María Consuelo Araújo Castro. Foto Óscar Monsalve
Septiembre de 2016
Por:
María Consuelo Araújo Castro, Ministra de Cultura

LAS MUJERES Y LA IDENTIDAD CULTURAL

Cuando pienso en la mujer en el ámbito cultural una lluvia de nombres pasan por mi mente, ilustres escritoras, artistas sensibles, bailarinas y actrices talentosas que han entregado su tiempo con devoción a profesiones duras, como son las artes escénicas, que en la mayoría de los casos no compaginan con sus vidas personales. Sin embargo, entre nombres de personajes famosos que hicieron de los últimos cien años la época de mayor protagonismo de la mujer, aparecen rostros anónimos, imágenes de jóvenes y ancianas que de manera silenciosa contribuyen día a día en la formación cultural de su comunidad, que son el alma y nervio de la identidad cultural de este país. Ellas no siempre figuran en los medios de comunicación ni reciben importantes galardones internacionales, pero son multiplicadoras de los valores, conocimientos y tradiciones que dan cuenta de una riqueza cultural que, ya entrado el siglo XXI, enfrenta múltiples amenazas.

A lo largo de mis recorridos por el país, he confirmado que en Colombia no existe una única cultura nacional sino diversas culturas que convergen y entretejen el sello de nuestra identidad. Igualmente, he descartado aquellas visiones que hablan de una cultura masculinizada que se opone a la cultura hecha por y para mujeres. Creo más bien, que el valor de la mujer en lo cultural desborda cualquier sesgo de género. Su presencia sigue siendo determinante en los procesos culturales que han tenido lugar en este último siglo y que sobreviven, con obvias transformaciones, en este nuevo milenio.

Haciendo un poco de historia, encontramos que desde mediados del siglo XIX, las mujeres colombianas en medio de las actividades del hogar y la crianza de los hijos, desempeñaron un rol decisivo en la conformación del núcleo familiar y en la dirección moral de la sociedad colombiana de cara a los grandes procesos de industrialización y de migración hacia las ciudades que vendrían más adelante. Como bien anota Patricia Londoño en un magnífico ensayo titulado El ideal femenino del siglo XIX en Colombia, en nuestro país, “ (...) como en el resto del mundo occidental, durante la segunda mitad del siglo XIX se divulgó la idea de que el sexo femenino era un ángel tutelar, colocado al lado del hombre para guiarlo, consolarlo y fortalecerlo. Se dijo una y otra vez, de parte de hombres y mujeres, que el progreso moral de la sociedad dependía de ellas (...)” y se les calificó como el “bello sexo”.

Desde luego, esta visión de la mujer sería solo el principio de la lucha que durante el siglo XX llevó a Colombia hacia un cambio mental e institucional que condujera al reconocimiento de la igualdad jurídica y laboral. Y aunque para muchos pasamos de ser ángeles a convertirnos en demonios, esas conquistas declarativas, logradas tardíamente en un país que se desvertebró políticamente por cuenta de la violencia y la desigualdad social, están todavía por afianzarse en todos los estamentos de la sociedad.

Todo esto, llevado al enorme y complejo escenario de la cultura, significa que los grandes aportes de la mujer durante el siglo XX no se agotan en la esfera de la creación artística, y por el contrario, la hacen partícipe en la transformación de los valores, las simbologías, las instituciones, las leyes y las tradiciones de la sociedad colombiana. Además de celebrar que las mujeres tengan hoy un lugar de privilegio en la literatura, el cine o la ciencia, creo que tienen sobre sus hombros enormes responsabilidades en otros escenarios igualmente importantes para la cultura: de un lado, preservando y reinventando las tradiciones, saberes y oficios que han transmitido de generación en generación; de otro, propiciando la construcción de una cultura política en la que puedan ejercer plenos derechos y libertades. Y no menos importante, guiando en calidad de madres y esposas, la edificación de nuevos hogares y la educación de nuevos colombianos en un siglo en el que las nuevas tecnologías y la velocidad de la información, nos arrojan hacia una impredecible revolución cultural.

En este contexto, de sociedades culturalmente reclutadas por las grandes industrias del entretenimiento, es frecuente caer en lo que podríamos llamar, la “exotización” de las mujeres campesinas, negras o indígenas, como una manera de discriminarlas positivamente y disimular el aislamiento cultural al que se ven enfrentadas día a día. Sabemos que gracias a ellas, se mantienen vivos los cantos tradicionales en el Caribe colombiano, y que la figura de la partera en el Pacífico desempeña un papel determinante en las culturas de esta región. Sabemos también, que esa diversidad cultural que abarca saberes y tradiciones, es la mejor garantía de supervivencia para algunas técnicas artesanales de recolección y confección que aún se conservan en municipios de Boyacá y Tolima. Lo que no siempre advertimos, son las difíciles condiciones en que esa diversidad lucha por su subsistencia en escenarios de violencia y pobreza. Así las cosas, es tan preocupante la realidad de las mujeres embera, expuestas a permanentes hostigamientos contra su identidad cultural, como la de aquellas mujeres urbanas, víctimas de maltratos físicos y morales que les impiden el libre acceso a la educación, al trabajo o al conocimiento. La cultura, entonces, entendida como un derecho inherente a la persona y a los grupos humanos, no está definida solamente en función de quienes la engrandecen con su talento y sensibilidad sino de quienes se deleitan en ella, educan a sus hijos con cantos e historias, disfrutan de las fiestas tradicionales, hacen uso de sus conocimientos artesanales y sirven de público indispensable para artistas e intelectuales. 

El siglo XX, en conclusión, reivindicó a la mujer como pilar de la sociedad colombiana. A ella volvemos para enaltecer la familia, institución que en el caso particular de Antioquia y Santander, fue semilla de grandes imperios económicos, o, como sucede en las costas del Caribe y el Pacífico, acunó las más renombradas generaciones de músicos y compositores. Pero también, para darle su lugar como multiplicadora de saberes, como portadora de tradiciones, como educadora innata, como líder comunal y consejera espiritual. La mujer ha preservado y transformado directamente la cultura narrando sus propias historias, compartiendo su propia sensibilidad, internacionalizando su creatividad y ocupando los más altos puestos en el mundo laboral.