13 de noviembre del 2018
 
Panorámica de Salamina, Caldas.
Diciembre de 2017
Por:
Hernán Giraldo Mejía, Arquitecto. Profesor Titular y Emérito, Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales.

LA CASA EN LA COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA

Se trata aquí de dar una visión sencilla y lo más completa posible de la vivienda, a manera de divulgación patrimonial, dentro del fenómeno de la colonización antioqueña y de su proceso a través de casi dos siglos, en un territorio de por sí tan amplio como estratégico; complejo por sus diversas ocupaciones poblacionales y condiciones ambientales, las cuales todavía tienen como marco urbano de sus edificios primarios a la vivienda, ese fenómeno de la colonización antioqueña.

Patio central, casa Salamina, Caldas.

 

Sus artífices fueron un sinnúmero de hombres y mujeres, la mayoría de ellos anónimos, pero de gran demanda por sus aportes y conocimientos, así se conforma una cultura dentro de un hábitat propio, hoy identificado y valorado como parte integral, al menos en su arquitectura, de la historia de Colombia. 

Contexto histórico

A finales del siglo xviii se inicia una corriente migratoria desde el oriente del departamento de Antioquia que se lanza a explorar otras oportunidades de vida, primero con la guaquería, luego con la explotación y comercio de la minería, hasta llegar a nuevas tierras para extender la frontera agrícola, entre otras razones.

Avanza mirando al sur, entre las cordilleras Central y Occidental, cubiertas en su mayoría por volcanes nevados, selvas vírgenes, y sobre los lomos de sus estribaciones entre cañones, llanuras y ríos, apenas bautizados por la presencia anterior de los asentamientos indígenas en un vasto territorio ocupado por las culturas Quimbaya, Pijao e incluso Calima, o por el paso por las tierras de concesiones y otras posesiones desde la época colonial. 

Este territorio corresponde en la actualidad al suroeste de Antioquia, noroccidente del Tolima, norte del Valle del Cauca y la región central y es conocido como el Eje Cafetero formado por los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío. 

Este proceso migratorio está lejos de ser una novela rosa por las diversas vicisitudes, despojos, violencias y olvidos; aupado más adelante con las mezclas de otras migraciones, la ocupación de sus tierras, de regiones encontradas como la caucana y tolimense o la migración cundiboyacence.

Como consecuencia de esta dinámica de poblamiento, de casi dos siglos, se tiene como resultado la fundación de más de un centenar de pueblos, junto con veredas y caseríos, y la conformación desde entonces de una nueva experiencia multicultural, reconocida desde la mitad del siglo xx como la colonización antioqueña. Fenómeno singular por sus experiencias socioeconómicas y ambientales; generador y enriquecedor de otro hábitat en el que se destacan como manifestaciones su arquitectura y urbanismo, expresiones socioespaciales únicas que se convierten en un aporte al conjunto patrimonial colombiano que la Unesco reconoce en 2011, en su aspecto integral, como el Paisaje Cultural Cafetero Patrimonio de la Humanidad. 

La vivienda

Las primeras viviendas o refugios se dan dentro de la lógica de una espacialidad meramente utilitaria de resguardo o protección frente al medio ambiente hostil por su clima, plagas y fieras; mientras se toma posesión, se abre parte del “claro” en la montaña negra y se obtienen los primeros excedentes de la incipiente producción de la roza de maíz, frijol y algunos animales domésticos. Una evolución larga y dispendiosa para la consolidación de un verdadero hábitat en el proceso de “colonización”, de allí que durante mucho tiempo estos cobijos fueran más unas construcciones bastante espontaneas y sencillas, que una verdadera arquitectura. 

Estos cambuches se asientan a la vera de los caminos y en los futuros marcos de los terraplenes, que darían paso a las plazas, ya institucionalizadas con la presencia de chozas y capilla de vara en tierra, cuyas paredes en urdimbre se tejen y se amarran con bejucos a manera de canasta. Se destaca en la región la abundancia de la bambusa guadua, material que conduce a la lógica de una práctica constructiva universal, que también es utilizada en la tradición de la espacialidad indígena desde tiempos primigenios: el bahareque. 

La segunda mitad del siglo XIX es una época en la que coinciden en la región central del país un “enjambre o racimo” de temblores y terremotos, circunstancia en la que el bahareque demuestra sus verdaderas dimensiones y bondades pues después de los temblores los pobladores de Manizales observan que las construcciones que permanecen en pie son precisamente las construidas en bahareque, por lo cual a esta técnica se le denomina como estilo temblorero. 

