19 de octubre del 2019
 
Vista aérea de Estambul, al fondo el palacio Topkapi Sarayı. Fotografía de Abdullah Frères, ca. 1880-1900. Colección Library of Congress, Washington, D. C.
Octubre de 2014
Por:
Luis de la Peña, Historiador, Universidad Nacional de Colombia

LA AGONÍA DEL "HOMBRE ENFERMO" EL IMPERIO OTOMANO Y EL MEDIO ORIENTE DURANTE LA PRIMERA GUERRA

El declive de la sublime puerta

A finales del siglo XIX la “cuestión oriental” fue un juego muy complejo de equilibrios entre las principales potencias europeas que buscaban defender, en lo posible, la integridad y la existencia del imperio otomano. La inquietud por un vacío geopolítico en la región de los tres continentes (o como el zar Alejandro III lo había denominado, “el hombre enfermo de Europa”) preocupaba a las potencias. Y las preocupaba por la misma razón que cien años después desvelaron a todo el planeta, pues la decadencia del imperio otomano dejaba sin el control efectivo que ejerció por 500 años algunas de las zonas geopolíticas más importantes del mundo, y que desde la “enfermedad” otomana, han sido conflictivas hasta hoy (allí precisamente empezó la Gran Guerra): el Medio Oriente y los Balcanes. En 1878, bajo la batuta del “canciller de hierro” Otto von Bismarck, se celebró la Conferencia de Berlín en la cual las potencias europeas decidieron la suerte del imperio otomano bajo el arbitrio del II Reich, mientras los delegados del sultán fungían como simples espectadores. Esta Conferencia consagró a los recientemente creados estados balcánicos como agresivos estados-nación de la era imperialista, copias de las potencias occidentales.
Durante los siguientes gobiernos, y en especial bajo el reinado de Abdülhamid II, las Tanzimat* se empezaron a aplicar con mayor rigurosidad, incluso la calidad de califa (líder espiritual y político de los musulmanes), que ostentaba el sultán desde 1774, fue revitalizada y las incursiones y guerras de gran envergadura fueron evitadas hasta el estallido de las guerras balcánicas en 1912.
Y aunque la Sublime Puerta (nombre con el que se denominaba al imperio otomano dentro de la diplomacia internacional, y que hacía referencia a la puerta del palacio de Topkapi en Estambul) gozaba de relativa paz, parecía que el sultán se confiaba en este bienestar sin lograr un avance significativo y la modernización del Estado. Así, en la primavera de 1908 el descontento del ejército en Macedonia y la importancia que a este hecho le dieron el zar de Rusia y el rey de Inglaterra permitió a los jóvenes otomanos la oportunidad para derrocar al régimen. Al final, la última aventura que el imperio emprendería sería la participación en la Primera Guerra Mundial que, durante su primera etapa, no veía ni la necesidad ni la razón de participar en ella. Visto en perspectiva, era evidentemente un suicidio enfrentarse a imperios tan grandes y fuertes como el ruso y el británico, contando solo con el apoyo de la lejana y ajena Alemania; pero la experiencia de la guerra de los bóers en Sudáfrica y la guerra ruso-japonesa habían sido humillantes derrotas para el zar y para el rey inglés. Obviamente, en Londres y en San Petersburgo, la derrota en las guerras balcánicas les daba argumentos para pensar en una fácil victoria sobre las fuerzas otomanas. Pero la Sublime Puerta fue capaz de mantener a raya a los rusos en el Cáucaso y de infligir quizás una de las derrotas más sonadas de la Gran Guerra, estableciendo como ejército, en el bando de las potencias centrales, un mejor rendimiento que el de las tropas austro-húngaras durante todo el conflicto.

La campaña de gallípoli y dardanelos

Estancado el frente occidental en una guerra de trincheras, los aliados, en cabeza de Lord Kitchener y un joven Winston Churchill, acordaron atacar a las potencias centrales por su eslabón más “débil”: el imperio otomano. El objetivo principal era controlar el estrecho de los Dardanelos y rendir a Estambul ante la imponente flota británica y francesa. Pero esta campaña fue un rotundo fracaso y un desperdicio de recursos para la Entente. Los otomanos pelearon con un arrojo asombroso, aprovecharon su ventaja defensiva y minaron los estrechos obligando a una invasión terrestre en un ambiente tremendamente hostil como el de la península de Gallípoli. Escribieron entonces una de las historias más heroicas y terribles de la Primera Guerra, en constantes avances ordenados por comandantes sin criterio, ante escarpados desfiladeros que causaron la muerte de miles de turcos, australianos, canadienses y neozelandeses.
 

