17 de septiembre del 2019
 
Oleo de Delio Ramírez Beltrán. 1953. Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
Septiembre de 2016
Por:
Jorge Orlando Melo

ESTADISTAS Y POLÍTICOS DEL SIGLO XX: UN RETRATO COLECTIVO

Al hablar de los estadistas y políticos del siglo XX, nos preguntamos por aquellos colombianos que han tenido un papel dominante en el manejo del Estado y de las instituciones políticas principales. Su mayor ambición es ejercer la presidencia del país, y el político que triunfa es el que lo logra o está cerca de lograrlo. Por ello, si uno toma los políticos mencionados en los volúmenes biográficos de la Gran Enciclopedia de Colombia (Círculo de Lectores, 1994) encuentra que casi todos fueron presidentes, titulares o encargados, o al menos candidatos a la presidencia. Las únicas excepciones merecen señalarse: los personajes de la izquierda (Gerardo Molina, Diego Montaña Cuellar, María C                                                                                                                        ano, Ignacio Torres Giraldo o Camilo Torres Restrepo), y algunas dirigentes feministas (Ofelia Uribe de Acosta o Esmeralda Arboleda), por una parte. Por la otra, Estebán Jaramillo o Luis López de Mesa, que parecen haber tenido vocación de ministros, y personajes como Joaquín Vallejo, también ministro, que fue ante todo un empresario.

Credencial Historia ha seleccionado, entre los estadistas del siglo, a seis presidentes (Restrepo, López Pumarejo, Eduardo Santos, Laureano Gómez, Alberto y Carlos Lleras), a dos que habrían sido presidentes si no hubieran sido asesinados (Gaitán y Galán) y a alguien que estuvo a punto de serlo (Alzate Avendaño). Sólo Rafael Uribe Uribe no se acercó a la presidencia: vivió cuando era casi imposible elegir un presidente liberal.

Entre los otros presidentes del siglo, algunos dejaron imagen de constructores, de hombres pragmáticos preocupados por el progreso, los caminos y las hidroeléctricas: Rafael Reyes y los ingenieros Pedro Nel Ospina y Virgilio Barco, memorable además por haber reconocido la propiedad de casi la quinta parte del territorio a los grupos indígenas. El juicio sobre otros está dividido: a Belisario Betancur se le recuerda por los procesos de negociación con la guerrilla; a César Gaviria por una Constitución descentralista y llena de instancias de defensa de los derechos civiles y por la apertura económica; Misael Pastrana Borrero vive ante todo en el UPAC y en el fin de los planes de reforma agraria, mientras que Guillermo León Valencia, José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez o Miguel Abadía Méndez se ven más como administradores grises y sin grandes resultados. Más debate hay sobre Turbay, por la tolerancia a los excesos militares y al desgreño y la corrupción de muchas entidades del Estado; sobre Laureano Gómez, quien casi no ejerció el mando, y por supuesto sobre Ernesto Samper, de quien se admira ante todo su talento para la maniobra política, pero bajo cuya dirección el Estado perdió coherencia y eficacia.

Fuera de presidentes e izquierdistas, la Enciclopedia incluye a candidatos frustrados como Benjamín Herrera, Guillermo Valencia y Gabriel Turbay, a designados como Echandía (quien quizás tampoco tenía vocación de presidente), Liévano Aguirre (cuya obra principal fue como historiador), Carlos Lozano y Lozano, Rafael Azuero o Jorge Holguín. A ellos habría que añadir otro candidato presidencial, Gómez Hurtado. Y figuran Camilo C. Restrepo, un empresario que fue gobernador de Antioquia, José Antonio Montalvo, ministro y parlamentario, y Alejandro López, ideólogo del liberalismo y gerente de los cafeteros.

Estas casi cincuenta personas (presidentes a cualquier título, candidatos, dos o tres ministros y dirigentes de izquierda) tienen algunos rasgos visibles. Casi todos son abogados: los primeros ingenieros son antioqueños (Pedro Nel, Mariano, Alejandro López). El primer graduado en economía que figura en la lista es Barco, también ingeniero, y fuera de él sólo Gaviria. Dos médicos: Gabriel Turbay y Luis López de Mesa.

