18 de octubre del 2019
 
Grabado de Felipe Pérez, en Colombia Ilustrada.
Febrero de 2013
Por:
Marta Cabrera Ardila

Felipe Pérez: Geografía, Naturaleza y Nación

Los conocimientos geográficos son el termómetro con que se mide la ilustración, el comercio, la agricultura y la prosperidad de un pueblo. Su estupidez y su barbarie siempre es proporcionada a su ignorancia en este punto. La geografía es la base fundamental de toda especulación política.

Esta conocida  frase del sabio Caldas, que aparecería en el Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808)  aúna patriotismo y prosperidad nacional y proponía un plan nacional, una expedición geográfica económica,  que habría de concretarse solo años después, con los trabajos de la Comisión Corográfica (1850-59). En el marco de ese proyecto, Felipe Pérez (1836-1891) ocupa, una posición singular a pesar de haber estado  vinculado indirectamente,1 a diferencia de su hermano Santiago, quien estuvo presente en las exploraciones de las provincias de Cauca, Chocó, Barbacoas, Buenaventura, Túquerres y Pasto y consignó sus impresiones en Apuntes de Viaje, obra que hace parte del inmenso legado de la Comisión. La labor de Felipe Pérez sería pues la de recuperar y reunir la información de la Comisión Corográfica tras el fallecimiento de Agustín Codazzi en 1859, que dejaba incompletos los estudios de los Estados de Bolívar y Magdalena y hacía temer por el destino de parte de sus mapas y escritos inéditos.

Pese a la gran inversión que supuso la organización y puesta en marcha de la Comisión Corográfica, el  gobierno de Mariano Ospina Rodríguez reaccionó con lentitud en el rescate de la obra de Codazzi y la culminación del trabajo de la Comisión. Pérez, por ejemplo, no habría de entrar en funciones sino hasta 1861  (cuando Ospina Rodríguez fue depuesto por una revolución promovida por el general Tomás Cipriano de Mosquera). En el marco de esta Nueva Comisión Corográfica, como la llamaría Pérez, su labor consistiría en completar las descripciones de ocho estados y del Distrito Federal de Bogotá con base en los materiales de Codazzi, la cual culminaría a finales de 1862.

La obra se publicó por entregas, en volúmenes separados por estados, así como en la forma de un libro de dos tomos con el título Jeografía física i política de los Estados Unidos de Colombia (1863). El tomo primero,  publicado en 1862, comprendía el Distrito Federal de Bogotá y los estados de Panamá y Cauca, así como el  territorio de Caquetá. El tomo segundo, publicado al año siguiente, comprendía los estados de Tolima, Cundinamarca y el territorio de San Martín, Boyacá y el territorio de Casanare, Santander, Bolívar y Magdalena y el territorio de La Guajira.

La recepción de este trabajo por parte de Mosquera fue negativa. Este llegaría a instigar al Consejo de Ministros de Rionegro a prohibir la circulación de la obra debido a los numerosos errores que, desde su perspectiva, había cometido Codazzi y que habían hecho “inútil” el trabajo de Pérez. Posteriormente, bajo su presidencia, habría incluso de disponer que se destruyera la edición, a la vez que pedía conservar cierto número de ejemplares para enviar a los respectivos estados con el objetivo de rectificar sus múltiples errores.

A pesar de la percepción negativa que tenía Mosquera de la obra de Pérez, éste continuó su labor como geógrafo vinculado a la Comisión Corográfica (junto al ingeniero Manuel Ponce) mediante un “Convenio sobre la publicación de la Jeografía general de la Unión, la Carta general i el Atlas los Estados i demas trabajos  anexos a la Comisión Corográfica” (1864) para publicar los últimos trabajos de la Comisión. Se contemplaba allí que los firmantes debían ejecutar las obras mencionadas con excepcional cuidado y realizar además una  adaptación de los trabajos de la Comisión para facilitar su enseñanza escolar.

Ponce y Pérez viajarían a París para supervisar la impresión de las obras estipuladas en el Convenio, así como de la obra de Pérez Jeografía Jeneral de los Estados Unidos de Colombia, las cuales concluyeron en 1865. El  trabajo hecho en París habría de ser juzgado, según el Convenio, por un agente diplomático, que casualmente resultó ser el propio general Mosquera. Sin embargo, los trabajos de impresión se concluyeron antes que Mosquera pudiera verlos, a pesar de lo cual los trabajos estipulados en el Convenio fueron aprobados, cosa  que no sucedió con la Jeografía de Pérez.

