Grupo de damas visita en palacio a la primera dama, Carola Correa de Rojas, y a su hija, María Eugenia. Cromos - Foto Sady
Septiembre de 2016
Por:
Enrique Santos Molano

LAS DIEZ HORAS AGITADAS DE UN SÁBADO TRANQUILO

Siempre ha habido el peligro de que el fascismo que nosotros aplastamos en Italia y en Alemania, pruebe que tiene tantas cabezas como la hidra. Destruimos organizaciones; matamos, aprisionamos y castigamos a algunos hombres. Pero no matamos al fascismo, y parece muy probable que vamos a tener una impresionante prueba de ese hecho en Colombia”.The New York Times, 1950
 

Cómo empieza un "Golpe de opinión"

A las diez y media de la mañana del sábado 13 de junio de 1953 un fantasma se apeó del Cadillac presidencial en el palacio de La Carrera, y arrastrando las pesadas cadenas de una enfermedad agobiadora, y de la pena de una tragedia familiar recién ocurrida, entró en la casa de los presidentes de Colombia, de la que era inquilino titular, espantó a todos con su aparición repentina, incluido el inquilino Designado, y reasumió la Presidencia de la República, que había dejado dieciséis meses atrás obligado por sus achaques corporales.

El Presidente en receso, doctor Laureano Gómez, se dirigió a las habitaciones del Presidente en funciones, doctor Roberto Urdaneta Arbeláez, enfermo desde hacía cuatro días, y le comunicó que retomaba las riendas del Gobierno y que enseguida llamaría a calificar servicios al comandante de las Fuerzas Armadas, Teniente General Gustavo Rojas Pinilla. Urdaneta le dijo que eso podría precipitar un golpe de Estado, a lo cual replicó el doctor Gómez que, en guarda de su honor y del prestigio de su causa, no podía doblegarse ante las amenazas y que peor que el golpe de Estado sería aceptar la iniquidad para que no ocurriera. A continuación citó a un consejo de Ministros, que no tuvo desarrollo distinto al de recibir las renuncias del gabinete en pleno, pues habiendo sido nombrados por el Designado los Ministros consideraron su deber dejar al Presidente en libertad de confirmarlos o de cambiar el gabinete. Gómez mantuvo las renuncias en suspenso; pero a las tres de la tarde destituyó por decreto al Ministro de Guerra, Lucio Pabón Núñez, y encargó de ese despacho al Ministro de Obras Públicas, Jorge Leiva.
 

El Teniente General vacila

Al enterarse de que ya no era comandante de las Fuerzas Armadas, ni miembro del Ejército, el Teniente General Rojas Pinilla tomó la decisión de abandonar el país. Calibán recuerda que una semana antes había escrito en la Danza de las Horassobre una anécdota de Marcel Habert. Un 14 de julio Habert vio desfilar al general Roguet, comandante de la guarnición de París, al frente de setenta mil soldados, y le gritó “Al Elíseo, mi general, a salvar la patria”. Roguet no se atrevió. El viernes doce de junio Calibán estaba pesimista. La anécdota de Habert “era una insinuación no velada a nuestro general [Rojas Pinilla] para que se atreviera a salvarnos. Pasaron los días y yo creí que no teníamos salvación”. Sin duda Rojas Pinilla, reacio como Roguet a comprometerse en un golpe de Estado, no entendió la insinuación. Sí la entendieron, en cambio, los doctores Ospina Pérez y Alzate Avendaño, y confiaron a Pabón Núñez la tarea de atajar al Teniente General y convencerlo de que la patria no se salvaba con generales que huían, sino con generales que actuaban en los momentos supremos. Los jefes conservadores sabían que sin Rojas Pinilla todo estaba perdido. Era el único militar con el prestigio suficiente para cohesionar las Fuerzas Armadas, que profesaban verdadera adoración por su comandante.

