Medalla de Oro Troquelada en bronce Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 1345
Julio de 2013
Por:
ROGER PITA PICO. Politólogo con opción en historia, Universidad de los Andes.Especialista en gobierno municipal y en política social. Magíster en estudios políticos, Universidad Javeriana. Miembro de número, Academia Colombiana de Historia.

PRIMERAS INCURSIONES DE CONQUISTA POR EL RÍO GRANDE DE LA MAGDALENA

El conquistador Alonso de Ojeda, junto con el piloto y cosmógrafo Juan de la Cosa, ambos compañeros de Cristóbal Colón en su segundo viaje, fueron los pioneros en navegar las costas del Caribe colombiano en 1499, asomándose hasta el cabo de la Vela. Hacia 1501, Rodrigo de Bastidas se asoció con Juan de la Cosa y zarparon en dos navíos para completar el descubrimiento de la línea costera hasta llegar al golfo de Urabá. El propósito de este par de expedicionarios era hallar un estrecho que los condujera a las islas de las especias. En esa ocasión llevaban a bordo como soldado a Vasco Núñez de Balboa, el futuro descubridor del océano Pacífico.

El 1º de abril de ese mismo año, 1501, Bastidas descubrió la desembocadura del río Grande de la Magdalena, llamándola Bocas de Ceniza por el color de las aguas que ingresaban al mar Caribe más de una legua. Al gran afluente lo bautizó así porque ese era el día en que la Iglesia celebraba la conversión de María Magdalena1. Tal confluencia entre aguas fluviales y marítimas se convirtió en un paso infranqueable para los primeros exploradores. Así lo describe el cronista Juan López de Velasco: “(…) entra en la mar tan caudaloso y recio, que los navíos que navegan de Santa Marta a Cartagena, suelen peligrar en sus corrientes si no le descabezan bien a la mar”2.

Durante los años siguientes, la costa quedó a merced de aventureros dedicados a extraer oro y perlas y a comerciar ilegalmente indios esclavos. Solo hacia mediados de la segunda década de los años mil quinientos tomó auge el proceso de conquista “tierra adentro”, gracias a la avalancha de emigrantes europeos y de aquellos desengañados por las menguadas riquezas de las islas caribeñas. Bastidas fundó en 1526 la ciudad de Santa Marta, epicentro de la provincia del mismo nombre que iba desde el Cabo de la Vela hasta la desembocadura del río Magdalena. Esta gobernación sería la punta de lanza para la expansión de la frontera y, dentro de esos planes, una de las alternativas más promisorias era adentrarse por el gran río descubierto por Bastidas.

La ciudad de Cartagena fue fundada en 1533 por Pedro de Heredia. Se abrió paso así a la gobernación que delimitaba al costado izquierdo del río Magdalena hasta el Darién. Heredia centró su interés en la explotación de tumbas indígenas en el territorio de los zenúes y, desde luego, se vio tentado a aprovechar el reciente descubrimiento del río Magdalena, aventurándose también a examinar el cauce del río Cauca.
Estas incursiones de conquista del territorio y de sondeo de las riquezas allí contenidas, implicaron a veces disputas políticas y jurisdiccionales, mientras se perfilaba, con mayor precisión, la magnitud de las complejas áreas ocupadas. En ese sentido, el Magdalena no solo se fue perfilando como eje nodal de sucesivas expediciones sino también como límite indiscutible de las nacientes y aún frágiles divisiones político-administrativas.

Recorridos y fundaciones en el siglo XVI

Ante las conocidas dificultades que ofrecía el acceso por la desembocadura del Magdalena, el gobernador de Santa Marta, don García de Lerma, realizó los primeros intentos por reconocer el rumbo del río. A mediados de 1531, una expedición de 40 soldados a caballo y 150 peones acompañó al capitán Pedro de Lerma, sobrino del gobernador, en un largo camino a través del valle de Upar para después tomar el curso del río Cesar hasta llegar a su confluencia con el Magdalena, del cual quedaron maravillados con la gran distancia que había de orilla a orilla. De allí continuaron río arriba observando algunos pueblos indígenas hasta toparse con la confluencia de otro río al que bautizaron con el nombre de Lebrija en honor al capitán Antonio Lebrija. Aunque alcanzaron a tener noticias de gentes que vestían con telas de algodón, lo cenagoso del terreno y la ofensiva de tribus belicosas los obligaron a devolverse después de dos meses de arduo trasegar y de haber recogido 2.500 pesos de buen oro.

Los capitanes Juan de San Martín y Juan de Céspedes solicitaron permiso al gobernador para emprender una nueva travesía en el intento por descubrir el nacimiento del río Grande que, según se especulaba, quedaba en tierras del Perú. La expedición avanzó hasta las bocas de Tacaloa, en la confluencia con el río Cauca. Siguieron por este afluente y, tras álgidas disputas internas y agobiados por los escasos recursos, regresaron a principios de 1532 a Santa Marta.