Empleando argumentos similares a los esgrimidos en su crítica de la Jeografía física i política de los Estados  Unidos de Colombia, Mosquera manifestó preocupación por la proliferación de errores en un documento oficial, a lo cual Pérez replicó con un pleno reconocimiento de las imperfecciones de la obra: “Que los trabajos no son perfectos, es cosa que no se puede negar; pero yo mismo no sé cuáles son sus errores. Tampoco lo sabría el jeneral Codazzi si viviera. Esto lo aclarará el tiempo i los progresos de la ciencia”.2

La reacción de Pérez enfureció a Mosquera, quien acusó al presidente Murillo Toro de haber mostrado documentos confi denciales a Pérez al darle acceso a su informe. La controversia no haría sino crecer al resultar Mosquera elegido para el siguiente periodo presidencial (1866-68) y no disminuiría sino con su  deposición. A pesar de los contratiempos, Pérez cumplió con el compromiso contraído en 1864 de publicar un Catecismo de geografía general, el Compendio de Jeografía para uso de las escuelas primarias de niños i niñas (1871) contribuyendo al cierre del ciclo de publicaciones sobre la Comisión Corográfica.3

Además de su trabajo como geógrafo, Pérez hizo amplio uso del material de la Comisión en su obra de ficción. En Los jigantes (1875) situada en los momentos previos a la revolución de 1810, Pérez presenta una visión optimista de la independencia y del destino de la nación que enlaza historia, geografía y paisaje, estética y política:

Nada hay más contagioso que el espíritu de libertad; y en el Nuevo Mundo esta palabra está escrita en las montañas, en los ríos, en los valles, en las sabanas y en los volcanes. El Niágara y el Tequendama la cantan  noche y día con lo horrísono de su voz. El cóndor pregona al cubrir el sol con sus alas, y la serpiente la saluda con sus silbidos.4

En este y otros pasajes, Pérez enfatiza en la diferencia y originalidad del paisaje americano, en cuya interpretación solo la ciencia ofrece una vía plausible para la interpretación: “La América es un libro lleno de páginas magníficas y desconocidas […] que necesitan siglos para leerse y de sabios para ser comprendidas.
Mundo enteramente original, no tiene nada que ver con las otras partes del globo. En él todo es distinto, particular, maravilloso”.5

El panorama que ofrece Pérez es el de las potencialidades de la nación, pero también el de sus difi cultades,  con poblaciones de indígenas que no están integrados en el orden de la vida “civilizada”. El capítulo titulado “El Desierto”, donde Pérez echa mano de las notas de la Comisión, describe el tránsito del protagonista por los territorios de los Llanos y su contacto con enaguas, michias, guaipunabis, choroyes y otros grupos indígenas. Esta experiencia le lleva a cuestionarse el papel de estos grupos humanos:

Brotados en medio del desierto como plantas distintas, sin origen averiguable, sin misión defi nida, y sin ningún otro carácter que el de una letra cualquiera del gran libro de la naturaleza; nacidos y muertos allí como un  puñado de aves sedentarias, sin más conciencia de su ser que la que puede tener una roca, y sin otros instintos que los puramente animales, viven para la holgazanería y el placer. ¿Quiénes son esas gentes? ¿Qué papel desempeñan en la gran familia del linaje humano? ¿Son simples seres semi-humanos, o seres racionales por completo, objeto de una predestinación cualquiera? ¿Porqué nacen unos en el seno de la barbarie y otros en el de la civilización; unos en París y otros en las pampas de Buenos Aires? ¿Porqué unos al pie del altar de Jesucristo, y otros delante del ídolo del salvaje?6

La nación, cuyo destino es modernizarse gracias a su potencial económico, al avance de las ciencias y la democracia y marchar hacia la integración territorial, cumpliría así la promesa de unidad implícita en la imagen del cuerpo político. Sin embargo, Los jigantes da cuenta de las líneas de fractura del espacio nacional y su población en un momento en el que los proyectos liberales de integración de los Llanos naufragaban.

Referencias

  1. Pérez perteneció además al cuerpo diplomático (donde conocería al célebre colaborador de la Comisión Corográfi ca Manuel Ancízar), fue gobernador de la provincia de Zipaquirá, senador, secretario de Hacienda, Guerra y Marina y fue presidente del Estado de Boyacá. Como periodista, escribió artículos sobre literatura, viajes, política y otros temas para publicaciones como El Tiempo, Los Debates, El Comercio, El Mosaico, El Diario de Cundinamarca, La Opinión y Los Anales de Instrucción Pública. Adicionalmente, fundaría Biblioteca de Señoritas, el primer periódico dedicado a las mujeres y fundó El Relator, donde se publicaron algunas obras de su extensa producción literaria.
  2. Felipe Pérez. Réplicas geográfi cas. El gran jeneral Mosquera y Felipe Pérez, Bogotá, 1865, p. 4.
  3. Posteriormente, la reforma política de 1886 habría de eliminar los estados para constituir departamentos y la nación tomaría el nombre de República de Colombia, con lo que la Carta Jeográfica de los Estados Unidos de Colombia y el Atlas de los Estados Unidos de Colombia (publicados en 1865) quedaban obsoletos, razón por la cual se habría de contratar de nuevo, ese mismo, año a Manuel María Paz para la elaboración de una nueva carta general y un nuevo atlas.
  4. Felipe Pérez. 1875 Los Jigantes, Imprenta de Gaitán, 15.
  5. Pérez, 180.
  6. Pérez, 209-210.