22 de septiembre del 2019
 
Agosto de 2017
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LA ROMERÍA

El acto de comparecer de María con el niño Jesús ante Simeón y anunciar que se trataba del Mesías, crea la advocación de María como Candelaria. De ahí viene la denominación de Virgen de la Candelaria, portadora de luz.

Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, el 2 de febrero, sus padres lo presentaron en el templo de Jerusalén. Allí fueron recibidos por dos venerables ancianos: Simeón y Ana, considerados portadores de luz. ¿Por qué? Tal vez por lo que dijo el primero: 

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

El acto de comparecer de María con el niño Jesús ante Simeón y anunciar que se trataba del Mesías, crea la advocación de María como Candelaria. De ahí viene la denominación de Virgen de la Candelaria, portadora de luz. Por esto tanta gente corre a su encuentro para esta fecha en el desierto que también lleva su nombre en las inmediaciones del municipio de Ráquira en el departamento de Boyacá. 

Se trata de una romería que ha terminado por convertirse en una fiesta. En general es una celebración religiosa en el mundo católico. Desde Tenerife, España, hasta Puno, en Perú, donde es además considerada la fiesta más grande del folclor peruano. En Colombia es notable el culto a la Virgen de la Candelaria. Quizá sean dos fiestas las más importantes: la del desierto y la de Cartagena. Pero también se festeja a la Virgen en el emblemático barrio que lleva su nombre en el centro histórico de Bogotá. 

La romería hacia el denominado desierto de la Candelaria no tiene nada que ver con el reconocido accidente geográfico, sino con un lugar alejado, propicio para la oración y deleite del espíritu. El primero y el 2 de febrero son los únicos días del año en que el desierto deja de serlo para que cientos de peregrinos lo cubran. Es una invasión, la circulación colapsa. 

Está ubicado en Ráquira, Boyacá, y allí la comunidad de los Agustinos Recoletos tienen un monasterio de culto a la Virgen en la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria. Al parecer muy milagrosa pues desde hace años se dan cita muchos devotos que se desplazan desde diferentes lugares el 2 de febrero de cada año. Los penitentes quieren darle a través de los frailes viabilidad a sus oraciones, pagar sus promesas y llevar a casa un poco de luz. 

Romería y fiesta a la vez

Es la ocasión propicia para el encuentro y, sobre todo, para ver los rostros de la multitud, una comunión de todas las generaciones. La romería es prácticamente un ritual de integración, de unión, de comunicación, de regeneración de las costumbres, de las creencias, de la identidad y en general de la cultura. Abraza a todas las edades y clases sociales. La fiesta recrea y regenera. Los que llegan los trajeron sus padres cuando niños y ellos continúan la tradición. No falta la pólvora, el castillo y la vaca loca. Hoy se construye con luces tecnológicas, pero ofrece el mismo sentido: la luz. Lo viejo permanece en las nuevas formas. Los niños y los jóvenes se introducen en la tradición y la fiesta permite el flujo de la información entre unos y otros. 

Feligreses durante la misa solemne a la Virgen de la Candelaria en Ráquira, Boyacá (2017).  Foto César Ayala Diago

 

Los niños son los que más disfrutan la fiesta. Asisten a todos los rituales religiosos, pero también están en su juego y se concentran cuando inicia el concierto de música popular. Ellos demuestran a través de sus rostros que la cultura diseñada para los adultos ya es propia. La romería va tomando la forma de fiesta. Para la víspera se programan conciertos en donde es infaltable el de música carranguera. Son espectáculos con orquestas constituidas por jóvenes y viejos. La gente sabe de quién se trata el cantante y lo ha esperado con ansias. Lo que llama más la atención es que también los niños los conocen. 

Sin embargo, las letras de despecho, traiciones de amor o infidelidades son las músicas dominantes de los cantantes nacionales y regionales reconocidos por los peregrinos. El diálogo entre cantante y público sorprende. ¿Será que un niño sufre ya de despecho? Los adolescentes gritan, ríen y lagrimean de emoción. Da para pensar que el país más feliz del mundo es también un país de despechados.

Es sorprendente el color de la gente, pues casi toda es blanca. Ni un afro, a no ser un fraile recoleto que andaba en la última romería. Predomina la población blanca de Boyacá, Santander y Cundinamarca. No se ven casos de extrema pobreza y tampoco abunda la mendicidad, pero se ve uno que otro enfermo en condiciones deplorables. Los romeros llevan muy adentro sus ruegos, sus angustias, sus promesas, sus súplicas y su agradecimiento. 

Los penitentes solo les confiesan a los frailes sus intenciones y pagan para que se ore ante la Virgen durante el siguiente año por ellos, lo mismo que por sus muertos, por la salud de los enfermos de la familia, por la cosecha de papa o de algún cereal. Son misas en serie ofrecidas por los romeros para innumerables ruegos. No existen las ofrendas, todo queda entre el peregrino, el fraile y la Virgen. Y no faltan los que van de rodillas a la entrada de la iglesia hasta alcanzar la imagen de la Virgen. 

