11 de diciembre del 2018
 
Septiembre de 2018
Por:
Oscar Alonso Salamanca Ramirez *Arquitecto y magíster de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es director de la Escuela de Arquitectura y Hábitat de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.

LA ARQUITECTURA ESCOLAR : La transformación del proyecto para la educación en Colombia

Gabriel García Márquez, en 1993, para el discurso para la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo planteaba que esta no pretendía dar una respuesta concluyente a las inquietudes relacionadas con la educación en Colombia; que las reflexiones realizadas en este proceso se debían convertir en una carta de navegación para definir los caminos para la construcción de una sociedad más equitativa. García Márquez consideraba que: “las condiciones están dadas como nunca para el cambio social y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma.

Los proyectos educativos son el motor de la sociedad y han servido para que los gobiernos puedan avanzar en sus procesos y en esto la arquitectura cumple un papel fundamental. El desarrollo de los espacios destinados para la educación que, principalmente, se formularon en las primeras décadas del siglo XX, partieron del trazado de la edificación de claustro. Esta tipología edificatoria planteó un esquema centralizado de espacios que giraban alrededor del espacio más significativo: el patio. En términos generales, este planteamiento se desarrolló, principalmente, en ámbitos urbanos, y es posible encontrarlo ejemplificado en el Colegio San Luis en Zipaquirá, Cundinamarca, proyectado por el arquitecto Pablo de la Cruz en 1920 y edificaciones como la Escuela de Artes y Oficios (Instituto Técnico Central) del arquitecto Norberto Díaz en 1927 y el Colegio San Bartolomé del arquitecto Carlos Camargo.

 

Vientos de cambio y transformación se formularon con el arribo de la llamada “República Liberal” entre 1930 y 1946. En este periodo, el papel del Estado consolidó planes de desarrollo educativo en el ámbito rural y urbano con el propósito de alfabetizar la población en los diferentes niveles de educación y, como resultado, se empezó a reconocer al individuo como actor social fundamental; esto significó definir la necesidad de caracterizar los procesos de desarrollo y establecer las diferencias en los sucesivos estadios de formación de una persona y los desempeños sociales en un país que entró en procesos de industrialización de su economía.

En 1938 la Revista de Indias publicó en varios de sus números las reflexiones de Fritz Karsen –pedagogo alemán contratado por el Gobierno colombiano para apoyar la renovación de la educación en el país– relacionadas con los modelos educativos y sus implicaciones espaciales. Al respecto formuló lo siguiente: “las escuelas existentes que pueden caber en el sistema de esta escuela experimental, son la Escuela Normal y la Escuela Normal Superior; las que se le podrían agregarse son: una escuela maternal, otra infantil, otra primaria, otra secundaria”[2]. Este esquema de formación los agrupa en años de formación con un planteamiento que diferencia las áreas de formación en técnicas y teóricas, las cuales pueden compartir espacios en donde el sistema académico “desde el punto de vista psicológico tendría cursos fijos y que correspondiesen a básicas capacidades psicológicas del joven que quiere preocuparse con el campo de vida que describen”[3]. Karsen, además de caracterizar los asuntos pedagógicos y las metodologías en el aula de clase trazó las condiciones físico espaciales que definen la escuela modelo. Para los arquitectos esas reflexiones fueron fundamentales porque permitieron definir un programa y las características de los lugares donde fue posible localizar una edificación.

La estrategia de proyecto se centró en desarrollar un esquema distributivo que partía del principio de la disgregación de partes, es decir, el proyecto se concibe como un conjunto de partes funcionalmente reconocibles que se despliegan sobre el predio. Este procedimiento sirvió de método para la formulación de proyectos de clínicas, complejos habitacionales, edificios industriales, entre otros, y se convirtió en una herramienta eficaz para cumplir con los objetivos propuestos por las entidades encargadas de diseñar y construirlos. Como método permitió trabajar los procesos de construcción por etapas y lograr la distribución de los recursos económicos de acuerdo con las prioridades establecidas por el programa y someterlos a concursos públicos para escoger los mejores proyectos a la luz de las condiciones establecidas. Merece ser destacada la Ciudad Infantil, proyecto diseñado por los arquitectos Manuel Samper y Dicken Castro para la Beneficencia de Cundinamarca que tuvo como iniciativa la protección de los niños en condiciones de marginalidad y de pobreza. Además de contar con instalaciones educativas, se consideró incorporar instalaciones médicas, alimenticias y recreativas como un complemento al mejoramiento de las condiciones individuales de los infantes componentes que se integran a través de la circulación se adecúan a la topografía del predio[4].

