Iglesia de Nuestra Señora de Monguí y Convento de San Francisco. FOTO FILIBERTO PINZÓN / EL TIEMPO, 2015.
Enero de 2020
Por:
Marcela Quiroga Zuluaga*Antropóloga, Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Antropología Social y Etnología y Doctora en Historia y Civilización, École des Hautes Études en Sciences Sociales, París. Investigadora, Grupo de Historia Colonial, Instit

MONGUÍ

A pesar de la época representada por su arquitectura, la historia de este municipio extiende sus raíces mucho más allá del periodo colonial, pues en Monguí estaba una de las jefaturas muiscas que encontraron los españoles en el siglo XVI cuando llegaron al territorio del actual altiplano cundiboyacense.

En las montañas del oriente Boyacense, a 2.900 metros de altitud y resguardado por el páramo de Ocetá, se encuentra Monguí, población catalogada como Pueblo Patrimonio de Colombia, título con el cual se reconoce su carácter de Bien de Interés Cultural. Aquellos que han recorrido sus calles comprenden el porqué de estas denominaciones que reconocen su belleza, expresada en varias joyas arquitectónicas que son testimonio del pasado colonial, como su Basílica y el antiguo convento de San Francisco.  

A pesar de la época representada por su arquitectura, la historia de este municipio extiende sus raíces mucho más allá del periodo colonial, pues en Monguí estaba una de las jefaturas muiscas que encontraron los españoles en el siglo XVI cuando llegaron al territorio del actual altiplano cundiboyacense. Es decir, Monguí no era el asentamiento centralizado que hoy conocemos, sino más bien un grupo de personas vinculadas por lazos de parentesco bajo una autoridad indígena, la cual, a su vez, estaba “sujeto” al cacique de Sogamoso. De tal forma que el poblado actual es fruto también de una serie de transformaciones que experimentaron las sociedades indígenas que habitaban la región.

 

Para comprender mejor la historia de este municipio debemos mencionar entonces el proceso de reconfiguración de las poblaciones muiscas conquistadas por los españoles en la primera mitad del siglo XVI, cuando fueron distribuidas en encomiendas. Si recordamos, la encomienda fue una importante institución económica española, a través de la cual se otorgaba a un español un grupo de indígenas, de quienes se obtenía el pago un tributo, cuyo valor era estimado según la población masculina entre los 17 y 50 años, “los indios tributarios”. Una parte de este tributo se destinaba al pago del cura doctrinero encargado de su cristianización. En la mayoría de los casos, las poblaciones indígenas reorganizadas bajo esta figura fueron dadas a los españoles como premio a sus acciones de conquista. Sin embargo, la encomienda de Monguí, conformada también por las jefaturas de Tutasa y Tiren, que le fueron agregadas, fue conservada directamente por la Real Corona. En este caso, como en muchos otros del altiplano, fue precisamente esta población, organizada en consonancia con los parámetros de las encomiendas, y sobre la cual recayó esta carga económica, la que dio origen al pueblo que conocemos en la actualidad.

 

De pueblo de indios a parroquias de vecinos

Muy probablemente, la población de Monguí debió constituirse a mediados del siglo XVI en el marco de las primeras instrucciones ordenadas por la Real Audiencia, que tuvieron como objetivo la congregación de los indígenas en “pueblos de indios” para facilitar su evangelización, proceso que, en este caso, estuvo a cargo de la orden de los franciscanos. Sin embargo, tradicionalmente se establece como fecha de su fundación el año de 1601, momento en el cual Luis Henríquez, oidor de la Audiencia de Santa Fe y visitador del partido de Tunja, ordenó reunir en dicho pueblo a las poblaciones indígenas de Tutasa y Tiren, y además ordenó la construcción de la iglesia. Tres décadas después, en 1636, fueron deslindadas las tierras de resguardo, una forma de titulación territorial colectiva inajenable, otorgada por la Corona a los miembros de los pueblos de indios, con el fin de protegerlos y de garantizar que tuvieran tierras para sus actividades productivas.  

 

Puente de Calicanto. FOTO SEBASTIÁN DELGADO, S.F.

 

 

Posteriormente, como consecuencia de los cambios demográficos de la población indígena – a saber, que desde 1603 hasta finales del siglo XVIII había descendido el 65%– y de las nuevas políticas de la administración colonial, que impuso la llegada de la dinastía de los Borbones a la monarquía española, la figura de la titulación colectiva del resguardo fue disuelta. Bajo las reformas borbónicas, en 1777 se dispuso el traslado de la población indígena de Monguí al pueblo de Mongua, pues, para ese momento, aquel pueblo tan sólo albergaba a 182 indígenas. En contraste, la población no indígena de Monguí había aumentado notablemente y agrupaba 432 vecinos, que se encontraban sin tierras, quienes, por estar dispersos, no podían participar de las actividades religiosas que orientaban la vida social en la Colonia.

 

FOTO JAIME BORJA, 2015.

