Custodia del Templo de San Francisco. Sol en oro adornado con esmeraldas y esmaltes verdes y morados, de José de la Iglesia, 1740. Soporte en figura de ángel sobredorado, de E. Paredes, 1873. Colección Archivo de la Arquidiócesis de Popayán.
Octubre de 2015
Por:
Marta Fajardo de Rueda, Historiadora del arte y licenciada en filosofía y letras, Universidad Nacional de Colombia. Profesora titular, emérita y honoraria de la misma Universidad. Investigadora independiente.

LA PLATERÍA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA: UN ARTE Y UN OFICIO

Las grandes riquezas en objetos de oro que los españoles encontraron en el territorio al que dieron el nombre de Nuevo Reino de Granada, actual Colombia, animaron aún más sus empresas de conquista. Todo parecía confirmar que habían llegado a la ciudad del oro de Ofir, tantas veces mencionada en la Biblia. Pronto surgió otra leyenda: la de Eldorado, un mítico venado de oro dueño de grandes riquezas, cuya búsqueda aumentó su interés por continuar las expediciones hacia el interior del continente. 

La orfebrería ocupaba un lugar muy destacado en estas culturas precolombinas, porque sus propósitos eran altamente religiosos y políticos. Veneraban a sus dioses con objetos de oro que conservaban en templos, tumbas y bohíos. En el caso de los guerreros y de los sacerdotes o mamos, también hacían parte de su atuendo personal. Este precioso mineral procedía tanto de las minas como de los lechos de los ríos. Su explotación se hacía desde tiempos muy remotos y el uso ritual del oro se debía a la creencia de que estaba relacionado con las divinidades y que con él era la mejor forma de rendirles tributo. 

Fotograf ía de Luis Ca rrillo

 

Dichas condiciones favorecieron el desarrollo de una extraordinaria orfebrería cuyas funciones, formas y estilos han recibido un reconocimiento mundial, pues se le considera como la más refinada de la región del norte de los Andes. Estas culturas, aunque en diferentes épocas, abarcaron casi todo el territorio nacional.

Pronto los conquistadores descubrieron otros materiales apropiados para la orfebrería, tales como las esmeraldas, que desde hacía mucho tiempo eran comercializadas por los naturales con otras comunidades; las perlas, los corales y el carey en los océanos Atlántico y Pacífico, así como más adelante la plata.

Tan importantes resultaron para la economía española tales descubrimientos, que el rey Felipe IV proclamó, en Madrid, el 20 de mayo de 1629, las Ordenanzas Reales sobre la explotación de las perlas y de los metales preciosos. Allí reglamentaba la pesca de las perlas, que se inició entre el Río de la Hacha (Riohacha) y Santa Marta y que después se extendió por toda la costa atlántica hasta llegar incluso al Chocó, en el Pacífico, y la explotación del oro.

 

Los plateros

Muy pronto se establecieron en el Nuevo Reino los plateros junto con los demás artesanos y artistas encargados de trazar, construir, enlucir y dotar pueblos y ciudades. Llegaron de muy diversos lugares de España y Portugal. Los primeros en avecindarse fueron los Orives o Urives o plateros de oro, como se les denominaba a quienes trabajaban el oro. Más tarde se les llamó orfebres. Cuando se descubrieron las minas de plata, aumentó el número de los plateros de plata. 

Custodia magnífica de la ciudad de Pamplona, con rosetón flanqueado por nueve arcángeles y en la base de la peana los cuatro evangelistas acompañados por siervos. Colección Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, Pamplona, Norte de Santander. Fotografía Luis Carrillo

 

A comienzos del siglo XVII ya se encontraban activos en Santafé 39 plateros. 31 de ellos de oro y 8 de plata; un número considerable, ya que la población de la ciudad en 1631 no llegaba a los 20.000 habitantes. El rey de España autorizó desde un comienzo la explotación de las minas, pero con la exigencia de que se pagara a la corona el “Quinto Real”, es decir la quinta parte de lo que se extrajera, pues consideraba de su propiedad todo el mineral precioso de las colonias, aunque concedía el permiso de explotación a quienes las encontraran. Se establecieron las cajas reales en la capital y en las ciudades próximas a las minas. Allí el ensayador o contraste debía cobrar el impuesto, certificar la calidad de los objetos trabajados, tanto en oro como en plata, y dejar en la pieza una marca, llamada “ensaye”.

