatura hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo. Máster en historia, Universidad Nacional de Colombia.

“REMÁ, REMÁ”. LAS LITERATURAS DEL RÍO MAGDALENA

Y otras canoas bajan el río… El título de la novela de Rafael Caneva, publicada en 1957, remite a la imagen de movilidad, con las aguas que pasan sin ser las mismas, en un paisaje que a la vez se transforma por el paso del tiempo, las marcas y señales que los hombres van dejando en él.

Habitar las orillas del río Magdalena en la pesca o el comercio que permiten su viajar itinerante por las poblaciones que lo bordean, cruzarlo desde las orillas que lo delimitan, poniendo en contacto riberas, pasar por él en busca de otras orillas para salir de un lugar o de la nación, y la contemplación que permiten los momentos de ocio o reflexión son tan solo algunos de los desplazamientos presentes en la cotidianidad del río.

Varias voces se escuchan en sus orillas y trayectorias, propios y visitantes, desde Bocas de Ceniza hasta el páramo de las Papas, dialogan con el acento del huilense, el tolimense, el cundiboyacense, el de Caldas, Quindío y Risaralda, el santandereano, el antioqueño, el sabanero de Cesar, el del costeño del Magdalena y el Atlántico, y el extranjero. Algunas de estas voces se someten a la exigencia de la escritura. Quieren plasmar lo que representa y permite imaginar el río, la manera como este remite no solo a su espacio y a la historia sino, en la mayoría de veces, al amor y a la muerte. Así, el Magdalena pasa a una condición diferente, además de ser una geografía, se le apropia a través de la palabra y el río se hace literatura.

De esta manera las diversas voces del río, las de su literatura, se entrelazan con la historia nacional, con las varias formas de su oralidad en la que caben las leyendas, la música y el canto, y la presencia de una naturaleza que expresa y transforma a los que tienen contacto con ella.

Están así presentes múltiples obras y autores, en una biblioteca rica en diversidad y expresiones, de la que se presentarán algunas muestras para motivar al lector a un recorrido mucho más amplio.

Macondo. Pescador del río Magdalena. Fotografía de Leo Matiz, ca. 1939. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 7668. Fundación Leo Matiz No. 009790-N.

 

El nombre que Rafael Caneva –escritor de El Banco y habitante hasta sus últimos días en Ciénaga, Magdalena– da a su novela, expresa las acciones y búsquedas de unos pescadores que quieren mantener su territorio para la pesca y la armonía de sus viviendas, y es portadora de la movilidad, la del agua y el tiempo, la de los hombres que una y otra vez reiteran sus actos en busca de momentos felices. El río es el centro de vida y prosperidad que da la pesca, pero a la vez es el espacio de las diversas tensiones que imprimen aquellos que a la fuerza quieren apoderarse de lo que no les pertenece. La solidaridad, el amor, las luchas y las dudas acompasan las frases de los habitantes de la ranchería El Cabezón.

Eran las luchas de la primera mitad del siglo XX contra los embates de la modernización y la presencia de los latifundistas y las multinacionales.

—“Plac-plac.”… “plac-plac”…”placplac”…–, pasan cantando las ondas del río debajo de la canoa. La playa, acariciada por una leve cinta de espuma blanquecina, extiende su arena en una planicie que cada día crece a medida que el verano se acentúa. Una brisa tibia suena en los techos pajizos de la ranchería. De cuando en cuando las aguas mueven las embarcaciones que, al golpearse entre sí, sueltan un ruido peculiar cuyo monótono eco se pierde en los repliegues del viento. Algunos champanes, asegurados cuidadosamente en la estacada, se balancean y hacen cantar las cadenas con un “rrrroúuuuuurrrroúuuu” enmohecido.

