23 de septiembre del 2019
 
Octubre de 2012
Por:
Jorge Morales Gómez

Imaginarios de la conquista

Los sabios nativos

Según la historia oral contada por muchos campesinos y pobladores urbanos los Muiscas o Chibchas no fueron acabados por las tropas españolas, ni sus tesoros saqueados del todo. Debido a las artes de sus sacerdotes y chamanes, se enterraron con el oro en el fondo de las lagunas de altura y en el interior de los cerros. Allí viven desde hace quinientos años.

 

Los encantos

Paralela a la investigación historiográfica sobre el desarrollo de los acontecimientos del pasado, y específicamente con relación al encuentro entre indígenas y conquistadores en el siglo XVI en América, existe otra versión no menos importante y que puede tener rasgos comunes con la citada, pero también muchas diferencias y resultados disímiles. Es la de la tradición oral, muy válida, que posee una lógica interna en su estructura, aunque no sea aceptada por los historiadores de la corriente académica moderna o por el resto del público que no la comparte. A distinción de la de los especialistas, no se produce a partir del análisis de documentos escritos, sino de los relatos oídos y transformados por las diversas generaciones de sujetos históricos. Va formando imaginarios colectivos sobre distintos hechos, que pueden contener materia religiosa y aparecer como absurdos en las mentalidades que se apartan de sus principios.

En el caso del encuentro entre aborígenes americanos y conquistadores españoles en el siglo XVI, las mentalidades populares en el Nuevo Mundo lo han incorporado en su sistema de conocimiento y en su cosmología, con elaboraciones intelectuales coherentes, complejas y dignas de estudio.

Según la historia oral contada por muchos campesinos y pobladores urbanos sobre dichos acontecimientos en el altiplano cundiboyacense, a través de diversas versiones, los Muiscas o Chibchas no fueron acabados por las tropas españolas, ni sus tesoros saqueados del todo. Debido a las artes de sus sacerdo tes y chamanes, se enterraron con el oro en el fondo de las lagunas de altura y en el interior de los cerros. Allí viven desde hace quinientos años, en palacios dorados y periódicamente salen a la superficie donde pueden tener contactos esporádicos, con gente de la actualidad. Son los encantos. Y no se crea que su existencia se limita al citado altiplano, tal como lo veremos con ciertos ejemplos más adelante.

Su apariencia es dorada, o al menos amarilla brillante. Se trata de diversas apariciones como una vieja que sale con unos pollitos o unos paticos y desaparece apenas alguien se acerca, o un niño que brilla y juega con otros del presente, y también se esfuma cuando algún adulto se aproxima. Pero también puede ser el famoso Mohán que vive en las profundidades de lagunas, ríos y quebradas, como el célebre de la hoya del alto y medio río Magdalena. Este Mohán es representado muchas veces como un hombre andrajoso y sucio, descuidado, lleno de escamas que si se caen dejan al descubierto el oro que lo constituye.Necesita salir periódicamente al mundo de hoy a comprar tabacos y aguardiente para aliviarse del intenso frío de sus habitaciones subacuáticas.

Otras manifestaciones suelen ocurrir con las crecientes o avenidas de los ríos. Al frente de ellas se pueden observar indígenas emplumados, dorados o animales como venados, ovejas y toros que van dirigiendo todo el cauce arrasador de casas y sementeras. Estos encantos son muy temidos por los pobladores de diversas regiones de la cordillera oriental colombiana. (De Vengoechea. 1992)

Tablas, columnas y vigas de oro que sostienen poblaciones o edificios post-conquista, también son encantos que pueden proteger a los moradores modernos. Sin embargo, en cualquier momento y por orden de los sabios indígenas pueden desplazarse o caerse y ocasionar así una tragedia. Tal es la creencia que la catedral del Socorro, Santander, está sostenida sobre un gran tablero de oro, o la que refiere que Mogotes, en el mismo departamento, descansa sobre una viga de ese material. De otro lado, el cerro de Ingrumá, tutelar de Riosucio, Caldas, está vigilante y dentro de él se hallan los últimos Quimbayas, según el imaginario popular.

A simple vista, los encantos son ambivalentes: pueden causar enormes males paro también protegen a los habitantes del mundo actual. La primera actitud es de venganza contra los descendientes de aquellos opresores de la población indígena durante la Conquista. La segunda, es otra forma de mostrar poder, pues se cuida y conserva a los “blancos”, sin dejar de lado la amenaza del riesgo.

Cuando en 1983 fui a visitar la mitológica laguna de Iguaque en Boyacá, me acompañó un guía de Villa de Leiva (q.e.p.d). Al llegar a sus márgenes y tomar una fotografía, comenzó a caer una menuda llovizna sobre mi cuerpo y se mecieron suavemente las aguas del pequeño lago. El guía, que estaba retirado de mí, permanecía seco. Luego me dijo: “Esta laguna está encantada y por eso se puso brava porque sumercé la retrató. Es tan berrionda que si no la hace a la entrada, la hace a la salida.” Pues la hizo a la salida, dado que al regreso el guía se resbaló y se mató y yo terminé en la cárcel de Arcabuco. Para las comunidades aledañas no cabía duda que fue un acto de venganza de los encantos de los indios que allí residen.