Ordenó, además, que cada platero tuviera otra con su nombre o apellido y que las piezas llevaran una más con el distintivo de la ciudad en donde se habían elaborado. Con todo, son muy pocas las marcas de platero que se encuentran en nuestra platería, lo cual hace difícil su clasificación, datación y atribución. Cuando tienen inscripciones, por lo general corresponden al dueño de la pieza o al donante, en el caso de piezas de Iglesia, pero no son marcas de platero. La marca de la Nueva Granada se encontró hace relativamente poco tiempo, en 1973, gracias al rescate de objetos de uso doméstico que iban para España en el Galeón Nuestra Señora de Atocha, el cual se hundió en La Florida en septiembre de 1622. Consiste en una granada orlada de perlas. Tal marca es de tipo heráldico, pues lleva un atributo destacado del escudo de la ciudad: la granada. Tanto para las explotaciones de las minas, como para el trabajo de los plateros, las rigurosas normas que estableció el rey se cumplieron hasta donde el control, la distancia y el poder de los súbditos lo hicieron posible.

Sagrario en forma de templete con alegoría de la Fe. Plata en su color repujada, cincelada, ensamblada, picado de lustre y tachonada sobre madera, de Francisco Javier de Guzmán, platero payanés, 1747. Colección Archivo de la Arquidiócesis de Popayán.

 

La enseñanza del oficio

Los plateros instalaron gradualmente sus talleres en las ciudades recién fundadas, casi todas próximas a las minas: Santafé, Tunja, Pamplona, Cali, Popayán, Santafé de Antioquia, en donde también se dedicaron a la enseñanza del oficio. Algunos lo trasmitieron a sus hijos o a sus sobrinos, pero la sucesión del trabajo de padres a hijos no resultó tan rígida como lo era en España. La corona desde un principio trató de prohibir la enseñanza de la platería a los jóvenes que no fueran españoles o hijos de estos. Pero es sabido que el proceso de mestizaje en nuestro país fue muy rápido y completo. Por eso es probable que desde época muy temprana hayan acudido a los obradores con los jóvenes blancos y los criollos hijos de españoles, también mestizos, mulatos, pardos, indios y algunos negros, como puede deducirse del examen de ciertos documentos notariales y de los padrones de población. 

El proceso de la enseñanza de la platería se estableció mediante “Conciertos de aprendizaje”, es decir, de un acuerdo entre el maestro, el discípulo y su representante y testigos ante un escribano público. Así, el maestro recibía en su casa y taller al joven, cuya edad oscilaba entre los nueve y los catorce años por el término de tres, cuatro o hasta cinco años y se comprometía a enseñarle el oficio “sin ocultarle nada”; a educarlo cristianamente, alimentarlo, asistirlo y curarlo durante sus enfermedades. Cuando se cumplía el tiempo pactado y el maestro consideraba que estaba suficientemente instruido, le otorgaba la condición de “oficial”. También le daba un vestido completo, compuesto de jubón, sombrero, calzones, camisas, zapatos de Castilla o de la tierra o de Quito, según el caso y un cajón con los instrumentos del oficio el cual contenía, por lo general, doce limas, doce buriles y martillos. Luego de probarse en el trabajo en el mismo taller de su maestro o en uno propio, este oficial podría presentarse ante las autoridades del gremio a un examen, que consistía en la hechura de una pieza previamente escogida al azar por los jurados para aspirar al título de Maestro.