Mucho tiempo atrás el río había sido también relatado como espacio de conflicto y conquista, en este caso desde la voz de aquellos que venían a encontrar un destino y tras la evangelización, las riquezas. Los cronistas de Indias, provenientes de España, durante buena parte de los siglos XVI y XVII , describieron las difíciles travesías y los asombros que encontraron a su paso. Si bien se trataba de documentos oficiales que eran elaborados como exigencia de la administración eclesiástica y la monarquía, voces como la de fray Pedro Simón, en sus Noticias historiales quizás puedan representar a los conquistadores extranjeros que bajaron por el río. Cuenta que su nombre fue dado porque “le dieron vista y entraron en él” en marzo y el jueves antes de Semana Santa, cuando la Iglesia celebra la conversión de la Magdalena. Que tierras diferentes a las conocidas y coloradas dieron título a Barranca Bermeja, pero más allá dio cuenta de los peligros que para los conquistadores representaban los caimanes similares a los cocodrilos del Nilo, la multitud de plagas y un territorio a favor de la defensa de los indígenas contra el ingreso de los españoles a sus tierras, y el sufrimiento de los nativos que por sus riberas debían cargar y descargar todo aquello que provenía de Castilla. El río se convierte en el espacio de ingreso y salida del mundo conquistado por los varones de Indias, de los que relata en verso sus hazañas Juan de Castellanos en sus Elegías y el río que causará admiración científica mucho tiempo después, leído en las descripciones del investigador alemán A. Von Humboldt.

José María Samper Agudelo. Óleo atribuido a Felipe Santiago Gutiérrez, ca, 1870. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 476. Fotografía Juan Camilo Segura

 

Portada del libro de Bernardo Espinosa, Un viaje en un libro. Bogotá, Diente de León, Torre Gráfica Limitada, 2012.

 

El relato del viaje por el Magdalena será una constante en la consolidación de la nación durante el siglo XIX. El asombro y la expectativa van guiados por la necesidad de apropiarse de un espacio que marca la diferencia entre una ciudad y otra. Ir de Bogotá a París, de Londres a Medellín o de Buenos Aires a Cartagena, exige pasar por el Magdalena. Los viajeros escriben una literatura de recuerdos, diarios y relatos rica en descripciones como las de José María Samper, Felipe Pérez o Bernardo Espinosa, quienes salen para Estados Unidos y Europa; de los que provienen de allí en busca de aventuras y conocimiento como Isaac Holton y Jules Crevaux, los que cruzan América del Sur como Miguel Cané y los que lo transitan internamente como Francisco José de Caldas y Manuel Ancízar. En la literatura de viajes se conjuga el interés autobiográfico y la búsqueda por configurar un mapa, una apropiación por medio del lenguaje en la descripción y control de la naturaleza frente a la preocupación por la civilización y el progreso. En Un viaje en un libro, proveniente de Bogotá el médico y exalcalde de la ciudad Bernardo Espinosa observará:

Las riberas del Magdalena, en el trecho recorrido, son sumamente agrestes, no se encuentra población alguna; una que otra estancia en donde sus moradores marcan leña para los vapores, en donde el hombre no usa camisa ni los hijos vestido alguno, la mujer tiene naguas de fula o poncho, camisa y algún sombrero que ella misma fabrica. Se ve que son muy pobres y que el clima es malo, son pálidos amarillentos, los blancos y los negros o mestizos un poco sucios, en lo general flacos y escuálidos. Allí la vegetación se ostenta y se mece con una gran exuberancia. El vapor andaba con rapidez y ese andar algunas veces pasaba a las riberas y se veía que corrían los árboles, las casitas y las gentes, viéndose todo diminuto; era aquello un cosmorama animado, viviente. No vimos un ave, un cuadrúpedo ni un anfibio.

Portada del libro de Manuel María Madiedo, La maldición. Bogotá, Diente de León, 2010.

