12 de noviembre del 2019
 
"La Vorágine" de José Eustasio Rivera. 5- Edición, revisada por el autor. Nueva York: Andes, 1928
Septiembre de 2016
Por:
Montserrat Ordóñez

LA VORÁGINE

"Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia." Las crípticas palabras con las que Arturo Cova comienza la primera parte del libro aún se memorizan y recitan en Colombia. La mujer, el azar y la violencia de estas líneas se unen al viaje y a la selva para hacer de La vorágine uno de los libros más complejos y vigentes de la literatura de este siglo. José Eustasio Rivera (Neiva, 1888 - Nueva York,1928) publica su novela en 1924, e inmediatamente su libro se convierte en una de las obras más leídas de la literatura latinoamericana del siglo XX, y en un clásico de la literatura telúrica o de la tierra, que se identifica y define en esa década en todo continente.

Rivera era ya conocido como poeta y escritor. Así, el hecho de escribir su obra con la voz narrativa del protagonista y de incluir muchas de sus experiencias de viaje ha hecho que con frecuencia se confunda a Rivera con Arturo Cova, en un interesante cuestionamiento de los límites imposibles entre historia y ficción. Cova es el poeta e intelectual citadino que huye con Alicia hacia el llano y termina descubriendo el mundo de los caucheros y de la explotación y destrucción de las comunidades indígenas. Su viaje es un encuentro consigo mismo, con un país sin fronteras definidas y sin un gobierno responsable de sus territorios, y es sobre todo un discurso literario paradigmático sobre la descripción de la selva tropical. La selva y la vorágine se convierten en metáforas del mundo inconsciente, de los conflictos entre lo masculino y lo femenino, de la locura y la muerte, de la droga, la tortura, el terror, la violencia, el poder.

La novela está construida con documentos, manuscritos y relatos insertos que producen una fascinante contaminación entre las voces y las experiencias de los personajes. Esta selva textual ha hecho también que sea uno de los libros más leídos y releídos, y que sus ambigüedades se presten a múltiples interpretaciones. ¿Cuáles son los límites, si los hay, entre Rivera, Arturo Cova o Clemente Silva? ¿Quiénes son los oprimidos y quiénes los opresores? ¿Quiénes los devorados y quiénes los devoradores? Al final es la selva, en una solución mágica y genial que parece precedir el incierto proyecto ecológico de este fin de siglo, la que prevalece. 
La novela termina con otra frase inolvidable de nuestra literatura y de nuestra cultura: "¡Los devoró la selva!". Un final abierto que nos permitirá siempre la exploración y la búsqueda de tantos espacios desconocidos. Entre ellos, ese tan equívoco que llamamos colombianidad.