Foto de cartelera de Pasado meridiano (1965), de José María Arzuaga ,con Henry Martínez y Gladys del Campo
Septiembre de 2016
Por:
Enrique Pulecio

PASADO MERIDIANO (J.M. ARZUAGA)

A Pasado meridiano de José María Arzuaga no le ha pasado el tiempo que devora buena parte del cine escrito en las imágenes de una época. Reconocemos una ciudad que ya no es la nuestra, una ciudad de tierras baldías donde hoy se levantan arquitecturas modernas, vemos avanzar el tren que ya no está, el estilo de una época, la moda irremediablemente pasada. Pero algo queda de fundamental --lo más significativo en la película-- y es el dolor callado de su protagonista.

Dos argumentos se entrelazan en Pasado meridiano. Uno es kafkiano: el aplazamiento indefinido de un hombre que busca el momento para entrevistarse con su superior, el dueño de una agencia de publicidad, como si fuese un dios inalcanzable. El otro argumento hace del primero algo irrisorio: ese dios es un dios sometido y arrodillado. Pero no son temas abstractos. Al contrario, todo sucede dentro de cierta tensión creada por las diferencias en la condición social (tan propia del estilo del neorrealismo), más que como consecuencia de fuerzas superiores. En el marco donde éstas diferencias establecen claramente la significación evidente de los propósitos del autor, por los contrastes presentados. Arzuaga representa el sistema capitalista en lo que tiene de más cínico, convirtiendo su película en una verdadera denuncia que ha quedado como testimonio de una representación fiel de cierta realidad. Poco importa si estamos o no de acuerdo con el director en su opinión acerca de la generalidad de lo implicado. Lo que interesa es cómo funciona dentro del relato cinematográfico. Y es aquí en donde algún sector de la crítica de la época confundió los términos. Si, por un lado, el humilde vigilante jamás accederá a la posibilidad de tener aquella breve entrevista con el jefe a fin de obtener un permiso para asistir al entierro de su madre que acaba de morir en su pueblo natal, por otro, cuanto le rodea, como una muralla invisible, no es más que el frenético despliegue de las estrategias casi ridículas que los publicistas ponen en marcha para asegurar la venta de una campaña a un supuestamente iluso fabricante de productos alimenticios para nutrir a las clases menos favorecidas. La mirada sobre el pueblo empobrecido a quien va dirigido el producto, con su obscena utilización de imágenes, sirve a Arzuaga para reivindicar los sentimientos de una verdad quizá simple, pero sin duda elevada a la condición de solidaridad humana, que tan pronto en el ir y venir de un tema a otro de la historia, hace ver en Gonzalo, el vigilante, la tribulación de un hombre incapaz de actuar más allá del círculo cerrado de sus limitaciones.

 

Comprendemos que el arte de Arzuaga no plantea problemas complejos, pero sí fundamentales: la soledad, la negación, la debilidad, la cobardía. El recuerdo necesariamente perturbador en que está prisionero su sentimiento de insolidaridad, no es más que la prolongación de todas sus debilidades y frustraciones. La escena de la seducción que va a expresar las infelices relaciones a que se ve empujado y que tiene lugar en los potreros de una ciudad que avanza en su construcción, con las desnudas estructuras de cemento al fondo, cuando Gonzalo abandona a la mujer que quería poseer allí mismo al descubrir una pandilla de jóvenes violadores que aparecen en el horizonte, tiene toda la fuerza y la pesadumbre del cine que es capaz de proyectar un drama íntimo más allá de cualquier violencia explícita, ya que crea una perspectiva nueva sobre el espectador, con un sentimiento de irrealidad, de pesadilla.

Pasado meridiano, realizada entre 1965 y 1967, es una de esas películas del cine colombiano mal comprendidas. Quizá haya sido necesario que pasen los 32 años que nos separan de ella para juzgarla en su justo valor. Con esta perspectiva, hoy podemos reconocer en ella una obra redonda, un universo completo, cerrado sobre sí mismo, creado y expresado con una gran economía de medios, con sus deficiencias técnicas, es cierto; pero a quién le interesa eso, cuando la obra es completamente válida y transparente al hacerse contestataria frente a una moral moderna --neoliberal se diría hoy--. Pasado meridiano refleja una postura intelectual muy clara, que se refiere al compromiso de expresar en el arte la búsquede de relaciones humanas más humanas.