Hay algunos grupos generacionales: el de Carlosé, Abadía y Concha, que nacen en el mismo año, y son un poco mayores que Guillermo León Valencia y Esteban Jaramillo. Llegan a la vida adulta con la Regeneración, tienen experiencia militar y se inclinan por el civilismo. No son agitadores de masas ni quieren cambiar el país: ordenarlo, más bien. La generación del Centenario la marcan los liberales que llegan al poder en 1930: Olaya, López y Santos, y los dos dirigentes del conservatismo: Gómez y Ospina. Aprenden a manejar opinión y masas, aunque no impulsan la movilización popular. Escriben editoriales, tienen periódicos, y manejan el país por más de treinta años. Sus contemporáneos izquierdistas inventan los terceros partidos.

Los Nuevos tienen más formación ideológica, lecturas más universales. Es una generación de grandes figuras liberales (Echandía, Gaitán, Lleras Camargo, el creador del Frente Nacional, y Gabriel Turbay), pero hay izquiedistas notables: Gerardo Molina el más consistente de los socialistas, y Diego Montaña Cuellar. Un poco menores son los que administran el Frente Nacional: Lleras Restrepo, López Michelsen y Julio César Turbay. El siguiente grupo incluye tres presidentes coetáneos: Barco, Pastrana y Belisario. Y tras ellos, después de un gran vacío, los tres últimos presidentes, todos nacidos después del 9 de abril.

A primera vista, estos dirigentes han sido más civilistas, de mayor nivel técnico y cultural, de mejor capacidad retórica y literaria que los dirigentes de los otros países hispanoamericanos. ¿Pero, han guiado mejor el país? ¿Qué tan exitosos han sido los grandes políticos colombianos?

Por sus obras hay que conocerlos, y los resultados son confusos: Colombia se modernizó como las otras naciones hispanoamericanas, y creció y mejoró sus indicadores sociales básicos a un ritmo levemente superior al promedio. Pero la democracia, que se ha mantenido más que en casi cualquier otro país, no ha sido muy real; nos hemos contentado con aproximaciones vacilantes. Y esto se ha pagado, como la desatención a obvios problemas sociales, el desinterés periódico por la inversión en la educación, el rechazo a toda reforma agraria real, con los niveles más altos de violencia de América, y los más prolongados quizás del mundo; no menos de medio millón de colombianos han muerto violentamente en este siglo. El país que construyeron no funciona bien, y ante sus problemas los estadistas colombianos se fueron acostumbrando a adoptar soluciones retóricas, verbales y engañosas: frentes nacionales, pactos y acuerdos de paz, reformas legales o constitucionales que conceden en las palabras la democracia o la paz que la realidad desmentirá.

RAFAEL REYES 
Por: Alberto Mayor Mora

Oleo de Ricardo Acevedo Bernal. ca.1910. 61.5cm (diámetro). Museo Nacional de Colombia, Bogotá.

 

La ruinosa guerra civil de 1899-1902 y su apéndice internacional de la pérdida de Panamá en 1903 ocasionaron en Colombia un choque externo, preludio de grandes transformaciones en sus fuerzas productivas internas, larvadas y vacilantes desde el período anterior. El estadista que supo canalizar y dirigir dichas fuerzas y que encarnó ese enorme poder de recuperación que le permitió al país rehacerse tras la catástrofe fue Rafael Reyes.

Acostumbrado desde muy joven a un agresivo despliegue de sus energías personales que, entre 1868 y 1885, lo llevaron de explorador de rutas interoceánicas a empresario de la quina, de comerciante a industrial de barcos a vapor, Reyes representó el espíritu positivo de la época que ateniéndose a hechos constatables convidaba al esfuerzo colectivo para apropiarse las riquezas naturales y vencer los obstáculos que el medio físico bravío interponía al transporte. No fue casual que en 1878 otro pionero del transporte, Francisco Javier Cisneros, descubriese tempranamente en Reyes a un "distinguido y atrevido joven, explorador del Putumayo y promotor de su navegación", dispuesto a grandes retos como la apertura de una nueva ruta interoceánica. Era que, en efecto, Reyes rebosaba de esa visión en grande, propia de quienes por esos años concebían y dirigía obras portentosas como los ferrocarriles norteamericanos o los canales de Suez, Panamá y Nicaragua.

