14 de noviembre del 2019
 
Gilberto Alzate Avendaño. Oleo de Guillermo Camacho M. 1972 Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá.
Noviembre de 2016
Por:
Carlos Augusto Noriega

GILBERTO ALZATE AVENDAÑO

Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960) fue el más grande caudillo civil del conservatismo en el presente siglo. Habiendo irrumpido en el escenario de la política nacional un poco por fuera de tiempo, cuando el desespero de las masas depauperadas, ocupantes de la galería en el empobrecido escenario nacional, no alcanzaba a hacer oír voces de protesta sino apenas tenues murmullos de larvada inconformidad, los alegatos formidables de Alzate Avendaño en favor de un conservatismo insurgente, atrevido, no hipotecado a los poderosos, resultaron simple alimento intelectual para jóvenes generaciones que, como él, se frustraron en su temprana y absurda desaparición.

Pero este Alzate Avendaño, que tuvo que gastar excesivo tiempo de su relampagueante existencia, de inesperada y desgarradora brevedad, en echar abajo, trabajosamente, onerosamente, bravíamente, los obstáculos que con acezante y despavorida solicitud le bastantearon los alcahuetes personeros del miedo al cambio social, desde su tumba asiste a un trágico desquite , el de comprobar que el país que él, Alzate, quiso transformar a fondo, hoy, a los 38 años de su muerte, sigue viviendo en la patria boba, y en lo político asiste, sin estupor y ante la resignada humildad de la clase dirigente, al desmantelamiento inmisericorde de sus instituciones.

En la ardorosa vida combativa de Alzate Avendaño se dieron tres etapas de altivos protagonismos, tajantemente diferenciadas. La primera, en sus mocedades, cuando por el año 1937 al frente de la secretaría del Directorio Nacional Conservador se enfrenta a Laureano Gómez, que ya le estaba imponiendo al partido la "disciplina para perros", y en un caso típico de incompatibilidad de caracteres y de antagónica concepción del Estado, rompe y se va. Se dedica luego, en Manizales, a ejercer la abogacia con mucha fortuna, lo que no le impide calificarla de "actividad parasitaria", "que exige dotes menores", pues "el abogado no crea, no produce nada útil", y para sostenerlo "muchos campesinos y obreros tienen que estar sudando plusvalía". Frases de una indagatoria suya, que es pieza maestra de nuestra literatura jurídica, ya que todos los escritos de Alzate, ensayos históricos y literarios, artículos y discusiones, editoriales de su periódico Diario de Colombia, de brillante rigor académico, son de antología. Ahora mismo a los aficionados al derecho público, politólogos, violentólogos, les servirá para seguir hurgando en las causas de la impresionante catástrofe en que agoniza la nación.

Dispuesto a abandonar el foro, porque le impresionaba morir leguleyo, con el alma prendida de una inciso, son sus palabras, Alzate entra a tambor batiente en la política, y sintiéndose incómodo en el conservatismo, al que considera "...un olimpo taciturno de ancianos", funda su propio partido. El extraordinario escritor, su amigo Hernando Téllez, lo llamará "Acción Nacionalista Popular", y su compañero de faenas electorales, Fernando Londoño Londoño, advirtiendo no haber sido "alzatista", lo denominará "Movimiento Nacional". La primera salida en busca de curules en 1939 fue un estrepitoso fracaso, su único representante elegido, ese otro extraordinario escritor y orador, Silvio Villegas, en el instante mismo de instalarse el Congreso, regresa al viejo alero conservador, lo que llevará a Alzate a tildarlo de "gallo de la veleta", sin que esto quebrante su amistad.

Pero Alzate persistirá. Las convenciones conservadoras le siguen pareciendo sombríos cenáculos de fantasmas, reuniones de seres de ultratumba, de momias fosforescentes, a los cuales daban deseos de irresistibles de preguntarles a gritos: De parte de Dios o del diablo, "¿qué necesitan?"

De 1937 a 1943, especialmente desde cuando en este último año dirigió una huelga de choferes que culminó en masacre, con varios manifestantes asesinados por la policía en las calles de Manizales, de ahí la famosa indagatoria de Alzate que armó auténtico escándalo nacional, mezcla de admiración desenfrenada y temor reverencial, comenzó a considerársele un líder de extrema peligrosidad. Se dijo, no sin fundamento, que era admirador de Mussolini, su imitador con la mandíbula saliente y la desnuda cabeza de la que "se habían caído el pelo y las ilusiones"; que admiraba también a Hitler, sin que faltaran burgueses asustados que dada la afición de Alzate por el baile dijeran que lo hacía "a paso de ganso"; que devoto de José Antonio Primo de Rivera y su Falange, marchaba en política "de cara al sol con la camisa rota", y devoto, así mismo, del otro caudillo, Franco, a quien dos lustros adelante le presentaría credenciales como embajador de Colombia, no vacilaría en liquidar nuestro crónico desbarajuste nacional mediante una guerra civil. Estas posiciones de Alzate cobraban cierta consistencia cuando aguerridos nacionalistas, seguidores de su partido, desfilaban de "camisas negras" por algunos lugares del país.