Casi simultáneamente, el portugués Jerónimo de Melo realizó la primera entrada por Bocas de Ceniza. Al mando de cincuenta hombres acomodados en dos navíos, resistiendo la acometida de indios flecheros y prácticamente obligando a los pilotos a superar la furia de las aguas, Melo alcanzó a subir por el río unas 35 leguas, es decir, hasta el sitio conocido luego como Tenerife. Así, entonces, quedaron descubiertas dos vías de penetración hacia el interior a través del río, noticia que generó gran expectativa y satisfacción en la corona que veía cerca las posibilidades de llegar hasta las ansiadas riquezas del Perú que, según los cálculos, distaba 1.000 leguas en dirección al Sur.

Por esa misma época el alemán Ambrosio Alfínger, gobernador de Venezuela, emprendió la búsqueda de un camino hacia el mar del Sur que les permitiera, a sus coterráneos de la casa Welser, expandir sus mercados al Oriente. Comenzó su marcha desde Coro, pasó por Maracaibo, valle de Upar y llegó, a mediados de 1532, a la ciénaga de Zapatosa. Poco después se trasladó con su tropa al territorio de los indios cindaguas, hábiles remeros y pescadores asentados cerca del actual Tamalameque a orillas del Magdalena, arteria fluvial que según relataron corría “como un viento” y tenía un cuarto de legua de ancho. Motivado por los rumores de las riquezas auríferas del pueblo ribereño de Simití, Alfínger planea fundar un poblado y proseguir la expedición río arriba. A pesar del refuerzo de 50 soldados, indios cargueros, herramientas y carpinteros diestros en la fabricación de navíos, al final se vieron precisados a abandonar la orilla del río debido al terreno cenagoso por el crudo invierno. De regreso tomaron otro sendero con dirección al sudeste a través de las montañas, bajo la confusa convicción de que el río Magdalena y la cordillera venían desde el oriente. Llegan por esa ruta hasta Xerira tropezándose con los indios guanes que vestían mantas de algodón y comían sal de minas. Los expedicionarios no pudieron averiguar el origen de estas tribus que, sin duda, eran una avanzada de las comunidades andinas de lengua chibcha. Hambre, frío, lluvias y vientos padeció la tropa al paso por las cumbres de la cordillera Oriental y luego descendió al valle de Chinácota donde Micer Ambrosio muere a manos de indios flecheros3.

En 1534, García de Lerma organizó una nueva expedición por el río, para lo cual mandó construir y equipar cinco bergantines aunque no con la misma calidad de los que solían traer de Santo Domingo y España. Cuando apenas empezaban a navegar, la falta de pericia de los pilotos y el ataque de los indios ocasionaron la pérdida de una de las embarcaciones y la muerte de 17 soldados. El gobernador de Cartagena acusó a los expedicionarios samarios de usurpar su jurisdicción en lo que sería el inicio de una serie de pleitos y acusaciones mutuas. Ese mismo año, Heredia encabezó una expedición que llegó hasta las poblaciones ribereñas de Calapa, Malambo y Barranca de San Mateo, desde donde adelantó incursiones montaña adentro en busca de oro.

Luego de estos intentos, la primera expedición que finalmente logró conquistar al Nuevo Reino de Granada fue la del licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada. Avanzó por el río Magdalena hasta el Opón e inició el ascenso por la cordillera hasta entrar al altiplano donde fundó, en 1538, la ciudad de Santa Fe. Si bien esta no fue la expedición más larga, si fue la más exitosa por cuanto permitió encontrar una próspera sociedad indígena que más tarde fue el epicentro político del Nuevo Reino.

Este conjunto de expediciones que avanzaban hacia el interior se encontraron con otras que venían del sur. Luego de fundar la ciudad de Quito, en 1534, el conquistador Sebastián de Belalcázar buscó la oportunidad de crear su propia gobernación más allá del extremo norte del imperio incaico. En 1536, en una de esas avanzadas, fundó Cali y Popayán, sedes de su futura gobernación. Su obstinación era hallar fabulosos tesoros y otra ruta al mar Caribe que no fuera el intrincado paso por Panamá. Para abrazar ese propósito, contaba con Juan de Avendaño y Luis de Sanabria, dos expertos de la exploración del río Orinoco liderada por Diego de Ordás.