 

Así, en el río están presentes las luchas culturales e históricas que tensionan el destino de la nación. Los miedos y los temores serán parte sustancial de la literatura en las diversas formas en que reconstruye la vida de sus pobladores, en personajes que lo habitan en sus tragedias interiores. La presencia del mohán, los sustos y angustias que su intimidatoria figura produce, será una de las constantes en los relatos que se cuentan de padres a hijos, de abuelos a nietos en Antioquia, Caldas, la costa Atlántica, Cundinamarca, Huila y Tolima. Es el personaje mitológico de leyendas que expresan el mestizaje y las dudas religiosas y políticas. En las novelas permitirá el paso del mundo real, el del habitante del interior del país y su encuentro con la cotidianidad de los bogas y su rudo trabajo, al mundo de la fantasía y la tragedia amorosa solo posible en un espacio fabuloso, ubicado en una isla al interior de las aguas del río. Así lo expresa el cartagenero Manuel María Madiedo en La maldición, novela publicada por entregas a mediados del siglo XIX, donde se encuentran los cantos y bailes del mapalé con la flauta de tonalidades francesas en las cercanías de Mompox. El ingreso al río permite la descripción de su naturaleza como expresión de la interioridad romántica, el encuentro de la civilización y la barbarie en el edén:

“Son tributarios del caudaloso Magdalena ríos numerosos y fuentes risueñas, como cien reyes vencidos que ofrecen cuantioso feudo a un soberbio conquistador. Diego tenía gusto en visitar las fértiles, aunque eriales riberas de algunas de estas fuentes y ríos, a cuya sombra apacible pasaba horas enteras distrayendo a su señor, con las relaciones halagüeñas de mil tradiciones fabulosas. Entre todos estos vasallos del anchuroso río, se contaba uno que Diego conocía desde su juventud y que desde aquella época había llamado ‘El arroyo del otro mundo’”.

Las historias fabulosas del mohán, con sus diversas versiones, unas veces más mestizo que otras, a veces de origen indígena, otras blanco o afro, estarán unidas a la cotidianidad de los bogas y pescadores. Su carácter legendario, entre lo sagrado y lo profano, permitirá a autores como el huilense Ramón Manrique centrar en él las tensiones políticas partidistas, entre héroes liberales y conservadores a raíz de la guerra de los mil días. En La venturosa, publicada en 1947, planteará el río nuevamente como espacio de representación de los conflictos nacionales, la disolución de la familia y la guerra.

El río será así como territorio de paso, relatado y cantado desde una tensión que recorrerá desde finales del siglo XIX y la totalidad del XX: las distancias sociales marcadas por las diferencias entre la ciudad y el campo, de las que deviene también la diferenciación cultural entre las etnias que pueblan la nación. Tránsito, publicada a finales del siglo XIX, por el bogotano Luis Segundo de Silvestre mostrará dicho conflicto personificado en la desprotección de la mujer. Su historia será la de una joven que se entrega, de manera natural, al amor y al destino, marcada por las diferencias de clase en la tragedia de la muerte. El río es el paisaje que enmarca el relato y que se comparte con el lector futuro y, asimismo, será la posibilidad que tiene Tránsito de huir de los atropellos del gamonal y salvarse, aunque sin éxito, en el amor imposible por Andrés, el cachaco:

Cesó la conversación y sentí que la balsa crujía como si se desbaratase: hervían las espumas debajo de ella; y los balseros inclinados cortaban el agua con los canaletes, haciendo una fuerza capaz de reventar los músculos de un caballo. Briñes, casi desnudo, bañado en sudor, parecía una estatua de bronce barnizado; Quimbayo jadeaba como un cíclope en la fragua, y Tránsito sujetaba el atado en que llevaba todo su haber, temerosa de que el oleaje del río se lo llevase. Corría un airecillo fresco que parecía retener el curso del río, y a entrambos lados se extendían playas magníficas en donde los caimanes se deleitaban al sol.

Julio Flórez, s.f. Galería de Notabilidades Colombianas, José Joaquín Herrera, siglos XIX y XX. Colección Banco de la República.

 

El conflicto social y las diferencias son a la vez marcados por los usos del lenguaje. Candelario Obeso desde su poesía pondrá en diálogo el hablar de las riberas del río con las formas poéticas que provenían de la tradición hispánica.  Así, los habitantes del Magdalena adquieren en su cotidianidad una representación de su voz al sentir su paisaje y su mundo. El mestizaje en el lenguaje, su cadencia y cercanía con los ritmos y música momposina hacen de los Cantos populares de mi tierra la expresión de la voz del río y del boga en su “remá, remá”. Prolonga así una tradición poética, ya inaugurada al iniciar el siglo XIX, y que tendrá continuidad en autores nacionales con los versos de “En el río Magdalena” de Julio Flórez, o en los de “Oda al Magdalena grande” de Eduardo Carranza, o en poesías del continente americano como las de José Santos Chocano, Pablo Neruda y Nicolás Guillén.

