19 de octubre del 2019
 
Marco Fidel Suárez Bello, 1855 – Bogotá, 1927. Archivo General de la Nación
Mayo de 2015
Por:
Teresa Morales de Gómez, Historiadora, Universidad de Los Andes. Miembro de número de las academias colombianas de Historia y de la Lengua

LA NEUTRALIDAD COLOMBIANA DURANTE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

El 1° de agosto de 1914 se inició la Primera Guerra Mundial y en esos mismos días, el doctor José Vicente Concha se posesionó como presidente de Colombia y nombró como su canciller a don Marco Fidel Suárez. Las relaciones entre estos dos hombres siempre fueron conflictivas: diametralmente opuestos en sus temperamentos, se vieron obligados, por la lealtad que cada uno sentía por su partido, a compartir las angustias del poder, en una época crucial para la república y a trabajar para mantener la neutralidad y el decoro de su gobierno en tiempo de guerra.

Al estallar el conflicto fue evidente que la posición geográfica de Colombia la hacía especialmente adecuada para un manejo efectivo de las comunicaciones telegráficas, pero al mismo tiempo sujeta a las presiones de los países beligerantes. La declaración del gobierno de que el país era neutral, causó alarma y desconcierto entre los aliados que suponían que Colombia entraría a apoyarlos. La alarma creció cuando se examinó el mapa de su territorio y se constató la extensión de sus costas, sus posibilidades estratégicas y su vecindad al canal de Panamá recién inaugurado.

Otros países latinoamericanos eran neutrales, pero las condiciones colombianas eran atípicas, no solo por su geografía sino por su animadversión por los Estados Unidos y su simpatía por los alemanes quienes tenían en el país una notable colonia inversionista. Era, por lo tanto, una necesidad mantener al país libre de presiones y lograr una relativa independencia. Dice Suárez, al referirse a este predicamento, “la neutralidad respecto a las naciones beligerantes se observó con esmero que literalmente fue desvelo y al observarla se invocaba la Ley de las Naciones, reclamando su cumplimiento y protestando contra el olvido de los principios tradicionales del derecho de gentes. Respecto de las grandes potencias, esta conducta sirvió para evitar procedimientos perjudiciales a nuestro decoro e intereses”.

El mantenimiento de esta actitud permitió al canciller enunciar en sus notas, sus comunicados y sus advertencias a la prensa una doctrina sobre la neutralidad que fue muy aplaudida. La proeza de mantener a Colombia incólume después de cuatro años de presiones de parte y parte, le ganó tanto prestigio que le allanó el camino a la presidencia en 1918.

Suárez continúa, en el “Sueño de las promesas”, el análisis de su doctrina. Dice así: “la neutralidad de la república respecto de las naciones que están hoy en guerra seguirá atendiéndose con la solicitud debida, sin que esa neutralidad, que no equivale a la indiferencia, impida al gobierno la franca manifestación de sus opiniones, cuando así lo exija el celo a los principio tutelares del derecho.

“La condición de neutral impide ejecutar actos que favorezcan en efecto a una de las partes que están en guerra. Pero el neutral puede opinar a favor de las prácticas tradicionales del derecho. Eso fue lo que se hizo cuando se declaró a una de las legaciones acreditadas en Bogotá que la guerra grande iba alterando los principios jurídicos consagrados por los siglos. Se enumeró a ese respecto el contrabando, las hostilidades contra la población pacífica, lo concerniente a la libertad de los mares, lo relativo a la seguridad de las aguas neutrales y el empleo de instrumentos bélicos que imposibilitan la salvación de personas o propiedades inocentes”. 

Uno de los problemas más agudos se presentaba por los comunicados de prensa que no siempre conservaban la objetividad. A ese respecto las notas de la cancillería suscritas por Suárez son un ejemplo de la prudencia y la autoridad con que manejaba una situación que podía ser delicada; se apoyaba en un pensamiento claro y lúcido, y lo expresaba en lenguaje de gran belleza.

Circular a los Directores de Publicaciones Periodísticas de la República.