El grueso del ejército turco era reclutado entre la población rural de la península de Anatolia y entre los habitantes árabes del imperio, dividiendo su esfuerzo en cuatro frentes, a saber, los Dardanelos, el Cáucaso, el Oriente Medio y Mesopotamia, lo cual no permitió la concentración de recursos en un solo frente deteriorándolos a todos por igual. Los campesinos anatolios eran el recurso más importante del ejército otomano, estaban acostumbrados a una vida dura, podían sobrevivir con las pobres raciones que se daban en el frente y eran tremendamente tozudos y valientes, y se convirtieron en un enemigo formidable para las fuerzas invasoras de Gallípoli, expulsaron a la fuerza expedicionaria, debilitándola terriblemente y ganándose su respeto en combate.

La tragedia armenia

En 1915, el partido nacionalista armenio más importante, el Dashnaksutiu, envió una comisión secreta a Occidente para abogar por la causa de una Armenia independiente, y a partir de entonces los armenios de Rusia alentaron a sus hermanos a preparar la insurrección contra los turcos, debilitados en todos sus frentes. En Armenia los civiles acogieron a las tropas vencidas con sarcasmos y realizaron actos de sabotaje en la retaguardia. El escarmiento sería terrible. Todos los armenios del imperio fueron sacados de filas, desarmados, agrupados en batallones de trabajo y deportados. Después les tocó el turno a los civiles: incendiaron los pueblos y los hombres, mujeres, ancianos y niños, maniatados en filas de cuerda, fueron llevados a las montañas con destino desconocido. En los sitios donde la población armenia era claramente mayoritaria, como Van, Bitlis, Sasún, etc., los civiles y los batallones de trabajo fueron asesinados a sangre fría. Miles de armenios habían sido deportados y aproximadamente la mitad de ellos pereció de inanición o torturados.
Cien años después, el debate sobre la valoración de la tragedia armenia sigue centrada en si es o no un genocidio. Se dice que Hitler se basó en estos hechos para el genocidio más conocido de la historia de la humanidad, la historiografía armenia ha proclamado desde el mismo final de este hecho que en efecto es un genocidio en toda regla, aplicando el derecho internacional y que todo es culpa de las autoridades otomanas. En cambio, aunque en el bando turco prima el silencio y la negación del hecho, algunos historiadores han tenido la valentía de usar documentación oficial para esclarecer las acciones y responsabilidades en el genocidio armenio, pero utilizando objetivamente la evidencia y calculando las cuantiosas bajas de los soldados turcos en este acontecimiento. El bando aliado, desde el mismo momento en que ocurrió, condenó profundamente este crimen, satanizando la “barbarie” otomana. Pero al parecer, para los altos mandos y la propaganda oficial de los países de la Entente, no era un genocidio enviar sin piedad a miles de jóvenes a una muerte inútil, como en Verdún, Passchaendale, Chemin des Dammes, y hasta la misma Gallípoli.

Las revueltas árabes y el fin del imperio

La otra gran derrota infligida a los tommies, y de la que se habló un poco más arriba, durante la Primera Guerra Mundial es menos conocida, pero quizá más humillante. Las fuerzas imperiales enviadas desde la India y el mar Rojo quisieron tomar posesión de Mesopotamia, pero el desierto y la recobrada bravura del ejército otomano le causaron 25.000 bajas al ejército inglés y la rendición de Kut-al-Amara el 29 de abril de 1916 con una guarnición de 10.000 soldados indios y británicos con toda la oficialidad y el mayor general Charles Townsend a la cabeza. Aun así, los eventos más presentes de la desintegración del imperio otomano después de la derrota en la Gran Guerra, están relacionados con la pérdida de los territorios propiamente árabes en Asia de la Sublime Puerta; Palestina, Siria, Irak y parte de la península Arábiga pasaron a estar bajo la protección británica, los pueblos árabes al ver la caída libre del gobierno del sultán se rebelaron con el apoyo británico y bajo la égida de un romántico personaje: T. E. Lawrence, quien pasó a la posteridad con el seudónimo de “Lawrence de Arabia” y por su colosal obra “Los siete pilares de la sabiduría”. Quizás esta “rebelión” árabe fue absurdamente inflada por los medios británicos y por la historiografía posterior cuando en realidad los árabes pelearon hombro a hombro con los turcos, y fue más bien el interés netamente económico y el visto bueno que el gobierno británico había dado a los sionistas europeos para la creación de un Estado judío en Palestina, lo que permitió establecer un Protectorado británico, y luego uno francés en esta zona con los acuerdos de Sykes-Picott.

