17 de octubre del 2019
 
Julio de 2019
Por:
Orián Jiménez Meneses* Doctor en Historia. Profesor Titular, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

NÓVITA

El establecimiento de un real de minas en la margen izquierda del río Tamaná , afluente del rio san juan,-llamado inicialmente san francisco de Nóvita -seria la matriz técnica y cultural para expandir la frontera minera.                                                                                                              

Desde principios del siglo XVII, cientos de mineros procedentes de las ciudades de Popayán, Cali, Buga, Toro, Cartago y Santa Fe de Antioquia se internaron en las tierras de El Chocó en busca de yacimientos auríferos, para trabajar en ellos con sus cuadrillas de esclavos. Tal proceso de poblamiento se intensificó hacia finales del siglo, cuando los españoles consiguieron doblegar a los grupos indígenas embera y noanamá, que, en gran medida, habían restringido la incorporación de la región a la Corona. El establecimiento de un real de minas en la margen izquierda del río Tamaná, afluente del río San Juan, ―llamado inicialmente San Francisco de Nóvita― sería la matriz técnica y cultural para expandir la frontera minera y probar suerte en “este paraíso del demonio”, como lo describió Rodrigo López Tuesta, desde el real de minas de Nóvita, por medio de una carta que le envió a su madre, doña Tomasa Correal de Ocampo, residente en la villa de Medellín, el 18 de octubre de 1710. Un “real de minas” era un poblado que se encontraba en inmediaciones de yacimientos mineros, cuya actividad principal, así como la de otros asentamientos que giraban a su alrededor, se centraba en esa industria. Alrededor de 1600, el poblado parece haber cambiado de nombre a San Jerónimo de Nóvita, quizás porque fue trasladado dentro del mismo territorio.

Cargueros en la montaña de Nóvita y camino de Nóvita en la montaña de Tamana Manuel María Paz, 1853
Comisión Corográfica Biblioteca Nacional de Colombia

Durante la década de 1690, cada vez se instalaban más rancherías negras y cortes mineros (yacimientos ubicados en terrazas, en los que se buscaba y extraía oro con la ayuda de barras metálicas para remover la tierra) en la provincia de Nóvita, cuando las secuelas de una crisis minera, derivada del agotamiento de las explotaciones, que duró buena parte del siglo XVII, aún se hacían sentir en Santa Fe, en otras partes del Nuevo Reino de Granada y en las ciudades de Cartagena y Popayán. En efecto, los patricios de las ciudades mencionadas enviaban sus mineros a la provincia y allá llegaban también algunos mulatos y mujeres de Popayán, quienes se disponían a entablar sus propias minas. Así, al lado de las cuadrillas de don Miguel Gómez de la Asprilla y la de don Luis de Acuña y Berrio, cada una con 45 y 70 esclavos, respectivamente, se encontraban, a finales de 1710, el entable de Cristóbal Ruiz, negro libre, quien trabajaba con tres piezas de esclavos y una cocinera. Hacía lo propio el mulato Luis Bedoya, quien explotaba “él mismo” un yacimiento de oro con 22 piezas de esclavos, en tanto que doña Luisa de Saha y su madre se beneficiaban del trabajo que realizaban las 20 piezas de esclavos que poseían.

Después de varias jornadas en las que cruzaban fragosos caminos y caudalosos ríos, quienes se adentraban en la provincia se embarcaban por las aguas borrascosas de los ríos Atrato y San Juan, dependiendo de si su destino final era el país de Nóvita o el de Citará. Esos visitantes se ocupaban en buscar oro en depósitos de arenas aluviales, que son aquellos que se forman por sedimentación en las partes próximas a los ríos, y en entablar cortes auríferos con sus cuadrillas de negros.

