19 de octubre del 2019
 
Prisioneros rusos con los soldados japoneses después de la Batalla de Teh-li-sz. Cromolitografia de Torajiro Kasai. Junio de 1904. Coleccion Library of Congress, Washington, D.C.
Julio de 2014
Por:
César Augusto Ayala Diago Ph.D y magíster en historia, Universidad Estatal de Moscú M.V. Lomonosov. Profesor e investigador, Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia

LA RECOMPOSICIÓN DE LOS IMPERIOS

Las modernas guerras imperialistas

Corría con velocidad sin precedentes el siglo xix. La guerra aceleraba todo: o nacional o internacional, justa o injusta; algunas más intensas que las otras. Era como si la humanidad se hubiera acostumbrado a que sin guerras no podía avanzarse en su propio progreso. La dominación interna o externa se imponía ante todo por vía de la guerra. Desde ella se avanzaba también en la teorización de la sociedad y de su futuro. Después de Carl von Clausewitz, el concepto de guerra sirvió para todo, incluso para el retruécano de ver la política como extensión de la guerra; y a la violencia, según Carlos Marx, como partera de la historia. Guerra y revolución siguieron mixturándose hasta convertirse en partes constituyentes e inseparables de los procesos históricos. En la medida en que avanzaban los presentes de sus propias historias, amarrados al invencible modelo capitalista de desarrollo, mayor conciencia se tenía de la función de la guerra, lo mismo para la dominación que para la liberación. No había mostrado la experiencia histórica métodos diferentes. La paneuropea revolución de 1848 primero, y después la guerra franco-prusiana de 1870 y su desenlace, la Comuna de París en 1871, complicaron las cosas.

El primer fenómeno anunciaba que el capitalismo tenía mucha más fuerza que la voluntad de quienes de esa revolución esperaban la emergencia de la sociedad socialista, y el segundo anunciaba la adjudicación a la guerra de la función de garantizar un reordenamiento colonial. Lo que pudiera pasar, lo que se esperaba que pasara, dependía del curso que tomaran las guerras. Era esa la tendencia universal. Las leyes propias del desarrollo del capitalismo habían llevado al mundo a una reedición de los imperios, a una novísima forma de dominación que se empezó a conocer con el nombre del imperialismo contemporáneo. A partir de 1870, estados reunificados y fortalecidos aspiraron, presionaron y agenciaron la repartición de un mundo ya de por sí repartido entre las viejas potencias. Con su victoria sobre Francia se erigía el imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. En enero de 1871 sus gobernantes lo anunciaron desde el Palacio de Versalles. Se convirtió Alemania en el segundo país en la producción de hierro y acero, y superó a sus contendores en la extracción de carbón de piedra. Haberse anexado a Lorena y Alsacia le facilitó su vertiginoso crecimiento. No solo creció la industria pesada, se desarrollaron también nuevas industrias como la química y la electro-técnica. Pero, sobre todo, avanzó la construcción de vías férreas. De 21 mil kilómetros en 1871 llegó, en 1900, a 50 mil.

Guerra ruso-japonesa, No. 2: 700 soldados rusos capturados en Chemulpo, Corea, 1904. Coleccion Library of  Congress, Washington, D.C.

 

Rápidamente Alemania se convirtió en un país con gran concentración de la producción, y la conformación de monopolios no paró. El capital financiero consiguió someter por completo la política económica del nuevo imperio. Eran las tendencias que identificaban a los países imperialistas en su conjunto. Aunque la Gran Bretaña presentaba un estancamiento en su producción industrial, conservaba su carácter de imperio colonial por excelencia. A comienzos de la Guerra sus dominios ocupaban la quinta parte del planeta: 33.500 millones de kilómetros cuadrados; lo que equivalía a decir que gobernaba a la cuarta parte de sus habitantes: 393 millones.