Ministerio de Relaciones Exteriores, 

Bogotá, noviembre 27 de 1914

Señor Director:

La guerra gigantesca que hace cuatro meses atormenta a varias naciones y aflige al mundo, gravita no solo sobre los beligerantes, sino que ha creado para los neutrales deberes delicados y molestos. Desde el primero hasta el último de los pueblos civilizados, todos encuentran en la neutralidad motivos de cuidados y erogaciones, tanto por la importancia de los respectivos deberes cuanto por los peligros que la inobservancia de estos pueda plantear en materia de ‘posibles reclamaciones futuras’.

No porque las autoridades públicas sean las únicas a quienes atañe el deber de no aborrecer ni hostilizar a los beligerantes; no porque la imparcialidad pueda coexistir con simpatías o antipatías más o menos explícitas; no porque la libertad de imprenta permita prácticamente todo género de publicaciones, puede admitirse que en estos asuntos sea lícito a la prensa apartarse de los que exigen la veracidad, la cortesía y la benevolencia.

La absoluta libertad de imprenta no extingue el deber de que se trata. Si hoy se empieza a reconocer que la cultura, la veracidad y la benevolencia obligan a los periódicos en punto de neutralidad, eso quiere decir que tales prácticas comienzan a ser un deber entre naciones; y si el derecho internacional forma parte de la legislación de todo pueblo, resulta claro que aquellos dictados de conveniencia son obligatorios a pesar de la prensa más libre.

Tampoco vale contra esta especie de doctrina el hecho de que la neutralidad pueda coexistir con la simpatía. Esto último es justo y aun necesario, pues un estado de indiferencia absoluta es imposible para la mente y para el ánimo. Pero las simpatías o antipatías pueden expresarse en la forma racional de la verdad, en la forma respetuosa de la cortesía y en la forma cristiana de la benevolencia.

Usted, Señor Director, interpretará fielmente el sentido de estas líneas que le dirijo obedeciendo a instrucciones del Presidente de la República y no verá en ellas un prurito de magisterio, sino una intensión encaminada a evitar al Gobierno reclamaciones dificultosas y a procurar en humilde grado que la paz sea en nuestra tierra aspiración tan efectiva, que sus alas cubran hasta las manifestaciones referentes a la neutralidad de nuestra Patria. Tengo el honor de suscribirme su servidor y compatriota

Marco Fidel Suárez

Circular. 

Ministerio de Relaciones Exteriores.

Correspondencia diplomática enviada por Hernando Holguín y Caro, ministro plenipotenciario en Francia y España al ministro de relaciones exteriores, Marco Fidel Suárez, donde le remite una fotografía de una bala dum-dum usada por el ejército alemán. París, 28 de septiembre de 1914. Colección Archivo General de la Nación.

 

Bogotá, 19 de abril de 1917

Señores Directores de periódicos partidarios de algunos de los beligerantes en el actual conflicto de las naciones

El día 27 de noviembre de 1914 dirigió este Ministerio a la prensa colombiana una circular cuyo objeto fue encarecer la moderación en las publicaciones referentes a la guerra, a fin de evitar que ellas pudieran quebrantar de algún modo la neutralidad social de la república.

Según este concepto, así como la guerra debe circunscribirse a los gobiernos y ejércitos y no extenderse a los pueblos, así también estos últimos, aunque autorizados naturalmente para manifestar sus simpatías han de hacerlo en forma moderada y culta para no ofender otras comunidades.

Aquel encargo fue hecho a la prensa neutral colombiana en obsequio a los extranjeros estantes o habitantes en Colombia y pertenecientes a naciones en guerra.

Ahora se trata de otro encargo dirigido, no ya a nuestra prensa neutral sino a la prensa fomentada o sostenida por dichos extranjeros, y de la cual exige el Gobierno colombiano que guarde en sus publicaciones la moderación que corresponde al mutuo respeto individual, a las consideraciones debidas al orden público y a la obligación de no perjudicar al Estado.

Los excesos de la prensa auxiliada o sostenida por extranjeros que se hallan en Colombia y que pertenecen a naciones beligerantes, además de encender los ánimos y perturbar el criterio, exponen a la República a que otros gobiernos la califiquen como negligente en materias de neutralidad e inclinada tal vez a ilícitas convivencias, lo que sería sumamente peligroso para Colombia en estos momentos.

