22 de septiembre del 2019
 
Jura del rey Fernando VII en la villa de Honda el 25 de diciembre (1808). Foto tomada del libro américa y españa, imágenes para una historia
Agosto de 2017
Por:
Roger Pita Pico. Politólogo de la Universidad de los Andes, magíster en estudios políticos de la Pontificia Universidad Javeriana y director de la Biblioteca Eduardo Santos de la Academia Colombiana de Historia

LO POPULAR EN LAS CELEBRACIONES MONÁRQUICAS

En las fiestas públicas se aplicaban una serie de normas y etiquetas de la época para intentar reproducir las formalidades usadas en España con el objetivo de enaltecer la autoridad monárquica en el Nuevo Reino de Granada.En las fiestas públicas se aplicaban una serie de normas y etiquetas de la época para intentar reproducir las formalidades usadas en España con el objetivo de enaltecer la autoridad monárquica en el Nuevo Reino de Granada.

Las comunidades indígenas que habitaron el territorio de lo que hoy es Colombia escenificaban diversas ceremonias y tras la llegada de los conquistadores españoles fueron objeto de censura por ser consideradas paganas y supersticiosas a principios del siglo XVI. A medida que los españoles fueron imponiendo su poder político, su cultura, su religión y las bases de su estructura económico-social, también se preocuparon por instaurar en estos dominios americanos su calendario festivo. 

La aparente apacibilidad del ambiente parroquial que se respiraba en la sociedad colonial era interrumpida frecuentemente por celebraciones públicas de toda índole. En general, las que más abundaban eran las de tipo religioso, instituidas por la tradición católica española, entre las que se destacaban Semana Santa, la Navidad, el Corpus Christi, la Virgen de la Candelaria y Santa Teresa de Jesús, entre otras.

Jura de Fernando VII como príncipe de Asturias (1808). Foto Tomada Del Libro América Y España, Imágenes Para Una Historia

 

De igual forma, estaban las fiestas en honor al poder monárquico con un alto contenido político, pues servían de apoyo a los objetivos legitimantes de quienes ostentaban el poder. Dentro de este tipo de celebraciones, quizás la más trascendental era el júbilo por la proclamación de un nuevo rey. Cabe mencionar la existencia de otras relacionadas con la conmemoración de las fechas especiales en el ciclo de las vidas de los monarcas o de sus familiares, como los nacimientos, bautizos, cumpleaños, matrimonios y fallecimientos. 

Los hechos políticos de relevancia para el sostenimiento del régimen monárquico, como las victorias militares y los armisticios eran motivo de alborozo. Además existieron ciertos actos en torno a algunos símbolos del poder monárquico, como era el caso del paseo del pendón real y los honores ofrecidos durante el recibimiento del sello real. 

Algunas celebraciones eran efímeras, por ejemplo aquellas que se relacionaban con las noticias sobre sucesos coyunturales de carácter político o militar. Sin embargo, otros acontecimientos de mayor impacto y trascendencia dieron lugar a celebraciones más prolongadas, tal como sucedía con las juras del rey o la llegada de los virreyes, las cuales podían extenderse hasta por 15 días. 

Con bastante frecuencia, las convocatorias venían acompañadas de normas dictadas por la justicia Real, lo cual hace pensar que la presencia del público en estos eventos oficiales no siempre era espontánea. En 1712, a efectos de garantizar la participación incondicional en el festejo llevado a cabo en Zaragoza con motivo del nacimiento del príncipe Felipe V, las autoridades preceptuaron que durante los días de la celebración nadie podía salir del perímetro de la ciudad so pena de ser multado con $12 pesos. Además, la institucionalidad eclesiástica advirtió que excomulgaría y multaría con $8 pesos a los vecinos que no asistieran. 

Los protocolos 

En las fiestas públicas se aplicaban una serie de normas y etiquetas de la época para intentar reproducir las formalidades usadas en España con el objetivo de enaltecer la autoridad monárquica en el Nuevo Reino de Granada. Era notoria la prevalencia de patrones jerárquicos reflejados en un estricto orden de entrada a recintos según el cargo, institución, dignidad o antigüedad. Esa colocación debía guardarse en las procesiones, palcos, tarimas, sedes de gobierno e iglesias. De acuerdo a su rango y oficio, a determinado grupo de personalidades les estaba permitido utilizar símbolos de poder como bastones, espadas o capas, los cuales debían exhibir en esta clase de solemnidades.