Es como si la romería se hubiera civilizado, como si hubieran cambiado las costumbres. Antiguamente cuando no había carretera y tampoco la facilidad del transporte de hoy, la gente tenía que llegar a pie e instalarse el día anterior en carpas o al aire libre. Traían sus productos y cocinaban en la calle. Pero nada ha impedido la elegancia que los distingue, ya que toda la comunidad llega vestida de domingo. Los romeros lucen impecables, limpios e incluso llegan lugareños con su tradicional vestido y sombrero de paño. ¡Nada como la dignidad del campesino boyacense en fiesta religiosa! No hay tristeza, no hay riñas ni muertos durante la celebración. Es una peregrinación feliz. 

Se trata de una romería de gente relacionada con el capitalismo agrario, el comercio agrícola y urbano de las clases emergentes. Por ello abundan habitantes de la región papera de Cundinamarca y Boyacá; entre otros, se destacan camioneros y cebolleros. 

Romería de la Virgen del Carmen, Cartagena (2017).  Foto Oscar Díaz

 

Así mismo, están los campesinos pobres, ellos llegan a pie de sus veredas y poblados, y son quienes verdaderamente hacen la romería a la antigua. Llegan habitantes de la extensa región que alberga a los vecindarios de Ráquira y localidades de medio Boyacá, del sur de Santander y parte de los Llanos Orientales. Algunos caminan hasta cuatro horas para llegar a tiempo a la liturgia que hayan pagado o para la solemne misa campal que tiene lugar al mediodía cada 2 de febrero. Después de la misa presidida por el obispo, la gente se desplaza a comer a campo abierto gallina campesina llevada o comprada en el sitio. Los peregrinos se relajan, beben cerveza y bailan en lugares preparados a campo abierto. 

Fiestas religiosas, romerías, fiestas patronales, o como se llamen, son fiestas de comerciantes. Desde siempre y para siempre. Lo son por lo regular con un comercio popular de chucherías o de imágenes piadosas. Es una fiesta esperada porque mueve la pobre economía local. Los lugareños invierten para sacar un producido que les permitirá subsistir el resto del año o parte de él. Para el disfrute de los caminantes se ofrecen viandas boyacenses y no faltan remedos de carne a la llanera. Abundan los platos típicos: la mazorca asada, los envueltos de maíz, la arepa, el mute, el cocido boyacense, la gallina cocida, cuantioso dulce y muchísima cerveza.

Además, en el consumo de la comida están implicados hombres y mujeres de todas las edades. Llama la atención la presencia de hombres jóvenes. Es como si el tiempo no hubiera pasado. La comida es preparada con leña y manipulada sin suficientes cuidados higiénicos. Es una fiesta veloz. Se monta en plena víspera y usualmente todo transcurre en un día en el cual los comerciantes deben hacer sus ventas, mientras una misa sigue a otra misa hasta que los Agustinos Recoletos quedan extenuados. 

Por otra parte, don Eladio Rodríguez ha envejecido con la evolución de la fiesta y afirma que:

“Lo único que da la fiesta son recordatorios y un poquitico de economía. Cuando la gente ve venir la fiesta dice: bueno yo voy a hacer una o dos olladas de mute; que voy a matar una res y voy a vender carne asada, que voy a vender cerveza, que voy a vender sombreros, que la ruana, que todas esas vainas. Es un comercio de un día nada más, y se acabó”. 

La celebración es al mismo tiempo un punto de encuentro o parte de un paseo familiar. Tanto así que permite el reencuentro de amistades, la rememoración de viejas romerías, los cruces de información por lo sucedido entre romería y romería, los lamentos, los pésames por los que ya no pudieron volver y las quejas por la sequía o por los estragos del invierno. No hay una riña, no hay muertos. 

Romería de la Virgen del Carmen, Villa de Leyva, Boyacá (2014). Foto Carlos Lema

 

Un puente de madera divide el mundo sagrado del pagano. Del puente para allá está la plazoleta de la aldea La Candelaria donde está el goce del comercio que ha llegado de todas partes a competir con el local. En la plazoleta transcurre la quema del castillo, los conciertos, se puede apostar a los juegos de azar y al deleite pagano de la fiesta. Del puente para acá está el monasterio y la iglesia donde se llevan a cabo las liturgias propias de la romería. Es un lugar elegante y sobrio, de arquitectura colonial rejuvenecida para conjugar lo moderno con lo tradicional. 

Es por ello, que de romería en romería y año tras año, el poblado se va llenando de perros que los peregrinos aprovechan para dejar a su suerte. ¿Qué queda después de la romería? Basura, desorden, perros abandonados, desesperados, atónitos y anonadados sin comprender nada. 

Así pues, la aldea vuelve a quedar vacía y los candelarios hacen las cuentas del producido. No pierden la esperanza y se conforman con una nueva ilusión de que ojalá en la próxima romería mejoren sus condiciones.

Referencias

1 Persona que transporta sobre sus hombros una estructura, generalmente, en madera con cachos e imita a un toro. Este personaje embiste al público en una parodia burlesca que no representa ningún peligro.