12 de noviembre del 2019
 
Gerardo Reichel-Dolmatoff
Septiembre de 2016
Por:
Carl Henrik Langebaek

GERARDO REICHEL-DOLMATOFF: FORJADOR DE LA ANTROPOLOGÍA COLOMBIANA

Escribir sobre Gerardo Reichel-Dolmatoff es escribir sobre el punto de referencia obligado de la antropología colombiana del siglo XX, Es obligado porque, tanto para detractores como para seguidores, su obra es el punto de partida, y aun en muchos casos el estado del arte en múltiples temas. Es obligado, también, porque su personalidad fue tan íntegra como su obra. La una y la otra forjaron en gran medida lo que es la antropología colombiana del siglo XX y sin duda la del siglo XXI.

¿Qué hace la obra y personalidad de Reichel tan importantes? Las respuestas pueden ser múltiples. Pero la base de todo es la del rigor académico de su trabajo y su visión amplia integradora, de la antropología. La obra de Reichel en la arqueología y etnología colombianas tienen un rigor difícil de encontrar en círculos académicos de Colombia. Este aporte se fundamenta además, en su formación humanística europea, estimulada por los benedictinos de su Austria natal, donde nació en 1914, y por la influencia de Paul Rivet. Esta concepción humanista le permitió tener una visión integral del conocimiento humano: uno que pasaba por las letras, el arte y la ciencia. No en vano sus primeros contactos con los académicos colombianos se dieron en la Galería de Arte fundada por Juan Friede e Ignacio Gómez Jaramillo. Esa amplitud de intereses propia de alguien que no considera al arte y a la ciencia como dos mundos separados, lo llevó a sentar las bases de la arqueología en muchas partes del país --pero especialmente en la Costa Caribe--, a encontrar el potencial insospechado y hasta negado de los pensadores indígenas de las selvas y montañas colombianas e incluso a convivir y describir magníficamente la vida de campesinos. En cada uno de estos campos, Reichel produjo obras magníficas: hasta hace poco las tres únicas síntesis profesionales de arqueología colombiana, libros como Desana o Los Kogi, o People of Aritama, quizá la mejor etnografía de grupo campesino en Colombia. Todo ello, desde luego, con la invaluable ayuda de Alicia Dussán, su incomparable compañera y colega.

Gerardo Reichel-Dolmatoff, e indígenas del Pirá-Paraná, 1966

 

El periplo de Reichel-Dolmatoff lo llevó al desierto de la Guajira, a la Sierra Nevada de Santa Marta, al Chocó, a realizar excavaciones, sus primeras, en la Sabana de Bogotá, a San Agustín y la Costa Pacífica; en fin, a todo el país. Y, sin embargo, su obsesión no fue la sociedad colombiana; su verdadero interés, en realidad, fue siempre el de dos caras desconocidas del país: la de su pasado remoto y la de sus sociedades indígenas, con las cuales convivió y de las cuales aprendió después de tantos años. Habiendo huido de una Europa intolerante de preguerra, Reichel-Dolmatoff entendió nuestra propia intolerancia.

Su visión privilegiada lo llevó a plantear problemas que hoy son la base de investigación de nuestra generación de antropólogos. En el plano arqueológico, Reichel aportó enormemente al conocimiento de las primeras sociedades con alfarería, los pasos en el desarrollo de la agricultura y de las sociedades complejas. Los esquemas cronológicos que propuso se mantienen vigentes en muchas partes del país y en algunas de ellas los únicos estudios realizados son los de Gerardo Reichel-Dolmatoff. En su trabajo con las comunidades indígenas encontró su motivo de vida. Se dedicó, en un frente muy diferente al de otro célebre académico, Juan Friede, a defender el patrimonio indígena. Lo hizo destacándolo como un ejemplo de modo de vida, de una filosofía y moral coherentes, que la sociedad dominante desconocía. Sin sus contribuciones al estudio de esta cosmovisión, el creciente respeto y la mayor conciencia sobre el "otro" en nuestro propio país difícilmente se habrían podido dar.

Reichel fue ante todo un académico. Profundo, respetuoso del trabajo serio y de calidad, pero nunca solidario con el trabajo mediocre, ayudó a formar la primera generación de antropólogos de la Universidad de los Andes. Sus principios, tan rectos como la silla desde la cual escribió tanto de lo que produjo, lo llevaron a ser un interlocutor válido para los académicos nacionales y extranjeros. Y su personalidad recia, sin duda la que le llevó a seleccionar críticamente sus relaciones personales. Reichel nunca ocupó cargos administrativos de importancia, excepto el de director del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, del cual fue fundador y en el que sirvió de líder intelectual que asombraba permanentemente a sus estudiantes.

Gracias a su experiencia personal, Reichel se acercó a lo verdaderamente importante: el conocimiento de los valores humanos y culturales en el sentido más amplio del término. Por ello, sus intercambios con chamanes indígenas, su pasión por la poesía inglesa y francesa y sus relaciones con los más prestigiosos académicos de Norteamérica y Europa lo enriquecieron por igual. Su aporte no constituye un saber completo y él mismo sería crítico de quienes pretenden hoy establecer su prestigio "académico" con base en vínculos, reales o ficticios, con el maestro. Su contribución no ha sido la de llegar a verdades o resultados incontrovertibles. Su verdadera talla la logró por la calidad de su producción, así hoy podamos en muchos puntos rebatirlo. Reichel murió en mayo de 1994 y sus restos descansan en una capilla benedictina en Medellín. Todos nosotros, y no un núcleo pequeño de "discípulos" que en realidad nunca tuvo, somos los grandes privilegiados de su legado.