Cerca del aeropuerto de Techo Rojas Pinilla dio media vuelta y acompañado por altos oficiales regresó a la sede del Batallón Caldas, en Puente Aranda, donde el coronel Rafael Navas Pardo le ratificó la adhesión incondicional de las Fuerzas Armadas. Entonces el Teniente General ordenó el acuartelamiento inmediato de las guarniciones del país y asumió el mando de la totalidad de las fuerzas militares: el Ejército, la Aviación, la Marina y la Policía. Pasado el medio día se comunicó por teléfono con el Presidente encargado, Urdaneta Arbeláez, le informó de las disposiciones adoptadas y le manifestó que contaba con el respaldo de las Fuerzas Armadas si estaba dispuesto a continuar en el ejercicio de la Presidencia. Urdaneta, que tenía a su lado al doctor Gómez, le respondió que el Presidente titular no había renunciado y que en consecuencia el Designado no ocuparía un sillón que no estaba vacío. Rojas le insistió y Urdaneta le reiteró su rechazo una y otra vez. Pasarían varias horas antes de que el Teniente General decidiera marchar hacia palacio. “A mi me consta –dice el padre Félix Restrepo—y nos consta a la mayor parte de los colombianos, que el general Rojas Pinilla no quería encargarse del poder. Hizo repetidas instancias al Presidente Urdaneta para que continuara en su puesto. Ante las constantes negativas del Designado, y ante el mar de fondo que amenazaba ya con estallar en tormenta incontenible, Rojas Pinilla creyó que era su deber ponerse al timón, y la mayor parte de nuestros hombres ilustres, liberales y conservadores, creyeron también que ésta era la única salvación de la república en aquellas horas angustiosas”.
 

Interregno y cambio de mando

Roberto Urdaneta abandonó el Palacio hacia las dos y media, con rumbo desconocido. Después de firmar el decreto de destitución del Ministro de Guerra, también desapareció Laureano Gómez. El país quedó sin Gobierno –ni Presidente, ni Ministros—entre las tres de la tarde y las siete de la noche. A las cinco y treinta, Rojas Pinilla localizó a Luis Mejía Gómez, sobrino de Laureano, y por su conducto le mandó notificar al Presidente que, en vista de que había abandonado el cargo, sin renunciar, se veía obligado a asumir la Presidencia de la República. A las siete y diez minutos el Teniente General llegó al palacio de La Carrera, acompañado por Lucio Pabón Núñez y por una comisión numerosa de altos militares de las distintas armas. Lo recibieron, como a nuevo Presidente de Colombia, la ex primera dama Clemencia Holguín de Urdaneta, el ex ministro de Gobierno, Rafael Azuero Manchola, y los doctores Bernardo González Bernal, Luis Navarro Ospina y Gilberto Alzate Avendaño, entre otras personalidades del conservatismo antilaureanista. Minutos después llegaron a palacio el Directorio Nacional Conservador y su jefe el expresidente Mariano Ospina Pérez, con quien el Teniente General conferenció por más de media hora. A las diez de la noche la Radiodifusora Nacional les comunicó a los colombianos que el Teniente General Gustavo Rojas Pinilla era su nuevo Presidente. Al amanecer del domingo 14, un río humano impetuoso se precipitó por la carrera Séptima para aclamar al salvador, que junto con su hija María Eugenia hacían la V de la victoria desde los balcones del palacio de La Carrera, en el mejor estilo churchiliano.

Por qué se produce un "Golpe de opinión"

La versión de Laureano. ¿Por qué el Presidente Laureano Gómez decidió abandonar su lecho de enfermo --en el que yacía atribulado además por la pena irremediable de la muerte de su hijo Rafael, acaecida en un trágico accidente de aviación--, retomar una tarea que le exigía esfuerzos muy superiores a sus menguadas capacidades físicas y destituir de manera intempestiva al Comandante General de las Fuerzas Armadas y al Ministro de Guerra? En su interesantísimo libro Desde el exilio, el doctor Gómez atribuye el golpe del 13 de junio a una acción personal de Rojas Pinilla, colocado ante la disyuntiva de deponer a Laureano o enfrentarse a un juicio por negligencia cómplice en el asunto de las torturas infligidas por miembros del G2 del Ejército al industrial Felipe Echavarría. Una vez que estos hechos tenebrosos, que él ignoraba estuviesen ocurriendo, le fueron confirmados por boca de su hijo, el periodista Enrique Gómez Hurtado, el Presidente Gómez sintió la necesidad imperiosa de restablecer la justicia. Enrique Gómez cuenta en su magnífico relato, de impecable factura literaria, Un balcón sobre el abismo, que su padre lo comisionó para averiguar qué había de cierto en los rumores sobre las torturas a Echavarría. Enrique visitó a Echavarría en los calabozos del G2 y verificó cómo eran visibles las huellas de los golpes en el rostro y en el cuerpo del industrial, a quien sentaron sobre bloques de hielo con el propósito de obligarlo a confesarse jefe de una conspiración para asesinar a distinguidos conservadores y miembros del ejército, entre ellos el Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, y delatar a sus cómplices. Incapaz de resistir la tortura y las quemaduras del hielo sobre su piel, Felipe Echavarría no sólo se confesó participe de la conspiración, sino que delató como cómplice a la plana mayor del Partido Liberal. En presencia de Enrique Gómez, y de un juez, Echavarría declaró que esa confesión se la habían arrancado por medio de la tortura y que se arrepentía de haber involucrado a los jefes y escritores liberales en un asunto en el que no tenían arte ni parte.

