19 de octubre del 2019
 
Plano de la ciudad de Bogotá, (1823). En Richard Bache, Notes on Colombia taken in the years, 1822–1823, with itinerary of the route from Caracas to Bogotá and appendix. By an Officer of the United States Army. Philadelphia, H.C. Casey & J. Lea, Chestnut Street, 1827. Colección Biblioteca Luis Angel Arango.
Septiembre de 2015
Por:
Ricardo Rivadeneira Velásquez, Diseñador industrial, magíster en historia y teoría del arte y la arquitectura, candidato a doctor en historia. Profesor asociado, Instituto de Investigaciones Estéticas y Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional d

LA TRANSICIÓN DEL SIGLO XIX AL XX EN AMÉRICA LATINA Y EN COLOMBIA

IMPACTO DE LA PRESENCIA EXTRANJERA

Viajando por colombia

Entre 1822 y 1823, el militar norteamericano Richard Bache realizó un viaje que lo condujo de Caracas a Bogotá. El resultado de su aventura se publicó en un voluminoso libro en el que se compilaban las principales especies y riquezas naturales, así como los tipos humanos presentes en la región equinoccial, nada raro para una época en la que abundaban las descripciones que los viajeros franceses e ingleses hacían de la naciente Colombia. Lo que vale la pena advertir de la obra de Bache es la manera como la mirada del curioso observador se fijaba en los yacimientos de minerales, contando con minucia las peculiaridades de los caminos y las distancias que había entre las poblaciones; lo que resulta más sospechoso de su obra es un plano de Bogotá (1823), en el que aparecen registrados lugares estratégicos como el parque de artillería, los cuarteles del ejército y las barracas de la caballería. Por las características propias del mapa, este documento parece más un tratado con información para uso militar que el diario de un viajero romántico. El trabajo de Bache no fue el único con estas características, su padrastro, el coronel William Duane, produjo un libro similar, donde la literatura de viajes se confundía con el espionaje. Varios fueron los extranjeros que recorrieron a Colombia durante el siglo xix, muchos de ellos inquietos por captar, ya fuese en texto o en dibujos, las cualidades de una tierra notablemente promisoria para los intereses del neocolonialismo. 

En ese sentido es importante leer, de manera menos ingenua, los trabajos del norteamericano John C. Trautwine, de los británicos Edward Mark, Isaac Holton, John P. Hamilton y Joseph Brown, o del francés François Desiré Roulin, por citar tan solo algunos ejemplos. En estas obras corográficas es posible percibir el deseo tácito por describir y apropiar tierras y beneficios derivados de ellas, sobre todo en territorios que tras las luchas de independencia habían sido arrebatados al colonialismo ejercido por la corona española. Podemos considerar el trabajo de estos viajeros como una manifestación latente de la lucha neocolonialista en el mundo, aquel proceso que antecedió a la Gran Guerra y que en América tuvo como factor común, la presencia viva del control político y la intromisión en las políticas internas de diferentes países por parte de los Estados Unidos, en ese período que va de 1850 hasta 1914.

Mapa de México en 1847.

Territorios ocupados

Fueron los Estados Unidos de América la única nación del nuevo continente que intervino en los combates de la Primera Guerra Mundial. Por este hecho cerca de medio millón de soldados murieron en el conflicto y los gastos fueron de 23.000 millones de dólares, pero lograron el reconocimiento como potencia armada, con notable influencia en el marco político regional y mundial. Le correspondió a Woodrow Wilson (1913–1921), el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos, solicitar al Congreso de su país la declaratoria de guerra a Alemania, tras el ataque del que fue víctima el buque de pasajeros Lusitania en 1915, y en el que viajaban ciudadanos norteamericanos. Dicha acción de honor se inscribía en el marco de las políticas de una nación que empezaba a convertirse en imperio, aquella donde los anhelos expansionistas marcaron el derrotero de la acción militar y diplomática respecto a sus vecinos de la América hispana.

