Jaime Jaramillo Uribe. Pintura al pastel de Lorenzo Jaramillo, 1985
Septiembre de 2016
Por:
Mauricio Archila Neira

JAIME JARAMILLO URIBE: PADRE DE LA NUEVA HISTORIA

El nombre de Jaime Jaramillo Uribe no puede faltar en todo recuento que se haga sobre la evolución de la disciplina histórica en el país durante este siglo. Este es uno de los pocos consensos a que llegamos los historiadores de todas las tendencias --viejos y jóvenes, especialistas en la colonia o en la época republicana, de temas sociales o económicos-- sin mucha polémica. Conviene, sin embargo, ir más allá de las frases compartidas y los sentidos comunes para entender la trayectoria y el aporte de este gran historiador que ha sido y sigue siendo Jaime Jaramillo Uribe.

Lo curioso es que el maestro no siempre se identificó como historiador. A finales del decenio de los treinta, se enroló en la Escuela Normal Superior para culminar pocos años después sus estudios como licenciado en ciencias sociales y económicas. Luego de ser profesor de la misma institución inició una serie de viajes al viejo continente, que lo puso en contacto con la avanzada del pensamiento sociológico e histórico, disciplinas entre las que a la sazón oscilaba su interés académico. En sus intermitentes retornos al país, además de hacer investigación sobre el pasado, se graduó como abogado de la Libre y dictó clases de diversas disciplinas sociales en la Universidad Nacional. A fines de los años cincuenta regresó en forma definitiva y se dio a la tarea de hacer de la historia una disciplina científica, equiparable a las otras ciencias sociales con las que continuaba en diálogo. Dos metas se desprendían de ese propósito: profesionalizar la historia y reestructurar sus métodos. No era una tarea fácil, pues su proyecto disciplinario iba en contra de lo que en la Colombia del momento se entendía, y se practicaba, por historia.

"El pensamiento colombiano en el siglo XIX", 1964

 

La convulsión intelectual de los años sesenta fue el terreno propicio para esa especie de "revolución invisible" que Jaramillo Uribe emprendió junto con otros científicos sociales vinculados a la Universidad Nacional. Para enfrentar el exagerado empirismo y la precaria profesionalización de los estudiosos del pasado creó la primera carrera de Historia en el país. En sus cátedras, que combinaban el rigor teórico con una nueva mirada del pasado, se formaron los primeros historiadores profesionales, que luego darían origen a lo que el poeta Darío Jaramillo Agudelo en buena hora designó, años más tarde, la Nueva Historia.

Convencido de que la sola docencia no bastaba, el maestro impulsó la investigación sobre el pasado y su difusión. Con tal fin creó en 1963 la revista Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, título que condensaba su propuesta historiográfica: estudiar la sociedad desde los diversos grupos que la conforman atendiendo a su producción cultural. El proyecto reflejaba su propia trayectoria entre la sociología y la historia, sin desconocer el derecho, la filosofía y la misma economía. El estudio sin prejuicios de autores como Durkheim, Marx, Weber, Bloch, Pirenne y Labrousse, de quien fue discípulo, fundamentaba su postura académica. Desde el Anuario emprendió la difusión del nuevo saber por medio de estudios sobre las condiciones sociales durante el período colonial. El pensamiento colombiano del siglo XIX, tema al que había dedicado investigación en sus ires y venires de los años cincuenta, fue otro de sus intereses. Los textos que de allí brotaron siguen siendo paradigmáticos en el conocimiento del pasado y al mismo tiempo herramientas cruciales en la formación de los historiadores. En ellos el maestro no sólo tocó temas relativamente descuidados en la historiografía del momento, sino que propuso una nueva forma de mirar el pasado, que se podría resumir en la utilización de categorías teóricas rigurosas y en la incorporación de métodos cuantitativos y cualitativos construidos por otras ciencias sociales. De esta forma desmitificó el papel de la legislación en un país de leyes, comprendió la dinámica de los conflictos sociales cuando más se querían ocultar y resaltó las ideas de quienes forjaron esta nación en un momento en que se buscaba olvidarlas. Como resultado de estos esfuerzos contribuyó a que la disciplina histórica fuese una rama del saber del mismo nivel de otras ciencias sociales y, en muchos aspectos, más dinámica que muchas de ellas.

Si bien, como él mismo lo confesaba en entrevista reciente, los años sesenta fueron el punto de llegada de un proceso iniciado desde los tiempos de la Escuela Normal Superior, su labor dista de concluir allí. A lo largo de estos años ha continuado la divulgación de nuevas investigaciones históricas con obras como el Manual de historia de Colombia (1979), que en forma oportuna coordinó (ver Credencial Historia Nº 110, febrero 1999, p. 15). Su producción bibliográfica continuó con un ritmo infatigable y son pocos los temas historiográficos que no ha abordado y menos aún los debates en los que no ha aportado. Sin dejarse vencer por los años o por las adversidades de la vida, continúa con su loable labor como profesor, bien sea en la Universidad de los Andes, bien sea como invitado en universidades públicas o privadas del país. Es frecuente verlo en conferencias, simposios y congresos de especialistas o de legos. Aunque no siempre está de acuerdo con lo que hacen sus innumerables discípulos, suele encontrar una idea, un concepto, un método, o una intuición para compartir.

Jaime Jaramillo Uribe tal vez no fue el primer crítico de la historiografía tradicional, ni mucho menos ha sido el único, pero sí quien con más coherencia y solidez ha impulsado su renovación. Por ello puede considerársele, sin lugar a dudas, como el Padre de la Nueva Historia.