En la guerra hispano-americana de 1898, la primera con los visos ya de los tiempos nuevos, tendrá el imperialismo su bautizo de fuego. Vendrán luego la guerra anglo-bóer entre 1899 y 1902, y la ruso-japonesa de 1904–1905. De tal modo que la Gran Guerra será, en su orden, la cuarta guerra imperialista de la historia contemporánea. En realidad había irrumpido un imperialismo que presionaba con pólvora un reordenamiento del mundo. China, Irán, Turquía y Birmania habían sido convertidas en semicolonias. Este proceso demostraba, además, la emergencia de nuevos concurrentes en el dominio mundial: los Estados Unidos de América, Italia y Japón. Los viejos imperios de España y Rusia tuvieron que ceder territorios y esferas de influencia.

Mapa histórico de la Guerra Española-Americana en las Indias Occidentales, 1898. Por Eugenia A. Wheeler Goff, 1899. Colección Library of Congress, Washington, D.C. 

 

Movimientos de liberación nacional

Empero, las guerras imperialistas se desarrollaron paralela y simultáneamente con sólidos movimientos de liberación nacional. Un proceso interesante en el cual el nivel de desarrollo de los movimientos anticoloniales facilitó las nuevas anexiones territoriales, y viceversa. Así sucedió con Cuba donde el movimiento de liberación nacional de más de 30 años tenía acorralado al yugo español. No fueron distintas las cosas en Filipinas. Estados Unidos sabía de la importancia de estas islas para su penetración en Asia. Desde 1828 se había impuesto la tarea de hacerse al dominio en todo el continente americano, lo que mal o bien había conseguido a principios del siglo XX. En la víspera de la guerra, Estados Unidos se sentía dueña y señora del continente.

Guerra hispanoamericana. s.f. Colección Library of Congress, Washington, D.C.
El puente Alejandro III, en Paris, celebra la alianza franco-rusa y está dedicado al zar. La primera piedra fue puesta por su sucesor, el zar Nicolas II en 1896 y fue inaugurado en 1900 en conjunto con la Exposición Universal de Paris.

 

Finalmente, la nueva potencia norteamericana puso fin al imperio español, y favoreció el surgimiento de una república cubana, pero convertida prácticamente en colonia. Inglaterra consolidó su poder en el sur de África después de derrotar a las repúblicas bóers (antiguos descendientes de los colonizadores holandeses), de Transval y Orange. En 1910 estas posesiones inglesas fueron transformadas en la Unión Sudafricana bajo el dominio británico. A Rusia, por el contrario, no le alcanzaron las fuerzas para conservar y ampliar su dominio en el extremo oriente del imperio. Japón, con el apoyo de Inglaterra y de las finanzas de los Estados Unidos, le competía a Rusia: Corea, Manchuria (China), Port Arthur y el sur de Sajalín. El triunfo de Japón mostró que Rusia no estaba preparada para la guerra. O mejor, que no podía llevar a cabo, al mismo tiempo, una guerra interna y otra externa. Para afrontar el movimiento revolucionario interno se vio obligada, en 1905, a firmar el tratado de Portsmouth según el cual renunciaba a dicho puerto, a su influencia en Manchuria y a sus derechos sobre el ferrocarril sud-manchuriano. Japón además se quedó con gran parte de Sajalín. Más tarde, en 1910, invadió totalmente a Corea y avanzó sobre la China.

‘Peace, but not business’, Paz, pero no negocios. Ilustración de Bernhard Gillian, 1885.  Colección Library of Congress, Washington D.C. En la ilustración aparecen el Tío Sam, Otto von Bismarck, el zar Nicolas II y John Bull.