Los indios enterrados son poderosos en sus profundidades. Desde allí y durante quinientos años se trasladan por vías subterráneas entre montañas, ríos, quebradas y lagunas de altura. Entre más retirados estén esos sitios de áreas pobladas, más a gusto se hallan los encantos. Pero también suelen salir a la superficie a calentarse. Y si ven gente del presente por sus inmediaciones, que no tenga intención de dañar la naturaleza, los pueden convidar a sus “palacios luminosos”, llenos de oro y regalarle parte de su tesoro, el cual aún lo conservan esde el tiempo que lo sustrajeron a la codicia de los españoles (Morales. 2001: 25)

Según el testimonio de muchos campesinos de la región andina, el Viernes Santo a las 12 de la noche, los encantos de oro salen de sus escondites y es cuando más frecuentemente pueden favorecer a alguien que perdido o ausente de las ceremonias religiosas cristianas, esté por esos lares, como en faenas de pesca o de montería. ¿Por qué esa fecha del calendario litúrgico va a ser aprovechada por los indios del tiempo de la Conquista para hacer actos de presencia hoy?

Precisamente, si Cristo está muerto, la metáfora de la mentalidad popular mata también al cristianismo, a aquel que ayudó a atacar al indio. Pues si Cristo murió, ellos están libres de la Conquista que les llevó el cristianismo y son poderosos y dueños del paisaje ya que sus opresores están muertos, por extensión simbólica.

Los conjuros

Para restarle fuerza agresiva y destructora a los encantos de los indígenas de la Conquista, las gentes de campos y pueblos de la región andina suelen recurrir a diferentes actos rituales. Son los conjuros.Es muy frecuente recurrir a los símbolos cristianos para reforzar desde el presente la acción de los curas doctrineros y misioneros contra las “idolatrías de los indios”. En la laguna de la Magdalena o del Buey, donde nace nuestro gran río se ha acostumbrado llevar un sacerdote católico quien esparce agua bendita, o mostrar un crucifio y orar en sus bordes o en sus cercanías.

La sal se manifiesta en este contexto de los conjuros como un elemento simbólico de gran complejidad. De un lado, y conforme a su signifi cado arquetípico, tiende a secar y a quemar; esto se traduce como quitarle fuerza al agua encantada. Pero de otro lado, puede estar asociada al rito cristiano del bautizo, donde la sal ayuda a anular el pecado y en este caso, a la religión nativa, tal como lo ejercieron los clérigos en la Conquista. Una opción del conjuro ritual de la sal consiste en orinar en las quebradas y ríos o en el lecho de las lagunas, en la medida de lo posible.

En el sur del país durante muchas décadas del siglo pasado, se llegó a sacrificar en las lagunas del Macizo Colombiano a niños sin bautizar, llamados aucas. Tal supervivencia de ritos prehispánicos es recordada vivamente por muchos pobladores actuales de esa región. Se trataba así de apaciguar la furia de los encantos mediante el ofrecimiento de una víctima del otro grupo, descendiente de los opresores, así fuera mestizo, pero de todos modos considerado a sí mismo como no indígena o al menos como diferente a los indios que sufrieron el encuentro de dos mundos.

El oro, viajero de la historia

Ya se anotó que los encantos dorados se mueven bajo la tierra entre cerros, lagunas, ríos y quebradas. Así dominan ese territorio invisible para los moradores del presente. Esas capas subterráneas las ocuparon, de acuerdo con las creencias populares, en el momento que decidieron protegerse del todo de la rapiña de los conquistadores. Pero además de esos desplazamientos horizontales, también los aborígenes encantados parten del fondo, que corresponde al lugar y tiempo de la Conquista y emergen hasta la superfi cie, en el presente. Se trata de todo un viaje a través de la historia, durante aproximadamente 500 años. Todo ese lapso significa para las mentalidades populares, en su imaginario histórico, no solo que los indios y su oro no se acabaron y  que están vivos aún, sino que son poderosos y aún más, eternos. Además, se cree que sus costumbres permanecen tal y como las tenían hasta el encuentro con los europeos. Y es esa cultura, imaginada como autóctona la que se relaciona con los pobladores de la actualidad. Se trata de una maravillosa experiencia de relaciones interétnicas entre dos grupos, uno de los cuales ejerce poder y dominio a su manera, mediante el miedo y la venganza, pero también debido a la insospechada sabiduría de su jerarcas, rodeados de toda la magia que se ha podido elaborar en estas cinco centurias, de acuerdo con dichas mentalidades.