Durante todo el siglo xix, los Estados Unidos lograron anexar territorios como la Louisiana francesa, tierra de la margen derecha del río Mississipi que fue adquirida a Napoleón Bonaparte en 1803. La Florida fue comprada a España en 1819. Desde 1836 se fraguó una conspiración que condujo a que Texas dejara de pertenecer a México y se anexara a los Estados Unidos, en 1845. Los mexicanos firmaron un tratado de rendición con el cual entregaron, en 1848, la península de California, y la renegociación de límites entre los dos países dejó a Gasden dentro del mapa norteamericano de 1853, situación esta que se produjo de manera casi simultánea con la compra de Alaska al imperio ruso. La guerra de independencia de Cuba en contra del régimen español, a finales del siglo xix, produjo que los Estados Unidos emprendieran la Campaña de Santiago de Cuba y la toma de la bahía de Guantánamo en 1898. Ese mismo año la guerra hispano-estadounidense hizo que la isla de Puerto Rico fuera ocupada por un gobierno militar, que mantuvo el control hasta que en 1901 se expidió la Ley Foraker, por medio de la cual el presidente de los Estados Unidos adquiría la potestad para nombrar al gobernador de la isla; luego, la Ley Jones le otorgó la ciudadanía norteamericana a los boricuas. 

Woodrow Wilson, ca. 1919. Coleccion Library of Congress, Washington, D.C.
Ferdinand de Lesseps. Fotografía de Nadar (Gaspard- Felix Tournachon), 1884. Colección Bibliotheque Nationale de France.

Poco a poco, puntos estratégicos del Caribe fueron tomados por las posiciones estadounidenses, sin duda, el más importante de todos la zona de exclusión del Canal de Panamá, un proyecto que fue concluido en 1914, pero que tuvo su antecedente inmediato en la construcción del Ferrocarril interoceánico en 1850. Según el historiador Frank Safford, la construcción de este ferrocarril permitió conectar a la costa este de los Estados Unidos con las minas de oro de California en el lejano oeste. De ese modo, a mediados del siglo xix era muy fácil tomar un vapor desde New York con destino al puerto de Colón, en la costa caribe panameña, desembarcar allí y luego subir al ferrocarril interoceánico de Panamá, el cual recorría tan solo 75 kilómetros para llegar al puerto de Balboa en el Pacífico, y después remontar el océano para llegar hasta San Francisco, lugar de destino de miles de buscadores de oro e inversionistas, que desde el hallazgo de la primera mina de oro en Coloma (1848) hicieron de California un territorio de lucro rápido.

El fracaso francés en el istmo

La inauguración del Canal de Panamá, el 15 de agosto de 1914, fue el acontecimiento americano más destacado en tiempos de la Gran Guerra. Esa obra concretó materialmente aquellos anhelos que venían desde 1514, cuando Vasco Núñez de Balboa logró avistar el mar del Sur y tomar posesión de él en nombre del rey de España. Pasaron tan solo cuatro siglos, entre debates políticos y desilusiones financieras, para concluir la obra. Su más importante gestor, el francés Ferdinand de Lesseps tuvo que ver cómo su intención de construirlo se enterraba en el lodo, pues la especulación financiera en la bolsa de valores de París hizo que las acciones de su empresa perdieran casi todo su valor, efecto que estuvo derivado de la parálisis que sufrieron los trabajos tras la muerte de 12.000 obreros que no lograron sobreponerse a los embates de la fiebre amarilla. Tal situación hizo que a lo largo de la línea del ferrocarril cayeran muertos muchos afrodescendientes que procedían de las islas del Caribe, aquellas en las que Francia mantenía colonias y donde podía reclutar mano de obra barata para sacar adelante el proyecto. Una vez los franceses empezaron a mostrar signos de debilidad en el control de la zona del Canal, y tras la liquidación de la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de Panamá en 1889, los norteamericanos los relevaron en una posición que ya estos habían ocupado antes, cuando construyeron el ferrocarril interoceánico. Con la construcción del Canal, los Estados Unidos infringieron el tratado Clayton-Bulwer de 1850 con Gran Bretaña, documento que establecía la necesidad de un consentimiento mutuo a la hora de construir un paso interoceánico en Centro América. El tratado perdió vigencia cuando en 1901 se firmó el acuerdo Hay-Pauncefote a favor de los Estados Unidos para que realizara la obra en el punto interoceánico que más conviniera.

