Archivo Ecopetrol
Agosto de 2013
Por:
Rafael Antonio Velásquez Rodríguez. Magíster en historia, UPTC de Tunja. Investigador independiente y profesor de la Institución Educativa El Castillo en ciencias sociales y filosofía, Barrancabermeja.

LOS YAREGUÍES: RESISTENCIA EN EL MAGDALENA MEDIO SANTANDEREANO*

En el río Magdalena, una de las etnias que mantuvo una férrea resistencia a la conquista española en la zona que corresponde al actual Magdalena Medio fue la de los yareguíes, igualmente los que colindaban al sur que eran los pijaos y los panches. El presente texto pretende demostrar sucintamente la permanente resistencia que los yareguíes tuvieron contra los españoles y después contra los republicanos, con el alto costo de ser aniquilados en la primera mitad del siglo XX.

1. Época pre-yareguíes en el Magdalena Medio

Por fortuna los resultados de las investigaciones antropológicas y arqueológicas sobre la región del Magdalena Medio, han demostrado que en Barrancabermeja y Yondó, antes de consolidarse la cultura de los yareguíes, vivieron otras ocupaciones humanas llamadas cazadores recolectores, que podemos afirmar eran pre-yareguíes; lo corrobora en un estudio la excavación arqueológica realizada en 1995 en la Ciénaga del Tigre-Barrancabermeja, donde se halló un fogón con muchos artefactos líticos dando resultado, con carbono 14, de 1800 años a. de C. Estos tipos de poblamientos eran expertos en la realización de instrumentos en tecnología lítica y para vivir, y sobrevivir en su entorno, hicieron artefactos líticos tallados como “…puntas de proyectil o puntas de lanzas, los raspadores plano-convexos, los instrumentos para raspar y cortar y las hachas o azadas de mano, también conocidas como choppers, posiblemente para trabajar la madera o excavar en la tierra. Las rocas que más usaban eran el cuarzo, la cuarcita y el chert. Era una época en la que los grupos humanos basaban su subsistencia en la caza, la pesca y la recolección de productos vegetales”1.

2. La resistencia frente a la ocupación española

Antes de la incursión española esta etnia estuvo organizada social y políticamente como una sociedad agro alfarera compleja y jerarquizada, a través de nueve cacicazgos concebidos como unidades políticas autónomas que abarcaban varias aldeas o comunidades bajo el control de un jefe supremo. A la vez, manejaban el complejo alimenticio maíz-fríjol, en una agricultura intensiva, que dejaba la yuca-caza-pesca, como una labor de complemento (Véase vasija de cerámica). Estuvieron ubicados en los valles y afluentes tributarios de los ríos Lebrija, Sogamoso, Opón, Carare y el Magdalena en la vertiente occidental de la cordillera Oriental. Al sur colindaban con los panches, al oriente con los guanes y al noroccidente con los guamacoes. Según el vocablo Opón-Carare, al río Magdalena lo llamaban kwinsúmbarijá-id (río Amarillo).

El primer contacto yareguí-español, ocurrió en octubre de 1536, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada llegó al territorio llamado por los yareguíes “La Tora”, que el conquistador denominó “Barrancabermeja”, quedando así marcado para la historia. En este período los españoles llegaron a usurpar el territorio de los yareguíes, con sus políticas de pacificación y evangelización, para someterlos con el pretexto de la necesidad decivilizarlos, porque fueron considerados como salteadores, salvajes, bárbaros y belicosos.

La actitud bélica de la comunidad yareguí, como respuesta al aniquilamiento militar por la autoridad colonial, se cristalizó en los años 1600 mediante incursiones sucesivas contra las caravanas de comercio español por el río Magdalena. Por aquella época la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada decidió ponerle fin a los asaltos con una ofensiva militar de gran envergadura en las tres regiones donde se encontraban y operaban los caciques Pipatón, Itupeque, Pancherico y Maldonado. Esta campaña comenzó en 1601, liderada por el oidor Luis Henríquez, quien acompañado de varios religiosos franciscanos y los capitanes Juan Campos, Benito Franco y Pedro de Arévalo, con un total de 220 soldados, repartidos en los tres frentes de combate en el territorio yareguí, lograron la primera captura del cacique Pipatón, con algunas de sus mujeres e hijos y 100 aborígenes.