No es justo, grato ni tolerable de parte de dichos periódicos corresponder a la hospitalidad que les da la República, causándole u ocasionándole semejantes perjuicios; ni sería prudente, digno ni permitido de parte del Gobierno tolerar una prensa que con sus desatentadas publicaciones pudiera perturbar el sosiego social y perjudicar la neutralidad colombiana en circunstancias en que ella es norma seguida por el Gobierno y condición fundamental de importantes derechos.

Ruego pues a Usted, cumpliendo órdenes del señor Presidente de la República, que fijando su atención en estas consideraciones, deduzca de ellas la obligación de observar en su periódico una conducta circunspecta y acorde con los deberes que obligan a los extranjeros para con el Gobierno y para con el pueblo. El Gobierno exige de usted moderación y cultura respecto de todos los habitantes de la Nación, sean nacionales o extranjeros, así como reclama consideraciones al orden social y a la neutralidad de la República. Y si esta advertencia no fuera atendida, las autoridades se verán en el caso de emplear los medios que la ley y su deber le indiquen para preservar los derechos relativos a la paz interna y a la seguridad exterior de la Nación.

Dios guarde a usted

Marco Fidel Suárez

Circular a  los señores Gobernadores

Señor gobernador:

Entre los puntos que más interesan a la República como Estado Neutral está lo concerniente a las comunicaciones radiotelegráficas por medio de aparatos puestos en territorio colombiano.

Aunque la materia se halla reglamentada por algunas Convenciones de La Haya, el gobierno de la República la considera sometida, por ahora exclusivamente a sus decretos y resoluciones.

Por una parte, aquellas Convenciones, aunque suscritas por Delegados de Colombia, no tiene para esta todavía fuerza legal por no haber sido aprobadas por el Congreso. Por otra, siendo nueva la materia, o por lo menos los efectos jurídicos de sus aplicaciones, la facultad de reglamentarla transitoriamente, de acuerdo con los principios generales y con autorizados ejemplos, es lo más conveniente y adecuado a nuestras circunstancias.

Tiene el Gobierno tres estaciones radiotelegráficas de su propiedad, que son las de la isla de San Andrés y las de Arauca y Orocué. La primera estuvo ensayándose durante algún tiempo; pero en atención a la dificultad de vigilarla constantemente para remover todo motivo de quejas o sospechas, ha sido cerrada y paralizada, trasladándose a tierra firme la parte más esencial de sus aparatos y estableciéndose para reemplazarla un correo marítimo entre el archipiélago y la Costa. Los telégrafos de Arauca y Orocué no han funcionado hasta ahora, porque sus aparatos solo pudieron ser despachados hace poco tiempo de Inglaterra, y por no haber podido montarse por falta de los expertos necesarios.

Hay también dos estaciones extranjeras situada la una en Cartagena y suspendida a principios de 1915 por la Compañía propietaria, que es de nacionalidad alemana; y la otra en Santa Marta, la cual ha estado y está funcionando al servicio de su dueño que es la Compañía Frutera, de nacionalidad angloamericana.

La estación de Cartagena estuvo al principio inspeccionada y vigilada por un radiotelegrafista oficial; y después de que su Compañía resolvió cerrarla, fue examinada, en nombre y representación del Gobierno, por un experto extranjero, quién declaró que toda comunicación había cesado y quedado imposible desde la estación de Cartagena.

Los buques mercantes de nacionalidad beligerante que se hallan asilados en nuestras aguas desde el principio de la guerra, y que tienen aparatos de radiotelegrafía, son vigilados por el experto oficial y por las autoridades locales, que les han impuesto la obligación de paralizar sus aparatos. A este efecto, se ordena que sean inspeccionados con frecuencia y que, si se juzga preciso, su maquinaria y útiles sean transportados a tierra total o parcialmente. En cuanto a los buques mercantes que entran en nuestros puertos, están obligados a bajar las antenas de sus telégrafos de modo que no puedan usar estos mientras permanezcan en aguas territoriales. Hay informes de que también funciona en un colegio particular de Cartagena un pequeño aparato destinado exclusivamente para la enseñanza de la telegrafía aérea, pero cuyo alcance es tan corto, que no puede aplicarse a comunicaciones marítimas. Obligado este Ministerio a continuar ejerciendo especial vigilancia sobre los telégrafos inalámbricos y a emplear todas las precauciones necesarias y posibles para evitar dificultades, responsabilidades y cargos contra la República, se ha entendido recientemente con la Legación de España en Bogotá para tratar de obtener en esa nación un técnico que al mismo tiempo sea oficial del ejército español.