Una visión tan dilatada y un espíritu de empresa tan curtido era lo que justamente necesitaba Colombia después de los desastres de 1900 y 1903. A ello se aunó el escepticismo que provocaron en Reyes las guerras civiles. Protagonista central de confrontaciones como la de 1885, Reyes entendió que la intención primordial del impulso hacia la industrialización era la paz, y que el fomento a las grandes empresas fabriles y agrícolas debía tener como objetivo deliberado la atenuación de las pugnas políticas del inmediato pasado. Con sus medidas proteccionistas buscó implantar aquí el elemento distintivo de la vida moderna, la fábrica, diferente de los precarios talleres y manufacturas con base en herramientas y aparatos. La imaginación del pueblo que visitaba las fábricas o formaba parte del contingente trabajador de Coltejer, Fábrica Textil de Bello, ingenios Central Colombia y San Joaquín, Fósforos Olano, textiles La Espriella y Sámaca, debía ser cautivada por el ordenado dispositivo de las máquinas, los sistemas de transmisión accionados por energía eléctrica y por la rapidez y perfeccionamiento de los equipos, colocando así en un plano distinto la confrontación política. La llegada de la fábrica implicaba, por consiguiente, introducir en Colombia el espíritu de calculabilidad no sólo de los costos, en la contabilidad y en la previsión de los mercados, sino también en la medida del esfuerzo humano, vale decir, en la productividad del trabajo. En una palabra, las relaciones propias del capitalismo moderno, a tono con las cuales el Estado mismo debía modernizarse en su organización interna, en su presupuesto, en su estadística y en sus funcionarios. Un libro como La cuestión monetaria en Colombia, de Carlos Calderón, expresó ese nuevo espíritu. No fue casual, entonces, que Reyes se rodeara de un grupo de empresarios reconocidos como Pedro Nel Ospina, Carlos E. Restrepo y Mariano Ospina Vásquez; de políticos destacados como Rafael Uribe Uribe, e intelectuales sobresalientes como Carlos Arturo Torres Y Baldomero Sanín Cano, quien subrayó en su libro Administración Reyes, 1904-1909 el sentido histórico de un régimen que orientó a Colombia hacia un orden social, económico y político moderno. Pero esta misma clase social que Reyes contribuyó a elevar se encargó de deponerlo, cuando los abusos y la corrupción, rémora del pasado y obstáculo a la modernización, se hicieron intolerables. El impulso decisivo del estadista modernizador, sin embargo, estaba dado.

CARLOS E. RESTREPO RESTREPO

Por: Mario Aguilera Peña

Oleo de Ricardo Acevedo Bernal ca.1910. 116x76.5cm .Museo Nacional de Colombia, Bogotá.

 

En la sesión del 15 de julio de 1910 la Asamblea Nacional eligió como presidente de la República a Carlos E. Restrepo, un abogado antioqueño, conservador moderado, opositor de Rafael Reyes y destacado dirigente de la Unión Republicana. Este movimiento político había sido creado el 13 de marzo de 1909, al calor de la lucha contra el general Reyes, por personajes destacados de ambos partidos entre los que sobresalían los conservadores José Vicente Concha, Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez, y los liberales Nicolás Esguerra, Benjamín Herrera y Enrique Olaya Herrera.

Bajo la bandera de la Unión Republicana se pregonó efímeramente la necesidad de la modernización de la política y la búsqueda de un ambiente favorable para el desarrollo económico del país. El movimiento fue coyuntural, por cuanto la mayoría de los conservadores se olvidaron prontamente de pretender la modernización de la política y regresaron a sus toldas ideológicas; incluso varios de ellos al ser electos presidentes se encargaron de reproducir las viejas prácticas políticas que habían criticado como "republicanos".

