Batalla de Boyacá. Grabado en metal de J.M. Darmet sobre dibujo de José María Espinosa, ca. 1824. 62.2 x 84.6 cm. Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
Octubre de 2016
Por:
Alvaro Valencia Tovar

LAS INSTITUCIONES MILITARES DE COLOMBIA

Las raíces históricas de la institución militar se confunden con las de la patria misma. El 20 de julio de 1810, cuando la muchedumbre que realizaba el mercado en la Plaza Mayor de Santafé de Bogotá, enardecida por el incidente del florero se lanzó sobre el palacio de gobierno demandando el cabildo abierto, una compañía del batallón Auxiliar al mando del capitán criollo Antonio Baraya se hizo presente para apoyar la turbulencia popular.

Constituida por el Cabildo la Junta Suprema de Gobierno, sus integrantes vieron la necesidad de constituir un cuerpo armado confiable que sustituyera a las unidades coloniales de españoles y criollos. Así, el 23 de julio, se creó el Batallón de Voluntarios de la Guardia, primera unidad militar de la república naciente. En la tarde de ese mismo día se constituyeron cuatro escuadrones de caballería. Ya la artillería había pasado a manos del pueblo el día 21, cuando uno de los miembros de la Junta Suprema, don José Ayala, fue designado para custodiar el parque e impedir que fuese empleado contra la revuelta.

Guarnecían a Santafé el batallón Auxiliar, las Milicias de Pardos provenientes de Cartagena, la Compañía de Alabarderos del Virrey, la Compañía de caballería de la Guardía del Virrey con efectos totales superiores a los 600 hombres. El cuerpo principal, a mando del coronel Juan Sámano, era el Auxiliar, que contaba con 540 efectivos. Sámano, que quiso persuadir al virrey Antonio Amar y Borbón de disolver la muchedumbre por la fuerza, pudo ser neutralizado por el propio Baraya y por el segundo mando, coronel José María de Moledo, español también pero partidario de la Junta Suprema, quien salió a la Plaza Mayor para tranquilizar al pueblo con la seguridad de que no actuaría contra él. Papel importante el 20 de julio jugó el coronel español José Ramón de Leyva, secretario del virrey y partidario como Moledo de la Junta Suprema, al neutralizar a Sámano. Sus servicios a la Primera República le costarían ser fusilado por Morillo como traidor.

El ejército de la primera república

El federalismo derivado de la compartimentación geográfica del virreinato y del ejemplo de los Estados Unidos, determinó que las Juntas de Gobierno crearan en las provincias más importantes sus propios ejércitos. Donde había guarniciones coloniales, se siguió el modelo de lo ocurrido en Santafé. Donde no existían, se formaron milicias voluntarias como en el Socorro y Antioquia. Así, en esa etapa inicial de la nueva nación hubo, además de las dos ya citadas, ejércitos provinciales en Cartagena y Riohacha. Santa Marta y Popayán, gobernadas por realistas, disolvieron sus Juntas de Gobierno con apoyo en las respectivas guarniciones de tropas coloniales. En el norte del Valle del Cauca, Buga, Palmira –-denominada entonces Llanogrande--, Tuluá y Cartago constituyeron una confederación y organizaron sus propias milicias, para protegerse del realismo payanés bajo la férula del gobernador Miguel Tacón y Rosique. El angustioso llamado de las ciudades confederadas a la Junta Suprema de Santafé dio lugar a la primera batalla de la guerra de Independencia, en el sitio del Bajo Palacé, cuando tropas de la capital a mando del ya coronel Antonio Baraya concurrieron en su defensa. La victoria allí obtenida permitió ocupar a Popayán y produjo el delirio en Santafé.

Proyecto de monumento para el Puente de Boyacá, 1825. 23 x 18 cm. Archivo General de la Nación, Bogotá

 

La falta de un mando unificado y las guerras civiles debilitaron las fuerzas independientistas. Después de la brillante victoria centralista del 9 de enero de 1813 obtenida por el presidente de Cundinamarca Antonio Nariño sobre las fuerzas federales del Congreso situado en Tunja, se decidió organizar una expedición al sur, para recuperar a Popayán ocupado por fuerzas realistas bajo el mando del coronel Juan Sámano y eliminar la amenaza que su avance representaba para el norte del Valle y Antioquia. Antonio Nariño, ascendido a teniente general, fue nombrado para comandar las fuerzas el Ejército Unido, constituido por tropas del Socorro, Antioquia y Cundinamarca. Después de rutilantes victorias en Alto Palacé, Calibío, Juanambú y Tacines, hechos fortuitos determinaron una derrota inexplicable en las goteras de Pasto.