De este Alzate Avendaño, temido como falangista, nazista, fascista, escribía Hernando Téllez: "...No se cree un orador ni un escritor. Pero asegura que habría podido ser lo uno y lo otro, de primer orden, si los dioses no le hubieran asignado la tarea del caudillo político destinado, de acuerdo con su mismo testimonio, irremediablemente al poder. Considera que ese destino sufrió una lamentable, pero eventual frustración, con motivo de la derrota de las armas alemanas... Rommel en el Africa y Von Paulus en Stalingrado, le jugaron, afirma, una mala partida. Su inmediato porvenir político, en ese entonces, y el de Adolfo Hitler, se hallaba, según asegura, ligados en el tiempo y en el espacio... Las Naciones Unidas estaban luchando, sin saberlo, también contra Alzate. El triunfo de Alemania, habría sido el triunfo de las derechas en el mundo. Y en el mundo estaba Colombia. Y en Colombia estaba Alzate. Ese su sencillo y modesto razonamiento".

Juan Lozano y Lozano, con su admirable estilo, en prodigiosa semblanza, al decir que Alzate era un caudillo peligroso, anotaba que hombre peligroso en política es lo que equivale a mujer fatal en el amor, y que el caudillo es el hombre que aguarda su oportunidad, o que la crea. Y Alzate, a nuestro juicio, nunca aguardó su oportunidad. Siempre quiso creársela. Era una imposición de su vitalidad arrolladora, con un itinerario que no respetaba "paraderos", ni admitía señales de tránsito, ni cortejaba al destino con modales convencionales, ni pagaba el peaje de las sumisiones gratificantes, ni, menos aún, pensaba que fuera negociable su agresiva verticalidad. Esa oportunidad no era otra, no podía ser otra, que el Poder, así con mayúscula. Y el Poder, ¿para qué? Para hacer la revolución, esa revolución que todavía sigue esperando el país.

Con penetración zahorí, Lozano y Lozano palpó la carga de transformación sin atenuantes ligada a la personalidad de Alzate, y cuando éste tenía 33 años y ni siquiera había sido concejal, hizo el atrevido diagnóstico: "Es el único hombre con capacidad para hacer una revolución en Colombia, y si la oportunidad le llega, la realiza. Junto a él Gerardo Molina, Diego Luis Córdoba y Gilberto Vieira son miembros de la liga de Damas católicas. Pero ¿cúal es la revolución que se va a realizar? Eso es lo menos interesante... El Deber del país frente a Alzate Avendaño es no darle una oportunidad".

Pero lo de Lozano y Lozano no fue mero diagnóstico sino dramática llamada de atención. Seguida al pie de la letra. La mayor parte de los jefes conservadores se le atravesaron en la vía, sin misericordia y con premeditación y alevosía; los liberales lo admiraron sin reservas, pero le temían, y el resto lo aportó un aciago destino: a los cincuenta años una novedad hepática, que desde entonces manos expertas superaban con sencillez, se lo llevó cuando parecía que ya tenía en sus garras la codiciada oportunidad.

La segunda etapa en la vida de alzate fue la de su retorno al partido conservador, su ingreso al Senado, la integración con Guillermo León Valencia, Augusto Ramírez Moreno, José María Villarreal y Luis Navarro Ospina de una jerarquía que, en horas aciagas, sería soporte del gobierno de Ospina Pérez, para asistir a la traumática elección de Laureano Gómez. Vendría luego los duros tiempos de la desbordada violencia que le permitirían a Alzate, en terminante demostración de su clara vocación democrática, fundar el "alzatismo", recibir palo inmisericorde del gobierno de Gómez, oponerse a los embates dictatoriales de Alvaro Gómez y Jorge Leiva, integrantes del "siniestro binomio", compartir con el liberalismo oprobiosas persecuciones, pregonar el entendimiento entre bandos que se combatían a muerte, y conspirar, así textualmente, conspirar para que se diera "el golpe de opinión" del 13 de junio de 1953. Porque los alzatistas tuvieron acciones mayoritarias, muy abundantes, en la toma del poder por el general Rojas Pinilla. Quien esto escribe recibió el privilegio de ser llamado por Alzate, en estas cruciales jornadas, su segundo de a bordo, cuando el alzatismo jugó un papel como el de los históricos, con Carlos Martínez Silva a la cabeza, frente a las arbitrariedades de ese colosal pensador pero pésimo político que fue Miguel Antonio Caro. Historia por escribir.

La impresionante oración de Alzate contra el plebiscito del 1º de diciembre de 1957, feroz arremetida para las instituciones frentenacionalistas y cúmulo de profecías sobre el desastre a que serían arrastrados los partidos cuando sus diferencias programáticas se convirtieran en mera puja por los cargos y granjerías para sus respectivas clientelas, tornando ingobernable al país, abre la tercera etapa de su vida, en la que Alzate se verá rodeado por una clientela de aluvión bastante ajena al idealista alzatismo que dio en tierra con la dictadura laureanista.

En este instante Alzate logra la gran jugada política de su accidentada carrera, se alía con Ospina Pérez, gana las elecciones de Cámara de 1960, rompe la tenaza laureanista de la que no sólo eran víctima los conservadores sino el propio presidente LLeras Camargo, y pone a sus seguidores a colaborar con el gobierno. Firme amistad con Carlos Lleras Restrepo despejaba insospechados horizontes. El verdadero cambio estaba a la vista.

Gerardo Molina, su amigo entrañable, en semblanza en la que alude a sus "frases rutilantes y esbeltas" (Alzate acuñaba sentencias que por su contenido y belleza formal se convertían en monedas preciosas de forsoza circulación) sostuvo: "Habría sido el presidente de la República en 1962 o en 1970". Pero con la muerte de Alzate todo terminó. Sin que ni siquiera quede el consuelo de poder exclamar, siguiendo la hermosa "Elegía" de Eduardo Cote Lamus, que "tus huesos no tengan nunca paz sino batalla".