 

Francia, a su vez, continuaba siendo la segunda potencia colonial. Sometía una superficie de cerca de 10.600 millones de kilómetros cuadrados y dominaba a 55 millones de personas. Durante la década de 1890 desencadenó una serie de guerras coloniales, esta vez por la conquista de Madagascar y por territorios en el occidente de África. En la región continental del sur-oriente asiático, en la conocida Indochina, la rapiña por el territorio fue intensa. Los colonizadores británicos se tomaron a Birmania, y Francia estableció sobre Vietnam su protectorado. Además, presionó y consiguió la anexión de Laos en 1893. El Estado de Siam, la Tailandia de hoy, se vio asediado por Francia e Inglaterra, pero logró conservar su independencia que servía para equilibrar las esferas de influencia entre los imperialismos. Las dos mayores potencias coloniales, Francia e Inglaterra, conscientes del peligro de los nuevos imperios que aspiraban también a territorios se vieron obligadas a regular sus intereses. Como sabían de la amenaza que significaba el surgimiento del imperio alemán buscaron a Rusia como aliada. En 1899 Francia e Inglaterra firmaron un acuerdo por medio del cual la primera reconocía la primacía de la segunda en la política colonial. En 1893 Francia y Rusia firmaron una alianza militar. Poco a poco, sin pausa, se fueron dando las condiciones para la configuración definitiva de los bloques de poder que llevarían el mundo todo a una confrontación inédita.
Alemania buscaba también aliados para alcanzar la hegemonía en Europa. Para tal propósito Austria-Hungría e Italia, que compartían los mismos enemigos alemanes, consiguieron configurar, en 1882, una Triple Alianza. Más adelante, en 1904, Inglaterra firmó un tratado militar con Francia y en 1907 con Rusia, dando origen así al conocido tratado de la Entente Cordial. Curioso nombre cuando evocamos la transcripción fiel: Acuerdo del corazón.

La lucha del eslavo. Ilustración de John S. Pughe, 1905. Colección Library of Congress, Washington, D.C.

 

Comienza el siglo xx con tensiones por todo el planeta

Como vemos, con vientos de guerra irrumpió el siglo xx. Campeaba la guerra por doquier, lo mismo en las metrópolis que en las colonias, igual en los países políticamente libres que en los dependientes de las economías imperiales. México ardía. Desde 1910 una profunda revolución la sacudía desde todos sus puntos cardinales; Colombia vivía su guerra de los mil días, Brasil apenas empezaba a comprender la esencia de la Guerra de Canudos, que había sido el bautismo de fuego de su recién constituida república (1889), erigida en honor a los cien años de la Revolución Francesa. En realidad, era como si se tratara de las guerras del fin del mundo. China asediada por casi todos los imperios, incluso el nuevo, el de los Estados Unidos de América. Asia había despertado después de la revolución rusa de 1905. Reventaron procesos revolucionarios en Irán 1905–1911, en China: la revolución Hsinhai, 1911–1913, bajo la dirección del médico Sun Yat-sen; en la India Gandhi levantaba su pueblo contra el dominio inglés y el movimiento de liberación en Indonesia ganaba posiciones frente al colonialismo holandés. De otro lado, en 1905, Alemania le obstaculizaba a Francia la conquista de Marruecos, en 1908 Austria-Hungría se anexó Bosnia y Herzegovina. Entre 1912 y 1913 los europeos desencadenaron dos guerras balcánicas.
El modelo de la competencia imperialista mezcló la nueva expoliación con formas antiguas. Impedía el desarrollo de condiciones favorables a capitalismos nacionales privilegiando relaciones feudales e incluso esclavistas, y apoyándose en los sectores más retardatarios de las colonias. No obstante, al empuje económico correspondió también un avance de las condiciones subjetivas que podían revertir las conflagraciones en contra de sus propios inspiradores. Lo que para unos significaba el mejor momento de la sociedad capitalista, para otros personificó la víspera de su fin. La guerra empezó a asociarse con revolución social, y muchos se valieron de ella para la formulación y puesta en práctica de un nuevo modelo de desarrollo social, o por lo menos para dar inicio o continuidad a un proceso sostenido de descolonización que no paró hasta la década de 1970.
Era vieja la guerra, pero nueva la que se avecinaba. Era vieja la revolución, pero nueva la que anunciaban los tiempos. En 1905 había reventado una revolución popular en Rusia cuya influencia repercutió en occidente y oriente. Los analistas hablaron de la primera revolución de la época del imperialismo y la calificaron de democrático burguesa. Era el momento en que el nacionalismo identificaba tanto a occidentales como a orientales. Con trompetas se anunciaba la guerra que amenazaba con arrastrar en esos vientos al cualificado movimiento obrero europeo. La naturaleza del nacionalismo oriental, sin embargo, era distinta a la del occidental. Mientras en Europa se trataba de un chovinismo, en Asia tenía aires de una estrategia para conseguir la aplazada unidad de los países y con ella su independencia. Si los estados europeos necesitaban el nacionalismo chovinista para salir del estrecho saco del Estado-nación, los asiáticos se aferraban a él para introducirse y sostenerse como estados nacionales. Por ello para Indonesia, India o China eran múltiples las tareas que tenía que realizar el nacionalismo: establecer una lengua común, unir regiones, religiones, culturas para desembocar en la creación del Estado nacional independiente. Solo que los tiempos que corrían no daban para que las cosas ocurrieran como en los tempranos años del capitalismo europeo. Ahora la guerra mundial en configuración podía convertirse en Asia en guerras de liberación nacional, como de hecho sucedió.

