18 de octubre del 2019
 
Hospital San Carlos de Bogotá, 1948, Album Ortega Ricaurte, Sociedad de Mejoras y Ornato. Su benefactor: Gustavo Restrepo Mejía, foto de la revista "Américas", 1949
Septiembre de 2016
Por:
Mario Hernández Alvarez

HOSPITAL SAN CARLOS

Cuando se inauguró el Hospital San Carlos de Bogotá, el 25 de agosto de 1948, la sociedad bogotana creía estar viendo la llegada de la modernidad. Era el primero y, a la postre, el único sanatorio antituberculoso de carácter privado diseñado científicamente para tal efecto. Su costo alcanzó la exorbitante suma de cinco y medio millones de pesos, cuando el dólar valía cerca de dos pesos. Su construcción requirió el trabajo de más de 150 obreros durante cinco años y casi todos los materiales y equipos fueron importados de Europa y Estados Unidos, aun en medio de las limitaciones de la segunda Guerra Mundial.

Y no era para menos. En medio de la nada, a pocos kilómetros al sur del casco urbano de lo que era Bogotá, se alzaba un imponente edificio de ocho pisos, con las más increíbles características técnicas. Un amplio introitus con paredes de mármol rosado importado de Bélgica. El ladrillo de las paredes fue ultradesecado par evitar la adherencia del bacilo tuberculoso, con lo que adquirió un curioso y llamativo color amarillo. En la recepción se instaló la más moderna central telefónica del momento. El hospital contaba con laboratorio clínico bien dotado, salas y aparatos portátiles de rayos X, esterilizador de colchones, ascensores alemanes de gran capacidad, sala de juegos, dentistería, teatro, capilla y biblioteca. La cocina central tenía cuartos fríos gigantescos para diferentes tipos de alimentos, hornos "a gas" para el pan y máquina para hacer helados. Para evitar la contaminación a poblaciones vecinas, tenía una planta de purificación de aguas y hornos para la cremación de desechos. El viento que avanzaba de la colina posterior hacia la sabana sería "purificado" por un bosque de cipreses australianos que en pocos años constituiría una verdadera barrera natural frente al eventual contagio. Las especificaciones técnicas fueron diseñadas con la asesoría del doctor Esmond Long, importante neumólogo investigador estadounidense, quien vino con el apoyo de la Oficina Sanitaria Internacional. Y la firma Cuéllar, Serrano, Gómez recibió uno de sus primeros premios de arquitectura con esta obra.

Los pacientes tuberculosos no podía encontrar mejores condiciones para sus largas estancias de, por lo menos, un año. Cuartos amplios, aireados e impecables, con esquinas redondeadas para evitar la acumulación de residuos favorables al depósito de bacilos. Ventanales de piso a techo, balcones y "solarios", como parte de la dispendiosa cura. La disposición del edificio estaba pensada para recibir sol todo el día. La ropería era importada de Nueva York, especialmente marcada en la fábrica. La alimentación era abundante y variada, servida en diferentes tipos de vajillas y de cristalería, y cubiertos de electroplata importados de la casa inglesa Walker & Hall, dado que el novedoso material indestructible denominado "plástico" resultaba demasiado costoso.

Los recursos para esta monumental obra provenían de la fortuna del señor Gustavo Restrepo Mejía, quien a su muerte en 1940, fue calificado por la prensa nacional como "el primer millonario de Colombia". Su fortuna se calculó en cuarenta millones de pesos y la mayor parte de su patrimonio fue destinado a la construcción del hospital de tuberculosos. Este fue el origen de la Fundación que se denominaría San Carlos, en recuerdo de la madre de don Gustavo. Las rentas del legado servirían para su sostenimiento y la administración estaría a cargo de una Junta perfectamente diseñada desde el testamento del benefactor.

En esta época, la caridad privada constituía toda una opción para la atención de los pobres, en remplazo del Estado. Y así se mantuvo durante los primeros 25 años de existencia de la Fundación. Pero los cambios en el tratamiento de la tuberculosis, cada vez más ambulatorios, y la ampliación de la campaña antituberculosa por parte del Estado, pusieron en aprietos al ya no tan moderno sanatorio, al punto que la junta administradora decidió conducirlo hacia un Hospital general con énfasis en neumología. Por esta vía llegó a ser hospital universitario y obtuvo cierto prestigio científico en su especialidad. Pero cada vez más, la Fundación se quedó sin verdaderos dolientes, como ha ocurrido con muchas otras instituciones de su tipo. Durante la década de los ochenta, entró en una crísis progresiva que llegó a un déficit insostenible. En octubre de 1994 el Hospital San Carlos cerró sus puertas, después de 46 años de labores ininterrumpidas. El Ministerio de Salud decidió su intervención, y después de estrategias de salvación sostenidas durante más de tres años, se logró reabrir un hospital más modesto de 40 camas en el antiguo pabellón infantil, mientras se arrendó el edificio principal al Seguro Social para el montaje de la hoy denominada Clínica Carlos Lleras Restrepo. Para proteger la construcción, el edificio fue declarado monumento nacional en junio de 1995. Podría decirse que la Fundación revivió como el ave fénix, pero bastante disminuida.