Henríquez levantó un mapa interesante que se refiere al río Grande de la Magdalena, desde su desembocadura hasta más arriba de la ciudad de Mariquita, mostrando un gran número de poblaciones y de afluentes. Este mapa va acompañado de una descripción de los daños causados en las márgenes del río Magdalena por los indios Carare (Véase el Mapa del río Magdalena desde su desembocadura hasta más arriba de la ciudad de Mariquita, año de 1601)2. Henríquez en esta expedición muestra en detalle su experiencia en el territorio de La Tora en el que aparece por primera vez la descripción toponímica del sitio con el nombre de Barranchas Vermexas o Barrancabermeja.

En el mapa se observa bien la instalación del Real, que Henríquez fundó, acompañado de Juan de Campos, en la actual Barrancabermeja: “Y supuesto como está dicho que las Barrancas Bermejas parten el camino, el dicho Joan de Campos surgió allí y puso una cruz y en el mismo sitio surgió el dicho oidor y desembarcó la gente y la tarde que llegó con los soldados yndios y negros de boga començó a desmontar lo que bastó para Ranchearse todos aquella noche...”3.

La importancia del hallazgo de este mapa elaborado por Henríquez fue la de manifestarle a la corona, con toda precisión, cómo era el ámbito geográfico del territorio de los yareguíes, su desempeño en calidad de oidor en el cumplimiento del deber, detallando con nitidez cada uno de los nombres de los ríos, sus pasos y los lugares de las poblaciones hispánicas más representativas de la época; información que consideraba muy importante para la penetración, invasión y control del territorio de los yareguíes, en especial los carares. Así lo afirma Luis Restrepo: “El mapa es de este modo un instrumento de contención. El localizar estos grupos en el mapa es parte del proceso de su colonización. El mapa opera como panóptico, una mirada que vigila y controla un territorio. La colonización física (militar) está precedida por la colonización cartográfica, la cual ya ha inscrito el territorio diputado dentro del régimen colonial… El mapa del Oidor Luis Henríquez, por ejemplo, sirve para autorizar la “pacificación” de los Carares. La resistencia es leída como una violencia ilegitima: son “salteadores””4.

El cacique Pipatón fue capturado por segunda vez con algunos miembros de su familia y sus hijos principales, quienes murieron en la cárcel de Bogotá por enfermedades5. Así la confederación yareguí comenzó su fin. El 8 de junio de 1616, Juan de Borja dirigió una carta al capitán Juan de Campos donde señaló que uno de los objetivos principales era acabar con la guerra abierta contra los indígenas carares y lograr la felicidad deseada de pacificar a los principales caciques, entre ellos a Pancherico y Pipatón como puede evidenciarse a continuación: “baste la complaçençia que yo muestro de la prisión y justiçia q[[ue]] se a hecho de Pancherico y dezir como Yo lo siento q[[ue]] este era el prinzipal movedor de la guerra y el q[[ue]] sea hallado como más Belicoso, moço, y alentado, en todas las muertes, robos y asaltos q[[ue]] sean hecho en el río y fuera del, y q[[ue]] Pipatón es un yndio biejo y desgarronado y q[[ue]] su principal astucia y cuydado, solo la pone En huyr y ponerseen parte donde no pueda ser hallado, El bulgo es de tal calidad q[[ue]] no admite esto sino que Pipatón ha de ser, El q[[ue]]con su muerte y prissión a de acavar la guerra”6.

En esta parte de la carta se observa que, como dice Manuel Lucena, “el primero era el brazo de la resistencia: un hombre joven, gran guerrero, autor de infinitos golpes audaces. El segundo era el cerebro de la lucha: un hombre anciano, muy inteligente, cuya arma de combate era permanecer escondido y libre, pues con ello daba a su pueblo una esperanza y un ideal de lucha”7. Esperanza y lucha que Pipatón legó a las generaciones venideras del actual Magdalena Medio como símbolo de dignidad, para imitar la persistencia de la resistencia por la lucha y la libertad, como memoria imperecedera de que aquí vivió una etnia valiente y altiva digna de su condición, del reconocimiento del otro, ideales que fueron compartidos y asimilados por los últimos indígenas que quedaron de esta incursión española en los territorios de Opón y Carare, que siguieron resistiéndose posteriormente, durante el período republicano, hasta su exterminio definitivo en la primera mitad del siglo XX.