El patio 

“El patio: la plaza de la casa” 

Darío Ruiz G. 

En el esquema espacial de la vivienda el patio ha sido un elemento universal, desde las más antiguas culturas como Egipto y Roma, hasta llegar desde España al Nuevo Mundo. Es por ello que lo encontramos como parte integral en la tipología de la casa de la colonización antioqueña. Este patio se manifiesta como un espacio tridimensional articulador, en torno al cual gira el resto de la casa, su dinámica familiar y social, la relación con el medio ambiente –sol, luz, aire, visuales, etc.

Es entonces el patio “la plaza de la casa” que, junto con los corredores, puede comportarse como un complejo microurbano, donde circular crea un tipo muy definido de utilización del espacio, que hace surgir un concepto de organización vial. Si aceptamos lo anterior, el corredor es una calle, es la calle de la casa, lo que hay de público en ella. 

Es su esquema tipológico más completo e ideal, el cuerpo longitudinal que conforma el volumen de la casa –con cubierta en teja de barro a dos pendientes o aguas, y que contiene las piezas– rodea el perímetro del patio mediante los corredores –con su estructura de las columnas y chambranas–, se conforma así una galería a veces en forma de claustro o tipología en O, aunque también se da en U, L y en I. 

El comedor 

Cancel de comedor. Salamina, Caldas.

 

Solo hay un espacio categorizado y definido en la casa que puede verse como patriarcal/familiar: el comedor, que es siempre ceremonial y de carácter masculino, presidido por el padre en la cabecera principal de la mesa, en las horas de comida o en las reuniones familiares. 

Este espacio muestra su simbolismo con un cancel* compuesto de marco y puerta, todo el conjunto hecho con maderas finas y tallas o calados recreados con gusto y profesionalismo por los artesanos, ebanistas y carpinteros, que se han instaurado como verdaderas escuelas, entre ellos los maestros Eliseo Tangarife en Salamina, Gabriel Orrego en Manizales, o el Taller de los Hermanos Carvajal Q. en Envigado, Sonsón y Manizales.

La marquesina

En algunos casos el patio se cubre con la marquesina; más adelante se aprovechan los nuevos materiales y se coloca una estructura de madera y/o metálica con cubierta de vidrio, así el patio se habilita las 24 horas del día. Hacia la mitad del siglo xx se avizoran nuevos espacios –para nuevas costumbres sociales– como el vestíbulo o hall, al que se le conoce coloquialmente como “el patio de adelante”.

*Cancel: m. Armazón de madera que se pone delante de las puertas de los edificios, por la parte interior, para impedir la entrada del viento. Pequeño Larousse (1991).

 

El patio de atrás/solar 

Siempre llevados por el corredor, hacia la parte de atrás de la casa, se ubican la cocina, los servicios sanitarios, el lavadero, cuarto de reburujo, etc. Hacia el fondo del predio está el solar, como antecedente rural, donde se encuentran la huerta de “pan coger”, los árboles frutales y los establos para los animales, que tienen acceso independiente desde la calle por el zaguán de bestias. Este solar, junto con los de las demás viviendas, conforma el núcleo de manzana como elemento central verde, característico y esencial en la lectura de la morfología urbana en la ciudad del bahareque. Este espacio verde se puede subdividir, el más lejano a la casa es el solar, y al contiguo se le llama familiarmente “el patio de atrás”.

La vivienda como marco urbano

La imposición y el logro de la retícula con las manzanas sobre los lomos montañosos, sus fuertes pendientes, van armando poco a poco este tablero de ajedrez, con una suma de arquitecturas institucionales, pero mayoritariamente con viviendas; que redundará favoreciendo un urbanismo de ladera, con estructuras livianas y sismorresistentes de bahareque.

El alero sobresale sobre la fachada como prolongación del techo en teja de barro y la estructura de guadua o madera; es, sobre todo, utilitario, pues da protección tanto al edificio mismo construido en bahareque, como al andén como elemento intermedio entre la casa y la calle, por donde circula el peatón.

Sector central Salento, Quindío.

 

El balcón 

Puede tomarse como la prolongación de las vías de los corredores internos hasta convertirse en su espacio exterior. Unas veces la casa “mira” hacia la calle y otras la calle “mira” hacia la casa; su acceso es controlable con recursos como la puerta ventana y sus postigos. El balcón puede sobresalir o no sobre la fachada, pero siempre es transparente en la baranda exterior, conformada por la chambrana, y los más sofisticados con canastas de madera o metálicas de diversos diseños. El balcón es el espacio de transición por excelencia entre las esferas privada y pública. 