La jura, sin lugar a dudas, era la más pomposa de las fiestas. En el día central de la aclamación, las autoridades eclesiásticas oficiaban una misa de acción de gracias. Los jueces capitulares marchaban ataviados a la casa del ayuntamiento y luego pasaban a la residencia del alférez real, quien portando el pendón real se movilizaba hasta el tablado ubicado en medio de la plaza y allí se tomaban los juramentos de rigor. En el desfile central el alférez real regaba monedas al pueblo en la plaza y en las esquinas de la ciudad. Para sellar felizmente la etapa protocolaria, se organizaban cenas y bailes para lo más distinguido de la sociedad.

La figura del alférez real era una de las más vistosas y elegantes por su papel descollante en los actos de jura. Sobre este punto, bien vale la pena recordar la descripción sobre el alférez real José Prieto de Salazar durante el día central de la proclamación de Luis I en Santafé: 

“Venía vistosamente vestido en un caballo castaño bien doctrinado en sus movimientos, en una silla de terciopelo encarnado, claveteada de clavos de oro, acicates de plata plaqueada y bordada de hilo de oro; traía la capa negra con vueltas de tisú nácar y las mangas de la ropilla del mismo género. En el pecho y sombrero pendientes con riquísimas y costosas joyas de esmeraldas y diamantes”.

El derroche se observó en el banquete que ofreció en su casa. Allí los platos de los invitados estaban adornados con una azucena de oro como obsequio. 

El recibimiento de los virreyes en Santafé fue otro de los acontecimientos sociales destacados. Se realizaban desfiles, bailes de máscaras y abundaban las bebidas y comidas. Así por ejemplo, dentro de la extensa lista de carnes preparadas en 1789 para la entrada del virrey José de Ezpeleta se relacionaron: 20 arrobas de carne seca, 2 terneras, 20 cerdos, 10 corderos, 20 docenas de chorizo, 8 libras de salchichón de Génova, 32 libras de salchicha, 50 jamones, 32 capones, 8 patos, 60 gallinas, 190 pollos, 20 pavos, 1 arroba de bagre, doncella, salmón, arencones, sardinas, bacalao, atún y camarones. 

Además, se compró una variada gama de frutas que incluía: chirimoyas, anones, guanábanas, higos, ciruelas, manzanas, duraznos, piñas y granadillas. Con respecto a los licores, se consumieron en total 7 botijas de vino blanco, 6 botellas de vino de Alicante, 52 botellas de vino blanco de Burdeos y 8 botellas de cerveza. También se saborearon 4 arrobas de queso de Tunja, 12 quesos de Flandes, avellanas, almendras, maní, aceitunas, pan francés y pan español. 

En efecto, para esa época era usual encontrar profundos contrastes entre los finos y sofisticados protocolos aplicados en estas ciudades principales y las modestas atenciones brindadas por los caseríos más humildes. En 1782 durante el largo periplo de entrada al Nuevo Reino a través del río Magdalena, el virrey Juan Díaz Pimienta fue acogido con gran decoro en la villa de Mompós. No obstante, al asomarse el 24 de abril en la población de Tenerife los cabildantes se presentaron con una ‘ridícula’ indumentaria militar, unos con pelucas y otros con casacas, espadas y gorros. Después de la cena se inició un baile con el ‘descompasado’ son de dos violines y un arpa.

La irrupción popular en las fiestas

Después de los actos centrales de celebración seguían las diversiones para la gente del común. Dentro de la perspectiva popular, era una forma de esparcimiento para los vasallos y una oportunidad de subvertir el orden, así fuera por pocos días. Un espacio de libertad y catarsis colectiva en medio de una atmósfera casi ininterrumpida de estricto control político por parte de las autoridades españolas.

En estos escenarios había música, cánticos, expresiones líricas, bailes, bebidas, iluminaciones, fuegos artificiales, desfiles, coloridas comparsas, máscaras, disfraces, representaciones teatrales, juegos, concursos, competencias y llamativos espectáculos. Las obras teatrales fueron las actividades artísticas más comunes en la programación de las celebraciones políticas. Tampoco podían faltar las corridas de toros, una reconocida afición de origen español. 

