19 de octubre del 2019
 
Sangre o pan. Otros están dando su sangre, usted puede acortar la guerra. Salve vidas si usted come solo lo que necesita y no deperdicia nada Litografía de Henry Raleigh, ca. 1917. Colección Library of Congress, Washington, D. C.
Junio de 2015
Por:
Lina Constanza Beltrán B, Arquitecta, Pontificia Universidad Javeriana. Magíster en restauración de monumentos arquitectónicos y profesora, Pontificia Universidad Javeriana.

LA GRAN GUERRA Y EL NUEVO SENTIDO DE LA VALORACIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL

La devastación y el impacto  en las huellas del pasado…

En 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, gran parte de la humanidad se vería impactada en su cotidianidad por las transformaciones sociales que este hecho generó. En un tiempo relativamente corto, la nueva geografía del mundo y la nueva forma en que se le percibía, transformó los valores culturales y con ello se resignificó buena parte de los objetos artísticos, arqueológicos y arquitectónicos que identificaban a los pueblos.

Leche gratis para Francia. Litografía de Francis Luis Mora, ca. 1918. Colección Library of Congress, Washington, D. C.

 

Los cambios no se hicieron esperar, el enfrentamiento llevó a la formación de nuevos nacionalismos que transformaron la forma en la que se había apreciado la cultura. A corto plazo, la guerra significó que cada nación resignificara sus valores culturales a través de la música, la literatura y el arte, dando mayor peso a aquellas piezas que exaltaran la nacionalidad y excluyeran o denigraran al enemigo; en cuanto a la pintura, las obras que anteceden a la guerra, se convirtieron en piezas revitalizadoras del poderío de los imperios, fortaleciendo una imagen heroica y romántica de la guerra. En la arquitectura, las formas tradicionales de construir en cada región exaltaron los valores de la nacionalidad a través del lenguaje arquitectónico y urbano; espacios públicos como las plazas y las estaciones de tren, adquirieron nuevos significados como símbolos de unión y como emblemas de esperanza frente a la confrontación, convirtiéndose en los sitios de comunicación y congregación para la población civil.

La Gran Guerra superó el espacio europeo y llevó a la confrontación de colonias en África, en donde las consecuencias y la nueva geografía geopolítica condujeron a la división de territorios culturales definidos por prácticas de usos alejadas de las fronteras trazadas por los estados implicados en la guerra, estas solo fueron demarcadas desde una visión de producción de materia prima, que no tenía en cuenta a la población. 

Con una duración mayor que la estimada, la Primera Guerra produjo daños en los poblados más cercanos a los campos de batalla, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial en donde los bombardeos aéreos destruyeron ciudades enteras, el uso de los cañones de largo alcance arruinó gran parte de la arquitectura menor, en este caso, no fue una destrucción sistemática de los grandes monumentos históricos y artísticos, sino objetivos militares representados en las torres de iglesias y espacios de aprovisionamiento de las fuerzas armadas.

Efectos y alteración de la cotidianidad y en el patrimonio cultural

Vista de las ruinas del pueblo y la catedral St. Quentin, Francia. Photo: Lt. Edward O. Harrs. Tomado de: http://peace-league.com/en/portfolio-view/god_and_war/

 

Para este momento, la transformación social fue visible a través de las alteraciones de la cotidianidad, los continuos enfrentamientos y la obstrucción de las comunicaciones aisló comunidades enteras; el alistamiento de la población masculina hizo que la mujer pasara a ser un miembro activo en las líneas de producción, y entró a conformar un papel determinante en la sociedad. Estos hechos llevaron a desequilibrar la cotidianidad y a pensar nuevas formas de responder a las demandas de una sociedad bélica, en primera instancia la necesidad armamentista llevó a fortalecer las fábricas de municiones y a emplear mano de obra femenina, pero por otra parte el desabastecimiento de alimentos (los hombres en los campos fueron llevados al frente de batalla y se aisló a las grandes ciudades) llevó a una racionalización de las comidas y, con el paso del tiempo, esto generó una serie de alteraciones en la vida urbana que hicieron repensar la forma de ver el mundo. 

Este espíritu renovador permitió emprender una reflexión en torno al patrimonio histórico y artístico. Los monumentos históricos, lo pintoresco y romántico, característico del siglo xix, dieron paso a la valoración de diversas huellas que representaban a la sociedad y no solo a las élites. Después de la Primera Guerra Mundial se reconoció el valor de la arquitectura menor y con ello se identificó un patrimonio en las ciudades y aldeas.

Ruinas de Ypres, 1914–1918. Colección Library of Congress, Washington, D. C.

