Agosto de 2016
Por:
Credencial Historia

LA CUARTILLA DEL LECTOR

Una de las mayores catástrofes en la salud pública de Bogotá y la sabana durante la colonia fue la llamada “epidemia de tabardillo” o “peste de Santos Gil”, que se desató entre los años de 1630 y 1633 abarcando una extensa región y llegando incluso a Tunja, Pamplona y Cartagena. Se trataba del tifo y la fiebre tifoidea, enfermedades que se calcula causaron la muerte de cuatro quintas partes de la población indígena, cerca de 20.000 personas, además de muchísimos muertos en Bogotá. El nombre de “tabardillo” se originó en un “casacón ancho y largo llamado tabardo, que se ponían a los que llevaban a ajusticiar, y que esmaltado de puntas moradas se usó en algunas provincias de España” (José Félix Merizalde, 1865). Esas puntas moradas del casacón se asimilaron a las supuraciones de los enfermos que padecían el tabardillo. En cuanto a Santos Gil, era el nombre del “escribano real público” que protocolizó el creciente número de testamentos que desató la epidemia, muchos de los cuales lo beneficiaron.

El lector Ernesto Parra Lleras envía la siguiente descripción de lo que se padeció en Bogotá durante los años de la peste, según el conmovedor y espeluznante testimonio que en la época escribió un sacerdote de apellido Hazañero:

“El principio era lo común de fríos y calenturas, y en dos días la enfermedad hacía rapto a la cabeza, privando totalmente del juicio a las personas. Dejo el postrarse de suerte que hacían ineptos para ayudarse, las desganas de comer, ciertos hastíos, horribles vómitos y ansias, el cuerpo estropeado, la cabeza condolida, sin poderse ni aún volver en la cama, decaecimiento del corazón, molidos los huesos, la garganta llagada, y los dientes y las muelas danzando, y todo el hombre ardiendo con la fiebre y loqueando con notables frenesíes; estando las cosas con tantos locos como había enfermos, de curar el alma, inútiles para admitir la medicina del cuerpo... si alguno escapaba de estos rigores, quedaba por mucho tiempo lisiado de los sentidos sin poder hallar convalescencia; algunos tullidos, otros contrahechos, muchos sordos, y los más sin memoria alguna de las cosas de la vida, olvidándose hasta de las oraciones más comunes, del padre nuestro y el ave María. No había contagio como éste. Pegaba de solo llegar al enfermo, tocarle, de respirar el aire de la sala y aún de la cuadra en la que estaba. Los vestidos, las camisas, las camas, la ropa y platos de su comida, todo quedaba infectado... Nadie escapaba de su rigor, ni el pobre ni el rico... Entraba en las familias y luego de llevarse la mayor parte, la demás la dejaba tal que ni estaba para servirse, sino para llorarse, unos caían, otros convalescientes, y todos impedidos para socorrerse unos a otros... Era ver a los padres en una cama y a los hijos en otra, y la gente de servicio tendidos en las salas... Dudo que haya quien pueda declarar el número de muertos, porque eran tantos que no había lugar en las parroquias para sepultados, amontonando a muchos en los sepulcros y confundiendo los entierros de las casas. Llegó a tanto la falta de los vivos, que por no poder acompañar al funeral, echaban de noche los difuntos a la calle, exponiéndolos a la misericordia de los piadosos. No amanecía día en que no se hallasen a las puertas de las iglesias, parroquias y conventos y monasterios, de cinco a seis amortajados. Y a veces sucedió hallar a todos los de la familia difuntos, y todos los cuerpos de ella llenos de corrupción sin haber en toda la casa quien sembrase ni quien diese aviso de la mortandad... Acrecentó esta gran calamidad una gran hambre y falta de lo necesario... no había quien sembrase ni quien cogiese. Los hombres flacos, macilentos, descoloridos, hechos una estampa de la muerte, que no parecía sino que se sentían ya las vecindades del día último de los tiempos”.

Andrés Soriano Lleras. La medicina en el Nuevo Reino de Granada, durante la Conquista y la Colonia. Imprenta Nacional, Bogotá, 1966, páginas 68-71.