Mapa de zona comprendida entre los pueblos de Bogotá y Serrezuela, 1771. Archivo General de la Nación. Mapoteca 4, ref. 34a
Marzo de 2018
Por:
SANDRA REINA MENDOZA*Arquitecta. Magíster en Historia y teoría del arte y la arquitectura. Profesora Universidad Nacional de Colombia.

PUEBLOS DE INDIOS Y TEMPLOS DE DOCTRINA

En los primeros años de conquista española, en América se consideró que los indios debían vivir junto a los recién llegados para facilitar su incorporación a la verdadera fe y a las maneras de vivir europeas. Sin embargo, pronto primó la política segregacionista que apartaba a los nativos del mal ejemplo y los abusos de los españoles. Se optó, entonces, por la “reducción” a pueblos de los indígenas para organizar la doctrina, facilitar el cobro de tributos e incorporarlos al sistema español de control. En los llamados pueblos de indios no podía pernoctar un español y este no debía construir casa a menos de una legua de distancia. Junto con el aniquilamiento de indígenas, el excesivo trabajo, el mestizaje o el desplazamiento a climas malsanos exponiéndolos a enfermedades, esta política de poblamiento constituyó uno de los factores más determinantes de la pérdida del orden social, político y económico prehispánico. Los llamados “pueblos de indios” implicaron para los naturales un cambio en su relación con el territorio porque de un orden disperso en función de cultivos y rituales, pasaron a un sistema de resguardos, de trabajo en haciendas y de habitación en un lugar junto con otras parcialidades.

Aunque se trató de una política que abarcó toda la colonia hispana americana, hubo variaciones que dependieron de la belicosidad o resistencia de los indígenas, las características geográficas, la disponibilidad de padres de doctrina o de maestros que indicaran las formas de construcción, y también del aislamiento o de los recursos para explotación. Se habla de que en zonas de minería, por ejemplo, generalmente había lugares para dar habitación a la numerosa mano de obra que esa actividad requería, pero no se llegaron a consolidar pueblos porque el proyecto proteccionista no logró calar frente al afán extractor. Otro factor que marcó la dimensión de este proyecto en lo que actualmente es el territorio colombiano fue la escasez de sacerdotes disponibles para atender las diferentes regiones en la época colonial, lo que impidió, por ejemplo, la construcción de grandes conjuntos doctrinales con claustros y cementerios asociados a un pueblo de indios. Lo más frecuente fue, en cambio, que un solo padre de doctrina se rotara en varios pueblos durante el año, llevándose consigo los ornamentos y objetos litúrgicos.

 Panorámica de Sutatausa, 1920. El conjunto incluye las capillas posas en las esquinas de la plaza. Foto Ministerio de Cultura.

Panorámica de Sutatausa, 1920. El conjunto incluye las capillas posas en las esquinas de la plaza. Foto Ministerio de Cultura.

 

 

Con los pueblos se tenía la pretensión de ayudar a emular las formas de vida de las ciudades de los españoles, por ello se ordenaba construir iglesia, trazar plaza y manzanas y repartir solares atendiendo jerarquías. Era el encomendero quien debía hacerse cargo de estos gastos y junto con el doctrinero asegurarse de que se llevara a cabo y que los indígenas cumplieran la orden de ir a vivir al pueblo. Sin embargo, la resistencia de los indígenas se hizo evidente de varias maneras, o bien permanecían en el campo, o huían de su territorio y engrosaban los listados de “ausentes”, o persistían en sus formas de construir y de vivir tradicionales, dándoles a los pueblos de indios una fisonomía y una cotidianidad diferente a la de la ciudad española. Por ejemplo, que en un solar asignado a una familia indígena, esta construyera allí varios bohíos en donde se repartían actividades, y cuya planta circular iba en contra de la intención de paramentar una plaza o calle, y además incluían cultivos y corrales para animales dentro del solar. Tal es el caso del altiplano cundiboyacense, que a finales del siglo XVI fue escenario del entable de más de cien pueblos con la construcción de sus respectivos templos doctrineros, muchos de los cuales aún permanecen de pie.

 

Un pueblo de indios se establecía como tal cuando su población había sido objeto de un empadronamiento, se les fijaba una tasa (obligación de tributo) y tenían asignado un padre de doctrina que aseguraba el adoctrinamiento en el templo, todos los días, mañana y tarde, para los niños, y los domingos para los adultos. Aunque al principio pudiera ser una simple ramada, la existencia del templo concretaba la existencia del pueblo y el cumplimiento de la orden de reducción. Por ello fue frecuente que del quinto real se dispusieran recursos para asegurar la existencia del templo.