 

Para el inicio de la Guerra el ambiente cultural europeo se debatía entre corrientes progresistas asociadas a la producción industrializada y corrientes culturalistas como reacción a la producción en masa. En la arquitectura esta condición se vio reflejada en dos aproximaciones, por un lado los movimientos derivados de los arts and crafs impulsarían el Art Nouveau o Jugendstil, que retoman el diseño tanto del espacio arquitectónico como de los objetos que lo enriquecen y, por otro, el desarrollo de la arquitectura con materiales industrializados que suponían el uso de nuevas tecnologías para la construcción de tipologías edificatorias con las posibilidades que daban materiales como el acero y el hierro.

En el período posterior a la guerra, se desarrolló un lenguaje racionalista a partir de las formas geométricas básicas, alejada del lenguaje formal propio del siglo xix e inicios del xx, caracterizado por el uso de las formas orgánicas y clásicas para su ornamentación. En cuanto a la ciudad, los espacios vacíos empiezan a ser usados como granjas urbanas ante la escasez de alimentos, barrios enteros son transformados y adaptados para las necesidades de la población. 

Las reconstrucciones y el patrimonio arquitectónico y urbano…

El período posterior a la Primera Guerra Mundial se vio enmarcado por nuevas ideologías que pusieron en riesgo las democracias y monarquías, por un lado, la aparición del fascismo como un Estado totalitario y de los movimientos obreros que suponían los dos extremos de ideologías y que llevaron a un acrecentado temor de las clases medias, que sin tomar partido se veían amenazadas. 

En la década de los veinte, se empezaba a vislumbrar un auge económico impulsado principalmente por la economía norteamericana, acelerada por la industrialización del petróleo, el acero y la electricidad. Esta bonanza, permitió a Europa la puesta en marcha de planes de reconstrucción e impulsó el crecimiento de las ciudades europeas y de sus colonias. 

Barracas de la Primera Guerra Mundial en Cinque Torri, en los Alpes dolomitas, en Italia. Hoy se conservan, incluso, como parte del patrimonio, diversos vestigios de la guerra. Fotografía shutterstock

 

La transformación en el territorio no se hizo esperar. Las nuevas fuentes de energía, las nuevas formas de organización del trabajo (Taylor y Ford) y la concentración de capitales condujeron a nuevos planteamientos en la organización del territorio, y a la función que tendría cada uno de sus componentes para el funcionamiento de un sistema productivo. De esta forma, se re-evaluaría la forma tradicional en que se habían estructurado los valores culturales, la forma en que se habían determinado las categorías y objetos o edificios que hacían parte del patrimonio arquitectónico y artístico de los pueblos; así como las formas en que deberían ser intervenidos para su conservación. 

A su vez, las fuertes migraciones que caracterizan este período, trajeron consigo sentimientos de arraigo y una actitud conservadora de los grupos tradicionales que llevaban a segregar a la nueva población de inmigrantes, haciendo más difícil su reconocimiento y la conservación de sus prácticas culturales.

En cuanto a la protección del patrimonio artístico y arquitectónico, la guerra dejó un alto grado de destrucción y de abandono de ciudades y aldeas, fue notoria la destrucción física de torres de iglesias, de la arquitectura menor. Por su parte, la fundición de objetos para la fabricación de armamento también supuso una pérdida de valiosas piezas y de colecciones de arte, que para ese momento no gozaban de protección. Una vez finalizadas las acciones bélicas y haciendo un balance de lo acontecido, se complementaron las acciones de reconstrucción a partir de teorías provenientes del período que antecede a la Guerra. 

Por primera vez disciplinas como la arquitectura, la ingeniería y la arqueología permitieron una mayor comprensión de este tipo de patrimonio, figuras como Camillo Sitte, Camillo Boito, Gustavo Giovannoni y/o Alöis Riegl, hablaron de la importancia de las huellas del pasado y el reconocimiento de los centros urbanos como contenedores de la historia de las sociedades urbanas, se habló de restauraciones estéticas, científicas, históricas, reconstrucciones de los grandes monumentos y categorías o niveles de intervención. Se piensa en los tiempos de respuesta y la re-significación de los elementos destruidos a través de ideas que incluyen la recuperación del patrimonio urbano, la restauración, la sustitución y la renovación; dada la urgencia en acometer estas acciones fue el período en el cual se aportaron mayores estrategias para la intervención de la arquitectura y la ciudad. 

Esta situación, hizo urgente la elaboración de inventarios que permitieron la catalogación y el nivel de urgencia en la intervención; catalogaciones de lo que representaba la nacionalidad y lo familiar, con un interés inicial de volver a dotar a la población de sentimientos de arraigo. 