El tambor y la chirimía, música obligada de las fiestas populares. Imágenes y relatos de un viaje por Colombia, 1870-1884. Colección José María Gutiérrez de Alba. Cortesía De La Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá

 

De todos los actos programados durante el homenaje rendido en 1663 en Tunja al nacimiento del príncipe Carlos José, el que más suscitó la atención fue un concurso que consistía en la composición de sonetos y décimas laudatorias dedicadas al célebre infante. El evento fue anunciado al son de chirimías, cajas, trompetas y pífanos a través de un cartel fijado en un bastidor iluminado y marcado con las armas Reales. Entre la curiosa lista de premios figuraban: sortijas de amatista, pañuelos de holán, espejos, anteojos de cristal, cortes de tela fina, tinteros de marfil y limpiadientes de oro con su colonia. 

Las autoridades solían fijar responsabilidades para la ejecución de cada una de las actividades programadas. El compromiso, que implicaba apoyo logístico y económico, resultaba siendo un buen complemento a los esfuerzos de la limitada estructura administrativa y fiscal del Gobierno. 

Las parroquias dependientes de la jurisdicción de las villas y ciudades se unían también a los festejos. Lo anterior, con la idea de vincular a los vasallos de los rincones más apartados de las provincias para renovar a nivel territorial la legitimidad del poder monárquico. Para la jura del rey Carlos IV en Salazar de las Palmas, se dispusieron dentro de la fase de entretenimiento tres días de comedias; una a cargo de los vecinos de la ciudad, la otra patrocinada por la parroquia de San Cayetano y la tercera por cuenta de la parroquia de Santiago.

Para la organización de este tipo de encuentros lúdicos se buscó el concurso de los diferentes gremios. En Santafé, para la proclamación de Carlos III al trono, los plateros tuvieron a su cargo una máscara burlesca, una zarzuela y por último representaron una obra teatral. En las otras dos jornadas el cuerpo de albañiles y carpinteros entretuvo al público con marchas y graciosas máscaras. Los comerciantes, por su parte, prepararon un castillo de fuegos artificiales. En los tres días posteriores hizo su aparición el gremio de barberos, herreros, zapateros, talabarteros y sastres con variedad de recorridos amenizados con máscaras y danzas. Los pulperos (tenderos) se lucieron con fuegos artificiales. 

Si para el ceremonial protocolario el pueblo y los grupos étnicos fungían por lo general como simples espectadores, durante la fase de diversiones asumieron un mayor protagonismo. Para el caso de la participación de los indios y negros, debe anotarse que mantuvieron en esos espacios festivos la misma baja posición que la sociedad le tenía asignados dentro de la cerrada y jerarquizada estructura social. Casi siempre estos grupos intervenían en los desfiles representándose a sí mismos en oficios de servicio o exhibiendo sus manifestaciones culturales. 

En 1708, para festejar el nacimiento del príncipe Luis Felipe en Villa de Leyva, el día de la víspera hicieron su aparición los indios principales de los pueblos de Moniquirá y Ráquira. Estos personajes aparecieron montando caballos ataviados con un acompañamiento musical de clarines, trompetas y tamboriles. En su recorrido por las calles centrales exclamaron vítores a la Corona. Luego los nativos de Suta, Sáchica, Tinjacá, Chíquiza e Iguaque desfilaron vestidos a su usanza danzando al ritmo de chirimías y representando otras ceremonias en halago al poder monárquico. 

De la misma manera, los integrantes de la población negra se incorporaron a las celebraciones. En Girón hacia 1708, en el segundo día de festejos en homenaje al nacimiento del príncipe Luis Felipe, se improvisó un vistoso desfile en el que había una máscara de negros vestidos a lo gracioso y animados con sus músicas vernáculas. Durante la aclamación del rey Fernando VI en la ciudad de Cartagena en enero de 1747, los mercaderes incluyeron en su desfile a los criados y esclavos quienes iban graciosamente vestidos llevando los estribos de los caballos de sus amos. Los pulperos incorporaron a sus esclavos en la comparsa festiva para que hicieran el papel de remeros en la carroza que tenían armada como embarcación.