Los templos doctrineros fueron edificios sencillos, de una sola nave, con algún tipo de separación entre dicha nave y el presbiterio, ya fuera a través de un arco toral, de gradas o de cambio de nivel en la cubierta. La antecapilla era un retroceso del plano de la fachada principal que generaba un espacio de transición entre el interior del templo y el exterior, pero protegido por la cubierta; este fue un espacio de sociabilidad importante porque albergaba la doctrina de los niños, ya que era una especie de púlpito exterior desde donde el padre se dirigía a la comunidad, y también era el lugar de reclutamiento de mano de obra por parte de encomenderos y estancieros que acudían a la salida de la misa para aprovechar el concurso de los tributarios. En las órdenes de construcción preocupaba a las autoridades la buena cimentación del edificio, la construcción de sacristía, altares de mampostería, pilas de bautismo y agua bendita y capillas posas. El volumen de la nave se soportaba con estribos y podía contar con ventanas altas para la iluminación. Pocas iglesias en las primeras épocas podían contar con campana, pero algunas llegaron a construir espadañas laterales o acaballadas para dar lugar a ellas. Otra variación consistió en la presencia de ventana o de balcón en la antecapilla por la presencia de un coro. El sistema de cubiertas preferido fue el de par y nudillo, cuyo entramado estaba sostenido por las soleras de madera en el remate de los muros. La labor de carpintería en el templo tenía como principal objetivo la cubierta, consistente en los tirantes, a veces dobles, que cubrían la luz de la nave, sobre ellos se disponían los pares, piezas inclinadas sobre las cuales se clavan las correas que sostenían el cañizo, y sobre este, el tejado. Para evitar que los pares se abrieran, se clavaban los nudillos en el último tercio de la vertiente que formaban los pares. El resultado fue una techumbre con sección trapezoidal, por lo general a la vista, o con un harneruelo formando una artesa.

Der.: Templo doctrinero de Sáchica. Foto Sandra Reina.  Izq.: Templo doctrinero de Tausa viejo. Foto Sandra Reina.

Der.: Templo doctrinero de Sáchica. Foto Sandra Reina.  Izq.: Templo doctrinero de Tausa viejo. Foto Sandra Reina.

 

Los materiales utilizados correspondían a los que por facilidad se podían encontrar en el lugar, cuidando que los cimientos y sobrecimientos fueran en piedra. Los muros llegaron a tener una mezcla de materiales y de técnicas constructivas bien fuera por la disponibilidad de materiales, por mejorar la resistencia de los muros o por facilidad constructiva. Podía darse el caso de muros en mampostería de abobe o en tapia pisada, pero con rafas y verdugadas en ladrillo o piedra. En otras zonas, como en el territorio de los indígenas páez, el sistema más utilizado fue el uso de bahareque con cubiertas de paja, y el trazado de una nave más corta con muros gruesos. Los revoques en cal con aristas redondeadas dieron como resultado volúmenes contrastantes con el entorno natural que, por estar localizados en las partes prominentes, junto a un cerro tutelar, se constituían en referentes del territorio a la distancia.

A través de los siglos los templos han sido objeto de modificaciones por diferentes razones. Al final del siglo XVIII, ante la escasa población indígena y la ambición de los mestizos de las tierras de los resguardos, muchos de los pueblos de indios fueron convertidos jurídicamente en parroquias, con las que se eliminaba el carácter segregacionista de su origen. Los indígenas eran desplazados nuevamente, esta vez a otro de los pueblos, liberando así la posibilidad de redistribuir tierras y solares. Una vez instalada la nueva población, y ante la imposibilidad económica de construir un nuevo pueblo, se llevaron a cabo ciertas acciones con el fin de quitarle la fisonomía de “pueblo de indios” y tratar de parecerse más a la ciudad “blanca”. Con este fin se construyeron campanarios, se eliminaron antecapillas, se encalaron si es que aún el color predominante era el de la tierra, y se levantaron tapias para mejorar la legibilidad de calles y plazas.

 Izq.; Templo de doctrina de San Andrés de Pisimbalá en 2010, antes que un incendio lo destruyera. Foto Sandra Reina. Derecha.; Interior del templo doctrinero de Turmequé con pintura mural. Foto SandraReina

Izq.; Templo de doctrina de San Andrés de Pisimbalá en 2010, antes que un incendio lo destruyera. Foto Sandra Reina. Derecha.; Interior del templo doctrinero de Turmequé con pintura mural. Foto SandraReina

 

Las supervivencias de estos templos representan hoy uno de los capítulos más ricos y antiguos del patrimonio arquitectónico colombiano. Sobresale el conjunto de templos de los departamentos de Cundinamarca y Boyacá que, aunque con alteraciones en su tipología y materialidad, aún permiten la legibilidad de su carácter original. Los pueblos están asentados sobre la traza colonial pues en varios casos incluso conservan casas originales. La principal causa de transformación ha sido la actualización a materiales modernos, por desgaste de las técnicas antiguas o por gusto estético e incapacidad para el mantenimiento de esos materiales. Otro conjunto es el de los templos de la zona de Tierradentro en el Cauca, que por su aislamiento y situación de conflicto social entre indígenas y campesinos presenta una mayor situación de vulnerabilidad. Ambos casos se constituyen como determinantes para el reconocimiento histórico de sus territorios, porque desde su origen han estado asociados a lugares significativos de ocupación, ya sea por su relación con cerros tutelares, su conexión con caminos o redes de sociabilidades ente comunidades o porque evidencian el proceso de cambio de ocupación y de formas de habitar un territorio en un proceso de colonización que presentó también fenómenos de hibridación y resistencia.

 

Bibliografía

 

Reina Mendoza, Sandra. Traza urbana y arquitectura en los pueblos de indios del altiplano cundiboyacense, siglo XVI a XVIII. El caso de Bojacá, Sutatausa, Tausa y Cucaita. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Artes, Colección Punto Aparte, 2008.