Manifestación del 17 de octubre de 1905. Óleo de Ilya Repin, 1911. Colección State Russian Museum.

 

La víspera de la gran guerra

El capitalismo implantado por el colonialismo había creado nuevas condiciones, y el proceso que advertía tal parto se vislumbraba dramático. Ahora, más que nunca, los idearios a favor del capitalismo se confundían con los idearios del socialismo. La estructura social de los países asiáticos exigía otras invenciones y el líder de este proceso emergería desde lógicas distintas a las del líder europeo. El aparato de dominación de las metrópolis se había sofisticado, el movimiento de liberación y sus líderes tendrían que llevar a cabo una lucha en dos frentes: uno interno, contra los sectores sociales aliados de las metrópolis y el propiamente externo que les obligó, a veces, a alianzas estratégicas. Tenemos, entonces, que para la víspera de la Gran Guerra confluyen el deseo irrefrenable, por parte de los gobernantes europeos, de reeditar e imponer una dominación más áspera y violenta, y el anhelo de liberación de los movimientos obreros europeos y de los movimientos de liberación de las colonias. De ahí que ante el coro que llamaba a la guerra en defensa de las patrias europeas respondieron en contra los grupos de la izquierda social-demócrata de Alemania y Rusia, cuyos ideólogos desplegaron toda su actividad intelectual para interpretar el fenómeno que a muchos encandilaba. Convertir la guerra imperialista en guerras nacionales contra sus propios opresores fue su llamado.

Sin embargo, nada podía parar la carrera armamentista. Como siempre, se pensaba en una guerra corta. Entre uno y otro país interesado en la vía de la guerra para imponerse frente a los demás, pesaba su propia capacidad militar. ¿Cuándo empezar? Era la pregunta. Todos los contendientes desarrollaban una economía cubierta por la naturaleza del imperialismo contemporáneo: concentración y exportación de capitales, centralización y concentración de la economía expresada en la formación de monopolios, trusts y consorcios. La Standard Oil, de propiedad de los Rockefeller en Estados Unidos, tenía bajo su control el 90% de la producción de crudos. La United States Steel controlaba allí la industria del acero, por dar dos ejemplos. La misma tendencia se observaba en los otros países concurrentes entre sí. Lo mismo ocurría en toda la cadena de producción, en la banca y en las nuevas industrias. Era característica la imbricación del capital bancario con el industrial, dando origen a invencibles oligarquías financieras.
Todas las potencias colonialistas competían entre sí exportando capitales. Para 1914, entre los ingleses, franceses y alemanes habían exportado 200 mil millones de francos a sus colonias. Y como si fuera poco habían irrumpido carteles internacionales tales como los del raíl o el Sindicato Internacional del Cinc que implantaban normas a los países contendores por la economía mundial. Tenía lugar, pues, una férrea concientización de la necesidad de ganar nuevas esferas de influencia mundial. Esa misma naturaleza hacía que ese proceso fuera acompañado de un avance en la tecnología militar y en la reformulación de sus ejércitos, proceso siempre desigual. Así las cosas, Alemania era el país mejor preparado e informado. Con tiempo suficiente había elaborado un minucioso plan que tenía la firma del general Alfredo von Schlieffen y que preveía una guerra relámpago: de cuatro a seis semanas duraría derrotar al enemigo en el frente occidental y en igual tiempo en el oriental.

