Bajo la luz eléctrica. Óleo de Andrés de Santa María, 75,5 x 62,5, ca. 1916. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2388. Fotofrafía Alberto Sierra
Marzo de 2016
Por:
Credencial Historia

OBRA DESTACADA: IMPRESIONES MENTALES

Andrés de Santa María (1860-1945) fue un pintor colombiano cuya obra se desarrolló bajo el fuerte influjo del impresionismo, sin duda la tendencia más renovadora del arte pictórico de todos los tiempos. Si bien Santa María no figura dentro del séquito de artistas creadores del impresionismo en Francia, lo más correcto es ubicarlo dentro de ese grupo de pintores periféricos que creyeron en la gran ruptura estilística que propuso el irreverente Édouard Manet (1832-1883), quien le abrió el camino a la pintura moderna con obras como Música en las Tullerías (1862), lienzo donde surgió el “color local”, es decir, aquella pincelada de óleo sin mezclar que se convirtió en lema y baluarte de la nueva pintura, la cual se entiende mejor a partir de la idea del historiador del arte William Fleming, cuando afirma que “el ojo no ve realmente formas y espacio sino que los deduce de las intensidades de luz y color”.
Los impresionistas redescubrieron la luz cuando salieron al campo a “pintar del natural”. Su labor fue posible gracias a un invento industrial sencillo, pero contundente; se trataba de los tubos de metal rellenos de óleo (the collapsible tubes) que se vendían popularmente desde 1841 y que fueron inventados por el estadounidense, radicado en Gran Bretaña, John Goffe Rand (1801-1873). Tal adminículo permitía que los pintores montaran en barcas o fueran al campo a escudriñar los secretos visuales que ofrecía la naturaleza, fue en ese recorrido que Claude-Oscar Monet (1840-1926) pintó Impresión, salida de sol, en 1873, obra que le daría renombre mundial a una forma de trabajar que cultivaron además Eugène Boudin (1824-1898), Paul Cézzane (1839-1906), Hilaire-Germain-Edgar Degas (1834-1917), Camille Pisarro (1830-1903) y Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), Berthe Morisot (1841-1895), Alfred Sisley (1839-1899), Henri-Joseph Harpignies (1819-1916), Georges Seurat (1859-1891), pues afinaron la mirada y encontraron que la pintura servía para algo más que imitar la realidad. Históricamente, estos artistas descubrieron que la pintura era un medio ideal para construir nuevas realidades visuales, emotivas y fuertemente conmovedoras. Esta alucinación pictórica, que algunos consideran estaba cerca de las imágenes lisérgicas que producía el consumo de absenta. El empleo de opiáceos constituyó una experiencia que no era indiferente para creadores de pinturas o poemas en París, identificados con las rimas delirantes de Charles Baudelaire (1821-1867), Paul Verlaine (1844-1896) o Arthur Rimbaud (1854-1891), quienes abrieron el camino hacia una estética oscura, cotidiana, desilusionada y renuente a los formalismos, estos últimos pasados de moda y vinculados a las decadentes formas cortesanas y napoleónicas de regímenes anteriores.
Bajo la luz eléctrica

Andrés de Santa María, director de la Escuela de Bellas Artes y Presidente de la sección artística de la Exposición. En Centenario de la Independencia de Colombia. Bogotá: Tipografía Salesiana, 1910.

 

La obra destacada que nos ocupa, entre muchas magníficas de Andrés de Santa María, es Bajo la luz eléctrica de 1916. Pieza que podemos considerar, en nuestro contexto colombiano, como un rezago impresionista. Sin embargo, en esta obra Santa María no deja de ser prodigioso en la manera como combina las manchas de colores, cuyos empastes producen efectos vibrantes, los cuales van armonizando y orquestando todo un rico juego visual que conduce hacia lo sublime.
Se trata del retrato de una mujer que está sentada frente a un jarrón de flores que reposa sobre una mesa. La pintura es tan difusa que parece hecha por un miope que ha olvidado colocarse los espejuelos. En ella los bordes son difusos porque los colores fueron aplicados sin mezclar y creando zonas que van surgiendo supernovas dentro de una galaxia. El color explota, la mancha gobierna y por esa vía el desconcierto resulta en regocijo para la mente, en cuanto que el cerebro sabe que “algo le falta” o que simplemente la imagen se ha construido por bruscos fragmentos que armonizan. Es en esa sensación de ausencia, de falta, de pérdida, de fragmentación, de conflicto entre la razón y la experiencia que surge la estética del impresionismo.
Por otra parte, el cuadro alude con su título a un momento especial de la vida urbana, el advenimiento del uso de la bombilla eléctrica dentro de los ambientes domésticos, situación que le debió resultar novedosa e interesante a Santa María, en cuanto fue designado director de la Exposición Nacional de Bellas Artes, realizada en el Parque de la Independencia en 1910, y donde la compañía de elaboración de cemento de los hermanos Samper construyó un pequeño edificio, conocido como “Pabellón de la Luz”, templete dórico donde se instaló la primera bombilla eléctrica, la cual iluminaba gracias al generador que los mismos Samper trajeron a la ciudad de Bogotá.
Fue el impresionismo una nueva forma de recobrar la capacidad de asombro estético, la luz sirve de metáfora para explicar su advenimiento, pero además le permite al historiador, interesado en utilizar la pintura como documento histórico, para recordar un hecho técnico que tuvo grandes repercusiones sociales y culturales, pero además recordando que fue gracias al pintor Andrés de Santa María que los bogotanos de finales del siglo XIX y comienzos del XX pudieron entrar en contacto con una forma muy elaborada y refinada de arte.
Si bien Santa María vivió más tiempo fuera de Colombia, las temporadas que pasó en el país fueron productivas y de gran entrega al proyecto de construcción de esta nación, como sucedió en 1904, cuando fue nombrado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes y después cuando se desempeñó como profesor de pintura de la misma institución. Situaciones de conflicto lo llevaron a dejar el país en 1911, para dirigirse a vivir en Europa, radicándose en Bruselas. Sin embargo, la Universidad del Cauca le encargó un tríptico, el cual terminó un par de años después. Murió en Bruselas el 29 de abril de 1945, la noticia de su deceso se difundió rápidamente y en Bogotá hubo varias manifestaciones de duelo.
Le seguimos rindiendo homenajes a este pintor, pues más que un “extranjero”, como el de Albert Camus, fue un viajero curioso y valiente, que decidió abandonar el país para ir a buscar mejores condiciones de vida, tal y como lo han hecho muchos ciudadanos colombianos que han ido a posarse bajo la luz eléctrica de parajes remotos; despertando todos los días al lado de un jarrón de flores y con la idea nostálgica de seguir siendo colombianos.

Referencias

1 William Fleming. Arte, música e ideas, México D.F.: Interamericana, 1987, p. 319.

2 Peter Burke. Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico, Barcelona: Crítica, 2005.