En esta forma, al presentarse ante las murallas de Cartagena la Expedición Pacificadora del teniente general Pablo Morillo, las fuerzas independientistas en la Nueva Granada fueron fácilmente derrotadas por las veteranas tropas peninsulares, curtidas en la guerra que acaban de librar contra la invasión napoleónica, con lo cual se inició una etapa de crueles retaliaciones contra la dirigencia criolla y sus familias, conocida como la Noche del terror.

Soldado improvisado de caballería. Acuarela de Ramón Torres Méndez, 1876. Colección Banco de la República, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 

Bolívar y Santander. Las grandes victorias

A finales de 1812 se habían hecho presentes en Cartagena algunos oficiales venezolanos que habían escapado al derrumbamiento republicano en la Capitanía General. Entre ellos comenzó a brillar con luz propia un coronel del regimiento colonial Blancos de Aragua. En documentos electrizantes proponía la unificación de la lucha en su patria y la Nueva Granada, señalando como objetivo la liberación de Caracas, su ciudad natal, como protección del territorio granadino contra la amenaza de una invasión realista. A comienzos de 1813, en virtual insubordinación contra su comandante, el coronel francés Pedro Labatut, que adelantaba operaciones sobre Santa Marta con tropas de Cartagena, inició la campaña que habría de recibir el nombre de Admirable, iniciada con la liberación del Bajo Magdalena y culminada en Caracas en agosto de 1813.

Su efímera victoria al frente de tropas granadinas provistas por Antonio Nariño en Cundinamarca, Camilo Torres en Tunja, Rodríguez Torices en Cartagena, feneció el año siguiente. El realismo tenía poderoso aliento en Venezuela. José Tomás Boves con sus siete mil lanzas llaneras y el mariscal Manuel de Cajigal con tropas provenientes de Cuba y Puerto Rico, reconquistaron la antigua Capitanía. Los granadinos desplegaron un valor sin límites, reconocido por Bolívar. Los sacrificios heroicos de Atanasio Girardot en Bárbula y Antonio Ricaurte en San Mateo fueron ejemplo del comportamiento granadino, exaltado por el Libertador.

Por segunda vez regresaba Simón Bolívar, derrotado y abatido, a la Nueva Granada. Camilo Torres al recibirlo en Tunja le rindió tributo de admiración al decirle: "Sois un militar derrotado pero sois un grande hombre". Lo nombró comandante de las fuerzas del Congreso con las que tomó a Santafé, donde la ausencia de Nariño, apresado en las goteras de Pasto, no permitió repetir el milagro de 1813. Un vano intento de sitiar a Cartagena por no suministrarle tropas para atacar a Santa Marta en misión confiada por el Congreso precedió a su renuncia al mando y migración a Jamaica, donde escribiría su inmortal Carta premonitoria.

Reaparecía ahora por tercera vez en la Nueva Granada. En 1817, la segunda expedición de Los Cayos haitianos le permitió sentar pie en Venezuela. Azarosas campañas en su tierra natal, alternación de éxitos y derrotas, tres campañas frustradas sobre Caracas en las que batió contra el Pacificador Morillo, signaron dos años de empeños cuyo mayor éxito fue la liberación de Angostura en La Guayana, convertida en capital provisoria de una república que aún pugnaba por nacer, fueron antesala de la Campaña de Liberación de la Nueva Granada.

Entre los militares granadinos emigrados ante la reconquista de Morillo a Casanare, que se unieron luego a Bolívar en el oriente venezolano, el coronel Francisco de Paula Santander llegó a ocupar la subjefatura del Estado Mayor, más tarde encargado de la cabeza de la entidad. No había sido fácil el comienzo de la relación entre los dos personajes, en los albores de la Campaña Admirable de 1813. Ahora el entendimiento fue completo. En agosto de 1818, ascendido a general de brigada, fue enviado a Casanare con la misión de organizar las fuerzas dispersas emigradas del interior tras la reconquista española.

El talento organizador de Santander y su exitosa estrategia dilatoria ante la invasión de los llanos por el coronel José María Barreiro al frente del la Tercera División, unidos al fracaso de su tercera arremetida sobre Caracas, convencieron a Bolívar de que en la Nueva Granada se hallaba el destino de la emancipación de ambos territorios. El 4 de agosto cruzaba el río Arauca. Unidas las dos fuerzas, con Santander al mando de la División de Vanguardia y José Antonio Anzoátegui en la retaguardia, se remontó la imponente cordillera por el abrupto páramo de Pisba. Maniobras preliminares de los dos ejércitos condujeron a la sangrienta batalla del Pantano de Vargas, seguida de una hábil maniobra independientista sobre la retaguardia de Barreiro que permitió la toma incruenta de Tunja, base de operaciones realista en su retaguardia. Estos dos episodios signaron la suerte de la campaña. Barreiro, golpeado psicológicamente, sólo pensó en recuperar su línea de comunicaciones interponiéndose entre Bolívar y Santafé.

