Salvo otra indicación, las fotografías son cortesía de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia © Copyright FNC 2011. Patricia Rincón Mautner y David Bonilla Abreo.
Septiembre de 2011
Por:
Fernando Estrada Investigador, Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales, CIPE, Universidad Externado de Colombia

La bebida del diablo: Historia económica y política del café en Colombia

Cuanto menos hasta la primera mitad del siglo XX, la historia cafetera es el mejor recurso para comprender la geopolítica en Colombia. Las distintas identidades regionales y la evolución de los conflictos políticos fueron el resultado del modo de producción asociado a la economía cafetera. Todos los agentes económicos que han participado en la historia cafetera (individuos, organizaciones, instituciones) tomaron decisiones sobre la circulación de su capital o el despliegue de su fuerza de trabajo en un contexto marcado por una profunda tensión entre separarse e irse a donde la tasa de remuneración fuera más elevada, o quedarse, apegados a compromisos pasados, para recuperar valores ya materializados. La manera de resolver esta tensión entre la inmovilidad y el movimiento dentro del espacio geográfico regional es fundamental para entender la historia cafetera del país.

Cuanto menos hasta la primera mitad del siglo XX, la historia cafetera es el mejor recurso para comprender la geopolítica en Colombia. Las distintas identidades regionales y la evolución de los conflictos políticos fueron el resultado del modo de producción asociado a la economía cafetera.

El modelo de la economía cafetera

Las investigaciones fundamentales de la economía cafetera han demostrado que las alianzas de clase regionales, se establecieron de manera imprecisa en los territorios, por lo general en la cordillera central de Colombia (aunque no de manera exclusiva o única) y se organizaron a través del Estado, siendo una respuesta necesaria a la inevitable necesidad de defender unos valores ya materializados y una coherencia regional estructurada. Las alianzas propuestas promovieron activamente condiciones favorables para las nuevas formas de acumulación en las regiones. Pero, como se evidencia durante la segunda mitad del siglo XX, estas alianzas resultaron irremediablemente inestables. No pudieron contener las fuerzas fundamentales que introdujeron, en la segunda mitad del siglo XX, la economía del narcotráfico y el conflicto armado. Lo que proyectaron tales alianzas fue más bien una interiorización de estas crisis en términos de divisiones entre clases y entre facciones regionales potencialmente explosivas. Los límites de estas alianzas, como de su historia, son porosos y están sujetos a modificación.

Grabado que ilustra la llegada, a Martinica, del capitán de navío Gabriel Mathie de Clieu quien trajo a tierras americanas la primera planta de café en 1723.

Marco Palacios reúne los primeros estudios comparados sobre historia económica, social y política del café en el contexto de una incorporación del país a los mercados internacionales. Su objetivo es identificar las transformaciones históricas que suceden con base en el cultivo y su papel hegemónico en las exportaciones colombianas. Estas provocaron, en las estructuras productivas y de clases, dinámicas que cambiaron la producción cafetera, las fuerzas regionales y las relaciones con el poder político central. El libro de Palacios concede una notable importancia a los nexos con el mercado mundial, el impulso y la dirección de los cambios regionales; el argumento central es que estas ligaduras pudieron mantenerse y hasta fortalecerse sin que para ello fuera necesaria la presencia activa del Estado.

La implantación y consolidación de una economía monoexportadora constituye una etapa de singular importancia para la consolidación de una nación. En un contexto de fragmentación política creciente y en una geografía regional socialmente dispersa, como en los tiempos de la transición del siglo XIX al XX en Colombia, liberales y conservadores luchaban por imponer su hegemonía política. El cultivo del café se convirtió en factor importante de las resistencias y sumisiones frente al poder político, y consolidó expresiones de identidad regional y política en un país que carecía de una narrativa homogénea de sus tradiciones. Una expansión progresiva de las fronteras de colonización, la transformación de las formas de propiedad, los procesos de inclusión y exclusión de grupos sociales y los desarrollos de un centralismo político, agudizan los desarrollos mismos de la sociedad colombiana. El país evoluciona desde pequeñas unidades minifundistas hasta convertirse en una economía cafetera. De modo que los ideales de un pueblo se suceden como variaciones en la concentración del poder derivado del cultivo del café.