Como el Congreso de la Paz recibe su primera sugerencia práctica. Ilustración de Joseph Ferdinand Keppler, 1913.  Colección Library of Congress, Washington, D.C. En la imagen se aprecia a los gobernantes de los países de Europa y Asia en reunión para las negociaciones de paz durante el conflicto en la península de los Balcanes. Aparece Winston Churchill proponiendo el desarme multilateral.

 

Un mundo en tensión desata la guerra

Los militaristas alemanes consiguieron advertir el momento preciso que les serviría para iniciar la guerra. Gavrilo Prinzip, un estudiante que hacia parte de la organización nacionalista La Joven Bosnia, le brindó a los alemanes el pretexto que buscaban. El 28 de junio de 1914 disparó sobre la humanidad de Francisco Fernando, el archiduque heredero de la corona imperial austríaca que había ido a Sarajevo con el propósito de mostrarle al mundo que Austria-Hungría conservaría para sí los territorios de Bosnia y Herzegovina que se había anexado en 1908.
De inmediato Alemania intervino. El 23 de julio de 1914 el embajador austríaco en Belgrado presentó un ultimátum de su gobierno a las autoridades serbias. Indignados, los serbios rechazaron la intromisión de las autoridades austro-húngaras en sus asuntos internos. Así, el 28 de julio de 1914, Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia. Tal medida, que iba en contravía de los intereses de la Entente en los Balcanes, hizo que Rusia movilizara sus tropas. Ante tal medida, Alemania le declaró la guerra a Rusia el primero de agosto y a Francia al día siguiente. El 4 de agosto los alemanes invadieron a Bélgica e irrumpieron en Francia. Al violar los alemanes la neutralidad belga provocaron la declaración de guerra de los ingleses.
Empezaba la Gran Guerra. En un principio fueron afectados ocho estados europeos: Alemania y Austro-Hungría, por un lado. Por el otro, Rusia, Francia, Inglaterra, Bélgica, Serbia y Montenegro. Los alemanes aspiraban al establecimiento de su dominio en el mundo; Austria-Hungría y Turquía aspiraban al dominio sobre los pueblos de los Balcanes. A su vez, Inglaterra estaba interesada en vencer los planes expansivos de Alemania y conquistar Turquía, Irán, las regiones de Mesopotamia y Palestina para la explotación del petróleo. Francia no solo estaba interesada en rescatar a Lorena y Alsacia sino también tomarse las regiones carboníferas al occidente del río Rin, y sobre todo arrebatarle a Alemania sus colonias en África. Y Rusia, que necesitaba nuevos mercados, quería conseguirlos derrotando la influencia de Alemania en Europa y conseguir una salida libre al mar Mediterráneo a través de los estrechos de Bósforo y Dardanelos. Japón estaba interesado en las colonias alemanas en Oceanía, ocupar su lugar en China, y ganar algunas posiciones en Europa.
¡Qué cosa! Los guerreristas no calcularon que arrastrarían a la guerra a 57 millones de habitantes de las colonias francesas, a 434 millones de las inglesas, a 15 de las belgas y a 12 de las alemanas. Es decir, que por primera vez en la historia de la humanidad serían llevados a una guerra 518 millones de personas.

