19 de septiembre del 2020
 
Anónimo Busto relicario Ss. XVI - XVII, platafundida,cincelada y repujada. Arquidiócesis de Bogotá / Camilo Moreno. Anónimo santafereño Santiago Matamoros S. XVII, Madera tallada y cerámica moldeada policromada, 30.2 X 29.5 X13.5 cm Reg. 03.11.174. Museo Colonial / Óscar Monsalve
Julio de 2020
Por :
Jaime Humberto Borja Gómez * Doctor en Historia. Profesor titular. Universidad de Los Andes, Bogotá, Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Historia. jborja@uniandes.edu.co

LAS COLECCIONES CELESTIALES

Desde los comienzos de la cristiandad se han venerado las reliquias. Como su nombre en latín lo indica (reliquiae, restos), se trata de remanentes materiales vinculados con la santidad. Se consideraban reliquias los fragmentos de cuerpos de santos y los objetos con los que habían tenido contacto en vida y después de la muerte. En los primeros siglos del cristianismo, se edificaba una iglesia para albergar las reliquias, especialmente en las ciudades, para las cuales la posesión del cuerpo de un santo se consideraba un premio otorgado por Dios a sus habitantes. La importancia de tal veneración radicaba en que se creía que el cuerpo de un santo era el receptáculo de lo sagrado, y, por lo tanto, su materialidad continuaba haciendo milagros. La reliquia se desempeñaba como cohesionador social urbano, de modo que durante la Edad Media ciudad y reliquia conformaban una identidad: Venecia se debía al cuerpo de San Marcos y Tours al de san Gregorio. Las reliquias acompañaban a la ciudad durante pestes, guerras o desastres naturales y a las personas en los momentos más significativos de sus vidas, principalmente “curando” enfermedades y haciendo “milagros”.

 

 

Tres bustos relicarios de la iglesia de San Ignacio. Jaime Humberto Borja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre los siglos XII y XV fueron tan codiciadas que generaron un enriquecedor comercio simoniaco. El culto medieval por las reliquias no sólo se interesó por los cuerpos fragmentados, sino también por aquellos objetos que habían estado en contacto con la divinidad –el grial, la sábana santa, fragmentos de la cruz-. Dicho comercio incluyó una interminable lista de curiosas “reliquias” de muy dudosa procedencia, como la paja del pesebre del nacimiento, el Santo Prepucio o la cuna del Niño Jesús. A partir del siglo XVI, el culto a las reliquias, muy cercano a la superstición, fue blanco de los ataques de las reformas protestantes. Pero también una de las preocupaciones del Concilio de Trento, que trató de regular su culto. La lipsanoteca, nombre que recibe una colección de reliquias, de Felipe II es un buen ejemplo: poseía 507 relicarios que contenían 7422 reliquias. Así llegaron a América, importadas por la fuerza de la Contrarreforma católica y ante la necesidad de generar milagros y proteger a las recién fundadas ciudades hispanoamericanas. Las reliquias fueron, quizá, el primer objeto “coleccionado” en América colonial.

Relicario de la iglesia de San Ignacio. Jaime Humberto Borja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es importante hacer una precisión: se trataba de objetos materiales que contenían lo sagrado y que podían hacer milagros. Precisamente por esta razón no existía una intención de coleccionarlos como rarezas o curiosidades, sino que se componían “colecciones” que permitían hacer milagros de acuerdo a la especialidad de los santos a los cuales pertenecieron las reliquias. Por ejemplo, algunas podían curar la gota, mientras que otras ayudaban en los partos difíciles. Había reliquias para todo, por eso a las lipsanotecas se les llamaba “boticas celestiales”.

 

Al territorio neogranadino, actualmente Colombia, las reliquias llegaron durante el siglo XVI. En 1573 arribó a Santafé de Bogotá el cráneo de santa Isabel de Hungría (ilustración 1), a quien se erigió como patrona y protectora de la ciudad. Solo con la llegada de los jesuitas al Nuevo Reino a comienzos del siglo XVII, pudo formarse una verdadera lipsanoteca. A los pocos años de su instalación, llegó a la Iglesia de la Compañía la primera reliquia: se trataba de la supuesta cabeza de una de las once mil vírgenes enviada desde Lima por el arzobispo Fernando Arias de Ugarte. El cronista Pedro Mercado señala que se introdujo en la ciudad “con una solemne procesión que se formó de los personajes del cabildo eclesiástico, de los oidores de la Real Audiencia, de todas las religiones y de todo lo granado de este Nuevo Reino de Granada”. Es decir, una sola reliquia convocaba a todo el cuerpo social en una solemne y muy barroca procesión.

 

Relicario de la iglesia de San Ignacio. Jaime Humberto Borja.​

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacia 1612, Luis de Santillán, procurador de Compañía de Jesús en el Nuevo Reino, “para enriquecer en lo espiritual a estas Indias que tanto han enriquecido a España en lo Temporal”, diligenció en varias ciudades europeas la adquisición de un significativo conjunto de reliquias. El contexto era propicio, pues en la década de 1570 se “redescubrieron” las catacumbas romanas, una verdadera veta de reliquias que se difundía por el mundo católico para reforzar la fe. Por aquel entonces, los jesuitas extraían reliquias de las catacumbas de San Sebastián y Priscila, localizadas bajo sus viñedos. De este modo, Santillán trajo a Santafé una apreciable lipsanoteca compuesta por 123 fragmentos de cuerpos de santos, casi todos mártires, contenidas en 53 relicarios. Estos contenían canillas, cráneos, carne magra, muelas, encajes de los oídos, quijadas, dedos, empeines, redomas con sangre, costillas y hasta cabellos de María Magdalena. Esta era una cantidad de reliquias nada despreciable para una ciudad fundada menos de 80 años atrás y que para entonces no sobrepasaba los siete mil habitantes.

 

En la tradición católica existía una fastuosa celebración para mover en procesión un objeto sagrado, la cual se denominada traslatio. Esta fue la ocasión para una de las procesiones más impresionantes vistas hasta entonces en la capital del Nuevo Reino de Granada. El conjunto de reliquias se montó en 20 andas, las cuales conocemos porque fueron descritas por Pedro de Mercado. Por ejemplo, “nonas andas: En la parte superior de unas gradas pusieron una imagen de San Calixto Sumo Pontífice, con una grande reliquia suya en el pecho, y en la grada inferior dos imágenes de los obispos, Eluardo y Porciano con sus reliquias también a los pechos como mostrando que es acción muy religiosa el traer a los pechos las reliquias de los cuerpos santos” (ilustración 3). Las andas se disponían según la jerarquía de los santos y mártires, en este caso, el papa en la parte superior y los obispos a los lados. La mayor parte de estas reliquias eran huesos completos, algunas custodias contenían fragmentos, y otras, cuerpos enteros. A veces las andas “dibujaban” un cuerpo: en la parte superior una reliquia de la cabeza, a continuación, un fragmento de las extremidades superiores o el tórax, finalmente, “canillas”.

 

Relicario de San Mauro, iglesia de San Ignacio. Jaime Humberto Borja.​

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La reliquia estaba contenida en un relicario, objeto que también tenía la función de imagen y en este sentido también representaba algo. La doble imagen, reliquia-relicario, proporcionaba fuerza a su exhibición pública como objeto de veneración. Los relicarios proporcionaban sentido al objeto-cuerpo-fragmentado que contenían. No era lo mismo que una “canilla” –hueso de la pierna– o un “casco” –fragmento de cráneo– se encontrara dentro de un torreón, un medio cuerpo, un cofre (ilustración 4), un cuadriángulo, un castillo, una pirámide, una cabeza, un cáliz o una redoma. La reliquias contenidas en los torreones y castillos (ilustración 5), por ejemplo, se exhibían como “piezas de batir contra el demonio”, mientras que los medios cuerpos recordaban la importancia de traer al pecho las reliquias como objetos de imitación. De este modo, las colecciones de reliquias tenían un sentido sagrado para estas sociedades coloniales, además de un conjunto de significados que hoy hemos perdido. El cuerpo de San Mauro, por ejemplo, del cual también hay uno en Valencia y otro en Roma, se dispuso en las andas para conmover, de modo que el mártir se convirtiera en modelo de imitación. El relicario en forma de cabeza (ilustración 6) aportaba las marcas de la degollación y la gestualidad conforme del rostro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fiesta de la traslatio duró varios días. La víspera se celebraron certámenes poéticos, músicos tocaron clarines y chirimías, las iglesias a repique de campana y se encendieron velas en los balcones de las calles de la procesión. En la traslatio tuvo presencia todo el cuerpo social santafereño: sacerdotes representantes de las diferentes comunidades religiosas instaladas en la ciudad, curas doctrineros y el pueblo; en seguida, soldados arcabuceros y, rematando la procesión, la Real Audiencia, encabezada por su presidente, Juan de Borja. La procesión avanzó por la calle Real, partió del convento de los franciscanos y terminó en la catedral. Después se llevó la colección a la entonces pequeña iglesia de la Compañía, ya que aún no se había construido la actual. La procesión de las reliquias cruzó por el centro toda la ciudad y terminó con misa solemne y una representación en un tablado dispuesto en la Plaza Mayor: los cuerpos fragmentados de los mártires desfilaron entre saraos, poesía, indios danzantes, niños disfrazados y pendones. Esta era la alegoría de la Iglesia Triunfante (los santos) en medio de la Iglesia Militante (los cristianos santafereños). El boato, pompa y esplendor de esta celebración manifestaba, además, aquella característica del barroco, la exteriorización del culto.

 

El ritual de la procesión resignificaba simbólicamente las reliquias, proporcionándoles una especie de reactualización de su poder para hacer milagros, asegurando la protección de Dios sobre la ciudad. Años más tarde, en la segunda mitad del siglo XVII, se levantó en la Iglesia de San Ignacio el retablo donde hoy reposan la mayor parte de estas reliquias (ilustración 7). Se trata de un retablo cerrado, hallándose las reliquias en el interior de las cuatro tablas pintadas por Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, las cuales representan a san Esteban, san Fortunato, y a los santos Cosme y Damián. Estos dos últimos eran santos médicos y curadores, lo cual recuerda el carácter taumatúrgico que tenían estos cuerpos fragmentados. El retablo reflejaba el impacto milagroso que tenían las reliquias en la ciudad, poder que no solo se cifraba en la curación de los cuerpos enfermos de los individuos, sino también estaba dirigido a la sanación del cuerpo social urbano y su protección frente a pestes y terremotos.

 

 

Bibliografía:

 

1 Jacques Gelis, “El cuerpo, la Iglesia y lo sagrado”, en Historia del Cuerpo. Del renacimiento a la ilustración, editado por Alain Corbin et al. (Madrid: Taurus, 2005), 84.

2 José Luis Bouza Álvarez, Religiosidad contrarreformista y cultura simbólica del barroco (Madrid: CSIC), 27; Antonio Rubial, La santidad controvertida. Hagiografía y conciencia criolla alrededor de los venerables no canonizados de Nueva España (México: UNAM–FCE, 1999), 23-24.

3 Pedro Mercado, Historia de la Provincia del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús. Tomo I (Bogotá: Biblioteca de la Presidencia de la República), 70.

4 Mercado, Historia, 71.

5 Bouza Álvarez, Religiosidad, 109.

6 Mercado, Historia, 72.