Hacienda El Abra, Zipaquirá, Cundinamarca.
Diciembre de 2017
Por:
Carlos Niño Murcia, Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, Profesor Titular de la Universidad Nacional, Licenciado en Historia del Arte, en el Instituto de Arte y Arqueología de la Universidad de París-Sorbona y Magister en Historia

LAS CASAS DE HACIENDA

Las casas de hacienda en el paisaje colombiano

A la llegada de los conquistadores españoles y una vez dominados los indios las tierras son declaradas “realengas”, o sea, de propiedad del rey, en tanto que los indios son repartidos en encomiendas. Esto quiere decir que se encomiendan a un capitán de la hueste entre 10 y 100 indios para que el investido encomendero los proteja y consiga que un cura los adoctrine. A cambio, el encomendero recibe tributos pagaderos cada semestre que consisten en un poco de oro, mantas de lana o algodón y algunos productos agrícolas, además de días laborados como fuerza de trabajo en su estancia. También los indios deben cumplir mitas para trabajar en las minas, en la construcción de las casas o en las obras de la misma ciudad.

Hacienda El Paraíso, municipio el Cerrito, Valle de Cauca.

 

Al fundar una ciudad a los encomenderos se les da un solar dentro de la traza para que construyan una casa en un plazo corto, lo mismo que una estancia en los bordes de la ciudad para tener acceso a productos agrícolas. No tienen tierras rurales externas, pero con el paso del tiempo y variadas estrategias de la burocracia y de los poderosos se van tomando terrenos rurales, hasta que a finales del siglo XVI la Corona debe adelantar las “composiciones” para legalizar títulos de las propiedades que van creciendo de manera progresiva.

En las tierras rurales está prohibido que un blanco se quede mucho tiempo, sin embargo, para alojarse una o dos noches, los encomenderos comienzan a construir una residencia. Las primeras del siglo XVI son muy precarias pero ya en el XVII y sobre todo en el XVIII aparecen las casas de hacienda hoy conocidas.

Corredor exterior. Hacienda Casablanca. Madrid, Cundinamarca

 

Lo primero que impacta positivamente de ellas es la armónica relación entre el paisaje y la arquitectura. Son unas construcciones muy sencillas, de uno o dos pisos, y muy pocas veces con un mirador en un tercer nivel. Todas con muros blancos encalados, la carpintería de madera –en ventanas, barandales y balcones– más la cubierta de barro, o sea materiales naturales que las integran muy bien a su entorno. Esto se reafirma con la vegetación que las rodean o las adornan en macetas y jardines para crear una completa armonía entre la arquitectura y el paisaje.

Corredor interior. Hacienda La Ramada, Mosquera, Cundinamarca.

 

Por lo general se implantan al pie de la montaña, donde comienza la pendiente, para tener dominio visual sobre la hacienda. En esa inclinación se aprovecha la parte baja para disponer las estancias del trabajo agrícola – herramientas, carretas y bodegas para insumos o productos almacenados–, mientras que en la parte superior está la casa. También puede estar ella en medio de una planicie, cerca del río o en una montaña, pero siempre bajo pautas arquitectónicas semejantes.

La construcción de la casa, el “clasicismo” vernáculo y la grandeza de la sencillez

La obra se concreta como una integración entre la arquitectura española y las técnicas vernáculas, con los materiales a disposición en el medio y mano de obra mestiza y local, sin emplear materiales importados y de tal forma enraizada en su lugar. Es una arquitectura de gruesos muros de tapia pisada, o en pocos casos de adobe o ladrillo, con unos vanos estrechos y verticales, que se abren disponiendo unos dinteles de madera que exigen luces cortas para las puertas y ventanas que comunican un interior adusto con un paisaje esplendoroso.

Patio interior de la hacienda Fusca.

 

De madera son también las cerchas para soportar la cubierta, las columnas y sus zapatas o capiteles, los barandales de los balcones o de las ventanas de piso, e incluso el mobiliario. Los entresuelos por lo general son vigas de madera, con enlistonado de carpintería para el piso superior y guadua o chusque amarrado con cáñamo o cuero más barro en el cielorraso, si bien otras veces se hace un entrepiso más fuerte que albergara tierra y se termina con baldosas de ladrillo en el piso alto. Para las cerchas se usan, ante todo, maderas aserradas, y en muy pocos casos palos rollizos, para conformar una triangulación de par y nudillo, o más complejas con tirante, y otras con pendolón y jabalcones diagonales. Sobre ellas va la cama de la teja, que puede ser de caña brava o un entablado que soporta la teja de barro. Llama la atención en la cubierta el quiebre que presentan antes de llegar al muro para conformar el alero con una pieza suplementaria –el sobrepar– que se sostiene por medio de canes y triangulan la madera con la cercha que cae sobre el muro.

Hacienda Fusca, Chía Cundinamrca.