El 7 de agosto de 1819, a orillas del río Teatinos acrecido por el invierno, la victoria de las armas patriotas definía la liberación de la Nueva Granada. Bolívar, ocupaba Santafé el 10, inició de inmediato operaciones para batir las fuerzas realistas en el territorio granadino y abrir operaciones sobre su tierra natal. La victoria de Carabobo el 24 de junio de 1821 aseguró la independencia venezolana. Seguirían Pichincha en el Ecuador, Junín y Ayacucho en Perú, librada esta gran batalla el 9 de diciembre de 1824. La gran obra libertaria quedaba cumplida. Convocado el Congreso Anfictiónico de Panamá, creada la república de Bolivia en Alto Perú, llegaba a su cenit la gloria del Libertador, mientras Santander, al frente del gobierno en Santafé como vicepresidente, realizaba prodigiosa obra administrativa en la nación asolada por la guerra y realizaba el milagro de abastecer las demandas logísticas de la formidable empresa militar.

La penumbrosa era de las guerras civiles

Disuelta en 1830 con la muerte del Libertador su gran obra política conformada por las tres antiguas parcelas del Virreinato Neogranadino, cada una siguió su propio y áspero camino de construir su existencia política. Nacidas repentinamente del absolutismo borbónico, no les fue fácil adaptarse a los moldes republicanos. Catorce años de guerra, un fuerte liderazgo militar surgido de los campos de batalla, la carencia de partidos políticos y dirigentes civiles preparados, dieron lugar a los caudillos militares y al intervencionismo armado en la existencia política de las colonias emancipadas.

La Nueva Granada constituyó notable excepción en Hispanoamérica. La recia personalidad de Santander logró en sus siete años de gobierno como vicepresidente instaurar una república de leyes, y a su alrededor se formó una clase dirigente joven, compenetrada con sus ideas. El Código Constitucional de 1811 había establecido la no deliberación de los militares, que persistiría en todas las cartas fundamentales del siglo XIX. La guerra de Independencia, sin embargo, había grabado en el subconsciente nacional la noción de dirimir las discrepancias políticas por medio de las armas, lo que condujo a guerras civiles recurrentes.

Tan sólo en 1854, el golpe de Estado del general José María Melo, comandante del Ejército, produjo una intrusión militar en el poder, debelada por tres generales y ex presidentes, Pedro Alcántara Herrán, Tomás Cipriano de Mosquera y José Hilario López. Cumplido este propósito, los vencedores, lejos de adueñarse de poder, aseguraron la constitucionalidad llamando al vicepresidente, mientras el Congreso eligió al nuevo mandatario según ordenaba la Constitución de 1853.

Desaparecidos los generales de la Independencia, las guerras civiles degeneraron en choques de montoneras, en las que triunfaba el gobierno sostenido por el Ejército. La excepción fue la revolución radical del 1859, emprendida por Mosquera contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez, que culminó con la Constitución federalista de 1863.

Concluyó el siglo con la guerra de los Mil Días (1899-1902). Los generales surgían las más de las veces de la política partidista. No existía escalafón ni carrera militar estable. La inspiración sustituía a la estrategia y la voz de mando, con el intrépido ejemplo de los comandantes, a la táctica. Las contiendas retardaron el desarrollo del país, empobrecieron los campos de donde se reclutaban las tropas y muchas veces las peonadas de las haciendas, bajo mando de sus amos convertidos en oficiales de alto rango, se tornaban en formaciones de combate en confrontaciones pasionales, sangrientas y heroicas.

Recluta y veterano de infantería. Revolución de 1876. Acuarela de Ramón Torres Méndez. Colección Banco de la República, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 

La guerra de los Mil Días dejó la nación exhausta. En 1903, la pérdida de Panamá en sombrío episodio de traiciones, miopía política y claudicación situó a Colombia en el nadir de su postración moral. En 1904 llegó a la Presidencia el general Rafael Reyes, uno de los grandes estadistas de la historia nacional. Su formidable tarea de reconstrucción nacional física y moral generó como uno de sus más grandes y perdurables aciertos la reforma militar, que profesionalizó el Ejército con la fundación de la moderna Escuela Militar, la Escuela Naval y la Escuela Superior de Guerra, convirtiéndolo en fuerza apolítica, al servicio de la Constitución y la ley.

En 1932, la invasión peruana del Trapecio Amazónico violando el Tratado Lozano Salomón de 1928, halló a Colombia en lamentable estado de indefensión. La reciedumbre moral del Ejército de Reyes no contaba con los medios requeridos para una contienda internacional. El liderazgo del presidente Enrique Olaya Herrera electrizó la nación. Se improvisó una flotilla de guerra que penetró por el Amazonas, recapturó a Tarapacá de donde huyó la guarnición peruana sin presentar combate, al paso que el Destacamento del Alto Putumayo que alcanzó el teatro de la guerra por vías apresuradamente abiertas de Neiva a Florencia y de Pasto a Puerto Asís, tomaba la guarnición peruana de Güepí en brillante acción táctica. El conflicto atrió el camino a la segunda reforma militar del siglo. Se crearon el Arma Aérea del Ejército y la Marina de Guerra, orígenes de la Armada y la Fuerza Aérea, y se modernizó el Ejército con base en las experiencias adquiridas.

El acelerado deterioro de la situación política llevó a los dos partidos tradicionales a una confrontación que resucitó los odios políticos del siglo XIX, que se creían extinguidos desde la reconciliación del general Reyes. El sectarismo llegó a su clímax, y de la oratoria encendida de los caudillos políticos se pasó bien pronto a la violencia física, hasta producir una virtual guerra civil no declarada que, al comprometer a las Fuerzas Militares en apoyo de la constitucionalidad, las convirtió en acelerador del conflicto. Aquella reyerta feral fragmentó el Ejército en puestos de "orden público". Frente a las guerrillas surgidas del enfrentamiento con la antigua policía sectaria, no se diseño una estrategia, ni la preparación del Ejército para la guerra convencional se adaptó a las peculiaridades de la lucha de guerrillas. Cuando el 13 de junio de 1953 el general Gustavo Rojas Pinilla llegó a la Presidencia, en lo que se llamó entonces un "golpe de opinión", las Fuerzas Militares recuperaron su prestigio y un año de paz, con entregas masivas de las guerrillas: sólo fue interregno en la reyerta que a partir de 1954 cobró renovado ímpetu.

La creación del Frente Nacional, alianza de los dos partidos tradicionales, puso fin al impropiamente llamado gobierno militar –-se apoyó en un solo partido político—- pero no pudo acabar con la violencia rural que había adquirido dinámica propia. Muchas guerrillas degeneraron en bandolerismo y a la sombra de la lucha se engendraron guerrillas comunistas, parte de la llamada Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética con sus respectivas alianzas.

En 1951, en plena contienda fratricida, Colombia había enviado a la guerra de Corea un batallón de infantería y una fragata de guerra, que ganaron renombre mundial por su eficiencia y comportamiento heroico. Las enseñanzas y experiencias al lado del ejércitos de larga tradición bélica, unidas a las que se derivaron de la desastrosa contienda interna, dieron lugar a la tercera reforma militar del siglo. La paz retornó a los campos, pero las fracciones comunistas temporalmente inactivas reanudaron la "combinación de todas las formas de lucha" dentro de los patrones de la guerra revolucionaria marxista.

Surgieron otros movimientos sediciosos con la guerrilla y el terrorismo como expresiones ostensibles, que disimulaban el amplio espectro de la Guerra Política que el Estado colombiano no comprendió, declinando en sus instituciones armadas la responsabilidad de librarla, pero sin dotarlas de los medios adecuados.

Para finales del siglo XX las guerrillas de las Farc, agigantadas con dineros procedentes del narcotráfico, se había fortalecido hasta desequilibrar los términos de la confrontación. Serios reveses sufridos por las Fuerzas Armadas condujeron al autoexamen crítico que produjo la cuarta reforma militar del siglo, quizá la más trascendental por el agigantamiento de la amenaza contra el Estado democrático. Los efectos de esta reforma resultaron decisivos. A partir de 1998 las operaciones conjuntas de las fuerzas terrestres, aéreas y navales dieron un vuelco a la situación, que se tradujo en éxitos repetidos de repercusión estratégica, logrando para las instituciones militares la más alta posición de credibilidad y confianza de la nación, según encuestas del sector privado.

Ante la incertidumbre de un proceso de paz que mantiene a la sociedad colombiana entre la esperanza y la frustración, esa fe colectiva en sus Fuerzas Militares robustece el Estado de Derecho y las expectativas de la nación.