El estadista Carlos E. Restrepo, en cambio, fue leal a la causa republicana, como presidente y ex presidente. En su gobierno buscó la clara separación de las ramas del poder público, el fortalecimiento del Estado de derecho, la autonomía del Estado frente al poder de la Iglesia, el respeto a las libertades individuales y a las minorías políticas, la transparencia electoral y la libertad de prensa.

Restrepo no cedió a las presiones de los conservadores de colocar el gobierno al servicio de los intereses de ese partido y del clero. Ante las pretensiones del conservatismo católico que practicaba --según Restrepo-- una especie de "gamonalismo pontificio", el presidente manifestó en cierta ocasión: "Soy católico, pero como jefe civil del Estado --dándole a la religión católica las garantías que le reconoce la Constitución Nacional-- no puedo erigirme en pontífice de ningún credo y sólo seré el guardián de la libertad de las creencias, cualesquiera que sean, de todos los colombianos".

La más persistente lucha de Restrepo fue por enderezar las prácticas electorales. Por eso solicitó de los congresos de 1911, 1912 y 1913 la aprobación de una ley electoral que asegurara la pureza del sufragio, el castigo al fraude y la representación proporcional de los partidos. Solamente pudo desmontar una de las causas de la parcialidad política al lograr la supresión del ejercicio del del voto por parte del ejército y la policía. Con cierta frustración, Restrepo tuvo que reconocer que como el activismo político clerical y los fraudes se hacían para mayor "honra y gloria de Dios", "la podredumbre es irremediable, al menos por muchos años".

 

ALFONSO LOPEZ PUMAREJO
Por: Alvaro Tirado Mejía

Oleo de Marco A. Salas Yepes. 59x48 cm. Sociedad de Agricultores de Colombia, Bogotá.

 

En vísperas del próximo milenio, puede afirmarse que Alfonso López Pumarejo fue el estadista más importante del siglo XX en Colombia. Fue el único presidente elegido dos veces por el sufragio popular en esta centuria y, por esta razón, quien gobernó por más tiempo. Su importancia y liderazgo se derivan de las inmensas transformaciones políticas y sociales que comandó como gobernante, de la influencia que ejerció como jefe del partido liberal, de haber prohijado el surgimiento de una generación política que tuvo participación decisiva en la vida nacional durante medio siglo, de sus actuaciones en el campo internacional y, en suma, de su legado ideológico dirigido a una política progresista de contenido social. La tragedia de este siglo --que ha sido llamado el de los totalitarismos-- fue la de proponer un dilema entre libertad y justicia social. El legado de López Pumarejo es la opción liberal con contenido social: es posible transformar la sociedad y al mismo tiempo mantener la estructura democrática. La democracia política y la social no sólo son compatibles, sino que están íntimamente relacionadas; no puede haber democracia sin participación popular y sin bienestar para la población, y éste no puede existir sin libertad política.

López, quien nació en 1886 y murió en 1959, perteneció a la llamada generación del Centenario, la cual quedó marcada por los estragos de la guerra de los Mil Días y por la separación de Panamá. Por esta razón, al igual que sus contemporáneos, adoptó las vías civiles en la política y en la necesidad de convivencia pero, a diferencia de muchos de ellos, no militó en el Republicanismo. En 1930, en las postrimerías de la hegemonía conservadora, ante el escepticismo de muchos, convocó al liberalismo para que después de medio siglo se aprestase a tomar el poder, y sus dos gobiernos --1934-1938 y 1942-1945-- lo fueron a nombre del partido liberal. López concebía que en juego democrático los partidos asumían el papel de gobierno o de oposición. Sin embargo, durante el período de la violencia, en la Convención Liberal de Medellín, propuso el avenimiento entre los partidos para terminar con la confrontación y dar al traste con la dictadura, fórmula de la cual se derivó el Frente Nacional.

