Los voluntarios. Diseño de A. de Neuville, con base en un croquis del autor Charles Saffray. En “Voyage à la Nouvelle – Grenade”. Le Tour de monde. París, Librería Hachette, 1869. Colección Banco de la República.
Marzo de 2014
Por:
Salvador Camacho Roldán. Bogotá.

LA BATALLA DE LA HUMAREDA (1885) DESCRITA POR SALVADOR CAMACHO ROLDÁN

La Batalla de la Humareda fue el último gran combate en la guerra de 1885, ocurrido el 17 de junio. Aunque triunfaron las tropas de los liberales radicales se trató de una victoria pírrica porque sus ejércitos quedaron diezmados y en esa batalla murió parte muy importante de la dirigencia liberal y de los jóvenes intelectuales que se involucraron en la guerra (Daniel Hernández, Luis Lleras Triana, Pedro José Sarmiento, Bernardino Lombana, Fortunato Bernal, Capitolino Obando, entre otros). Con esa batallaculminó formalmente el “radicalismo” y ya no dio marcha atrás el período de la “regeneración”que se entronizó del todo con la Constitución de 1886. El 10 de septiembre de 1885 el presidente Rafael Núñez afirmó desde el balcón del palacio: “La Constitución de 1863 ha dejado de existir” y vino así la convocatoria del Consejo Nacional de Delegatarios que llevó a la Constitución de 1886, antípoda de la de 1863. De una Constitución liberal, laica, federal, se pasó a una conservadora, autoritaria, clerical y centralista. La batalla que terminó por hundir al radicalismo se produjo en aguas del río Magdalena.

En abril de 1887, es decir cerca de dos años después de la batalla de la Humareda, Salvador Camacho Roldán emprendió un viaje a los Estados Unidos y en su recorrido por el río Magdalena pasó por el lugar donde había ocurrido aquella batalla. En sus Notas de viaje la plasmó así:

“Al pasar por Tamalameque el vapor se detuvo frente a un hobo, árbol que crece en toda la orilla del río y que da su nombre a la playa en donde se efectuó en 1885 el reñido combate bautizado con el nombre de La Humareda: entre los pasajeros se encontraban algunos que habían sido actores en él, y naturalmente pude obtener algunos detalles acerca de ese trance funesto de lucha fratricida.

“El ejército federalista del Norte y del Atlántico, reunido, desalentado con la pérdida de sus posiciones en Santander y Boyacá y con los desastres repetidos, ya definitivos para sus armas, en el Tolima, Cauca, Antioquia y Panamá, acababa de sufrir un terrible rechazo en los muros de Cartagena. Para completar lo desesperado de la situación, un ejército conservador acumulado en esta última ciudad, con refuerzos recibidos de Antioquia por la vía de Ayapel, y del Cauca por la de Panamá, y otro que amenazaba desde Ocaña y El Carmen con invasión sobre El Banco y Mompox, situado ya en Tamalameque, solo dejaban abierta la vía del Magdalena a favor de la posesión de los vapores del río. Sirviéndose de ellos, y probablemente con el objeto de cambiar el campo de los estados de la Costa, ya difícil de conservar, por el de Santander, en donde esperaba encontrar grandes recursos de opinión y mejores climas para sus soldados; aquel ejército, digo, reanimado con el regreso de un jefe prestigioso –el General Camargo- resolvió abandonar al enemigo su base de operaciones en Barranquilla y romper en Tamalameque uno de los eslabones de la cadena que principiaba a estrecharse sobre él.

“En cinco vapores y una draga, antes destinada a la limpia del lecho del río, movió sus fuerzas hacia el Banco, el 11 de junio, en número de dos mil hombres, número que el General Reinales, uno de los jefes del ejército conservador, con amplia ocasión de haberlo conocido, estimó en menos.

“En Tamalameque, cuatro leguas arriba de este lugar, estaba situado el enemigo, a órdenes del General Quintero Calderón, y sus fuerzas se componían de tres batallones de voluntarios y milicias, reforzados en esos mismos días por el 23 de Línea y una batería de artillería, que por el río, en el vapor Emilia Durán, condujo desde Honda el General Reinales. Este ejército probablemente no pasaba de 1.200: establecido sobre la playa, en un sitio en que el río se estrecha, cubrió su frente con empalizadas de grandes árboles, dejando huecos para su artillería y pozos para rifleros en medio del bosque, a sus costados, defendidos además, por caños y ciénagas de difícil acceso.

“El choque hubiera podido evitarse: los vapores habrían podido pasar por el frente, limitándose a contestar los fuegos de la ribera, y la fuerza conservadora pudo retirarse hacia el interior; pero unos y otros estaban deseosos de venir a las manos, y el desafío fue aceptado por ambas partes. Los buques se movieron del Banco a las nueve de la mañana del 14; fondearon al frente de las trincheras, y el fuego de artillería y fusilería empezó por ambas partes con furia a las nueve. A las doce ordenó el General Camargo un desembarco por los dos extremos de la línea enemiga; orden cuya interpretación originó un sentimiento de susceptibilidad por parte de los jefes que debían cumplirla, y los condujo a precipitarse todos, con pocas precauciones, al asalto de trincheras defendidas con un ardor igual al del ataque. En pocos momentos habían perdido los federalistas siete jefes importantes de sus tropas y gran número de soldados; pero el campamento enemigo fue tomado con casi todos sus defensores, cañones, armas y municiones.  Seiscientos muertos y caso otros tantos heridos –la tercera parte de los combatientes- quedaron en el campo. Era una victoria de Pirro”.

 

Referencias

Camacho Roldán, Salvador. Notas de viaje. Bogotá, Librería Colombiana, 1890. pp. 262-264.