19 de octubre del 2019
 
Sigmund Freud (centro) con sus colegas en el Congreso de La Haya. Aparecen Ernest Jones, Sándor Ferenczi y Karl Abraham, ca. 1920. Colección Library of Congress, Washington, D. C.
Marzo de 2015
Por:
Mario Elkin Ramírez. Psicoanalista. Doctor en psicología, Universidad de Buenos Aires. Magíster en psicoanálisis, Universidad de París VIII. Profesor, Departamento de Psicoanálisis, Universidad de Antioquia.

PSICOANALISTAS EN EL FRENTE DE BATALLA

Durante la Primera Guerra Mundial, los primeros psicoanalistas continuaron sirviendo a la causa freudiana en el frente de batalla. Su combate no solo se libraba en tanto soldados o cirujanos, sino también en atender las “neurosis de guerra” que acumulaban tantas bajas en la retaguardia como combatientes en los distintos frentes de batalla, y demostraba la eficacia del psicoanálisis en su tratamiento.

Su procedimiento fue la comparación de este fenómeno desconocido con las neurosis y psicosis conocidas en tiempos de paz, para encontrar sus semejanzas y resaltar sus diferencias. Sigmund Freud, debido a su avanzada edad, permaneció en Viena, pero sostenía a sus epígonos en el frente, por medio de su correspondencia cálida y la circulación entre ellos, tanto de sus propios trabajos científicos, como los de aquellos producidos muchas veces en las trincheras, ayudándole a cada uno con su subjetividad en juego al enfrentar los horrores de la guerra. 

Sigmund Freud, 1938. Colección Library of Congress, Washington, D. C.

 

En sus primeras concepciones sobre las neurosis de guerra, Freud elucida la reivindicación de la auto-conservación frente al peligro de muerte que significaba volver al frente de batalla. De allí se desprende el reconocimiento de una ganancia primaria de la enfermedad, seguir vivo, pero dicha huida en la enfermedad es un procedimiento inconsciente, por lo que los psiquiatras militares sospechaban una simulación en estos enfermos quienes así escondían su cobardía. Por ello usaban crueles métodos para el tratamiento de estas neurosis, como las descargas eléctricas. 

Para el psicoanálisis, en cambio, el síntoma es un medio de consuelo del sujeto frente a una realidad demasiado dolorosa y terrible, y el traumatismo es pensado como un espanto del que estos pacientes inconscientemente no se recuperaban. En consecuencia, proponía un tratamiento “más humanitario”: la palabra.

Los descubrimientos psicoanalíticos de las patologías de la guerra de estos pioneros son notables. Sándor Ferenczi demuestra que las neurosis de guerra tienen origen psíquico y no orgánico. Aísla dos grupos de casos: en el primero, en aquellos en quienes encuentra como significado de sus parálisis la conmemoración del momento traumático (histeria de conversión), sus extremidades permanecían petrificadas en la posición en que estaban al sufrir un susto ante una explosión de un obús, una granada u otro proyectil. 

En segundo lugar, reconoce en otras neurosis de guerra una histeria de angustia, en las que las tentativas de desplazamiento reactivan la amenaza de repetición de la experiencia patógena. Aporta a Freud material para repensar la función de realización de deseos del sueño, frente a las pesadillas y la repetición onírica de las terribles escenas vividas durante la guerra.

Karl Abraham reconoce, como factor desencadenante de la neurosis de guerra, un acontecimiento banal en sí mismo, a pesar de ocurrir en el frente de batalla y que le sirve de detonante a una sintomatología. Dicho evento producía una histeria que estaba allí antes de la guerra, con todos los factores de predisposición conocidos en las neurosis de paz. 

Concluye que la guerra es, sencillamente, la contingencia en la que se detona una histeria conversiva. Abraham vuelve, además, sobre el punto en el que estos pacientes pueden vivenciar el miedo a matar como el miedo a morir, en una especie de identificación con la víctima.

Para Víctor Tausk en la llamada “psicosis de guerra”, la guerra solo proporciona el escenario  a una producción mental trastornada y preexistente. Trata los casos con la conceptualización clásica freudiana de la melancolía y la paranoia. Da cuenta de numerosos casos en los que se desarrollan cuadros clínicos simultáneos de melancolía y paranoia.

Ernest Jones enfrenta a los críticos del psicoanálisis, quienes consideraban inútil la búsqueda de otras condiciones etiológicas por fuera del conjunto de factores de la guerra, cuya presencia era indiscutible: eran activos en la mayoría de los casos y suficientes por sí mismos para producir las neurosis de guerra. El galés concentra su contraataque en dos tesis de sus adversarios: la primera, la tensión psíquica. Argumenta la escasez en las tropas inglesas, de las neurosis de guerra como verdadero estado clínico patológico, a pesar de que la tensión psíquica estaba presente. Era preciso entonces suponer, en las víctimas de estas neurosis, otros factores de predisposición, ocurridos con anterioridad a la guerra. La segunda, que las psiconeurosis resultan de conflictos mentales inconscientes. Señala que los shocks de guerra producen efectos diferentes en los sujetos, quienes bajo la misma influencia reaccionan de modo distinto, es decir, uno por uno. 