A pesar de las dificultades de acceso asociadas con el estado de los caminos, el peligro que se corría al vadear los ríos y el temor ante la presencia de animales propios de esas tierras, que los españoles concebían como alimañas, el aumento de la actividad minera, el comercio de esclavos y la expansión del contrabando por los ríos Atrato y San Juan se incrementaron, a tal punto que la monarquía española buscó incorporar ese espacio a las regalías de la Corona, mediante la creación de una gobernación, en 1726. Don Francisco de Ibero, su primer gobernador, describió entonces la provincia de Nóvita con una longitud de 50 leguas y cinco pueblos: Las Juntas, Los Brazos, Noanamá, Tadó y San Agustín, además del real de minas de Nóvita. Había 600 indios tributarios y 4.000 negros esclavos que sacaban oro de las entrañas de la tierra. La figura del gobernador sería una imagen decorativa ante la presencia de cientos de mineros, clérigos y corregidores de indios, quienes eran los dueños del poder y la administración. Pocos años después, en 1731, en Nóvita había “veinte casas, una fábrica de madera y paja [para procesar el oro], sin vecinos que establecieran república, porque eran trashumantes y los únicos que tenían residencia eran los mineros en sus entables en medio de montañas incultas”. Más adelante, en 1770, en el Real de San Jerónimo de Nóvita había casas de paja y palma, casa real, iglesia y cárcel.

Zona entre los Ríos de San Juan y Tamaná, 1781Archivo General de la Nación, Mapas y Planos 4, 415A

Por el informe realizado en 1742 por el obispo de Popayán, don Francisco José de Figueredo y Victoria, sobre una visita a las minas de Nóvita, se sabe de la “escandalosa vida” que llevaban muchos de sus moradores. Señalaba el informe que Juan de Ojeda, Javier de Salazar, Esteban de Medina y Luis González, vecinos de Cali, Cartago y Toro respectivamente, se encontraban ausentes de sus esposas y andaban en “mal estado” con otras mujeres: Ojeda, con Bernardina Manzano, mulata soltera; Javier de Salazar, ausente de su esposa por 16 años, y un tal Estaban Medina, casado en Cartago hacía ya 12 años, vivía escandalosamente con Getrudis, mulata y viuda. Vivía también en Nóvita y ejercía como maestro de herrero el pardo Luis González, quien, a pesar de estar casado en la ciudad de Toro, llevaba 18 años ausente de su mujer y no cumplía con las obligaciones de la Iglesia. Otros pobladores de Nóvita vivían fugitivos de sus tierras y amancebados con mujeres negras, indias y zambas, a quienes sacaban del trabajo de las minas y los pueblos.

Desde principios del siglo XVII, la actividad económica de la provincia de Nóvita era la explotación, con esclavos cautivos, de yacimientos auríferos aluviales. Además, como se indicó, había algunos negros libres que daban continuidad a las prácticas esclavistas, pues se hacían amos de esclavos, una vez conseguían la libertad, mediante la compra, la negociación o la fuerza. Para 1759, en toda la provincia de Nóvita había 4.055 esclavos dedicados a la minería: 2.579 útiles y 1.476 de “chusma”, es decir, viejos, enfermos e inservibles para la minería, a quienes los amos y capataces destinaban a actividades agrícolas y domésticas, para abastecer de alimentos las minas. De los 2.579 esclavos útiles, 1.616 eran hombres y 963 mujeres. Había también en esa provincia 48 negros libres que trabajaban en las minas del partido de San Agustín. Llama la atención el hecho de que, en esa provincia, el mecanismo de libertad transitoria había tomado cada vez más fuerza durante el siglo XVIII, hasta el punto de constituir espacios de libertad y cooperación entre gentes libres y entre estas y quienes aún estaban cautivos. Una vez alcanzada la libertad plena, los antiguos esclavos constituían familias y redes de parentesco con otros personas negras, indias y zambas, que iban aparejadas con procesos de poblamiento a lo largo de los ríos y quebradas.

VIDAS “ESCANDALOSAS”
Por el informe realizado en 1742 por el obispo de Popayán, don Francisco José de Figueredo y Victoria, sobre una visita a las minas de Nóvita, se sabe de la “escandalosa vida” que llevaban muchos de sus moradores. Señalaba el informe que Juan de Ojeda, Javier de Salazar, Esteban de Medina y Luis González, vecinos de Cali, Cartago y Toro respectivamente, se encontraban ausentes de sus esposas y andaban en “mal estado” con otras mujeres: Ojeda, con Bernardina Manzano, mulata soltera; Javier de Salazar, ausente de su esposa por 16 años, y un tal Estaban Medina, casado en Cartago hacía ya 12 años, vivía escandalosamente con Getrudis, mulata y viuda. Vivía también en Nóvita y ejercíacomo maestro de herrero el pardo Luis González, quien,a pesar de estar casado en la ciudad de Toro, llevaba 18años ausente de su mujer y no cumplía con las obligaciones de la Iglesia. Otros pobladores de Nóvita vivían fugitivos de sus tierras y amancebados con mujeres negras, indias y zambas, a quienes sacaban del trabajo de las minas y los pueblos.