 

Salón de empaques, cafetales Santa María. Tomado de La Hacienda, No. 12, Buffalo, 1906.La economía cafetera puede enseñarnos aspectos que superan exclusivamente un renglón importante de la economía nacional. En el caso colombiano, las propias dinámicas de transformación regional, los conflictos políticos y el mismo Estado están relacionados con su devenir. La interpretación de Palacios esboza la historia dentro del marco de evolución de los modernos estados nacionales de Europa y los Estados Unidos; la transición desde la agricultura y los avances del capitalismo en sus estadios consolidados del siglo XIX. De modo que la crónica del café replantea el conjunto de la historiografía colombiana.
En este punto podemos observar tres etapas sobresalientes: la consolidación de la economía cafeteraPublicidad de máquinas importadas de Alemania para el beneficio del café. Revista Cafetera, 1930. (1850–1910); el período de auge (1910–1950) y la formación de alianzas de clase regionales y la inestabilidad de las mismas (1950–2010). La primera etapa se relaciona con el papel predominante de las haciendas cafeteras; la segunda con la extensión de la agricultura campesina y la tercera con las nuevas expresiones del poder en los centros urbanos.

 

Primera etapa:
Los primeros pasos

(1850-1910)

La geografía cafetera influye considerablemente en la identidad regional y en los controles del poder político que se manifiestan en los departamentos productores. Las etapas de su evolución no son necesariamente de progreso generalizado. La primera etapa se desarrolla entre 1850 y un poco más allá de la guerra de los mil días que terminó en 1902. Un período marcado por conflictos violentos entre liberales y conservadores. Los hacendados, que contaron entonces con enlaces en Bogotá, se dedicaron a cultivar y producir el café en sus regiones de procedencia. Se fue dando poco a poco el fundamento para una iniciativa exportadora dependiente de hacendados terratenientes. El capital comercial líquido provenía de la minería y el tabaco, y en principio se usaba para la compra de la tierra y luego para el cultivo del café.

Peón con cafeto para transplantar, Antioquia, ca. 1920. Tomado de Colombia a través de la fotografía 1842-2010, Taurus, 2011.Las haciendas cafeteras fueron originalmente una herencia colonial, pequeñas empresas capitalistas que integraron el procesamiento del café a los productos complementarios de una economía relativamente autosuficiente. Sus relaciones con la fuerza de trabajo no quedaban subordinadas a una servidumbre sumisa, sino que alternaba con distintas formas de mano de obra asalariada y productores libres asociados a las haciendas. Estos terratenientes, sin embargo, no tuvieron control sobre la comercialización que dependía, por entonces, de casas importadoras de Europa y los Estados Unidos, que además facilitaban líneas de crédito para sortear las condiciones que podían presentarse a nivel interno.

Durante esta primera fase los empresarios enfrentaron grandes riesgos con las inversiones. Internamente las guerras civiles, las hipotecas y las devaluaciones llegaron a significar un desafío tan grande como la inestabilidad de los precios internacionales. El resultado fue la diversificación de la industria con un fuerte énfasis en el mercado interno. Los hacendados que sostenían la especialización en los cultivos de café terminaban arruinando sus capitales. Los riesgos de los capitales obligaban incluso a seleccionar a los inversionistas así como el tamaño de las inversiones.

 

      Granos de café en diferentes puntos de maduración.      

La naturaleza del negocio cafetero (tamaño y localización geográfica) no llegaba a modificar las relaciones sociales, sino que se adaptaba a las mismas. Muy a pesar, la esperanza creada por los mercados internacionales tuvo efecto sobre la composición de identidades sociales en un mundo lento, de tipo rural. La economía se volvió monetaria, la tierra adquirió valor, se abrieron carreteras y prosperó el pequeño comercio. Y sucedió con estos cambios un ciclo de transformaciones sociales propias de la historia económica desde los tiempos de Adam Smith: los hacendados cafeteros adquirieron posición social y poder político, mientras que los terratenientes sin capital y sin espíritu empresarial quedaron marginados. El mundo mercantil se abrió paso y el comercio empujó transiciones importantes para la industria cafetera.