Las conspiraciones y el reparto del imperio otomano por parte de las grandes potencias han generado úlceras sangrantes, aún un siglo después de los hechos: la declaración Balfour, piedra angular del sionismo y de las aspiraciones modernas a un retorno del pueblo judío a su “tierra prometida”, han generado un constante conflicto con los habitantes palestinos que a pesar de los esfuerzos internacionales (irónicamente, de países causantes del problema) a la fecha no se han podido solucionar; los protectorados franceses e ingleses en el Mashreq, y en la península arábiga, además de la toma de territorios por parte de Rusia en Asia Central, que incluso antes de la entrada del imperio otomano en la Guerra, ya estaban repartidos y divididos con cuadrícula, como hasta el día de hoy permanecen, inventando fronteras que sus moradores no reconocen y no pueden adaptarse a ellas, como en el caso del Kurdistán. Además, el catalizador de los recursos petroquímicos que estaban en suelo otomano, impulsó la intervención y la codicia europea sobre estos territorios, es por estas y otras muchas razones que la participación del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial, y su posterior debacle y descomposición, es el génesis del Medio Oriente contemporáneo.

Bibliografía

Aksakal, Mustafá. The Ottoman road to war in 1914. Nueva York, Cambridge University Press, 2008.
Anderson, M.S. The Eastern Question, 1774–1923: A Study in International Relations. Nueva York, Macmillan, 1966.
Erickson, Edward J. Ordered to die. A history of the Ottoman Army in the World War I. Connecticut, Greenwood Press, 2001.
Haythornthwaite, Philip. Gallipoli 1915. Asalto frontal a Turquía. Madrid, Ediciones del Prado, 1994.
Veiga, Francisco. El turco: diez siglos a las puertas de Europa, 2a. ed., Barcelona, Debate, 2007.

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Mustafá Kemal Atatürk 

Tesalónica (actual Grecia), 1881 - Estambul, 1938 

Mustafá Kemal, un joven y brillante oficial del ejército turco, durante la Primera Guerra Mundial, es el personaje más importante de la Turquía contemporánea. Su figura es casi de culto: aparece en todos los billetes, en las escuelas, en plazas públicas y ministerios, es Atatürk, el padre de los turcos. Y no es para menos, héroe de Gallípoli, fue el primer presidente y líder ideológico de la República de Turquía creada en 1923, luego de una guerra de independencia contra las tropas griegas que invadieron Anatolia al caer el imperio otomano. Su pensamiento, sus obras y su figura en sí, son parte fundamental de la Turquía moderna. Al instaurar la república, modernizó el país, acercándolo mucho más a occidente, reemplazó los vestidos tradicionales por los europeos, occidentalizó el idioma y la escritura, queriéndose desligar del pasado de sultanes y jenízaros, para integrar el país a Europa. Generó los dilemas más importantes del presente turco: entre el ser europeos o asiáticos, modernos o tradicionales, guerreros o pacifistas, orgullosos de su pasado o pendientes del futuro.

 

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LA ANZAC

La experiencia en la campaña de los Dardanelos y Gallípoli es fundamental para la historia y la construcción nacional en Australia y en Nueva Zelanda. Las tropas de la ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) generaron una valiente reputación, gracias al sacrificio de estas en una misión imposible por tomar las inexpugnables posiciones otomanas en la escarpada posición de Gallípoli. Canadienses, australianos y neozelandeses fueron aniquilados sin opción y durante largos nueve meses frente a las costas de la península, forjando un sentimiento de identidad nacional que perdura hasta hoy. El 25 de abril, día en el que se conmemoran los desembarcos de las tropas de la ANZAC en Gallípoli, es el día festivo celebrado con más orgullo en Australia y Nueva Zelanda. Pero aparte de estos sentimientos nacionales esta campaña debe ser vista como una ambiciosa estrategia miserablemente dirigida y que muy a pesar de la valentía de quienes pelearon no pasó de ser un gasto inútil de recursos y tiempo.

 

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Thomas Edward Lawrence

Tremadoc, 1888 – Moreton, 1935

Su conocimiento de la geografía y la cultura del medio oriente, adquirido como arqueólogo, lo convirtió en eslabón entre el imperio británico y los pueblos árabes, a los que llevó a realizar acciones políticas y militares favorables a los ingleses. Espía, consejero de Churchill, se convirtió en una leyenda, en parte gracias a sus cambios de identidad. Cuando falleció en un accidente de motocicleta, pocas personas, entre ellos W. Churchill, supieron que el Thomas Shaw que había muerto era el legendario Lawrence de Arabia.