Candelario Obeso y su “Canción del boga ausente”. Composición y dibujo de Alberto Urdaneta, grabado por Rodríguez. Papel Periódico Ilustrado, 1881-1887.

 

Será en la historia y la construcción del héroe nacional por excelencia, Simón Bolívar, donde la narrativa del siglo XX representará en el río todas las dudas, tensiones y problemas que tienen que ver con la evaluación de la vida, sus proyectos y la muerte. El río que permanece y el pasado que da origen a la nación, mantendrá unida en la historia el siglo XIX y su valoración en el XX por medio de la literatura. En ella, sin duda alguna, será el Libertador el personaje que expresará los sueños, y las derrotas nacionales de lo individual y de lo colectivo, en su viaje por el Magdalena inicialmente al exilio y en el cierre de la muerte. El viaje histórico será central en las novelas de Gabriel García Márquez, El general en su laberinto; Fernando Cruz Kronfly, La ceniza del libertador, y Antonio Montaña, Aguas bravías.

Portada del libro de Jaime Buitrago, Pescadores del Magdalena. Bogotá, Editorial Minerva, 1938.

 

Portada del libro de Ramón Manrique Sánchez, La venturosa. Gesta de guerrilleros y bravoneles, relato de íncubos y súcubos, amores, trasgos y vestiglos. Bogotá, Editorial Kelly, 1947.

 

La continuidad del territorio más allá de considerarse como un contenido, se convierte en el espacio en el que se expresa la nación en sus tensiones y conflictos. Actualmente están presentes en su literatura múltiples testimonios sobre la violencia reciente. El río y la conquista, el río y la pesca, el río como tránsito, el río de Bolívar, el mestizaje y los conflictos sociales son tan solo unas manifestaciones de sus múltiples voces y literaturas. La tentación de hacer un extenso listado de obras y autores está cada vez más presente -quedan por fuera muchos cuentos y obras dramáticas-, a medida que se revisa la literatura del río. Surgen obras ineludibles como Los pescadores del Magdalena de Jaime Buitrago o El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. A la vez el Magdalena se hace literatura en diálogo con otras obras, otros ríos, escritos desde otras orillas como las cercanas al Cauca y las distantes del Amazonas.

Entre tanto trabé conversación con Tránsito sobre el Mohán; y ella me refirió lo que decían del fantástico personaje que suele habitar en los charcos profundos del río, al pie de las rocas en donde se forman remansos; especie de demonio lleno de malignidad, como todos los de su casta, que se divierte en espantar a los peces para que no caigan en las redes; que suele romper estas a fin de que se escape el pescado; que llena de pavor el corazón de los pescadores nocturnos y los ahoga, si los puede atrapar; que se roba a las muchachas bonitas; que corta las sirgas de las barquetas en las noches de tempestad; que muge como toro cuando está enojado, y suspira como el viento cuando está triste; personaje que nadie ha visto, pero que se hace sentir por sus diabluras. Preguntele cómo era el Mohán, y me dijo que era un indio cabezón, con las piernas cortas y con aletas de pez en las espaldas, “muy moreno, con el pelo flechudo y caritriste”. Era todo cuanto sabía ella del Mohán; y para probarme que existía real y verdaderamente…

(Luis Segundo de Silvestre. Tránsito).

Bibliografia

Alzate, Carolina. “A propósito”, en Tránsito. Bogotá, Diente de León, 2011.

Castillo, Ariel. “El río Magdalena y las letras. La poesía” en La casa del Asterión, vol. II , núm. 6, Barranquilla, Universidad del Atlántico, julio-agosto-septiembre de 2001.

Noguera Mendoza, Aníbal. Crónica grande del río Magdalena. Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, Editorial Sol y Luna, 1980.