Alfred von Schlieffen. Fotografía de Atelier E. Bieber, 1890. Colección Osterreichische Nationalbibliothek                                                                                                                                                                                                                                             

Alfred von Schlieffen (1833–1913)

Jefe del Estado Mayor alemán, fue el responsable de la estrategia militar de su país en el comienzo de la Primera Guerra Mundial. El principal desafío era cómo enfrentar una guerra en dos frentes: occidental contra Francia y oriental contra Rusia.

El Plan Schlieffen (1895), proponía atacar de forma rápida y decisiva a Francia por el norte, pasando a través de la neutral Bélgica, y luego concentrar todo el potencial militar alemán contra Rusia, en el Este. A pesar de algunos éxitos iniciales, los aliados frenaron a los alemanes en la batalla del Marne (1914).

Schlieffen no alcanzó a ser testigo del fracaso de su plan, que implicó que Alemania tuviera que atender simultáneamente los frentes francés y ruso. Según algunos historiadores, el resultado negativo de la estrategia se debió a que el plan de batalla fue modificado por el sucesor de Schlieffen, Helmuth von Moltke. 

 

Rey Eduardo VII. Fotografía atribuida a W. & D. Downey, 1902. Colección National Portrait Gallery, Londres. Reg. NPG P1700(62a). ©NATIONAL PORTRAIT GALLERY, LONDON

Eduardo VII (1841–1910)

Eduardo VII, rey de la Gran Bretaña entre 1901 y 1910, fue la ‘oveja negra’ del ‘hogar’ formado por la reina Victoria y su consorte Alberto. Pésimo estudiante, díscolo, su madre nunca creyó en él y lo alejó de los asuntos de Estado.

No obstante, Eduardo VII fue la figura central del imperio británico en su apogeo, realidad que quiso proyectar por medio de la ostentación, en franca contradicción con la austeridad de la reina. Diplomático nato, sus relaciones sociales con la nobleza europea, integrada por muchos de sus parientes, le permitieron establecer alianzas definitivas para la guerra. Su papel fue clave en los acuerdos previos a la contienda. Además, impulsó el poderío naval británico.

 

Alfred Dreyfus. Fotografía de S. Aine Gerschel, 1885. Colección Bibliotheque Nationale de France.

Alfred Dreyfus

Mulhouse, Alsacia, 1859 - París, 1935 

En 1914 un teniente coronel del ejército francés tomó el mando de una unidad, al comienzo de la Gran Guerra: Alfred Dreyfus, protagonista de un episodio que reveló el antisemitismo que rondó a la Francia de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Dreyfus pertenecía a una familia judía oriunda de Alsacia, que había emigrado a Francia y se había hecho capitán del ejército francés en 1889. En 1894, el servicio de espionaje francés descubrió que un militar galo había entregado documentos secretos a los alemanes. Una investigación, que siempre se calificó como amañada, condujo a un Consejo de Guerra que condenó a Dreyfus y ordenó su confinamiento de por vida en Isla del Diablo (Guayana). 

Varios intelectuales y políticos franceses pusieron de manifiesto las irregularidades del juicio; entre ellos el escritor Émile Zola, quien en una carta pública denominada “Yo acuso”, desenmascaró a los culpables. En 1898, tras el suicidio de un oficial que había confesado su manipulación de la pruebas, el caso fue reabierto, pero pudo más el “honor” del ejército: Dreyfus fue de nuevo declarado culpable. En 1906, un tribunal ordinario lo declaró inocente y ordenó su reintegro al ejército con todos los honores. 

“…el desdichado se arranca la carne y proclama con alaridos su inocencia, mientras la instrucción del proceso se hace como una crónica del siglo XV, en el misterio… todo basado en una sospecha infantil… Si yo insisto, es porque veo en este germen, de donde saldrá más adelante el verdadero crimen, la espantosa denegación de justicia, que afecta profundamente a nuestra Francia” (Émile Zola).

 

Referencias

1 Véase Clausewitz, Carlos von. De la guerra. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.