6 de agosto de 1934. Más de cien mil liberales colmaron la plaza de Bolívar, con mils de banderas rojas al viento, para expresar su gratitud a la administración Olaya Herrera por sus logros formidables que alcanzó en todos los órdenes de la vida nacional.
Septiembre de 2016
Por:
Enrique Santos Molano

LA REVOLUCIONARIA REPÚBLICA LIBERAL

Después de veinte años de república liberal – radical (1863-1884), entregó el Gobierno en 1884 el presidente Otálora al Presidente Núñez, quien asumió su segunda administración, no como liberal, sino como jefe de un nuevo partido político, el Partido Nacional, con la misión de adelantar en el Gobierno los postulados del régimen que se conoció como La Regeneración (1884-1900). En los siguientes cuarenta y seis años, a partir de 1884, gobernaron el país los partidos Nacional (1884-1900), Conservador (1900-1909 y 1914-1930) y Republicano (1909-1914), mientras que los liberales cruzaron el desierto, hasta regresar al oasis del poder con Olaya Herrera, en 1930. Es verdad que tuvieron participación importante en el Gobierno de Rafael Reyes, a quien contribuyeron a elegir, y también en el de José Vicente Concha; pero durante cuatro décadas el liberalismo fue en esencia un partido de oposición.

Los tres Estadistas

A la izquierda: Julio de 1930. Entrada triunfal del presidente electo, Enrique Olaya Herrera, en Bogotá. Recepción en la plazuela de los ferrocarriles. A la derecha: 1932. Aspecto interior del Edificio Nacional construido en Medellín durante la administración Olaya Herrera.

 

Olaya Herrera, que había vivido los últimos ocho años, desde 1922, en los Estados Unidos, como Ministro de Colombia ante el Gobierno de Washington, tenía el conocimiento suficiente para saber que la estabilidad de su Gobierno –combatido en el interior por una férrea oposición que encabezaba Laureano Gómez—dependía de las buenas relaciones con los Estados Unidos, y por consiguiente, de mantener contentas a empresas estadounidenses que, como la United Fruit Company, poseían el poder para hacerle una zancadilla mortal a un régimen tan frágil como el bipartidista, con mayoría liberal, que se inició el 7 de agosto de 1930 y que el Presidente Olaya denominó de Concentración Nacional, en efecto integrado por liberales, y por conservadores opuestos a Laureano Gómez. 
Olaya Herrera heredó de las administraciones conservadoras que lo precedieron un país en movimiento. Todavía dominado por la camarilla católica que se adueñó del poder desde La Regeneración, sus Gobernantes (José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez) tuvieron la independencia y el carácter para procurar un buen desarrollo económico, sobre todo en materia de Obras Públicas, de infraestructura de servicios básicos y de comunicaciones. Inclusive en materia social, aunque los conservadores no avanzaron tanto como hubiese sido posible y deseable, si se compara la situación desastrosa de principios de siglo con la prosperidad que había tres décadas después, se debe reconocer como positiva la acción de la República Conservadora. 
No obstante, la crítica principal que los liberales esgrimían contra el régimen conservador era la del atraso social en que estaba el país con relación, no ya a las naciones avanzadas del mundo, sino a otras de América latina, lo cual dejaba a Colombia en lugar muy rezagado del concierto latinoamericano. En la Convención Liberal de Ibagué de 1921, al proclamarse la candidatura de Benjamín Herrera para el período 1922-1926, se aclamó la Reforma Social como la meta suprema del liberalismo.

La campaña liberal de 1930 fue la conjunción de tres mentalidades diferentes en su estilo y semejantes en su genialidad y en su deseo de transformar de raíz las instituciones colombianas. A su manera cada uno de los tres --Enrique Olaya Herrera, el pragmático, Alfonso López Pumarejo, el visionario, y Eduardo Santos Montejo, el analítico-- fue un revolucionario, y los cuatro Gobiernos que presidieron ejecutaron una de las revoluciones democráticas y sociales más importantes en la historia de América Latina: la República Liberal.

Concentración Nacional

Olaya Herrera consideraba que entretanto persistieran en Colombia el sectarismo político y el odio de partido, el liberalismo no tendría capacidad operativa para ejecutar sus programas de Gobierno. Al aceptar la candidatura liberal en 1929 puso como condición que sería a nombre de un movimiento de Concentración Nacional, y no exclusiva del liberalismo, condición que Alfonso López y Eduardo Santos acogieron sin vacilar. Divididos como estaban los conservadores entre las candidaturas de Guillermo Valencia y de Alfredo Vásquez Cobo, fueron vencidos por el candidato de Concentración Nacional. Al tomar posesión de la presidencia el 7 de agosto de 1930, Olaya Herrera conformó su gabinete de siete ministros, con cuatro liberales y tres conservadores, y en la misma proporción designó a los gobernadores de los departamentos.

Le tocó enfrentar una época de tremendas dificultades. La crisis mundial, que afectó la economía del país con la insolencia devastadora de un tsunami; la guerra con el Perú, que nos obligó a desviar de las cosas urgentes cuantiosos recursos en armamentismo; y la oposición de Laureano, peor que la crisis económica y que la guerra juntas. Visto a distancia, no parece que ninguna de estas dificultades hubiese existido, tales fueron los prodigios que adelantó Olaya Herrera en su cuatrienio. Para enfrentar la crisis mundial llamó al ministerio de hacienda al abogado y economista conservador Esteban Jaramillo, cuya gestión sacó al país del atolladero y le permitió a Olaya hacer obras a granel en todos los frentes, de modo que hasta sus enemigos más enconados hubieron de reconocer que en los cuatro años de 1930 a 1934 la república había avanzado hacia el progreso con las botas de siete leguas. Y si bien el Gobierno de Olaya se esmeró en dejar sentado que el trabajo de los colombianos, y el bienestar de las clases trabajadoras, eran el cimiento de los nuevos tiempos, e inició una intensa desclericalización de Colombia, no le alcanzó la cuerda para plasmar en leyes aquellos programas, a los que tanto la oligarquía liberal como la conservadora, y la Iglesia Católica, se oponían incluso con amenazas de guerra civil, atemorizadas con un fenómeno que hasta 1930 era desconocido en el país: la presencia del pueblo en las plazas y en las calles, en inmensas manifestaciones multitudinarias, que pregonaron a los cuatro vientos que la democracia en Colombia había encontrado su lugar.

