Septiembre de 2016
Por:
Juan Camilo Sierra

LA CÁMARA DEL AMOR: LUIS CABALLERO

Hubo hechos, personajes y lugares que marcaron los años sesenta en Colombia. El Salón Nacional de Artistas, creado en 1940, tuvo en esta década su momento más prolífico (ocho entregas en diez años). Al Salón Nacional se sumaron los festivales de arte de Cali que presentaron el Salón Bolivariano, el Salón de Grabado y el Salón Americano de Pintura y al final de la década, en 1968, surgió la Bienal Iberoamericana de Pintura de Coltejer en Medellín. Estos eventos se caracterizaron por una apertura hacia la plástica internacional. Artistas y críticos extranjeros participaron como jurados en algunos de los salones nacionales, y convocatorias como la Bienal de Coltejer ampliaron el panorama artístico colombiano. El espíritu crítico de Marta Traba dominó este período.

Cuando se creó la Bienal de Coltejer, Medellín era todavía ciudad de las grandes influencias del muralismo mexicano en Colombia. Los jurados invitados para premiar la Bienal de 1968 fueron el diseñador colombiano Dicken Castro, el crítico de arte catalán Carlos Cirici Pellicer y el poeta, dramaturgo y ensayista francés Jean Clarence Lambert. El gran premio fue adjudicado a un joven pintor de veinticuatro años que había realizado hasta entonces tres exposiciones individuales, la primera en París y dos en Bogotá. Un pintor figurativo, influenciado por el universo clásico de artistas como Velázquez y Goya --que serían determinantes en el futuro de su carrera--, muy interesado en la exploración de la figura humana a que se lanzaron artistas como Jean Dubuffet, Roberto Matta, Wifredo Lam y Francis Bacon, con un profundo interés por encontrar una anatomía propia, que logró dentro de su universo plástico: Luis Caballero.

La obra con que ganó este premio, un políptico compuesto por trece paneles como un cubo desplegado, "sin título", y conocido como La cámara del amor, resume un concepto muy importante para él: buscaba envolver a la gente en un espacio creado, distinto de la realidad, que proporcionara un mundo inventado dentro del que participa el espectador. Por eso la tridimensionalidad del políptico. Porque para Luis Caballero, entonces, entrar en una obra era distinto que verla plana, desde afuera. Su cuadro es un espacio al que uno accede por las tensiones cromáticas entre el fondo amarillo y los personajes azules. Un espacio dentro del cual el espectador puede navegar por los colores para participar de un universo protagonizado por el erotismo.

Caballero pintó el políptico entre enero y marzo de 1968 en un pequeño apartamento donde vivía, cerca de la Universidad de los Andes en Bogotá, y lo ensambló por primera vez para exponerlo en marzo de ese año, en la Sala Vásquez Ceballos de la Biblioteca Nacional. A la Bienal de Coltejer, en mayo, envió sólo los trece panales centrales. Los dos del extremo derecho quedaron enrollados durante años en una maleta en su casa. Otros dos los regaló a una pareja de amigos y el último, el del extremo izquierdo, apareció en 1996 sin que podamos seguirle la pista hasta el año de esa primera exposición. Así, Caballero pintó una obra compuesta por dieciocho panales, de los que, por superstición, por falta de presupuesto, como lo mencionan algunos de sus amigos de la época, o porque le dio la gana, sólo envió trece a la Bienal de Medellín (era el número trece en la lista de participantes). Sólo hasta la publicación de un libro monográfico aparecido en 1995 y gracias a la investigación para la curaduría de una exposición sobre su obra de este período, colgada en el Museo Nacional de Colombia en 1997, fueron de nuevo hallados los cinco panales restantes, que adquirió la empresa Coltejer, para completar el políptico.