 

 

Al tiempo que se desarrollaba este proceso de poblamiento e iban surgiendo nuevas rancherías negras diseminadas por ríos y quebradas, jesuitas y franciscanos se disputaban la evangelización de indios y negros sobre los ríos San Juan y Atrato. Sin embargo, el interés oculto de esos religiosos consistía en que las gobernaciones de Antioquia y Popayán buscaran el control político sobre las ricas minas de oro de El Chocó. Como se sabe, el clero sería la punta de lanza de los intereses económicos y políticos de quienes tenían como objetivo aprovecharse de aquellas tierras. Al respecto, el 29 de agosto de 1799, el minero Juan María Arango le escribió una carta al gobernador de Popayán, Diego Antonio Nieto, para quejarse del cura que asistía la mina de Santa Ana, pues gastaba más tiempo en lavar oro y vender tabacos y aguardientes. Se decía que el clero “estaba más preocupado en la extracción de oro que en administrar los sacramentos”.

Al finalizar el siglo XVIII, la eficiencia de las comunicaciones había mejorado, lo que redujo el tiempo que gastaban los viajeros, transeúntes y baquianos en desplazarse hacia estas tierras. A pesar de estos avances, la imagen que se proyectaba de El Chocó hacia el mundo exterior seguía siendo la de una sociedad en la que la codicia por el oro, las maderas y las tierras de los afrodescendientes e indígenas despertaban todo tipo de intereses y utopías. Por ejemplo, las imágenes del siglo XIX, muchas de ellas elaboradas en el marco de la Comisión Corográfica, ponen en evidencia el intento de estudiar, aprovechar e incorporar las provincias chocoanas al proyecto de nación. Asimismo, permiten hacerse una idea sobre los caminos y de la variedad de pobladores que habitaban en la provincia de Nóvita.

A partir de la década de 1850, el aumento de la explotación maderera en la cuenca del río Atrato, que tuvo origen a comienzos de siglo, condujo a que los intereses económicos se desplazaran hacia Quibdó, que cobró mucha más importancia frente a Nóvita, población que comenzó un proceso de declive. En los últimos años, en Nóvita se siguen explotando minas de platino y oro, actividades que afectan negativamente el medio ambiente y la cultura, como se evidencia en la disminución de las especies de peces en los ríos y en el proceso de colmatación del cauce con residuos derivados de la minería.

 

Referencia Bibliográficas

 

  1. Hacia 1674, la provincia del Chocó estaba constituida por las de Noanamá, Tatamá, Chocó y Citará. Esta última fue suprimida en 1666, cuando fue gobernador de Popayán don Luis Antonio de Guzmán, quien nombró como teniente de gobernador de las provincias del Chocó al capitan Juan López García. Archivo General de Indias, Quito, R. 20, N. 92, f. 1r.
  2. Archivo Central de Cauca (ACC, en adelante), Popayán, Colonia, Civil I – Minas 21, sig. 8170, ff. 1r y 53v.
  3. Óscar Almario García, Luis Javier Ortiz Mesa y Lina Marcela González Gómez, El Chocó en el siglo XIX: Encrucijada histórica, social, territorial y conceptual. Hacia un nuevo siglo XIX del noroccidente colombiano. Balance bibliográfico de Antioquia, Caldas y Chocó, Universidad Nacional de Colombia, Medellín, 2015, p. 148.
  4. Pedro Muñoz de Arjona, “Descripción del gobierno del Chocó [c. 1770]”, Cespedesia 4, n.º 45-46 (1983), pp. 461-476.
  5. ACC, Popayán, Colonia, Civil I – Minas 21, sig. 11395, f. 30r.