Colombia era una sociedad pastoril no exenta de violencia, pobre, aislada internacionalmente, atrasada en lo cultural y con unas élites que miraban hacia el pasado. De allí la profunda sacudida que produjo la "Revolución en Marcha". Los gobiernos de López Pumarejo representaron un importante avance para el país. En el primero, en 1936, se aprobó una Reforma Constitucional, de corte intervencionista y contenido social, que permitió un gran avance en la legislación y en la práctica política. En ese contexto, se escucharon los reclamos del campesinado y se expidió la ley 200 de 1936, que tenía en cuenta la función social de la propiedad. Se adelantó una vigorosa política educativa centrada en la educación pública, y a la Universidad Nacional se la dotó de un campus moderno. Se reconocieron los derechos civiles y sociales de la población y se avanzó en el viejo anhelo liberal de garantías y de respeto para los diferentes credos. En un país en el que apenas comenzaba a desarrollarse la industria, se adelantaron políticas para proteger el capital nacional y para reconocer al sector obrero como una fuerza constitutiva de la sociedad. De allí, la política sindical y el régimen de seguridad social que se concretó en su segundo gobierno.

La huella de López es perdurable en cuanto a las directrices de nuestra política exterior. Su posición durante la Conferencia Panamericana de Montevideo, en 1933, sigue siendo válida sobre el problema de la deuda externa. Sus directrices para la delegación colombiana en la Conferencia de Buenos Aires de 1936 son un antecedente de la OEA. En muchos aspectos su política se inspiró en el New Deal, de Franklin D. Roosevelt, con quien cultivó amistad y vino a ser un socio privilegiado de la política del Buen Vecino preconizada por Roosevelt. En 1945 dio las instrucciones que sirvieron de base a la brillante participación de su ministro, Alberto Lleras, en la Conferencia de Chapultepec y en la de San Francisco, en la que se constituyó la ONU. En esa Organización, como delegado y como presidente del Consejo de Seguridad, intervino en los debates referentes a los grandes problemas de la política mundial: la cuestión palestina y la creación del Estado de Israel, la guerra en Grecia, los conflictos de Pakistán y de Suráfrica. Y, como culminación de su vida pública, presidió el Comité de los 21 que, en su evolución, vino a convertirse en la política de la Alianza para el Progreso, proclamada por el presidente Kennedy.

EDUARDO SANTOS MONTEJO
Por: Eduardo Posada Carbó

Oleo de Cecilia Fajardo. Casa de Nariño , Bogotá

 

"Se dice que el país es santista", observaba Abelardo Forero Benavides en 1944. La calificación se originaba en la enorme influencia que ejercía Eduardo Santos (1888-1974) sobre el espíritu nacional. Santos se posesionó como presidente de la República el 7 de agosto de 1938 y gobernó durante los siguientes cuatro años, hasta 1942. Pero su influencia en los destinos colombianos antecedió y sobrepasó de lejos sus cuatro años de presidencia.

"Mi vida se confunde con la de El Tiempo", escribió Santos en 1955, en medio de los rigores de la dictadura rojista que cerró el diario. Había adquirido el periódico en 1913. Fundado en 1911 por Alfonso Villegas Restrepo, El Tiempo fue en sus orígenes defensor del movimiento Republicano, al que Santos también adhirió hasta 1921. Se constituyó en la vanguardia del liberalismo contra el régimen conservador y, alrededor del periódico, gracias a su extraordinaria influencia en la opinión pública, Santos fue uno de los principales arquitectos del triunfo electoral de Enrique Olaya Herrera y de la transmisión pacífica del poder en 1930, un hito en la historia democrática del país. Su visión de estadista, a través del periodismo y la política, continuó de todas formas inspirada en el ideario Republicano y centenarista: "La paz interna, la colaboración patriótica, las libertades políticas, el orden constitucional y legal". Bajo Olaya Herrera, Santos sobresalió por su activa participación en la diplomacia, primero como canciller y después como delegado ante la Liga de Naciones, en defensa de los intereses colombianos a raíz del conflicto con el Perú.