Luego pasa a reflexionar sobre los puntos de posible encuentro entre la teoría de Freud y la experiencia de la guerra, a saber, el hecho de que la teoría de las pulsiones agresivas y sexuales en conflicto con las exigencias de la civilización, es demostrada de modo estruendoso por la guerra. Durante esta, la población masculina de una nación está no solo autorizada, sino que es empujada a conducirse de manera que inspira el más profundo horror, al espíritu del hombre civilizado, a cometer crímenes y a asistir a espectáculos que sublevan profundamente nuestra conciencia moral y hieren nuestro gusto estético. Todos los impulsos defendidos, y que, hasta ahora, habían sido evitados: impulsos crueles, sádicos, asesinos, etc., se despiertan y manifiestan una fuerza extraordinaria, y los antiguos conflictos intra-psíquicos que constituyen la causa esencial de todas las perturbaciones neuróticas y que se había logrado constreñir por la represión de una de las fuerzas en conflicto, se encuentran de repente reforzadas, y la persona es llevada a enfrentarlas en esas circunstancias totalmente diferentes entrando en el ejército. 

Las neurosis de guerra ponen de presente un conjunto de problemas que llevan a Freud a un cierto número de modificaciones teóricas y clínicas. La pulsión de muerte da cuenta de una tendencia originaria en el hombre hacia su propia destrucción, más allá del principio del placer que, hasta entonces, se pensaba como aquel que regulaba el funcionamiento del aparato psíquico. 

Al trauma Freud lo hace retornar con gran fuerza a partir de la consideración de las neurosis de guerra. Esto le permite inferir que los sueños de horror repetidos de los neuróticos de guerra tienen por meta el dominio retroactivo de la excitación bajo el dominio del desarrollo de la angustia. El propósito de Freud es conceder una excepción a la propuesta del sueño como realización del deseo; estos sueños podrían realizar deseos al servicio de las tendencias masoquistas del yo.

Episodio durante la batalla de Zonnebeke, 1918, Hurley

Episodio durante la batalla de Zonnebeke, 1918, Hurley.

 

“Se prolonga el silencio. Hablo, tengo que hablar. Me dirijo al cadáver y le digo: —Camarada, yo no quería matarte. Si otra vez saltases aquí dentro, yo no lo haría, siempre que tú fueses razonable… Pero antes solo fuiste para mí un concepto, una de esas combinaciones de ideas que bullen en mi cabeza… Eso me hizo decidirme. Apuñalé a una idea… Ahora comprendo que eres un hombre como yo. Pensé entonces en tus granadas de mano, en tu bayoneta, en tu fusil… ahora veo a tu mujer, veo tu casa, veo lo que tenemos en común. ¡Perdóname, camarada!”

Erich María Remarque. Sin novedad en el frente. 

Buenos Aires, Editorial Tor, 1944.

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“Saqué la máscara antigás, me puse las botas, me abroché el cinturón y eché a correr hacia fuera. Allí vi como una gigantesca nube de gas, formada de espesos vapores blancuzcos, estaba suspendida encima de Monchy, y como, impulsada por un viento suave, iba rodando hacia la cota 124, situada en una hondonada”.

“Un acre olor a cloro me enseñó que tampoco estas eran nieblas artificiales, como había pensado al principio, sino que realmente se trataba de un potente gas de combate. Me puse, pues, la máscara, pero volví a quitármela al instante. Tan deprisa había corrido que ahora no podía recibir suficiente aire por el respirador; también quedaron empañados en un santiamén los cristales de las gafas y se volvieron completamente opacos”. “En Monchy vimos sentada delante del puesto de socorro una muchedumbre de hombres intoxicados por el gas; se apretaban los costados con las manos, gemían y se ahogaban, mientras de sus ojos fluía agua. La cosa no era inofensiva en absoluto, algunos de ellos murieron días después, tras padecer dolores espantosos. Habíamos tenido que soportar un ataque de gas de cloro puro, un gas de combate que actúa sobre los pulmones corroyéndolos y quemándolos. A partir de aquel día decidí no volver nunca más a salir sin llevar conmigo la máscara antigás”.

“Cuando, al atardecer de aquel mismo día, la enfermera le preguntó si no quería escribir una cartita a sus padres, presentí lo que aquellas palabras significaban. Y, efectivamente, aquella misma noche sacaron también su cama, rodando, por la oscura puerta y la llevaron a la sala destinada a los moribundos, el llamado ‘moridero’”.

Ernst Jünger. Tempestades de acero. Seguido de El Bosquecillo 125 y El estallido de la guerra de 1914.

Buenos Aires, Tusquets Editores, 2013.