Ruta histórica de la expansión del cultivo del café.Estos cambios sociales provocaron una aglomeración de pequeños cultivadores de café que se situaron en la periferia. La economía cafetera se encargó de contribuir a desplazar las jerarquías sociales y procesar movimientos de abajo hacia arriba del campesinado. Todo sucedió sin desarraigar las condiciones de los pequeños cultivadores ni lanzarlos como una fuerza de trabajo por fuera de su medio. En palabras de Marco Palacios, en Colombia no se tuvo un “asalto de los capitalistas al campo”.

Paradójicamente esto sucedió cuando la producción cafetera se abrió paso con la colonización de nuevas tierras, durante el período comprendido entre 1851 y 1870. Una colonización que evolucionó juntamente con transformaciones sociales del centro del país. Una gran diversidad en la propiedad y en las organizaciones productivas permitió la coexistencia pacífica de múltiples sistemas de apropiación y distribución de los excedentes monetarios, tanto dentro de la hacienda como en el resto de la economía colombiana. Una geografía regional que, además, sumó nuevos aspectos al avance económico en la medida en que sus fuentes básicas, población y recursos eran desiguales. Lo que lleva a subrayar la hipótesis de que son las fuerzas del mercado más disruptivas en los órdenes agrarios que las propias fuerzas del Estado.

 

Exportadores de café, Manizales, ca. 1920. Tomado de Colombia a través de la fotografía 1842-2010, Taurus, 2011.

 

En este período de transición (1910-1950) el pequeño y mediano cultivador de la cordillera central de Colombia se integró individualmente al mercado cafetero dirigido por empresarios con capacidad para controlar ese mercado (porque manejaban los recursos financieros y empresariales), como por los monopolios importadores y tostadores de Europa y Estados Unidos.

 

Segunda etapa:
Edad madura cafetera (1910-1950)

Inicio del beneficio del café.La economía regional organizada tiene efectos considerables sobre diversas formas de organización social, también mejoran los servicios públicos y los departamentos cafeteros adquieren una mejor estabilidad en términos de su infraestructura. En estas condiciones surge la edad madura cafetera. El segundo ciclo se inició con la decadencia de las haciendas como base de la producción. El factor determinante en esta crisis fue la fragilidad de la unidad de producción con una dualidad resultante de la presencia de campesinos independientes y asalariados. La existencia de esas vigorosas economías, que compartían con la empresa los recursos disponibles como la tierra y el trabajo, tuvo como consecuencia varios conflictos sociales.

Con el advenimiento político de Jorge Eliécer Gaitán y la sucesión de los hacendados de la generación cafetera, las grandes haciendas se desmoronaron frente a las demandas sociales de una reforma agraria. Estas haciendas habían sobrevivido desde el fin de la guerra de los mil días (pese a la desaparición de los mercados con la primera guerra mundial), si bien desde 1904 el impulso exportador empezó a fortalecerse en los principales centros de colonización: las tierras montañosas ocupadas por fincas familiares, es decir, climáticamente las mejores tierras para el cultivo del café. En este período de transición el pequeño y mediano cultivador de la cordillera central de Colombia se integró individualmente al mercado cafetero dirigido por empresarios con capacidad para controlar ese mercado (porque manejaban los recursos financieros y empresariales) como por los monopolios importadores y tostadores de Europa y Estados Unidos.

Casa de la hacienda La Palmita, con el beneficiadero y patio para secar café. Situada en Páramo, Santander, en cercanías de Socorro y San Gil. Pedro Belarmino Plata, 1890. Tomado de La Hacienda, No. 12, Buffalo, 1906.