Puerta de plata del tabernáculo o lugar sagrado para alojar el cáliz de una de las iglesias de Pamplona. Con la inscripción en latin: Hic est enim calix sanguinis mei, / Porque éste es el caliz de mi sangre, ¶ Novi et aeterni testamenti: / Del nuevo y eterno testamento: ¶ Mysterium fidei: / Misterio de fe: ¶ Qui pro vobis / que será derramada por vosotros ¶ Et pro multis / y por muchos en ¶ Effundetur in remissionem peccatorum. / remisión de los pecados. Colección Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, Pamplona, Norte de Santander.

 

El aprendiz, por su parte, estaba comprometido a obedecer en todo a su maestro y no podía abandonar la casa por ningún motivo. En caso que lo hiciera, su padre o su tutor estaban obligados a restituirlo al taller. No se sabe mucho acerca de los métodos de enseñanza. Por las piezas que se conservan se pueden deducir y apreciar sus conocimientos sobre sus variadas técnicas. Circuló por los talleres la obra de Ioan Arphe y Villafañe uno de los plateros más importantes de España, titulada La Varia Conmensuración para la pintura y la architectura, Sevilla 1585, cuyo capítulo final está dedicado a la orfebrería religiosa. A su vez, en algunos documentos se mencionan dibujos y cuadernos del oficio, pero no se conservan. Los primeros maestros plateros que llegaron a nuestro país seguramente sabían de memoria los modelos, sus trazas y ejecución y así las enseñaron a sus alumnos. También ya existen pruebas de que algunos de los modelos de la orfebrería se conocieron a través de los grabados que venían de Europa y fueron hábilmente interpretados por nuestros artistas, tal como ocurrió con la pintura y la escultura.

La organización gremial de los plateros

Desde un comienzo los plateros se organizaron como gremio. Es decir, con normas que regulaban tanto la enseñanza como la práctica. Divididos en maestros, oficiales y aprendices, estaban obligados, como lo hemos visto, a cumplir con el proceso de formación para llegar de aprendices a maestros. No podían abrir tienda de platero sin los debidos permisos. La legislación mandaba que vivieran en un mismo barrio, pero por lo general no lo cumplían y se instalaban en diversos lugares de la ciudad. 

Su santo patrono era san Eloy, cuya fiesta celebraban con gran esplendor. Por gozar, en general, de un nivel económico alto, el gobierno colonial les exigía una importante contribución para las fiestas que eran muy frecuentes en todo el reino. Aunque en ocasiones se quejaban, porque las consideraban muy costosas, participaban y a veces lo hacían con mucho orgullo.

La clientela de los plateros. 

La platería sagrada para la iglesia 

Atril porta misal de plata con el escudo del arzobispo de Pamplona. Fotografía Luis Carrillo

 

En primer lugar, estaba la Iglesia a través de sus autoridades: sacerdotes, curas párrocos, comunidades tanto masculinas como femeninas y las cofradías, compuestas por los fieles de todos los grupos sociales quienes encargaban ornamentos, esculturas, pinturas y naturalmente piezas de platería para el culto a Dios, a la Virgen María, a su hijo Jesucristo y a los santos. Las “piezas de Iglesia”, como se les llamaba entonces, se utilizaban unas dentro del templo para celebrar las misas y ceremonias y otras para las frecuentes procesiones. Las más importantes eran la fiesta del Corpus Christi y la celebración de la Semana Santa. También las de los santos más venerados, que salían por las calles de la ciudad con la participación de todos los habitantes. Otras procesiones se hacían dentro de los templos, en especial en los conventos de clausura. Para el altar se encargaban: copones y custodias para colocar la sagrada hostia; patenas, navetas en las que se guardaba el incienso, incensarios, sacras que consistían en una especie de placas de plata en que se inscribían las oraciones de la consagración, sagrarios para colocar allí el cáliz, frontones, cruces de altar, jarros, vinajeras, limosneros, lámparas y hostiarios. Para las procesiones: varas del palio, espléndidas custodias, mallas o mariolas, acetres e hisopos, cruces procesionales, andas y tronos.  