A finales de junio de 1538 partió Belalcázar de Popayán, con más provisiones que Quesada. Con las indicaciones de indios baquianos y, tras varias bajas por lo áspero del camino, la excursión se internó en el macizo montañoso donde nace el río Magdalena y avanzó hacia el norte por la ribera derecha. Recorrieron valles pródigos en oro y en cultivos, algunos poblados y otros abandonados a causa de guerras tribales. Belalcázar pasó luego a la margen izquierda del río y a pocas leguas su lugarteniente Pedro de Añasco halló condiciones favorables para fundar a Timaná. Más adelante, mientras resistían el embate de tribus belicosas, detectaron en el paraje de Fortalecillas rastros de caballos y cristianos que según las sospechas provenían de Santa Marta o Cartagena. Tras ser advertidas las huestes de Quesada sobre la presencia de españoles provenientes del sur, envió a principios del año siguiente a su hermano Hernán Pérez, quien se tropezó con aquellos expedicionarios en inmediaciones del río Sabandija, no muy lejos del actual puerto de Honda. Allí entablaron relaciones amistosas e intercambiaron presentes. En atención a la invitación de Pérez, Belalcázar accedió cruzar en canoa el río Grande y remontó la altiplanicie para su histórico encuentro con Quesada y con el alemán Nicolás de Federmann4.

Hacia 1540, estos tres conquistadores partieron río abajo con el objeto de que el rey resolviera el litigio sobre el dominio de las tierras del altiplano. Belalcázar ya había impartido instrucciones para asegurar el dominio sobre las tierras del sur y, en respuesta a ello, Juan de Cabrera fundó la ciudad de Neiva en 1539 cerca del río Campoalegre. Ante la corta existencia de este poblado, hacia 1551 Juan Alonso volvió a fundarlo en el sitio que actualmente ocupa Villavieja, pero al poco tiempo fue destruido por los indios pijaos.

Rápidamente se propagó en los asientos de Santa Marta y Cartagena la noticia sobre las riquezas doradas de los chibchas, historias de lagunas encantadas y piedras preciosas. A partir de allí, abundaron los planes para remontar río arriba en la búsqueda afanosa de aquellos insondables tesoros hallados a mitad del camino al Perú.

En 1540 el gobernador interino de Santa Marta, Jerónimo Lebrón, preparó seis bergantines con 100 soldados y 200 hombres por tierra, y siguió la misma ruta de Quesada. Su objetivo era hacerse cargo del gobierno del Nuevo Reino que, según él, pertenecía a su jurisdicción. Estos serían los albores del proceso de colonización, pues en sus naves iban diez religiosos, algunas mujeres blancas y las primeras semillas de trigo y cebada. La expedición atrajo la atención de varios comerciantes que ayudaron a financiar la aventura y subieron por el río mercancías para intercambiarlas por oro. Los indígenas se defendieron férreamente, mostrándose más hábiles en sus ataques por el río que por tierra donde debían lidiar con la figura mítica de los caballos y las jaurías bien adiestradas. Las aspiraciones políticas de Lebrón quedaron truncadas al llegar al altiplano, razón por la cual regresó a Santa Marta.

El adelantado Alonso Luis de Lugo probó suerte en 1543 en una excursión que pasó por valle de Upar y recorrió la cuenca del río Cesar hasta llegar al paso del Adelantado. Tardaron más de tres meses en llegar a la Tora debido a los fuertes ataques indígenas. Las incomodidades climáticas, el hambre y las enfermedades provocaron varias bajas y persuadieron a Lugo de suspender la expedición a Vélez, pero un negro llamado Gasparillo ofreció guiarlos exitosamente hasta esta ciudad a cambio de obtener la libertad.5Al final, escasamente sobrevivieron 8 españolas y menos de 100 soldados.

Hacia 1549, el visitador Miguel Díez de Armendáriz comisionó al capitán Francisco Núñez Pedrozo para que pacificara los indios panches, al costado occidental del río Magdalena, y levantara una ciudad en estas tierras. Núñez cumplió su cometido y en 1551 fundó a Mariquita. A tres leguas de allí, tomó impulso en los años siguientes el embarcadero de Honda, punto que fue reconocido como villa en 1643.

Nuevas rutas fueron propuestas ante las dificultades que ofrecía el trayecto por el Magdalena. El vecino de Tunja, don Juan López, sugirió en 1543 activar el camino por el lago de Maracaibo. Por esa misma época se había habilitado el puerto del Carare, pero no siempre era utilizado por los viajeros debido al impacto del invierno.
El impulso de la colonización a mediados del siglo XVI, efectuadas ya las primeras fundaciones, a través de las aguas del río Grande avanzaban, cada vez con mayor intensidad, expediciones en procura de preservar estos asentamientos hispánicos. Nuevas incursiones penetraban por los caminos y afluentes del río en una especie de diáspora española ávida por auscultar tierras de vertiente.