La Revolución en Marcha 

Olaya despertó y levantó la conciencia de las masas de trabajadores a un nivel tan alto que su sucesor, Alfonso López, podría profundizar y llevar a término la reforma social y la revolución liberal. López no se amedrentó ante las advertencias, veladas o abiertas, de la oligarquía, y la desafió. A diferencia de Olaya prescindió del Gobierno bipartidista e integró el suyo con mayoría casi absoluta de liberales, y unos pocos conservadores; bautizó su gobierno como La Revolución en Marcha, y en 1936 efectuó una reforma constitucional cuyo contenido principal fue el de establecer una serie de derechos y de garantías para la clase trabajadora que convirtieron a Colombia en la nación más progresista del continente en materia social. Las reformas revolucionarias de López Pumarejo no se inspiraron en Marx, ni en el economicismo soviético, sino en las excelentes recetas de John Maynard Keynes. López creía, como Uribe Uribe, que el liberalismo colombiano tenía dos opciones: beber en las fuentes del socialismo o suicidarse. Y optó por la primera.

El Gobierno de La Revolución en Marcha, que todavía está por estudiarse, será juzgado en el futuro, por donde quiera que se le mire, como una de las grandes hazañas administrativas de todos los tiempos y uno de los más benéficos ejercicios de Gobierno para cada uno de los ciudadanos que tuvo la oportunidad de vivir en esa época venturosa, así como para las siguientes generaciones por más de cuatro décadas, hasta que la ola neoliberal se dio mañas para desmontar las conquistas sociales logradas en el segundo cuatrienio de la República Liberal.

La Pausa que refresca

Algunos historiadores dicen, y corre como creencia común, que el sucesor de López, el periodista Eduardo Santos (1938-1942) se ocupó en hacer el papel de freno de la Revolución en Marcha, y denominan su Gobierno como “la gran pausa”. Concepto que a la luz de los hechos resulta equivocado. El Gobierno de Santos no sólo no frenó la Revolución liberal, ni le dio pausa, sino que tomó las medidas para que siguiera avanzando, continuó los programas iniciados desde el Gobierno de Olaya, creo instituciones de acuerdo con las necesidades, suministró nuevo impulso a la cultura, a la educación, a la vivienda popular y campesina, y supo manejar con tino la difícil situación creada por la Segunda Guerra Mundial, que comenzó un año después de haber tomado posesión del Gobierno el presidente Santos.

1932.Moderno puente ferroviario de Girardot, sobre el río Magdalena, iniciado en la administración Abadía Méndez y concluido en la de Olaya Herrera.

 

A la zquierda: Portada del libro sobre los cuatro años del primer gobierno liberal del siglo XX. Dibujo de Scandroglio, que representa el trabajo y la libertad, como pilares de la revolución liberal. A la derecha: 1933. Carretera de Pasto a Ipiales, construida en el gobierno de Olaya Herrera. Al fondo la cascada de Tacines.

 

La caída de la República Liberal 

A la izquierda. Vista del Palacio Nacional de Manizales, inaugurado por Olaya Herrera en 1934. A la derecha. Vista general de los muelles de Cartagena, construdos por la República Liberal, y una de las grandes obras de su género en Suramérica.

 

Laureano Gómez había amenazado con que “sería invivible la república” si Alfonso López se presentaba para un segundo período en 1942 y resultaba reelecto. López venció a sus opositores por abrumadora mayoría y tomó posesión del cuarto gobierno liberal el 7 de agosto de 1942. La oposición de la oligarquía liberal conservadora contra el segundo Gobierno de López Pumarejo fue encarnizada y la violencia verbal de los enemigos de López alcanzó tonos aterradores. No hubo escándalo al que no apelaran en su empeño de desacreditar y de tumbar al Presidente López. El asesinato de un instructor de Boxeo de la Policía, y periodista, apodado Mamatoco, se quiso mostrar como obra del Presidente, sin ninguna evidencia para ello. Una negociación lícita y sin misterios como la de la Handel, se presentó en el Congreso como “una muestra de la corrupción que destruye al país”, solo porque en ella participaba “un hijo del ejecutivo”. Los antilopistas llevaron su acción intrépida hasta patrocinar un golpe militar, en julio de 1944, cuando un grupo de militares mandados por el coronel Diógenes Gil, apresó en Pasto al Presidente López y quiso obligarlo a firmar un documento por el cual renunciaba a la presidencia, a lo que López, con el valor civil indomable que lo caracterizaba, se negó. Todos estos hechos desdichados e injustos, más la enfermedad de su esposa, minaron la confianza del Presidente y abatieron su ánimo. López renunció un año después del fallido cuartelazo de Pasto y entregó el gobierno al Primer Designado, Alberto Lleras Camargo. Dividido el liberalismo en las elecciones presidenciales de 1946, se precipitó el fin de la revolucionaria República Liberal y de una época dorada de Colombia.