19 de octubre del 2019
 
Septiembre de 2019
Por:
Alejandro Camargo Alvarado* Antropólogo, Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Geografía, Universidad de los Andes, y Doctor en Geografía, Syracuse University (Estados Unidos). Profesor, Departamento de Historia y Ciencias Sociales, Universidad de

MANATÍ (ATLANTICO)

El municipio de Manatí, en el sur del Departamento del Atlántico, cuenta la historia de un poblado que, a pesar de los efectos catastróficos de las inundaciones y los conflictos socioeconómicos, no ha sido del todo abandonado. A finales de 2010, Colombia sufrió uno de los desastres más dramáticos de su historia reciente: inundaciones catastróficas asociadas al Fenómeno de La Niña afectaron a miles de familias, infraestructuras y recursos naturales en diferentes lugares del país. El municipio de Manatí fue uno de los poblados más perjudicados en aquel momento, pues la ruptura del Canal del Dique incrementó la magnitud y el impacto de las inundaciones en esta zona. Cientos de hombres y mujeres perdieron sus casas, cultivos, animales domésticos y el trabajo de años invertido en la tierra.

FOTO CARLOS CAPELLA, 2017 / EL TIEMPO- Manatí después de la inundación
de 2010 (arriba)

Calle de Manatí

Sin embargo, este desastre no ha sido el primero que la gente de Manatí ha experimentado. En 1984, el Canal del Dique colapsó y, como en 2010, destruyó el paisaje agrario local. En ese momento, la economía rural del sur del Departamento del Atlántico estaba atravesando por una crisis, después de un periodo de intento de modernización agrícola y expectativas de desarrollo. Con el acompañamiento del Banco Mundial, y después de una intensa movilización campesina, el gobierno colombiano inició, entre las décadas de 1960 y 1970, un proyecto de reforma agraria en esta región, que involucró el desecamiento de humedales, la implementación de cultivos comerciales, la formalización de la tenencia de la tierra y la creación de distritos de riego y drenaje. La desaparición de humedales generó una crisis pesquera considerable, mientras la agricultura en las tierras desecadas tomaba fuerza.

Los conflictos entre quienes defendían la pesca y quienes veían en la agricultura una mejor opción no se hicieron esperar. Sin embargo, a finales de la década de 1970, este proyecto de modernización agrícola inició un camino hacia el fracaso, debido principalmente a problemas en el manejo de los suelos, la comercialización de los productos, el control de las inundaciones y el deterioro de los distritos de riego y drenaje. Decenas de campesinos abandonaron sus tierras para migrar hacia Venezuela, mientras otros se quedaron para revivir sus parcelas con lo poco que un mercado rural en crisis podría ofrecer. En 2010, la historia no fue muy diferente, pero esta vez Venezuela no fue una alternativa a la crisis. Cuando el agua se retiró, los campesinos volvieron a reconstruir, con sus propias manos y alguna ayuda estatal, sus casas, cultivos, cría de ganado lechero y su vida cotidiana. La tierra por la que lucharon los manatieros décadas atrás ha sido un seguro contra la adversidad que les ha permitido renacer una y otra vez, en medio de crisis económicas y ambientales.