Incensario de plata. Colección Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, Pamplona, Norte de Santander. Fotograf ía de Luis Ca rrillo

 

Otro grupo de obras lo conformaban las joyas votivas, propias de los santos, con las cuales se expresaba la devoción y se sacralizaban las imágenes. Entre ellas las coronas, aureolas, morriones, potencias, cetros, coronas de espinas, cantoneras y los atributos de algunos santos, entre los que se destacan pequeños templos, cruces, varas florecidas y lirios. La piedad popular colocaba joyas en las imágenes ya fueran de escultura o de pintura. En especial, se engalanaban las de la Virgen María con el Niño Jesús con anillos, pulseras, collares, pendientes, coronas, dijes e incluso sandalias, a manera de ofrendas. 

Cáliz de estilo bizantino con representaciones alusivas a los doce apóstoles. Colección Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, Pamplona, Norte de Santander. Fotografía de Luis Carrillo

 

Las piezas más importantes de nuestra orfebrería son, sin duda, las custodias. En ellas se conjugan el diseño correcto y equilibrado, con las técnicas más refinadas, tanto de los procedimientos para labrar el oro y la plata, como para la colocación de las piedras preciosas y establecer su armónica conjunción con los esmaltes. Infortunadamente muchas de ellas desaparecieron en las guerras o a causa de las exclaustraciones. De las que se conservan, se pueden citar como las más notables La Preciosa (1736) de la Catedral Primada de Colombia, encargada por el arzobispo Antonio Claudio Álvarez de Quiñones al platero Nicolás de Burgos Aguilera, quien también es el autor de la de Santa Clara de Tunja (1734-1737). La Grande de la Catedral de Santafé, de autor anónimo y la de San Ignacio (1700-1707) del orfebre José Galaz, conocida popularmente como La Lechuga, por el verde de sus esmeraldas, así como las de Popayán, entre las que se destacan por su belleza, diseño y ejecución La Bicéfala del templo de San Agustín, atribuida a los plateros Antonio Rodríguez y N. Álvarez; la de Morales de artista anónimo y la de San Francisco obra de José de la Iglesia (1740), las cuales se encuentran en el Museo de Arte Arquidiocesano. En Antioquia la llamada Custodia del Comercio, debido a que fue adquirida por los comerciantes de Rionegro hacia 1780, espléndida obra de artista anónimo que se conserva en el Museo de Arte Religioso de la Catedral de San Nicolás de Rionegro. 

Cruz alta y ciriales. Casa de la Purificación – Templo de San Francisco, Bogotá.

 

Las joyas y la platería doméstica 

La clientela particular o doméstica para estos artistas estaba conformada por los diversos grupos de la sociedad colonial, cuyo afán por el lujo era notable a todos los niveles. Las joyas no solo las usaban las señoras, señoritas y niños en collares, anillos, zarcillos, tembleques, alfileres de pelo, gargantillas, ahogadores, pendientes o colgantes y dijes, sino también los señores para quienes algunos elementos eran de carácter religioso tales como las veneras, propias de las llamadas fraternidades, los Agnus Dei y las medallas y otros de uso civil como espadines, relojes, bastones, hebillas, espuelas, estribos, botones, escudos, bacías para la barba, objetos de escribanía y grandes cadenas que a más de su significado simbólico de poder y riqueza, les servían en ocasiones como moneda, pues sus eslabones por su calidad y peso equivalían a los escudos de oro de la época. Los muy adinerados enjaezaban sus caballos con monturas completas de plata. 

La platería doméstica también reviste importancia. Según sus legados, testamentos y dotes de novias, consta que buena parte de las familias tenían objetos de plata en su menaje doméstico. Una de las principales razones se debe a que, por lo general, en estas regiones resultaba más costosa la loza que la misma plata. Así, se encuentran mencionados frecuentemente platos y platones, lebrillos o fondos de plata, salvillas, saleros, candeleros, palanganas, aceiteras, bandejas, jarras, bernegales –especie de fuente con o sin asas–, cucharas, cucharones, braseritos, sahumadores y chocolateras de plata, entre otros. Excepcionalmente se mencionan los tenedores, cuyo uso en nuestro país se difundió solo hasta entrado el siglo XVIII y eran un verdadero lujo para la mesa. El trabajo de los plateros fue decayendo a medida del agotamiento de las minas. Sin embargo, dejaron un legado que sobresale por la original adaptación de los modelos europeos, con los que crearon obras valiosas que hoy hacen parte importante de nuestro patrimonio. 