Bajo tal mentalidad, los indios son de oro y pueden aparecer y desaparecer. Sus antiguos chamanes los han dotado de un poder que escapa a los conocimientos cotidianos del hombre actual y por esas artes nativas y esotéricas, permanecen a través de la historia y se mueven en ella, como seres incorruptibles, intactos, mostrando así una cara completamente opuesta a la versión oficial que asegura su desaparición completa.

consideraciones finales

Los imaginarios son construcciones culturales, las cuales son conceptualizadas por Baczko (1991:8) de la siguiente manera:

“Las sociedades viven dentro de este universo de representaciones simbólicas y se adhieren –mediante las explicaciones que les aporta su medio cultural– a interpretaciones del mundo y de la historia que no son necesariamente reales, pero que les son verosímiles. El imaginario colectivo está construido pues en base a un conjunto de símbolos cuya significación y jerarquía significante han sido previamente decididos por el arbitrario cultural, esto es, la forma cultural compulsiva que selecciona y organiza el sentido de los símbolos, arbitrario que encontrará su justificación última en la esfera de lo religioso, sacralizando de esta manera lo político”.

Aunque no siempre los imaginarios remiten a lo religioso, en el caso de los indígenas de la Conquista y su permanencia, su ocurrencia es muy patente, pues se atribuye a sacerdotes y chamanes indígenas, con su sabiduría, la capacidad de ser eternos y de vivir en mundos subterráneos, así como el tener esencia dorada y ser a la vez, vivos.

El arte de manejar el oro, practicado por las etnias precolombinas ha impresionado históricamente a las generaciones posteriores. Los mismos españoles del siglo XVI llegaron a creer que había ciertas yerbas que tenían la propiedad de derretir el oro y que su uso era un secreto de los indios. Así lo consignó el padre Julián en su célebre crónica sobre Santa Marta, “La Perla de América” (Julián./1787/ 1980: 68) y se fue transmitiendo hasta el presente, “de generación en generación”. Y éste como otros “secretos”, se imagina como saber de los amerindios, enseñado por sus jefes religiosos y que a la vez perdieron los pobladores de los años siguientes.

Esa pérdida es considerada como parte del castigo de los indios de la Conquista contra los descendientes de sus opresores. El imaginario cree que nosotros nos sentimos avergonzados de nuestra herencia americana nativa y que despreciamos las obras de los pobladores prehispánicos de Colombia. Si hubiera ocurrido lo contrario, seríamos poseedores de muchas de esas artes y saberes; y muchas veces esta idea se proyecta a escenarios de poder de mayor envergadura, pues piensan muchas de las mentalidades populares instruidas en estos campos históricos, que con la alianza con los primitivos habitantes del país, “otro gallo nos cantara” en nuestra situación actual: Seríamos más ricos, más autónomos, más solidarios y más protectores de la naturaleza, pues todo eso se atribuye a la generalidad de las etnias americanas.

Precisamente, esa última condición citada guarda un vínculo muy estrecho con los indios encantados. Algunos de éstos, los llamados mohanes, en el altiplano no pueden abandonar del todo a la gente del campo, por la cual sienten tristeza –reza la tradición oral en muchos pueblos del altiplano central– y ejercen su poder en el control de las aguas: Ellos gobiernan la producción de lluvia en los páramos, manejan compuertas que abren y cierran, pero en ocasiones, ese mismo poder se vuelve agresivo, como ya lo vimos atrás. En la sabana de Bogotá, por ejemplo, la pareja de mohanes que dejaron los Muiscas domina el ciclo acuático desde sus centros de poder en cerros tutelares como Monserrate, Juaica y Fusca entre otros. (Carrillo. 1997)

Algo similar ocurre hoy en los resguardos Yanacona del Macizo colombiano.Las “vírgenes emanecidas”cuidan el agua y los páramos. Son bravas, frías, fundadoras de pueblos y vivas. Aunque sean modeladas en arcilla o y eso, ostentan todas las cualidades mencionadas. Son vírgenes madres de Cristo, pero la tradición indígena las vincula como eternas y que están cumpliendo sus funciones desde mucho antes de llegar los españoles a estos territorios. Son vírgenes de los indios, sincréticas o reinterpretadas a la luz de ideas tradicionales. (Zambrano 1993)

En conclusión, los encantos tienen una enorme trascendencia política en los imaginarios populares: La historia  no es ajena a ellos y se proyecta hacia el presente y el porvenir.

Referencias

  • Bronislaw Baczko. 1991. Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas. Buenos Aires, Nueva visión.
  • María Teresa Carrillo. 1997. Los caminos del agua. Tradición oral de los raizales de la Sabana de Bogotá. Bogotá. Tesis, Universidad Nacional.
  • Consuelo De Vengoechea. 1992. Los tunjos en la tradición oral de los campesinos andinos. Bogotá. Tesis, Universidad de los Andes.
  • Antonio Julián. /1787/ 1980. La Perla de América. Provincia de Santa Marta. Bogotá, Academia Colombiana de Historia.
  • Jorge Morales. 2001. Los encantos: Escenarios de relaciones interétnicas. Boletín del Museo del Oro. 50 (ed. electrónica)
  • Carlos Zambrano V. 1993. Hombres de páramo y montaña. Los yanaconas del Macizo colombiano. Bogotá, Inst. Colombiano de Antropología e Historia.