Colombia sin Panamá

Tras la guerra de los mil días, Colombia perdió en 1903 a la Provincia de Panamá, ese vasto territorio que según Felipe Fermín Paúl y Vargas, delegatario a la Asamblea Constituyente de 1886 y primer gerente del Banco Nacional, “debía ser protegido especialmente para el bien de todos los colombianos”. Un acto de conspiración hizo que el eje nodal de las comunicaciones en el mundo occidental, espacio vital para la movilidad de la marina norteamericana, fuera borrado para siempre del mapa de Colombia. Con esta acción se ratificaban los deseos de expansión imperialista de los Estados Unidos de América. Dicha acción estaba cobijada bajo dos estrategias. La primera tenía que ver con el fortalecimiento de la fuerza armada para hacer incursionar a los ejércitos en las fronteras de países vecinos y la segunda el desarrollo de una política exterior que lograra penetrar a las capas sociales más altas en cuyos países existían intereses particulares. Dichos preceptos quedaron establecidos en 1823, cuando el presidente James Monroe proclamó ante el Congreso de los Estados Unidos una “doctrina” por medio de la cual convertía a su país en el protector de todas las naciones americanas, evitando así futuras incursiones militares de naciones europeas. La doctrina fue muy exitosa, pues de tajo se le dio fin a la “era de los imperios” europeos. Fue en ese escenario que Estados Unidos generó una fuerte influencia en el contexto mundial. Ya para 1914, el país del Norte, había ampliado al máximo sus ocupaciones en tierra firme y se preparaba para consolidar su presencia en las islas del Caribe y el Pacífico. 

Uno de los aspectos más preocupantes para los Estados Unidos fue la presencia temprana de fuerzas alemanas merodeando en territorios muy distantes a la zona de influencia europea. A comienzos del siglo xx, los intereses germanos en América Latina se hacían sentir mediante la creación de diferentes formas de negocios en las principales capitales del nuevo continente, situación que parecía coincidir con las ideas del káiser Guillermo ii de convertir a Alemania en la mayor potencia sobre la tierra. Además hubo, desde mediados del siglo xix, oleadas migratorias de alemanes que fijaron asentamientos en Brasil, Chile, Argentina, Colombia, México y América Central; por otra parte, hubo presencia de ellos en Filipinas y Samoa en el sudeste asiático, así como en Puerto Rico, lugar donde se produjeron sucesivos enfrentamientos armados con fuerzas estadounidenses interesadas en controlar esta isla que se constituía en baluarte para la protección de la costa norteamericana sobre el Atlántico. 

Ante tal amenaza el carismático presidente Theodore Roosevelt (1901–1909) enarboló la bandera del protectorado americano y presionó para que se firmara el tratado Hay-Herrán, con el cual se le abría la puerta a los Estados Unidos para ocupar y mantener el control sobre la provincia de Panamá; pese a que dicho tratado no fue ratificado por el Congreso colombiano, la estrategia continuó y las fuentes subterráneas del poder norteamericano surtieron efecto, cuando múltiples levantamientos crearon la revolución que llevó a Panamá a la independencia de Colombia, y a Estados Unidos a firmar el tratado Hay-Bunau-Varilla de 1903, por medio del cual se creó la zona de exclusión y control norteamericano de 16 kilómetros de ancho a todo lo largo del trayecto donde se haría el Canal interoceánico. Con la construcción posterior de las bases militares de Clayton en Miraflores y Davis en Colón, los Estados Unidos estaban replicando un modelo de control que desde tiempos coloniales había tenido éxito cuando los ingenieros militares de la corona española construyeron el Fuerte de San Lorenzo, buscando proteger el acceso al istmo por la desembocadura del río Gatún, estrategia de control muy similar a la que adoptó el gobierno británico durante la primera guerra mundial, al ubicar bases militares en Gibraltar y Omán, puntos de entrada a los mares Mediterráneo y Rojo respectivamente.

Diásporas y herencias

Los conflictos entre los Estados Unidos y México fueron permanentes durante la segunda mitad del siglo xix, e incluso la nación azteca estuvo a punto de entrar en la Gran Guerra cuando espías norteamericanos interceptaron un telegrama enviado por el ministro del exterior alemán, Arthur Zimmermann a su embajador en México, misiva que impartía instrucciones precisas para convencer al gobierno del presidente Venustiano Carranza (1917–1920) de aliarse a los países centrales en 1917, y así revivir el proceso de delimitación fronteriza que condujo a la Guerra entre México y Estados Unidos durante el diferendo de 1848. Pero desde antes las riquezas mexicanas de oro y plata fueron motivo para que naciones como Francia se vieran interesadas en usurpar el poder. Fue así como en 1867 Napoleón iii intrigó para que el emperador Maximiliano de Austria tomara el mando a nombre de Francia, situación que se vio frustrada por el levantamiento de un piquete de fuerzas populares mexicanas que condujeron al paredón de fusilamiento al noble europeo, expulsando así a las tropas francesas del país. Sin embargo, como resultado de la presencia de un heredero de la casa de los Augsburgo, con Maximiliano llegaron muchas familias de alemanes que habían perdido su trabajo en Europa por cuenta del abrupto proceso de industrialización, así fue como surgieron centros de poblamiento, como el de la Villa Carlota en Yucatán o las haciendas cafeteras Hamburgo y Nueva Alemania de Tapachula. Un elemento significativo de la presencia alemana en México es la casa del financiero Franz Mayer en el Distrito Federal, institución que aloja hoy al museo que contiene una de las más selectas colecciones de objetos de lujo, la cual permite comprender el alto nivel de ostentación que existía entre las clases migrantes europeas que vivían en capitales latinoamericanas a finales del siglo xix. 