 

Bibliografía

Díaz, Zamira. Oro, sociedad y economía: el sistema colonial en la Gobernación de Popayán 1533-1733, Santafé de Bogotá: Ed. Banco de la República, 1994.

Esteras, Cristina. Marcas de platería hispanoamericana, siglos XVI-XX, Madrid: Ed. Tuero, 1992.

Fajardo de Rueda, Marta. Oribes y plateros en la Nueva Granada, España: Universidad de León, Secretariado de Publicaciones, 2008.

Flórez de Ocáriz, Juan. Genealogías del Nuevo Reino de Granada [1676], Bogotá: Ediciones facsimilares de 1990 y 1996, Instituto Caro y Cuervo e Instituto de Cultura Hispánica y Prensas de la Biblioteca Nacional.

Gil Tovar, Francisco. Historia y arte en el Colegio Mayor del Rosario, Bogotá: Ediciones Rosaristas, 1982. 

Nieva, Pilar y Reyes Sánchez, Marcos. Orfebrería de los siglos XV y XVI, Barcelona: Editorial Planeta de Agostini, 1989. 

 

Glosario

Instrumentos 

Buril: Barra de acero templado rematada en distintas formas según sus usos. Se utiliza para abrir y hacer líneas en los metales. 

Cincel: Herramienta con boca de acero o de hierro aristada o roma para labrar las piezas desde el exterior. Los hierros de cincelar son numerosísimos y cada cincelador los prepara personalmente.

Crisol: Recipiente de barro refractario en donde se funde el metal.

Hilera: Pieza de acero taladrada con agujeros que van achicándose gradualmente para reducir a hilos los metales.

Tas: Yunque de platero de hierro fundido o acero, forjado con dos puntas opuestas que se encaja al banco de trabajo por medio de una espiga de sujeción, de un caballete o de un codo.

Técnicas

Batido o martillado: Tras fundir los metales se martillan para conseguir láminas muy finas. En la época colonial a esta técnica se le llamaba de mazonería.

Bruñido: Proceso de pulimentar la pieza de plata y extraerle su brillantez. Hasta el siglo XIX se hacía manualmente y, por lo general, era oficio de las mujeres que colaboraban con los plateros. 

Cincelado: Golpeando el cincel con el martillo se desplaza ligeramente la superficie de la plata, sin extraer el metal se perfilan los contornos, se suavizan las aristas y se resalta el dibujo.

Grabado: Decorado de una pieza de plata con buriles que no deja huella en el interior. El buril corta, de modo que el corte queda con facetas brillantes, fina y precisamente logradas.

Labrado: Se dice de la hechura de una pieza de plata partiendo de una lámina o chapa hasta dejarla terminada para su uso o aplicación. También es la elaboración realizada por el revés de la pieza, para obtener motivos ornamentales en relieve por el lado que está a la vista. 

Referencias

1 Gerardo Reichel Dolmatoff. Orfebrería y chamanismo. Un estudio iconográfico del Museo del Oro, Bogotá: Banco de la República, 1988.

2 “Ordenanzas reales sobre la explotación de las perlas y de los metales preciosos”, Madrid 20 de mayo de 1629, en Revista Ensayos del Instituto de Investigaciones Estéticas, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1995, pp. 280 a 295. [Transcripción de Marta Fajardo de Rueda].

3 Cristina Esteras M. Marcas de platería hispanoamericana siglos XVI-XX, Madrid: Ediciones Tuero, 1992.

4 Marta Fajardo de Rueda. Oribes y plateros en la Nueva Granada, España: Universidad de León, Secretariado de Publicaciones, 2008.

5 Marta Fajardo de Rueda. “El grabado que inspiró la Custodia de San Ignacio de Santafé”, (en prensa), Bogotá: 2015.