La lucha por la solidaridad como ingrediente de las expresiones de propiedad regional daba entonces respaldo a las necesidades de los cafeteros, que encontraron progresivamente marcadas diferencias entre las ventajas de encontrarse cerca del centro del país o estar en su periferia regional. Durante el segundo ciclo expansivo, el auge de las pequeñas parcelas es posible gracias a la aparición de máquinas sencillas fabricadas por la industria nacional: las despulpadoras manuales, operadas por la fuerza del trabajo familiar. Las haciendas se transformaron en unidades plenamente capitalistas que no integraron los grupos de producción, pues estos quedan a cargo de una nueva clase de especuladores, producto de la transformación de las empresas familiares en compañías exportadoras de café, caracterizadas por una marcada concentración y por el control financiero de las casas extranjeras. En Estados Unidos el proceso de importación, tostado y venta se unificó, lo que provocó la desintegración de los especuladores y corredores de bolsa. La empresa, no obstante, permaneció con riesgos extraordinarios: la exigencia de grandes volúmenes de capital a una velocidad de circulación alta hizo necesaria una elevada tasa de liquidez, lo que a su vez provocó la debilidad financiera de la empresa. Como resultado de lo anterior, la más mínima variación en los precios (muy inestables) los fletes o las tasas de interés ponían en peligro inminente a la empresa.

Cultivo de café en los Llanos. Geografía Pintoresca de Colombia, Edouard André, 1876.

No obstante, la resistencia de un sistema así se encontró justamente en las pequeñas fincas; las bruscas variaciones de precios, productoras de crisis periódicas, se suavizaron en la base campesina mediante la disminución de su ingreso. Ante cualquier baja en los precios, la reacción de la economía cafetera fue incrementar la producción, lo que por un tiempo fue posible aumentando la extensión cultivada. Una vez llevada hasta sus límites la producción no podía aumentar, dada la función directa que tenía con la mano de obra disponible. El intermediario absorbía los excedentes, no existían posibilidades de acumulación puesto que la unidad familiar no podía intensificar la auto explotación. Desde 1930 hasta 1970 se acentuaron la integración y la dependencia de los pequeños cultivadores sujetos al ciclo del mercado, mayores que las debidas a los ciclos naturales.

 

Tercera etapa:
Las regiones, el centro y los negocios
internacionales (1910-2010)

 

Juan Valdez, personaje símbolo de los caficultores colombianos, creado en 1959.El café explica en sentido amplio la actividad económica durante la primera parte del siglo. Entre 1910 y 1930, lo que ahora se denomina Eje Cafetero, se convirtió en el primer productor nacional de café, desplazando a los departamentos tradicionales, especialmente a Santander, tanto como a Antioquia. La expansión de pequeños cultivos en esta zona del país tuvo un impacto considerable sobre la economía colombiana. Se ampliaron las fincas cafeteras de mediano y pequeño tamaño, trabajadas por quienes vendían el café directamente a las empresas comercializadoras. Los grandes hacendados de Cundinamarca y el Tolima le compraban o recibían a los arrendatarios y colonos el café para, después, colocarlo en el exterior. La diferencia tendría repercusiones en la extinción de la importancia de las haciendas durante los años treinta.
La expansión del cultivo y las exportaciones del grano tuvieron un impacto positivo en la conformación de un mercado interno para otros productos de la agricultura, la ganadería y la industria manufacturera. Los ingresos de divisas originados en la exportación del grano y el aumento del poder de compra de los caficultores fueron definitivos para impulsar la inversión, el crecimiento económico, y para crear un mercado nacional de bienes y servicios.

Control de calidad y cata de café.Hacia 1960 la finca cafetera llega a sus límites como base de la economía mono exportadora. Sus carencias tecnológicas, el envejecimiento de sus plantíos, la baja productividad y la enorme extensión de sus cultivos son algunos de los problemas más evidentes. La modernización que permitió la entrada de altas tecnologías en los centros productores de café dio lugar a un nuevo tipo de agricultor profesional rico. En esta tercera etapa se evidenció la decadencia del finquero tradicional.
La historia de la integración de Colombia al mercado internacional ilustra las limitaciones y posibilidades de un capitalismo dependiente. El capitalismo colombiano se mostró incapaz de evolucionar como lo hizo el capitalismo moderno europeo. Su modernización se realizó sin industrialización; no proletarizó a sus trabajadores, en la medida en que tuvo la migración como recurso para contener la polarización y los conflictos sociales.