Enrique Gómez le describió a su padre con pelos y señales las torturas aplicadas a Echavarría. “Con justificada alarma –dice el Presidente Gómez—porque semejante atrocidad hubiera ocurrido en la capital de la República y en la vecindad inmediata del palacio presidencial, tuve ocasión de hablar en las primeras horas de la noche de la fecha de mis informaciones, con el ministro de guerra, señor Pabón. Estaba cierto de que reaccionaría a los estímulos de la pura doctrina, porque me era desconocido el abismo de su alma. Expúsele que la tortura repugnaba a nuestra conciencia y que aun en el supuesto de que el acusado era el más empedernido de los criminales no podía serle aplicada. Le agregué que los ministros eran los ojos del presidente, que su deber era adquirir un conocimiento directo de los hechos para formarse un criterio objetivo y transmitirlo al designado, quien estaba fuera de la ciudad; que la cobarde violencia ejercida sobre un preso, lejos de favorecer la investigación, la perjudicaba ciertamente; pero que, sobre todo, ni el Gobierno podía permitir la implantación oficial de esos procedimientos ni él podía ser el ministro de una Checa. Quedé persuadido de que mi justa solicitud sería atendida. Pero el Ministro no la cumplió. Supe luego que ni siquiera había visto al preso”. La indolencia del Ministro de Guerra indujo al Presidente a pedirle a su hijo que visitara a Echavarría con un juez como testigo de la entrevista. Los informes suministrados por Enrique Gómez a su padre fueron motivo suficiente para que el doctor Gómez le diera al designado Urdaneta diez horas de plazo para llamar a calificar servicios y abrirle un juicio al general Rojas Pinilla, a quien Gómez consideraba responsable de “la iniquidad” cometida contra Echavarría. Pasado el plazo de diez horas, Urdaneta no hizo nada de lo indicado por Gómez. “Entonces -–dice Laureano— vi cubierta de oprobio la república bajo el mando conservador. El liberalismo, contra cuyas injusticias protesté tantas veces, esta infamia no la había cometido. Si se la toleraba ahora, cuando el alto personal del gobierno conocía lo ocurrido, cuantos abusos, delitos y atropellos se habían cometido a sus espaldas recibían una tácita aprobación comprometiendo su responsabilidad ante los contemporáneos y la historia”. Laureano resolvió volver a la presidencia para salvar del oprobio a su partido; y en consecuencia de la destitución fulminante del general Rojas y del ministro Pabón, aquel habría dado el golpe del 13 de junio para eludir las responsabilidades que pudieran caberle en el torvo episodio de las torturas al industrial Felipe Echavarría .

"Hay que gobernar con la opinión pública"

La versión de los hechos. Al instalar, el 15 de junio, la Asamblea Nacional Constituyente, el presidente de facto Rojas Pinilla dijo que “determiné salvar a Colombia de la anarquía y comprometer todas mis fuerzas y mi honor de militar y caballero en la empresa de redimir a la patria, con la conciencia tranquila de haber hecho cuanto me fue humanamente posible para que esta situación [el golpe de Estado] no se produjera”. Cierto es que lo relatado por el presidente Gómez y por su hijo Enrique se ciñe a la verdad; pero resulta simplista creer que un hecho de tal trascendencia, como lo fue el 13 de junio de 1953, se produjo por motivos tan mezquinos como los que el doctor Gómez quiere atribuirle a la actitud del general Rojas Pinilla. Puede ser creíble que así como el presidente Gómez estaba en ayunas de los atropellos que se cometían “a poca distancia del palacio presidencial”, también lo estuviera el comandante de las Fuerzas Armadas. A veces los subalternos hacen cosas reprobables sin consultar con sus superiores, convencidos de contar con su aprobación. Y puede del mismo modo ser creíble que el Presidente, el Comandante de las Fuerzas Armadas, el Designado y el Ministro de Guerra, estuvieran al tanto de lo que ocurría y se hicieran los de la vista gorda mientras fuera conveniente.

Quizá el doctor Laureano Gómez vivía en el mejor de los mundos posibles, convencido de que sus buenos planes de Gobierno, y varias realizaciones materiales de indiscutible excelencia, cobijaban la realidad política nacional. El doctor Gómez creía que la violencia en Colombia se había iniciado en 1930, cuando las ideas liberales gobernaron el país; sin embargo no fueron los gobiernos liberales los que se propusieron “hacer invivible la república”, como lo ofreció el jefe conservador Laureano Gómez cuando declaró oposición total al régimen liberal. Y vaya si cumplió con lo prometido. La violencia de tipo oficial comenzó en Colombia desde agosto de 1946, como podemos comprobarlo por las denuncias reiteradas de Gaitán, y después del 9 de abril, con el exilio de los jefes liberales, el desplazamiento de masas inmensas de campesinos liberales, la clausura dictatorial del Congreso, el encarcelamiento abusivo y la tortura contra intelectuales y miembros del partido liberal, como es el caso de León de Greiff, Álvaro García Herrera y Germán Zea; el asesinato continuo de liberales rasos como Vicente Echandía, Luis Jorge Cerón Bernal, Alejandro Stankoff Wilches y Enrique Rivera Forero, “perpetrado por la policía al pie de la estatua de San Martín, en el corazón mismo de la capital de la república”, o el incendio de los diarios liberales y de las casas de los jefes del partido liberal; muchos de estos atropellos se cometieron durante la presidencia del doctor Ospina Pérez, pero el doctor Gómez era funcionario de esa administración y nunca protestó contra ellos, ni los corrigió en su Gobierno ¿Ignoraba que estuvieran ocurriendo?. Pocos días antes del 13 de junio, el Comité de Socorro, presidido por monseñor Emilio de Brigard, santo varón, si los ha habido en Colombia, denunció que había 50. 000 refugiados (hoy se diría desplazados), “niños, mujeres y ancianos”, víctimas de la violencia en el territorio nacional, y que podrían ser muchos más. Sin desconocer que tanto el Presidente Ospina como el Presidente Gómez hicieron cosas notables en materia de obras públicas, hay que atribuir, sin injusticia, a sus gobiernos el origen de la violencia oficial, con o sin conocimiento de los mandatarios. Cualquiera que se tome el trabajo de rastrear la prensa nacional, desde el 7 de agosto de 1930 hasta el 7 de agosto de 1946, no podrá encontrar una sola noticia sobre desplazamiento de colombianos por causa de violencia, ni más hechos violentos que aislados e insólitos enfrentamientos motivados por las pasiones sectarias y el fanatismo irracional de ciudadanos liberales o de ciudadanos conservadores.

Las causas que produjeron el golpe del 13 de junio de 1953 fueron políticas y nacionales y obedecieron a un estado de cosas que estaba convirtiendo al país en un matadero, en una república muy parecida a los regímenes fascistas, como lo denuncia el New York Times en 1950: “Siempre ha habido el peligro de que el fascismo que nosotros aplastamos en Italia y en Alemania, pruebe que tiene tantas cabezas como la hidra. Destruimos organizaciones; matamos, aprisionamos y castigamos a algunos hombres. Pero no matamos al fascismo, y parece muy probable que vamos a tener una impresionante prueba de ese hecho en Colombia”.

Por eso es explicable la explosión de alegría multitudinaria que sacudió las calles y las plazas de Colombia el 14 de junio. Los cientos de miles de colombianos que salieron a festejar “el golpe de opinión” dado por el Teniente General Rojas Pinilla, no celebraban que el nuevo presidente se hubiera salvado de un juicio por torturas a Felipe Echavarría, sino el hecho de haber salvado al país de una catástrofe inminente, que sólo el doctor Gómez y su círculo se negaban a ver.

Figuras distinguidas del liberalismo se reunieron en la noche del 14 de junio en casa del doctor José Joaquín Castro Martínez “con el fin de deliberar sobre los acontecimientos nacionales”. Allí estaban Luis López de Mesa, Darío Echandía, Luis Eduardo Nieto Caballero, Antonio Rocha, Rafael Parga Cortés, Moisés Prieto, Julio César Turbay Ayala, Álvaro Esguerra y Jaime Posada. Cuando redactaban el comunicado que iban a dirigir al país, notaron que los postulados doctrinarios liberales se ajustaban al concepto “que también precisó hoy con gran exactitud el Teniente General Rojas Pinilla en los siguientes términos: ‘Hay que gobernar con la opinión pública, porque la opinión pública y su respaldo es lo que salva al país’”.

“Eso es, dijo el doctor Darío Echandía, eso es lo que tenemos hoy en Colombia: un golpe de opinión”.