3. Época republicana (1810-1899)

En esta época comenzó el sistemático proceso de exterminio definitivo contra los yareguíes. Para ese propósito se combinaron varias estrategias: la expedición de leyes y ordenanzas para la ejecución de las políticas de “Reducción, Civilización y Catequización de Indígenas” entre los años de 1866 y 1918, la apertura de la red de caminos para exportar e importar productos, las visitas de viajeros europeos con la concepción eurocentrista y humillante hacia los indígenas, la creación del ferrocarril de la Provincia de Soto hasta el río Magdalena, la creación de empresas agrícolas y el comercio al Opón.

Según los resultados de la investigación de Horacio Rodríguez Plata,podemos observar que los supuestos fines “humanitarios” y “civilizadores” de estas leyes y ordenanzas tuvieron un fin etnocida, por medio del cual la población yareguí experimentó una sensible reducción entre los años de 1860 y 1925; como se aprecia en las siguientes cifras: “De unos quince mil que se calcula existían hacia 1860, bajaron a diez mil en 1880, a cinco mil en 1900, a mil en 1910, a quinientos en 1920 y a unas dos docenas hacia 1925”8.

En relación con las visitas de viajeros europeos al territorio de los yareguíes, vale destacar al inglés Albert Millican, quien incursionó en territorio del Opón hacia 1887. Su interés era buscar orquídeas, pero lo que encontró al cuarto día de acampar en la región, fue la resistencia de los indios opones. El resultado del enfrentamiento por medio de la ráfaga de los rifles, fue el asesinato de algunos indígenas y heridas a varios de ellos: “Tiempo después, un ruido presuroso en el bosque nos informó que estaban retirándose y llevándose sus muertos o heridos […] Sin embargo, en un lado encontramos el sendero de los indios y señales de sangre dejadas por las víctimas de las balas”9.

Sin embargo, dos hombres de Millican lograron inesperadamente capturar a un indio Opón, que no ofreció resistencia e inclusive fue fotografiado. Veamos cómo relató esta vivencia: “…su único vestido era un pedazo pequeño de tela vegetal, atado alrededor de la cintura. Estaba armado con algunas flechas, una lanza y el arco […] Se negó a recibir la comida que le ofrecimos. Solo tuve éxito consiguiendo de él una fotografía y se asustó […] Nosotros tomamos sus armas y luego lo dejamos volver con sus compañeros. De un momento a otro saltó como un ciervo y eso fue lo último que vi de los indios del Opón” (Véase Ilustración)10 .

Sin embargo, el colombianista inglés Malcolm Deas, en relación con la experiencia de las aventuras y viajes de Millican en el territorio del Opón, omitió los enfrentamientos que tuvo Millican con los nativos opones, el aventurero inglés y sus peones dispararon hiriendo y matando a varios indígenas. Debe ser que estos detalles “criminales” son anécdotas sin importancia, cuando se trata de exaltar las grandes realizaciones de los viajeros ingleses en la Colombia decimonónica11.

4. Exploración y explotación petrolera como exterminio definitivo

En 1905 se le adjudicó la “Concesión de Mares” a Roberto de Mares (1859–1927) y en junio de ese año llegó a Barrancabermeja para entrevistarse con el empresario y ex coronel José Bohórquez Domínguez, con el fin de que le mostrara las fuentes de petróleo que había encontrado en 1904 en el puerto de Las Infantas. Este lo llevó por las vertientes de los ríos Opón, Oponcito y La Colorada, hasta la desembocadura del caño de San Antonio. En dicho recorrido De Mares tuvo “presente las espantosas noches de desvelo que pasó, temiendo los ataques de los indios; pues en esa época aquellas montañas aún estaban habitadas por tribus de antropófagos, que asaltaban constantemente a los recolectores de frutos en los bosques”12.

En abril de 1913, el concesionario De Mares envió una carta extensa al ministro de obras públicas, quejándose de los “indios salvajes y caníbales” debido al asesinato de algunos de sus amigos trabajadores, pues impedían la tranquilidad y garantías del comercio de la tagua exportada por el puerto de Barrancabermeja y Opón: “[[…]] No culpo a los pobres trabajadores que buscando el pan diario para llevar a sus hogares, se aventuran, aun a riesgo de su vida, por aquellos bosques plagados de feroces indios; [[…]] Si el Gbno. (sic) quisiera prestarnos su apoyo en este sentido, no pasáramos por la pena, por no decir vergüenza, de tener a tres (3) leguas del río Magdalena, artería principal de la República, tribus Salvages y Canivales, (sic) que tan mal hablan de nuestro estado como nación Civilizada [[…]]”13.