Biocontrol de la broca.Las recientes luchas dentro del negocio cafetero proporcionan un modelo para entender una amplia gama de fenómenos en la fase de la globalización contemporánea. Tienen especial importancia para entender cómo se absorben las tradiciones locales en los cálculos de la economía política mediante el intento de adquirir rentas de monopolio. También plantea la cuestión de qué parte del interés local por la innovación y la reinvención de tradiciones locales se encuentra vinculada al deseo de extraer y apropiarse de dichas rentas. Como el capitalismo se deja seducir por las perspectivas lucrativas de los poderes de monopolio, conviene distinguir esta contradicción: que los globalizadores avaros apoyan desarrollos locales que tienen el potencial de producir rentas de monopolio, aunque el efecto de dicho respaldo sea el producir un clima político local antagónico a la globalización.

En nuestro tiempo se destaca la singularidad del café orgánico y sus propiedades de arrastre para las economías del sector turístico. Sin embargo, ¿qué sucede cuando esto fomenta un movimiento social de resistencia contra la comercialización? Se trata de una situación de escala menor que, sin embargo, afecta el desarrollo urbano. La historia de la marca Juan Valdez® contiene también una parte positiva de la historia del café en la época de la globalización; no obstante, esta evolución internacional hacia economías de escala no moviliza paralelamente la calidad de vida y los ingresos de la mayoría de la población cafetera. En este caso particular, tenemos una compleja historia cuya narrativa de ganadores, no es completa.

                  Recolectores de café.                  

Debe situarse la política cafetera en el plano de la globalización. Durante las décadas que siguieron a los años ochenta del siglo XX el empresario del café ha adquirido importancia nacional e internacional. Nos referimos a ese patrón de comportamiento del gobierno urbano que mezcla los poderes estatales (locales, regionales, nacionales o supranacionales) con una amplia gama de formas de organización.

                                    

Bibliografía

  1. Centro de Comercio Internacional. Desarrollo de Productos y Mercados. Café: guía del exportador, 2002. 
  2. Colmenares, Germán. “Censos, capellanías: formas de crédito en una economía agrícola”, en Cuadernos Colombianos, No. 2, 1974.
  3. González, C. A. “Los cafés especiales en Colombia: industria estratégica para los próximos 80 años”. Bogotá, Federación Nacional de Cafeteros, 2007. 
  4. Palacios, Marco. El café en Colombia, 1850–1970. Una historia económica, social y política, El Colegio de México, Áncora Editores, 1983.
  5. www.federaciondecafeteros.org
  6. www.cafedecolombia.com

imagenes

  1. Grabado que ilustra la llegada, a Martinica, del capitán de navío Gabriel Mathie de Clieu quien trajo a tierras americanas la primera planta de café en 1723.
  2. Salón de empaques, cafetales Santa María.Tomado de La Hacienda, No. 12, Buffalo, 1906.
  3. Publicidad de máquinas importadas de Alemania para el beneficio del café. Revista Cafetera, 1930.
  4. Peón con cafeto para transplantar, Antioquia, ca. 1920. Tomado de Colombia a través de la fotografía 1842-2010, Taurus, 2011.
  5. Granos de café en diferentes puntos de maduración.
  6. Ruta histórica de la expansión del cultivo del café.
  7. Exportadores de café, Manizales, ca. 1920. Tomado de Colombia a través de la fotografía 1842-2010, Taurus, 2011.
  8. Inicio del beneficio del café.
  9. Casa de la hacienda La Palmita, con el beneficiadero y patio para secar café. Situada en Páramo, Santander, en cercanías de Socorro y San Gil. Pedro Belarmino Plata, 1890. Tomado de La Hacienda, No. 12, Buffalo, 1906.
  10. Cultivo de café en los Llanos. Geografía Pintoresca de Colombia, Edouard André, 1876.
  11. Juan Valdez, personaje símbolo de los caficultores colombianos, creado en 1959.
  12. Control de calidad y cata de café.
  13. Biocontrol de la broca.
  14. Recolectores de café.
  15. Salvo otra indicación, las fotografías son cortesía de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia