Siglo XIX. Óleo atribuido a José Celestino Figueroa. Colección Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.
Agosto de 2012
Por:
Natalia León Soler y Juan Camilo Rodriguez Gómez

LA FATÍDICA MUERTE DE “LA RECTORA”

Luz de Obando, amante del canónigo Rosillo

En 1789 se vieron por primera vez Luz de Obando y el cura Andrés María Rosillo y Meruelo (1758-1835), cuando fue designado párroco de Simacota. Bien podría decirse que comenzó un amor a primera vista a pesar de ser ella su sobrina. El vínculo familiar no fue impedimento para la relación con su hermosa pariente, quien también respondía a sus insinuaciones de amor.

Las noches eran testigos de este secreto romance. Luego del rosario, el sacerdote se escabullía por entre las sombras para visitar a su amada y declararse el más profundo sentimiento. Este secreto no duró mucho, pues en pueblo chico toda historia se sabe, y más si el protagonista es el sirviente de Dios. El rumor empezó a propagarse entre los habitantes de Simacota. Al saberlo, Rosillo le propuso a doña Luz que se casara con el solterón don Francisco Rangel, distinguido hombre, entregado a Dios, quien sería la víctima apropiada para acallar los rumores sobre sus encuentros furtivos en la oscuridad de la noche. Convencida, en poco tiempo el mismo Rosillo los unió en santo matrimonio. Si bien Rangel y el cura habían creado una fiel amistad debido al continuo paso del primero por el confesionario, le surgieron inquietudes por las incesantes visitas del religioso a su casa, en especial mientras se encontraba de recorrido por sus propiedades rurales.

El matrimonio de la Obando y Rangel curiosamente llegó a la separación por acción del mismo que había tramado la unión. Ahora, en su cambio de estrategia, la convenció de que ese no era el hombre que le convenía y doña Luz solicitó el divorcio, abandonó a su esposo y volvió con descaro a la casa de Rosillo, sin hacer caso a los rumores, sin tener precauciones con los murmullos y, en especial, sin temor a denuncia alguna. Rosillo fue trasladado al curato de Fómeque, lo que obligó a doña Luz a retornar a su casa junto a su esposo Francisco Rangel. Sin embargo, ella no tuvo impedimento para volver a abandonar a su marido y aparecer en Fómeque viviendo en la clandestinidad, obviamente con el cura Rosillo.

En Fómeque, la sobrina y su tío cura mantuvieron el escandaloso romance. Además, montaron un alambique con el que contrabandeaban aguardiente. Se dice que a ciertas horas de la noche de la casa del cura salía olor a alcohol. Los rumores por sus trabajos etílicos lo condujeron a ser demandado por don Ignacio Beltrán, vecino importante del pueblo. Por este hecho fue trasladado a Santafé a donde se llevó a doña Luz. Instalado en la capital del virreinato “se le nombra rector del Colegio de Santo Tomás, la lleva allí, le entrega el manejo de las rentas y la hace dueña de lo económico de la casa con tanto descaro y abandono que los colegiales y toda la ciudad solo la reconocían con el nombre de La Rectora”.

El escándalo llegó a oídos del arzobispo don Fray Fernando del Portillo, quien mandó llamar a Rosillo y al preguntarle por “La Rectora” este respondió: “Chismosos, envidiosos, si es mi sobrina la que me acompaña”. En ese momento la suerte acompañó la vida de Rosillo, pero no la de doña Luz. El arzobispo del Portillo murió sin dar respuesta sobre la situación de Rosillo y entre tanto Francisco Rangel puso una queja formal ante la curia, la cual fue recibida por don Juan Bautista Pey, quien no dudó en decretar la reducción de doña Luz en el hospicio. Pey entabló también sumario contra Rosillo y envió el caso a la audiencia, pero el hábil cura a fuerza de artimañas hizo que su investigador renunciara y el asunto pasara a manos de su amigo de confianza fray Domingo Duquesne. Este escándalo continuó enredándose. Por un lado, los investigadores demoraban el proceso y se daba el descaro de que el mismo Rosillo redactara los textos de quienes lo investigaban; por el otro, y sabiendo lo anterior, el humillado esposo acudió ante el virrey Amar y Borbón que, enterado de todo el proceso y la forma como estaban respondiendo los investigadores, ordenó confinar a doña Luz de Obando en la Villa de Leyva.

Con la disculpa de ofrecer oficios religiosos durante una festividad en Villa de Leyva, Rosillo visitó a doña Luz en sus nuevos aposentos, pero la noticia del regreso de Juan Bautista Pey, ahora como gobernador del Arzobispado lo obligó a volver lleno de temores. A los pocos días del regreso de Rosillo a Santafé, relató el burlado esposo Rangel, “aparece muerta repentinamente mi esposa en la capital, en la misma casa del Magistral (Rosillo), cuando estaba confinada en Leyva y no podía salir de allí sin incurrir en la excomunión”. No faltarían quienes dijeran durante el proceso que se había dado muerte a doña Luz “para poner término a la causa que en la circunstancia en que se hallaba ya le prepara sus pésimas consecuencias” a Rosillo, como lo hubiera sido el conocimiento por parte del rey.

Se tejió también la hipótesis de que el marido engañado hubiera urdido el asesinato de su esposa para achacárselo a Rosillo en una sutil venganza. En todo caso este crimen es una buena muestra del entramado de intrigas políticas y judiciales desatadas por un lío pasional a finales del siglo XVIII. La inquietante y turbulenta vida de Rosillo apenas comenzaba. Será luego rector del Colegio del Rosario, conspirador y prócer de la independencia y líder del “Cisma del Socorro” para tener su propio obispado. Durante la reconquista española fue apresado y llevado a Valladolid donde permaneció encarcelado hasta 1820 cuando la revolución de Riego le abrió las puertas de la libertad y del retorno a Colombia. Así fue siempre la vida del canónigo Rosillo, escapó de la acción de la justicia y le dio la vuelta a las situaciones adversas en los momentos más inesperados, a la manera de un “Fouché criollo”. •

Natalia León Soler y Juan Camilo Rodriguez Gómez

FUENTE: Rodríguez Plata, Horacio. Andrés María Rosillo y Meruelo. Bogotá, Editorial Cromos, 1944.