Para el caso de Barrancabermeja, en 1917 durante los primeros trabajos de la Tropical Oil Company (TROCO), las impresiones de los historiadores George Sweet Gibb y Evelyn H. Knowlton, en un artículo de la revista The Lamp, titulado “Civilización en la selva” afirmaron que: “La Concesión De Mares era por sí misma salvaje –una tierra de temperaturas hirvientes, aguaceros increíbles y tribus nativas nada amigables– [...] Los exploradores no encontraron facilidades de ninguna clase, ni en Barranca ni en Infantas, de vivienda para el hombre blanco [...]”14. Y se preguntaron cómo se las “arreglarían con los cazadores de cabezas de la región, las serpientes venenosas y las boas constrictoras”.

Finalmente, la exploración y explotación del petróleo no tuvo límites en los territorios de Barrancabermeja y Carare-Opón porque la TROCO ordenaba exterminar a los últimos yareguíes que quedaban en estas zonas, ante la mirada indiferente del Estado colombiano: “La cruzada en busca y explotación del oro negro no se diferencia de las conquistas anteriores: usa los mismos métodos avasalladores y destructivos contra el propio hombre, llámese indígena, negro, mestizo y contra su cultura local. La arrogancia de los empresarios petroleros no se ha diferenciado del conquistador español, y sus secuelas han profundizado la destrucción de lo poco que este y los procesos de colonización del siglo XIX y parte del siglo XX dejaron de hacer en el Catatumbo, la Amazonia, la Orinoquía y la Llanura Costera”15.

A manera de conclusión, valiéndonos de las afirmaciones de Roberto Pineda Giraldo: “Los indígenas de esta región sobrevivieron efectivamente durante mucho tiempo. Resistieron a los españoles y la Colonia, pero no sobrevivieron a la República”. O como lo afirma el antropólogo Carl Henrik Langebaek Rueda: “Se confirma lo propuesto por Juan Friede, en el sentido de que la República fue más perniciosa que la Colonia para el indígena colombiano, algo duro de admitir para una sociedad que tiene poca capacidad de autocrítica como la nuestra y que aunque encuentra defectos en otras sociedades con suma facilidad, raramente lo hace en la suya propia”. “Francisco Emeterio García de la Ossa (1896-1995), comenzó a trabajar en 1918, como capataz en la TROCO. Los gringos contrataban el personal en Barranca para trabajar en el corregimiento El Centro […] para avanzar en las labores de desmonte, abrir caminos, instalar campamentos con el objetivo de levantar los diferentes Campos Petrolíferos y trabajar en la exploración de los pozos con tranquilidad, el mayor problema era sacar a los indígenas de sus territorios […] Recuerdo que cuando llegué a la zona ya se comentaba que en las primeras exploraciones (1916-1917) las incursiones y los enfrentamientos con los indígenas habían sido violentos, a muerte, con armas de fuego y flechas”.

Entrevista realizada por Rafael Velásquez Rodríguez a Eduardo Atencia Miranda. Barrancabermeja: 11 de abril del 2005.

Sobre los últimos indígenas Carare-Opón, en diciembre de 1944 localizaron solamente cinco nativos: tres indias y dos indios. Los antropólogos Roberto Pineda Giraldo (Antioquia 16 de agosto de 1919 – Bogotá 27 de julio del 2008) y Miguel Fornaguera Pineda (Barcelona 7 de enero de 1920 – Bogotá 7 de mayo de 1984), en visita de inspección a un cementerio indígena en la zona de La Cimitarra, a orillas del río Guayabito afluente del Carare lograron recoger 639 palabras, pertenecientes a la lengua Yareguíes de boca de dos nativos: Mayo-María y Roberto Vargas. (Véase foto de las últimas indígenas Opones).

Landaburu, Jon (Compilador). “Documentos sobre la lengua del Opón-Carare”, en Lenguas Aborígenes de Colombia, Vol. 2. Santafé de Bogotá, Universidad de los Andes, 1998, pp. 521-553.