La instalación de la Real Audiencia en Santa Fe, hacia 1550, suscitó un nuevo orden jurídico que cobijó a las gobernaciones de Cartagena, Santa Marta y Popayán. Se marcó así el inicio del proceso de colonización, la instalación del andamiaje administrativo y la conformación del aparato eclesiástico. Presidentes, oidores, burócratas de profesión y religiosos venidos de España son ahora pasajeros asiduos del río. Por allí pasó, en julio de 1553, el primer arzobispo de Santa Fe, fray Juan de los Barrios, y en 1564 el primer presidente don Andrés Díaz Venero de Leiva. Cargas y mercancías estaban dirigidas ya no tanto a proveer a los arriesgados soldados expedicionarios, sino a sentar las bases de una estructura social y una economía incipiente sustentada en la extracción minera, la agricultura y la ganadería.

A principios del siglo XVII, Cartagena empezó a consolidarse como puerto y plaza fuerte, cuya primacía estuvo ligada al desarrollo de la navegación por el Magdalena. Mompós, fundada en 1540 por Juan de Santa Cruz, se convirtió en la principal escala para llegar a Honda. Hacia 1546 se fundó Tamalameque como embarcadero alterno. El canal del Dique, abierto en 1650, fortaleció la articulación entre la ciudad de Cartagena y el río Magdalena.

Si bien a comienzos del siglo XVII la población indígena estaba diezmada y la impronta hispánica había logrado ocupar la zona central del país, es preciso aclarar que, simultáneamente con estas nuevas dinámicas, la ruta fluvial del Magdalena seguía suscitando preocupaciones entre las autoridades españolas. De 300 leguas, 60 no eran navegables. Los ataques indígenas no cesaban en algunos tramos del río, razón por la cual el presidente Francisco de Sande mandó, en 1600, al oidor Luis Henríquez a una campaña de pacificación6. Por otro lado, la conquista del territorio no había culminado del todo. Hacia 1612, Diego de Ospina y Medinilla logra, tras dos intentos fallidos, fundar la Neiva actual en la margen derecha del río.

Después de todo, el Magdalena fue el principal cauce de penetración en las primeras avanzadas de conquista y de apertura de la frontera. Facilitó la conexión norte-sur, entre el mar y los Andes, constituyéndose no solo en la puerta de entrada a la economía mundial sino también facilitando el contacto entre el europeo, el africano y el indígena. Abrió además la posibilidad de franquear las cordilleras sentando las bases del que sería, en el siglo XVIII, el próspero y poblado territorio del Nuevo Reino de Granada.
(…) En una carabela con la gente Que como capitán iba rigiendo; El cual por ser sagaz y diligente En gracia y en honor iba subiendo, Y este Melo halló la boca llena Del río grande de la Magdalena. Y como los designios en que estriba Era sacar a luz no vistas sillas, Determinó subir por él arriba A ver lo que contienen sus orillas. (… Juan de Castellanos. Elegías de Varones Ilustres de Indias. Bogotá, Gerardo Rivas Editor, 1997, p. 531.

Holgáronse de ver en sus riberas Diversidad de árboles sombríos; Entretejidas grandes cañaveras, Que suelen ser ornatos de los ríos; En partes estendidas sementeras, Por las aguas frecuencia de navíos, Que son, según dejimos, unos leños Cavados, palos grandes y pequeños.

Impresiones de la expedición de Pedro Lerma cuando divisó el río Magdalena en 1531. Juan de Castellanos. Elegías de Varones Ilustres de Indias. Bogotá, Gerardo Rivas Editor, 1997, p. 540.

“[…] toparon con un río muy grande, que así se llama en estas partes Río Grande, que por esta parte de esta ciudad al oeste estará de aquí cuarenta leguas por tierra, a donde en la ribera de él es mucho el oro que hay, todo fino y muy bueno; no pueden entrar en él navíos, porque la furia dél es tan grande que no los deja subir”.

Carta del gobernador de Santa Marta don García de Lerma al Rey, 26 de octubre de 1531. En Friede, Juan. Documentos inéditos para la Historia de Colombia. Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1955, vol. II, p. 233.

Referencias

1 Saldanh, E. de. "El descubrimientodel río Magdalena", en Boletín Historial, No. 4, Cartagena, agosto de 1915, pp. 120-124.
2 López de Velasco, Juan. Geografía y descripción universal de las Indias, Madrid, 1971, p. 190.
3 Friede, Juan. Los Welser en la conquista de Venezuela. Caracas-Madrid, Ediciones Edime, 1961, pp. 202-209.
4 Avellaneda Navas, José Ignacio. La expedición de Sebatián de Belalcázar al mar del Norte y su llegada al Nuevo Reino de Granada. Bogotá, Banco de la Republica, 1992, p. 11.
5 Castellanos, Juan de. Elegías de varones ilustres de Indias. Bogotá, Gerardo Rivas Editor, 1997, p. 1.304.
6 Simón, Pedro fray. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, t. IV, Bogotá, Banco Popular, 1981, pp. 390-393