El milagro de la Virgen de Monguí. Según los testimonios de los franciscanos, el rey Felipe II donó dos imágenes religiosas: una de la Sagrada Familia, para Sogamoso, y otra de San Martín de Tours, para el pueblo de Monguí. No obstante, luego de haberse instalado en los altares de cada pueblo, la imagen de la Sagrada Familia, en la que está Nuestra Señora, apareció en la iglesia del pueblo de Monguí, mientras que la de San Martín apareció en la iglesia de Sogamoso. Cada vez que los habitantes de ambas poblaciones intentaban trasladar las imágenes a sus lugares de origen, sin ninguna explicación aquellas se cambiaban de lugar. A partir de este suceso, a la imagen le fueron atribuidos numerosos milagros y fue objeto de gran devoción para los habitantes de ambos pueblos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este nuevo contexto social y político, el pueblo indígena fue derrumbado y extinguido, y las tierras fueron rematadas entre los vecinos agregados, con lo cual se dio origen a una “parroquia de vecinos”. Frente a las disposiciones que los expulsaron de su territorio, los indígenas de Monguí elevaron múltiples solicitudes a través de las que demandaron la restitución de sus tierras y su regreso al pueblo, sin que tales peticiones tuvieran ningún efecto. A partir de ese momento, la historia del poblado continuó con otros actores sociales, fruto del proceso del mestizaje, que se inició con la llegada de los españoles y que había alcanzado su auge en el siglo XVIII.

 

Los balones artesanales de Monguí. En 1934, el monguiseño Frolián Ladino Agudelo se fue a la frontera colombo-brasilera a prestar su servicio militar. Estando allí, en un pueblo brasilero, aprendió el oficio artesanal de fabricación de balones cosidos a mano. A su regreso instaló una curtiembre y transmitió su saber a doce personas del pueblo, que después serían conocidos como los doce apósteles. Frolián se instaló en Duitama y se dedicó a la comercialización de los balones producidos en el pueblo. Posteriormente, su hermano Manuel Ladino creó una microempresa en la que llegaron a trabajar 350 familias campesinas, lo cual permitió difundir los saberes de los hermanos Ladino. Hoy son varias las empresas que fabrican los balones cosidos en Monguí, y la elaboración a mano es reconocida como un saber que se transmite de generación en generación. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el siglo XIX, la parroquia de Monguí integraba el cantón de Sogamoso y tenía una población aproximada de 1.255 personas dedicadas principalmente a la ganadería y al cultivo de trigo, yuca, papa, arracacha y frijoles. Un siglo después, en 1960, su población se estimaba en 8.000 personas, quienes habitaban casas de teja que se extendían a largo y ancho del valle, reconocido principalmente por la existencia del conjunto monumental, de origen colonial, que configuran su Basílica y el Antiguo convento.

 

La iglesia de Nuestra Señora de Monguí y el Convento de San Francisco

En el año de 1603, la construcción de la iglesia, ordenada por el visitador Luis Henríquez, fue contratada con los albañiles Rodrigo Yañes y Pedro Gómez, quienes se obligaron a realizar esta obra y una similar en el pueblo de Mongua, por un valor de 1.150 pesos de oro de veinte quilates cada una. Esta edificación tomó un valor significativo para los pobladores de Monguí y Sogamoso, al abrigar una imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Concepción, que luego recibiría el nombre de Nuestra Señora de Monguí. Los milagros de Nuestra Señora, la devoción de sus feligreses y la necesidad de los franciscanos de tener un punto de concentración para las actividades misionales en los Llanos Orientales fueron los argumentos que motivaron la construcción del convento y probablemente de la iglesia actual, obras que fueron concluidas en el año de 1760.

 

Desde cierto punto de vista, dichas obras han sido testigos de las mutaciones poblacionales, arquitectónicas y socio-económicas del pueblo de Monguí. Entre estas últimas no podemos dejar de mencionar el cambio de una población históricamente de vocación campesina, que transformó sus prácticas económicas para dedicarse a la fabricación y comercialización de balones hechos a mano.

 

 

 

 

Bibliografía:

 

[1] Archivo General de la Nación (AGN, en adelante), Colonia, Visitas Boyacá, t. 8, f. 225 r.

2 AGN, Colonia, Resguardos Boyacá, t. 3, ff. 717-724.

3 AGN, Colonia, Visitas Boyacá, t. 14, ff. 448r. - 449r.

4 AGN, Colonia, Visitas Boyacá, t. 14, ff. 467r. y ss.

5 Comisión Coreográfica, Geografía física y política de las provincias de Nueva Granada, Banco de la Republica / Archivo de la Economía Nacional, Bogotá, 1953, pp. 361-363.

6 AGN, Sección Colonia, Fabrica de Iglesias, t. 10, f. 681r.

7 Jaime Salcedo, “Nuevos datos sobre la evolución arquitectónica del monasterio de Monguí”, Apuntes n.º 17 (1981), p. 41.

8 “El balón cosido: de Monguí para el mundo”, http://artesaniasdecolombia.com.co/PortalAC/Noticia/el-balon-cosido-a-mano-de-mongui-para-el-mundo_5795