En el concurso para la Escuela de la Guardia Civil Municipal, realizado en 1948, quedaron seleccionadas las firmas Obregón y Valenzuela, Ingecon S. A. y Rocha Santander y Cía. La estrategia en estos proyectos fue definir pabellones que se unen por los intersticios que se encuentran ellas, la integración con la topografía del terreno y el vínculo con el paisaje circundante. Al respecto Hans Rother en Ingeniería y Arquitectura plantea: “El proyecto constituye una nueva y correcta forma de trabajo en los terrenos muy planos, y como tal, ya empieza a formar escuela […] en los sitios muy planos, ante el carácter atosigante del panorama en su forma natural, fuera de toda escala humana, limitado sólo por la línea débil del horizonte, el hombre después de cierto tiempo se repliega y lo rechaza en un acto de protección ante el medio. Para poder disfrutar del paisaje en lo que tiene de bello debemos imponerle nuestra escala enmarcándolo y tolerándolo sólo en pedazos reducidos”[5].

 

 

En 1968 el Gobierno colombiano creó el Instituto Colombiano de Construcciones Escolares (ICCE)[6] con el propósito de afianzar el desarrollo de la arquitectura escolar en el marco de la eficiencia constructiva y sus dinámicas de producción. Como proceso se consideró trabajar a partir de los siguientes momentos: 1) planteamiento de las decisiones básicas, el cual busca establecer las necesidades que deben ser resueltas por parte del arquitecto; 2) definición del programa de requisitos, cuyo objeto se centró en las prioridades de la edificación en asocio con los recursos económicos; 3) el diseño, formulación de la solución arquitectónica acorde con los requisitos de las fases anteriores; 4) elaboración de un prototipo a escala 1:1 para definir procesos constructivos y hacer ajustes en los diseños; 5) producción, la cual se plantea la construcción del proyecto de manera masiva; 6) seguimiento y evaluación de la experiencia. Esta metodología de trabajo llevó a la formulación de proyectos modulares, fácilmente repetibles y con la posibilidad de realizarse en diferentes condiciones físico espaciales para solucionar necesidades de infraestructura educativa del país. Proyectos como el Instituto Técnico Agropecuario en Córdoba de los arquitectos Manuel Javier Castellanos, Julio Ortiz Rico y Rodrigo Escobar Holguín, en 1970, o la Escuela Normal Mixta en Pitalito, Huila, de Hebe Cecilia Suárez y Clara Pinilla, arquitectas de la División de Proyectos del ICCE[7], son testimonio de la puesta en marcha de estas iniciativas.

Esta conjunción de experiencias, sobre los modelos pedagógicos, se entrelazan para hacer de la arquitectura un lugar para el aprendizaje, la indagación y el descubrimiento del mundo, algo semejante a lo que planteó Borges cuando describió la arquitectura, los espacios y las cadencias de la Biblioteca de Babel: “Si un eterno viajero atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden)”, reflexiones que, sin lugar a dudas, son constantes en la composición del espacio construido.

 

Bibliografia

[1] Aldana Valdés, et al. Colombia: al filo de la oportunidad. Presidencia de la República, Consejería Presidencial para el Desarrollo Institucional, Colciencias. Santafé de Bogotá, D.C., Tercer Mundo Editores, 1996.

[2] Karsen, Fritz. “Plan de una escuela modelo”. En Revista de Indias, vol. II, No. 8, enero 1938, pp. 14 y sig.

[3] Ibídem.

[4] Ver Revista Proa, No. 24, junio 1949, pp. 30 y sig.

[5] Rother, Hans. “Proyecto para el concurso de la Escuela de la Guardia Municipal de Bogotá. Por el Arquitecto Fernando Martínez Sanabria”. En revista Ingeniería y Arquitectura, No. 88, julio-agosto 1949, pp. 2-10.

[6] Mediante el Decreto 2398 de 1969 se crea el Instituto Colombiano de Construcciones Escolares, en remplazo de la Oficina Administrativa para Programas Educativos Conjuntos (OAPEC).

[7] Ver revistas Proa No. 211 y 212, julio y agosto de 1970.