 

Las tipologías usuales son la de planta cuadrada con un patio central, si bien muchas son en planta en U, configurando una especie de patio abierto hacia el paisaje, o puede ser una H, con un patio abierto hacia el paisaje y otro hacia la parte más privada. También las hay en L y en otros casos de un bloque cerrado pero siempre dentro de las mismas pautas y procederes. Cuando uno ve las arquitecturas de Andalucía y la España meridional encuentra el mismo carácter, no son casas de recreo sino lugares de tareas agrícolas, con corrales y patios de trabajo, talleres y depósitos, en esa mezcla de la labor y el reposo de los dueños y muchas veces de la servidumbre. Resuenan también sus ancestros árabes en la teja de barro, en el recogimiento adusto y por supuesto en el patio. Este es el impluvium, abierto al cielo para recoger el sol y la lluvia, para recibir la vida.

Estructuras de cubierta en madera.

 

Pero lo más sobresaliente es que dado que se usan maderas aserradas y cortadas en medidas muy precisas –algunas grandes para las vigas y las soleras que reciben las cerchas, otras medianas para las columnas y otras más pequeñas para los barandales, las puertas y ventanas– esto crea una modulación rigurosa que le da fuerza a la composición, a la manera del orden clásico. Por eso las caracteriza la armonía y la proporción entre las partes, el fuerte carácter de estas arquitecturas. Son, además, clásicas, por la simetría que despliegan, un balcón en el medio y dos cuerpos cerrados a los lados, o unos dados de piedra en la base, la columna con un chaflán en cada vértice más una zapata-capitel modelada en la transición hacia la viga, todo dentro del trascendental lenguaje de lo clásico en su apabullante sencillez. Nos trae a la mente la arquitectura del Palladio en el Véneto, esa obra excelsa que surge de la superposición o síntesis entre la arquitectura clásica y la faena agrícola, pórticos sagrados en el medio y a los lados barcazas o alas laterales con barro y boñiga, una disposición para acoger a la vez a los señores eruditos y la producción rural.

El significado, la vida rural  y el legado actual

El ambiente de estas casas combina, pues, el descanso y vida de la familia, las actividades del servicio y la supervisión de las labores del campo. Su ambiente es recogido y modesto, aún en las casas de mayor poderío, si bien son diferentes los momentos que ha atravesado: en tiempos coloniales son muy austeras pero desde el siglo xviii comienzan a tener mayor elaboración y confort, la noche es oscura por lo cual en muchos climas fríos se reúnen alrededor de la chimenea, o todos se acuestan muy temprano hasta que el canto del gallo a la madrugada invita para un desayuno campesino, mientras los animales hacen presencia con sus cantos, voces y lamentos, y el almuerzo es un evento especial en uno de los salones principales. Los baños no existen, tan solo las bacinillas y la quebrada, y para el baño corporal hay pequeñas pocetas en los patios exteriores para asearse durante el día. En los climas cálidos se busca la sombra y la brisa, cuando los constructores conocen de su oficio y no requieren de aire acondicionado, por eso la noche se vive en los balcones y terrazas, se toma el fresco, al son de la música regional y en vivo. En todos los casos el ambiente es campestre y sobrio, integrado a la naturaleza, las matas en el patio, árboles en los alrededores, los frutales en el costado y generalmente una superficie libre al frente, más amplios y verdes horizontes.

Salón de la hacienda San Rafael, Bogotá.

 

Al terminar el siglo XIX y en los comienzos del XX a muchos espacios se les pone vidrio, se cierran corredores y balcones, sobre todo en los lugares donde los espacios son demasiado fríos por la altura, lo cual es favorable en los lugares cálidos. Se decoran los espacios principales con papeles de colgadura y nuevos mobiliarios, en tanto que portales y canales reciben molduras y elementos clásicos, luego llega la electricidad. Tal es el significado que tienen estas haciendas hoy, son testimonios de la historia del país, de la vida rural que alimenta y sustenta a las ciudades, desde su condición de gran silencio y como cuna un pensamiento más tradicional y sosegado.

Salón de la hacienda La Ramada.

 

Preservamos en Colombia casas de hacienda magníficas, sobre todo en la Sabana de Bogotá y los altiplanos que van hasta el norte de Boyacá, en el Valle del Cauca y las cercanías de Popayán, en el Tolima y el valle del río Saldaña, en la costa Caribe y en los Llanos. En el siglo XX muchas haciendas han sido absorbidas por los desarrollos urbanos, se las ha demolido o convertido en centros comerciales, o aparecen en medio de parques o de nuevas urbanizaciones. De igual forma, aquellas haciendas han heredado sus nombres a muchos sectores de nuestras ciudades, mientras que las que siguen siendo rurales se han vuelto casas de recreo, donde se aprovecha esa plácida y digna relación con el campo. Son una enseñanza muy positiva para los arquitectos modernos que con tanta frecuencia construyen ahora estridencias que agreden el paisaje, pues sus feos colores y formas transforman negativamente sus entornos. En esa medida, la placidez clásica, la sencillez y austeridad de la arquitectura de las haciendas debería ser un ejemplo y ojalá una fuente de reflexión e inspiración para los nuevos arquitectos y sus clientes.