El portón se destaca en la fachada por sus proporciones y decoración en tallas sobre los marcos, tras el cual se entra a la vivienda a través de un zaguán, que termina en un contraportón con calados de madera que dejan entrever la luz del patio. 

Casa en Salento, Quindío.

 

El zócalo es una franja de color con superficie más dura o áspera, que sirve de protección a las inclemencias del tiempo y oculta las suciedades; elemento visual que remarca la base de la casa, asentándola y amortiguándola sobre el piso del andén, además le confiriere calidad y armonía a la perspectiva urbana de las cuadras, en la identidad de la calle.

Portón en madera ricamente ornamentado. Casa de la Cultura, Salamina, Caldas.

 

Aleros y balcones sobre la calle en las casas de Circasia, Quindío.

 

RECUADROS

La calle, como las casas se enfrentan a terrenos agrestes, de fuertes pendientes y climas húmedos, condiciones necesarias, para en su adaptación llegar a convertirse en una arquitectura “todo terreno” y dar lugar a un nuevo paisaje, abundante en amplias vistas tanto cercanas como lejanas, con el apoyo de los corredores en las casas que, a manera de gallineros, se superponen unos encima de otros, al borde de los solares. No hay obstáculos pues, con la adaptación de los estilos del bahareque  en el urbanismo de ladera.   

Panorámica de la vereda de Pueblo Rico, Neira, Caldas.

 

Bajando hacia el sur, siempre al sur, en forma inicial desde Sonsón (1800) como puerto y bastión principal de partida, los colonos trazaron siempre sobre los espinazos o lomos de las estribaciones montañosas, el camino a los fundadores que dejaron a su paso un reguero de caseríos y poblados. 

Aquí parte esa primera etapa o Ruta de los Fundadores, que empezando con Aguadas (1808), Pacora (1832), Salamina (1825),  Aranzázu (1853) y Neira (1842) –pasa por la vereda de Pueblo Rico, Guacas– para bajar al cañón del Guacaica*, subir a Morrogacho y fundar a Manizales (1848); todo dentro de esa fructífera primera mitad del siglo XIX.    

Nótese aun la presencia de rezagos de los guaduales y los nuevos cultivos de plátano y frutos de pan coger; fue en este sector cuando, en 1877, el Sr. Antonio Pinzón introdujo, procedente de Santander, en su finca El Águila, el primer cultivo de café, que marcará desde entonces, el protagonismo de este producto y el asomo de la región al panorama de lo nacional e internacional. 

*Guacaica: f. vocablo indígena de origen Quechua que significa huaca, tumba, ídolo. Nombre del rio que en la actualidad define parte los límites entre Neira y Manizales C., donde se conocían las minas o salinas del guineo en la cuchilla del Salado, antes de subir a vereda La Linda sobre el antiguo camino a Manizales. 

Proceso constructivo con la técnica del bahareque; se aprecia la urdimbre o tejido que arma la gran canasta  estructural toda en guadua, que permite oscilar y absorver la energía y movimientos, durante los temblores y terremotos, confiriendole un alto valor sismoresistente. Se resalta la liviandad y capacidad de adaptación, que la convierte en una estructra “todo terreno”, haciéndola fundamental en el desarrollo de un urbanismo de ladera; la utilización  y uso de tierras en fuertes pendientes, que distingue desde entonces la mayoría de las poblaciones propias de la colonización antioqueña.

Los interiores de las casas quedan expuestos a la ladera de fuerte pendiente y los corredores –miradores de los “patios de atrás”– adquieren dimensiones de altura insospechadas, hasta nueve pisos, respecto al nivel de la calle que va por delante y donde pocas casas logran máximo los dos pisos. Puede verse la combinación o mezcla de otras técnicas y  materiales como el ladrillo y estructuras en concreto –hierro y cemento– combinadas con el bahareque, práctica poco apropiada, que al no independizarla de la estructura en madera o guadua como es debido, le resta el valor sismo resistente al mismo bahareque y a la edificación en general, haciéndola más frágil durante los movimientos sísmicos y aumentando el peso sobre la ladera, propiciando los derrumbes o deslizamientos del terreno.  

Referencias

1 J. J. Parsons (1915-1997). Geógrafo estadounidense, quien con este nombre presenta su trabajo de investigación en inglés en 1949. Parsons, James, 1950. La colonización antioqueña en el occidente de Colombia (versión castellana de Emilio Robledo). Medellín, Imprenta Departamental de Antioquia.

2 Concepto tomado del profesor y escritor Darío Ruiz Gómez, Medellín.