Por lo general las autoridades locales, los gremios y los vecinos más prestantes eran los que ayudaban a patrocinar las celebraciones, pero los sectores más populares fueron parte activa de estos festejos. Para expresar los regocijos públicos por el nacimiento del príncipe Luis Felipe, en la villa de Medellín se convocó el 21 de mayo a un cabildo abierto para acordar los preparativos, reunión en la cual se lograron recoger $62 pesos gracias a la donación de varios vecinos.

Entrada del virrey arzobispo Diego Morcillo a Potosí (Perú) el 25 de abril (1716).  Foto Tomada Del Libro Los Siglos De Oro En Los Virreinatos De América 1550-1700

 

Sin embargo, las protestas e insatisfacciones no se hicieron esperar por la intención de recurrir a la contribución económica de la población. La voz de inconformidad estuvo a cargo del carpintero y albañil Antonio de Ardila tras haber sido aprehendido y embargado por orden del alcalde de la villa de San Gil; todo por haberse negado a dar el aporte de $5 pesos para festejar la jura de Carlos III. Según otras denuncias, algunos campesinos y jornaleros humildes se vieron obligados a vender sus cortos caudales ante el temor de los castigos que sufrirían si no contribuían oportunamente.

El control oficial y la censura pública 

Las fiestas monárquicas por ser actividades que congregaban a un nutrido número de personas fueron presa de alteraciones al orden público. La tranquilidad, que era corriente encontrar en días habituales, difícilmente se podía lograr en el marco de las jornadas especiales de celebración. Riñas, pendencias, blasfemias, líos amorosos y otras disputas ocuparon la atención de las autoridades civiles y eclesiásticas. 

El propósito oficial, bajo el influjo del reformismo borbónico, era propender por un estricto ordenamiento moral de los vasallos. Las acciones de censura se concentraron, sobre todo, en torno al límite de los horarios de fiesta, el consumo desmedido de licor, la práctica de juegos de suerte, las conductas públicas y los bailes deshonestos que transgredían la moral. 

En algunos casos, las autoridades no dudaron en hacer llamados a la moderación. Hacia 1795, cuando la villa del Socorro se alistaba para festejar la firma del acuerdo de paz entre España y Francia, se plantearon serias objeciones a la realización de los despliegues militares. Estas negaciones se fundamentaron por los desórdenes que se vivieron en años anteriores y por los peligros que podían originarse de la concurrencia tumultuosa de gentes foráneas que asistían a este tipo de ceremonias.

Del mismo modo, las autoridades asumieron la decisión de prohibir o limitar temporalmente ciertas actividades que se creían perjudiciales, situación que con frecuencia generó críticas y rechazo por parte de la población. En 1712, las fiestas de Zaragoza con ocasión del nacimiento de un nuevo heredero al trono español incluyeron como aclamación fuegos artificiales y el disparo de varios tiros con arcabuces.

Por otra parte, los fastos de recibimiento del virrey Amar y Borbón llevados a cabo en 1803 en la ciudad de Santafé finalizaron con tres galas animadas que incluyeron bailes de máscaras en el coliseo. Estas veladas fueron organizadas bajo un estricto manual diseñado por el oidor Juan Hernández de Alba. Los tipos de bailes permitidos eran: minué, paspié, bretaña, contradanza, fandango, torbellino, manta, punto y jota. En aras del orden, se determinó un tope en el número de parejas a la entrada y, además, se dispuso de dos retretes y de la presencia de un médico en caso de alguna contingencia. 

Conjuntamente, se nombró un juez para velar por la observancia de las normas, seguridad que se reforzó con un centinela en las afueras del recinto y una patrulla rodeando el área. Las autoridades prohibieron el uso de disfraces de clérigo, militar, empleado oficial o cualquier otro que diera lugar a ridiculizar estos oficios. Nadie podía ir vestido del sexo opuesto y se les impidió el ingreso a los criados.

Para el año 1760 en Santa Marta corrieron rumores acerca de una sublevación militar que se proyectaba hacer el 6 de septiembre. Este día casualmente fue escogido para la jura del rey Carlos III y fue aprovechado por los conspiradores para levantar el pendón real que promovió la consigna de ‘Viva el Rey y muera el mal gobierno’. El motín alcanzó a ser develado y los cabecillas fueron condenados por sedición a cinco años de trabajo forzado en Cartagena, castigo ejemplarizante impuesto por perturbar la tranquilidad y demostrar desobediencia para un día tan plausible como la jura. 