Fue la diáspora judía de los ashkenazí, proveniente de la zona centro y oriental de Europa, la que tuvo mayor incidencia en el desarrollo económico de las naciones americanas. Países como Uruguay, Paraguay, Chile y Argentina recibieron oleadas migratorias de europeos, tanto a finales del siglo xix como iniciando el xx, este hecho fue importante porque con su presencia y con la llegada de individuos y familias de la comunidad islámica se estableció en América un panorama religioso más amplio y diverso al que se vivió con el predominio del catolicismo desde la época colonial. Parte del proceso de poblamiento del continente americano, en la transición del siglo xix al xx, tuvo que ver con la llegada de comunidades, incluso minoritarias, como la de los protestantes menonitas que se asentaron en lugares como el estado de Chihuahua, en el Norte de México.

Si bien, algunos extranjeros llegaron a América Latina buscando oro y plata, lo que encontraron fue algo más preciado: el amor de sus futuras esposas y el respeto de los lugareños, elementos que fueron suficientes para formar familias con una descendencia que se incorporó sin problemas a la sociedad. Una prueba de esta situación se encuentra en los cementerios que hay en las principales capitales. Por ejemplo, en Bogotá existen además del cementerio católico los cementerios para británicos, hebreos y alemanes. Allí hay tumbas como la del inglés James Tyrell Rofs Moore, un cazador de fortunas mineras que no solo descubrió los yacimientos de plata de Titiribí, en Antioquia, sino que incorporó a la incipiente industria colombiana las ideas de la Revolución Industrial, creando una empresa de fundición que incluía altos hornos en sus procesos, esta tarea y muchas otras hicieron que el Estado lo reconociera como personaje ilustre de Antioquia en 1863. Habitan, además, en ese cementerio los restos de otras 148 personas, una de ellas, Samuel Sayer, pionero de la industria cervecera en Colombia en 1826; negocio que en 1904 unió a británicos y alemanes bajo la creación de un proyecto cervecero común, la fábrica Bohemia de 1906, en la que Leo Siegfried Kopp, el empresario más importante de Colombia en todo el siglo xix, tuvo participación. 

La creación de la fábrica de cerveza Bavaria en el municipio de Socorro (Santander) y luego su traslado a Bogotá en 1889 le trajo a Kopp no solo riqueza sino prestigio entre sus colaboradores, a quienes les construyó el barrio obrero de la Perseverancia y estimuló para que con espíritu industrioso trabajaran en la construcción de un proyecto de país basado en los preceptos e ideales modernos de prosperidad. Leo Kopp fue sepultado no en el cementerio alemán, ni en el hebreo, sino en la mitad del cementerio central, allí su tumba se erige como un signo de integración entre ideales diversos, es hoy un lugar de peregrinación al que asisten fieles devotos a orar y pedirle favores a un alemán que hizo fortuna en Colombia, pero que lo que realmente produjo fue la implantación de los valores del trabajo, aquellos de los que habla el sociólogo alemán Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Fueron muchos los extranjeros alemanes, ingleses, franceses, españoles, suecos y de otras nacionalidades europeas que pasaron por América, unos buscando fortuna, otros recogiendo información para nutrir a los servicios secretos de sus países, otros para dejar familia, lo que es bien cierto es que entre ellos la vida social no dejó de operar, pese a que sus gobiernos se vieran enfrentados en grandes confrontaciones bélicas.

Bibliografía

Bethell, Leslie. The Cambridge History of Latin America. New York, Cambridge University Press, 1988, vols. 1-7.

Safford, Frank. “Epílogo”, en Ivan Jaksic; Eduardo Posada Carbó (Eds.). Liberalismo y poder: Latinoamérica en el siglo xix. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2011.

Rodríguez Plata, Horacio. La inmigración alemana al estado soberano de Santander en el siglo xix. Repercusiones socio-económicas de un proceso de transculturación. Bogotá, Kelly, 1968.