Si este oficial se consigue, vendrá a la costa Atlántica como empleado del Gobierno con el objeto de cooperar en la inspección y vigilancia de los aparatos de radiotelegrafía, y podrá ayudar como militar en las expediciones que se despachen a visitar algunos puntos de la costa Atlántica. Respecto a la estación de Santa Marta, su inspección no está todavía reglamentada, aguardándose para hacerlo la llegada del experto español, y esperándose también la conclusión de posibles gestiones de que podría resultar la adquisición de dicho telégrafo por el Gobierno, en caso de que esto se juzgue necesario para mejor resguardar la neutralidad. Entonces el uso de la estación quedaría reducido a las comunicaciones comerciales, que de ese modo no padecerían menoscabo.

Una de las principales obligaciones de las autoridades a este respecto es considerar cualquier aviso, indicio o sospecha que puedan ofrecérseles respecto del funcionamiento clandestino de los aparatos conocidos o respecto de aparatos que puedan hallarse instalados ocultamente en las poblaciones o fuera de ellas. Inmediatamente que reciban aviso del funcionamiento clandestino de tales aparatos o que puedan considerar ese hecho como probable, procederán las autoridades con especial actividad a hacer las averiguaciones por medio de agentes de confianza, que se despacharán si fuera necesario a los lugares distantes. Es naturalmente entendido que al Gobierno no le corre responsabilidad alguna por la existencia o funcionamiento de esos aparatos al ser descubiertos, siempre que no haya negligencia en atender las denuncias y en obrar de acuerdo con los de las autoridades, las cuales representan al gobierno en la obra de vigilar atentamente todo lo que pueda comprometer su neutralidad respecto de los beligerantes, y en la defensa de sus derechos como gobierno neutral.

El Excelentísimo señor Presidente de la República ha dispuesto que el presente informe y las instrucciones que acabo de exponer sean comunicadas a esa Gobernación y agradecerá la atención que a ella se sirvan prestarles. Dios guarde a Usía.

Marco Fidel Suárez

Correspondencia diplomática enviada por Gustavo Michelsen, ministro plenipotenciario en el imperio alemán y el reino de Dinamarca al ministro de relaciones exteriores, Marco Fidel Suárez, donde le relata las imposibilidades que han tenido para abastecerse de víveres y artículos. Berlín, 22 de mayo de 1916. Colección Archivo General de la Nación.

 

 

Marco Fidel Suárez
Bello, 1855 – Bogotá, 1927

Como ministro de relaciones exteriores de Colombia, en el período de la Gran Guerra, Marco Fidel Suárez tuvo que conducir la neutralidad de nuestro país en la contienda y enfrentar protestas, tanto del gobierno británico como del alemán, que acusaban al país de haber roto su neutralidad. Colombia experimentaba sentimientos ambiguos frente a Estados Unidos, pues si bien se reconocía como parte de la órbita de la poderosa potencia, aún persistían las heridas por el despojo de Panamá, con la consecuente animadversión hacia los ‘yanquis’. Nacido en la pobreza, hijo natural de una lavandera y habiendo sido rechazado por el catolicismo para ser sacerdote, debido a su condición familiar irregular, Suárez se convirtió en un literato de renombre, miembro de las academias de la lengua, colombiana y española, historiador y hombre de vasta cultura. Como miembro del Partido Conservador fue Presidente de la República durante el período 1918–1921 y ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores en distintos gobiernos del período de la Regeneración (1886–1902). En 1895, el 15 de agosto, contrajo matrimonio con Isabel Orrantía y Borda, prima de Miguel Antonio Caro y perteneciente a una aristocrática familia bogotana. En 1913, Suárez presidió la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, encargada de redactar un proyecto de tratado con los Estados Unidos para regular las relaciones entre los dos países, deterioradas después de Panamá. El 6 de abril de ese mismo año se firmó un tratado en nombre de Colombia, por Francisco J. Urrutia, y en el de los Estados Unidos, por el ministro Taddeus A. Thompson. La firma dividió la opinión de los colombianos hasta 1922 y tuvo una importancia decisiva en la vida política de Suárez.