Unos años después, exactamente en 1791, el prefecto de los Capuchinos fray Agustín de Alcoy informó sobre un improvisado juego llevado a cabo en las afueras del convento ubicado en la villa del Socorro. Allí varios jóvenes blancos de escuela y algunos esclavos protagonizaron una representación al mejor estilo de los cabildos de negros de Cartagena para elegir al rey y lanzarse a la guerra. Esta alegoría fue considerada una parodia de mal gusto porque meses antes se había conmemorado en esta villa la subida al trono de Carlos IV.

Posteriormente, en la villa de Medellín durante 1809 algunos hijos de las familias prestantes de la población pretendían celebrar el día de los santos inocentes con disfraces, máscaras y mojigangas. Esto como parte de una representación teatral de lo acontecido a raíz de la detención del rey Fernando VII tras la invasión napoleónica a la península española. El cabildo reaccionó de inmediato en su afán por guardar la paz y la tranquilidad bajo la sospecha de que esos entretenimientos planeados sin consentimiento oficial, terminaran siendo un montaje burlesco de la situación crítica que afrontaba la monarquía española. 

Fue así, que este tipo de celebraciones generaron una gran influencia en el propósito de fortalecer los vínculos de adhesión de los vasallos al rey y a sus representantes más inmediatos en tierras neogranadinas. Además de la exclusión y del control oficial, el pueblo buscó la forma de vincularse activamente con su apoyo en los preparativos o como espectadores en algunos actos ceremoniales, pero principalmente volcándose a las calles y plazas públicas con todo su entusiasmo. 

En suma, las ceremonias del antiguo régimen hispánico se convertirían en un referente para la realización de los fastos durante la Independencia y los primeros años de vida republicana. Un fenómeno que se desarrolló dentro del marco de la dinámica de las continuidades, transformaciones, rupturas, algunos rituales, simbologías, representaciones y las puestas en escena de las celebraciones monárquicas. 

Referencias

1 González Pérez, Marcos. Ceremoniales, fiestas y nación. Bogotá: un escenario. Bogotá: Intercultura, 2012. p. 23-86.

2 Existieron además una serie de festejos privados muy ligados a la intimidad doméstica y la vida familiar. En: Lara Romero, Héctor. Fiestas y juegos en el Reino de la Nueva Granada, siglos XVI-XVIII. Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas - Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), 2015. p. 193-198.  

3 Las Juras de Luis I y de Fernando VI y exequias de Felipe V. En: Colombia Ilustrada. No. 24. Bo­gotá: Imprenta de Antonio M. Silvestre, 1892. p. 387-388.  

4 Archivo General de la Nación (AGN). Sección Colonia, Fondo Real Hacienda. Tomo 57.  

5 Briceño, Manuel. Tunja: desde su fundación has­ta la época presente. Bogotá: Imprenta Eléctrica, 1909. p. 88-90.  

6 Archivo General de la Nación (AGN). Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina. Tomo 122.

7 Samper Ortega, Daniel. Don José Solís. Virrey del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Editorial Pax, 1953. p. 267.  

8 Archivo General de la Nación (AGN), Sección Colonia, Fondo Virreyes. Tomo 10.  

9 Corrales, Manuel Ezequiel. Efemérides y anales del Estado de Bolívar. (Tomo I). Bogotá: Casa Editorial de J. J. Pérez, 1889. p. 363-364.  

10 Archivo Municipal de San Gil. Fondo Archivo Tribunal Superior. Caja 4.  

11 Archivo General de la Nación (AGN), Sección Colonia, Fondo Milicias y Marina, Op. Cit., Tomo 107.  

12 Biblioteca Nacional de Colombia (BNC). Fondo Quijano. Tomo 115, Pieza 10.  

13 Rojas León, Alba. Mojiganga y prohibición: el cautiverio de Fernando VII. Villa de Medellín 1809. En: Política, guerra y cultura en la Inde­pendencia de Antioquia. Medellín: Academia Antioqueña de Historia, 2013. p. 299-324.