22 de septiembre del 2019
 
Septiembre de 2016
Por:
María A. Iovino Moscarella

LO QUE DANTE NUNCA SUPO: BERNARDO SALCEDO

Si es posible afirmar que la obra Lo que Dante nunca supo, de Bernardo Salcedo, es representativa de un siglo en nuestra historia, es porque en ella se pueden desentreñar las inquietudes artísticas que dominaron el espíritu de la centuria que estamos a punto de finalizar. Este trabajo condensa en sus recursos creativos y en sus intensiones expresivas la ruptura con el naturalismo que persiguió la modernidad y que consolida el artista francés Marcel Duchamp, así como la reconceptualización de los objetivos de la producción artística.

De allí que se insista en que la obra de Bernardo Salcedo está emparentada con el surrealismo, el dadaísmo, el arte pop y el conceptualismo. No obstante, Salcedo es un artista que desde el inicio de su carrera, logró traducir eficaz y convincentemente el latido de su contemporaneidad sin herramientas diferentes a su agudeza perceptiva e inteligencia crítica. Lo que Dante nunca supo constata esta afirmación. La obra (la primera "caja" en la carrera artística de Salcedo) fue premio del concurso de pintura Dante Alighieri, organizado por la Embajada de Italia en Colombia en 1966. En ella se reconoció a un joven artista que concretó en una imagen no pictórica, los giros dados por el discurso del arte y los destinos hacia los que se dirigía. Salcedo era entonces un estudiante de arquitectura de la Universidad Nacional, desinteresado de la historia del arte y de los debates que dominaron aquel momento, capaz sin embargo de traducirlos lúcidamente en imágenes.

Sin haberse aproximado a las propuestas de las vanguardias llegó, en un país distante de este desempeño, a las mismas conclusiones de quienes aportaron elementos para la construcción de una nueva visualidad: abandono del modelo natural, abstracción expresiva, afirmación de la conceptualización, composición fragmentada de objetos y desechos, resignificación de los materiales, cuestionamiento de oficios tradicionales, validación del azar o del absurdo en la estructura creativa, metamorfosis artística de la realidad que había servido como modelo representativo, enfatización del papel crítico del arte y simplificación de los recursos expresivos, así como del espacio compositivo.

En la caja del Dante todas esas consideraciones toman como punto de partida el amor sin frutos de Beatrice. La fertilidad frustrada está simbolizada en la presencia organizada de huevos cerrados, que en ocasiones, como una ilusión, anuncian un destello de vida. De allí que el nombre de la obra lo complemente un paréntesis en el que se aclara, siguiendo la tendencia ironizante y cuestionadora que caracteriza el trabajo de Salcedo: "Lo que Dante nunca supo (Beatriz amaba el control de la natalidad)".

Cuidadosamente ensamblados y pintados en el color mental por excelencia que es blanco, se van encontrando los elementos de la obra en una cuadratura en la que se abren ventanas que permiten el asomo de los elementos constitutivos de un complejo relato, del cual hacen parte diversas posibilidades de la proyección humana. No hay evidencias a pesar de las indicaciones que ofrece el título. El aprecio de la obra exige sensibilidad y cultura respecto de las intensiones perceptivas que ha cristalizado el siglo, a pesar de que su creador carece de una retórica en la cual basar su defensa.

Quizás el manejo de los principios arquitectónicos de la proporción y de la perspectiva le permitió a Salcedo cuestionar desde la construcción plástica los mismos aspectos que abandonaron los modernos. Es probable que un acertado entendimiento del hallazgo renacentista le facilitara el paso hacia la concreción de las necesidades visuales contemporáneas sin haber seguido la larga trayectoria que conduce a su dilucidación. Un acierto tan particular y de las dimensiones implícitas en Lo que Dante nunca supo requerirá, para su real comprensión, que antes se realice una lectura coordinada de las interpretaciones que fue dando el hombre del siglo XX a su acelerado presente. En ese momento, a partir de la lectura de un clásico colombiano como éste, se podrán explicar las conquistas artísticas que caracterizaron los últimos cien años