“Los indígenas llamados Carares y Yariguíes ocupantes ancestrales de las tierras de la llamada Concesión Mares lograron mantenerse como grupo enfrentando las contingencias de la colonización. Sin embargo, hacia el año de 1950, cuando se dio la reversión de la Concesión al Estado colombiano, ya no se dieron informes de la presencia de indígenas en la Región. La única deducción posible a propósito de este hecho es que en el corto periodo de 20 años, correspondiente a la presencia de la compañía petrolera en su territorio, los indígenas hubiesen sido exterminados. Y su desaparición se produjo de forma callada, sin dejar memoria, al menos de los factores que la determinaron”.

Roldán, Roque y otros. Minería en territorios indígenas de Colombia, Perú y Venezuela. Santafé de Bogotá, Alianza del Clima – Onic – Cecoin, Disloque, 1999, p. 42.

Referencias

* El presente artículo divulga parte del contenido del libro titulado: Los yareguíes: resistencia y exterminio, de Rafael Velásquez Rodríguez y Víctor Julio Castillo León. Alcaldía de Barrancabermeja, Axis editores, 2012. 388 páginas.

1 Romero Picón, Yuri. “Una historia antes de los yareguíes. Tecnologías prehispánicas en el Magdalena Medio”, en Génesis. Científico y Tecnológico, vol. 1, N° 2. Bogotá, Universidad Antonio Nariño, enero-junio 2007, p. 33.

2 Acevedo Latorre, Eduardo. Atlas de mapas antiguos de Colombia. Siglo XVI a XIX. Bogotá, Arco, 1989, pp. 68-69.

3 Tovar Pinzón, Hermes. “La ruta de la sal y las esmeraldas: un camino hacia los Andes”, en Relaciones y visitas a los Andes siglo XVI, t. III Región Centro-Oriental. Santafé de Bogotá, Colcultura, s.f., p. 452.

4 Restrepo, Luis Fernando. Un nuevo reino imaginado: Las elegías de varones ilustres de Indias de Juan De Castellanos. Santafé de Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1999, p. 201.

5 Cfr. Simón, Pedro Fray. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, t. IV. Bogotá, Banco Popular, 1981, pp. 598-599.

6 Archivo General de la Nación (Santafé de Bogotá). Fondo Historia Civil, t. 19, f. 763r. El autor sigue el método de la transcripción textual de los documentos. En adelante citado como AGN.

7 Lucena Salmoral, Manuel. Historia extensa de Colombia. Nuevo Reino de Granada. Real Audiencia y Presidentes, 1605-1628. vol. III, t. 2. Bogotá, Lerner, 1965, p. 277.

8 Rodríguez Plata, Horacio. La inmigración alemana al Estado Soberano de Santander en el siglo XIX, Bucaramanga, Gobernación de Santander, 1989, p. 117. Pese a que este autor no indica la procedencia de su información, se acude a la misma al no existir otras evidencias documentales.

9 Millican, Albert. Viajes y aventuras de un cazador de orquídeas, London, Cassel & Compañía Limitada, 1891, p. 168. Traducción y adaptación al español realizada por el licenciado Filadelfo Figueroa Acosta.

10 Ibíd., p. 169.

11 Cfr. Deas, Malcolm. “Albert Millican, viajero del siglo XIX en Colombia. Aventuras y muerte de un cazador de orquídeas”, en Credencial Historia, edición Nº 22, Bogotá, 1991.

12 Bohórquez Domínguez, José Joaquín. Los fueros de la justicia y el descubridor del petróleo en Colombia. Bogotá, Juan Casis, 1929, p. 23.

13 AGN. Sección República, Fondo de Baldíos. Ministerio de Industrias, 1913, t. 37. Folios: 100r al 102r. La cursiva es nuestra.

14 Citado por Sáenz Rovner, Eduardo. “Concesiones, reversión y asociaciones. La industria petrolera en Colombia”, en Credencial Historia, Edición 49. Bogotá, Témpora Impresores, enero de 1994, pp. 7-8. La cursiva es nuestra.

15 Avellaneda Cusaría, Alfonso. Petróleo, colonización y medio ambiente en Colombia. De la Tora a Cusiana. Santafé de Bogotá, Ecoe-Ediciones, 1998, p. 94.