Las trincheras han sido también objeto de reconstrucción y preservación, como parte de la memoria histórica. Fotografía shutterstock

 

A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, en donde el nivel de destrucción física fue mayor por los continuos bombardeos o ataques aéreos, la Primera Guerra supuso una destrucción más focalizada, en donde los sitios altos o torres que servían para los francotiradores, eran destruidos sistemáticamente junto con las edificaciones que podían servir de aprovisionamiento. Las prácticas de la reconstrucción del período posbélico llevaron a intervenciones puntuales, en las cuales la restauración debía realizarse en idénticas condiciones de la original a través de procedimientos como la anastilosis. Esta condición era muy propicia porque afianzaban de nuevo a la población con la imagen de antes de la guerra. Corrientes de pensadores como Gustavo Giovannoni, empezaron a plantear que los asentamientos urbanos contenían, al igual que la arquitectura, valores de uso y museales lo cual llevó a incluir el concepto de patrimonio urbano para la protección de los centros históricos y su reconstrucción.

Este tipo de intervenciones propició la creación de espacios idealizados que intentaban reconstruir el alma de los lugares, la reconstrucción inventiva, y que apostaba por la puesta en escena de las ciudades. Este proceso trajo consigo corrientes detractoras que buscaban la renovación de las ciudades como en el caso del Plan Voisin (1925) de Le Corbusier, que buscaba una nueva imagen, moderna y funcional, de la ciudad acorde con el papel innovador de las nuevas técnicas del transporte y la comunicación. 

Para este momento de reconstrucción, y después de analizadas las principales transformaciones en la cotidianidad y la vulnerabilidad del funcionamiento de las ciudades por su dependencia con el campo (en la guerra fue fácil lograr la ruptura de estas relaciones con el territorio), la visión frente a la protección hizo reconocer como valores culturales y patrimoniales una gran cantidad de objetos y prácticas culturales que fortalecieron la relación entre el campo y la ciudad, incluso se comenzó a dar mayor valor a la arquitectura menor frente a los grandes palacios característicos del siglo xix. En la arquitectura esta nueva visión del mundo impulsó la creación de nuevos lenguajes arquitectónicos mucho más racionalistas, de acceso a todos y con mayores posibilidades para la creación de unidades de vivienda sin antecedentes en la historia urbana.

En este marco de posguerra un grupo de intelectuales y pensadores promueve la elaboración de la Carta de Atenas de 1931, en la que se involucraron todos los estados defensores de la civilización para velar por la protección del patrimonio artístico y arqueológico de la humanidad, adicionalmente recomienda reconocer en las edificaciones toda huella de su historia, respetando los diferentes momentos a los cuales se ha ido adaptando la edificación. 

Con estos hechos es notoria la mundialización de los valores culturales que ya no eran un tema aislado sino de competencia de todos los estados. Los descubrimientos hechos desde la arqueología y el perfeccionamiento de la historia, amplió el campo cronológico en el que se inscribe el patrimonio cultural y con ello se promovió la democratización del saber desde el reconocimiento de la diversidad.

A modo de conclusión…

Las implicaciones de la guerra van más allá de la destrucción inmediata del entorno, inciden en el desarrollo y las libertades individuales. Antes de la Primera Guerra Mundial existían unos altos índices de libertades individuales, ahora el mundo conoce nuevas amenazas y limitaciones que impulsaron nuevas formas de control y de habitar el planeta. La Gran Guerra hizo aflorar sentimientos nacionalistas que transformaron la visión decimonónica de lo que se llamaba patrimonio artístico y arquitectónico.

En América este período, posterior a la Primera Guerra Mundial, significó una transformación en la legislación cultural. La Carta de Atenas, como primer documento internacional relacionado con la protección de los vestigios el pasado, validó el interés particular de los países de la zona en la producción de inventarios y catalogación de bienes que enriquecían la historia del continente, y con ello la forma de valorar este conjunto de bienes pasó de una visión eurocéntrica a una local en la que se pretendía fortalecer la historia del arte y la arquitectura en nuestro continente. 

Bibliografía 

Carta de Atenas. Para la conservación del Patrimonio artístico y arqueológico de la Humanidad, 1931. 

Choay, Francoise. La alegoría del patrimonio, Barcelona, Gustavo Gili, 2007 [1ª. ed. 1992]. 

Giedion, Sigfried. Espacio, tiempo y arquitectura. Origen y desarrollo de una nueva tradición. Barcelona, Editorial Reverte, 2009 [1ª. ed. 1941].

González-Varas, Ignacio. Conservación de bienes culturales. Teoría, historia, principios y normas. Madrid, Manual Arte Cátedra, 1999.

http://www.forumeerstewereldoorlog.nl/viewtopic.php?t=18731 [Blog realizado en memoria de Marcel Dacis (1896–1979), primer sargento de guerra voluntario 2° Regimiento de Carabineros ii batallón 8va. Compañía 1915–1918] (Consultada: julio 2014). 

Renouvin, Pierre. La Primera Guerra Mundial. Globus, 1994.

Zweig, Stefan. El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona, Acantilado, 2011 [1ª. ed. 1976].