Fue elegido presidente de Colombia sin oposición, debido a la política abstencionista del partido conservador. Su administración se destacó por su carácter conciliador, en momentos en que se exacerbaban los conflictos sociales y políticos. Por su firme apego al civilismo y a la democracia liberal, cuando el totalitarismo se expandía en Europa y las sombras de las dictaduras militares se extendían en Latinoamérica. Y por la expansión del intervencionismo estatal en la economía, sin apelar al populismo, dentro de los parámetros de la libre empresa. Más aún, cualquier balance de su administración debe tomar en cuenta las circunstancias adversas que le tocó enfrentar al estallar la segunda Guerra Mundial. Su gobierno defendió la causa de los aliados contra las potencias del eje nazi-fascista y estrechó relaciones con los Estados Unidos. La firma del pacto cafetero, bajo su administración, le permitió a Colombia aumentar su participación en el mercado mundial del grano. Más allá de sus éxitos diplomáticos, políticos y económicos, Santos buscó modelar la manera de ser colombiana en unos ideales santanderistas, basados en el gobierno representativo y responsable, la adhesión a la libertad, el rechazo de la tiranía y la demagogia, y el respeto a la ley.

Como lo señaló Alfonso López Michelsen, Eduardo Santos "fue, desde los años veinte hasta su muerte, el hombre más poderoso de Colombia y la más persistente influencia sobre el modo de ser [...] nacional". Ascendiente que logró a través de su labor editorial y directiva en El Tiempo y del ejemplo de su vida al lado de su esposa Lorencita --una vida que, según Juan Lozano y Lozano, tenía para "el país el sello de un desinterés extraterreno"--. La figura de Eduardo Santos llegó a constituirse en "el punto de referencia del temperamento nacional" que, en 1944, algunos definían por su carácter "republicano, centenarista, transaccional, ecuánime, moderado". Estas características nacionales parecían sucumbir bajo la violencia de las décadas subsiguientes y la dictadura de Rojas Pinilla. Pero el espíritu santista volvería a prevalecer en la reconstrucción del orden constitucional en 1957. Como estadista, Santos dejó una profunda herencia de civilismo, tolerancia, libertades políticas y concordia nacional, en la que el país podrá encontrar siempre inspiración en momentos de crisis.

 

LAUREANO GOMEZ CASTRO
Por: César Ayala Diago

Oleo de Guillermo Camacho M., 1974. 100x68 cm. Comisíon III del Senado, Bogotá

 

Las historiografías liberal y de izquierda construyeron la imagen del Laureano Gómez que tiene hoy la mayoría de los colombianos. La memoria colectiva ha guardado tan sólo el recuerdo de un Laureano culpable de la violencia de mitad de siglo. Otra mirada, sin la pasión del militante, sin la animadversión liberal y sin prejuicios, nos coloca frente a un Laureano vigente, actual, histórico y estadista.

Gracias al comportamiento político de Laureano Gómez, los ideólogos liberales diseñaron la contrapropaganda de su partido. Gómez sirvió en la vida lo mismo que después de muerto para convocar y unir las masas liberales en momentos de dispersión. Los avances de Laureano o del futuro laureanismo fortalecían, como por encanto, al adversario histórico. Sin advertir las consecuencias, constituyó una pieza fundamental en la caída de la hegemonía conservadora. Los historiadores contemporáneos afirman que fueron las indecisiones de la Iglesia colombiana, al no definirse por uno de los dos candidatos conservadores, lo que en 1930 condujo al partido conservador a perder el poder. Al listado de causas, suelen agregar la represión conservadora de la huelga bananera y se remata con la crisis económico-mundial de 1929. Lo que no advierte la historiografía es el papel de Gómez en el desmoronamiento de la hegemonía. Fue él, precisamente, quien en 1928, desde el interior de su partido, cuestionó a voz en cuello el régimen y anunció su caída. Las distintas interpretaciones de las celebres conferencias de Gómez en el Teatro Municipal en junio y agosto de 1928, se detienen en sus aspectos negativos. Los apartes puestos a circular en la gran prensa liberal y en la historiografía forjaron el personaje que sus adversarios necesitaban. Sin embargo es allí donde están los esbozos del Laureano Gómez estadista. Si de diplomático en la Argentina primero, de dinámico ministro de Obras Públicas del presidente Pedro Nel Ospina y como fogoso parlamentario se había mostrado ya como hombre de Estado, son sus intervenciones del Municipal las que mejor lo revelan como tal.

En ellas defendió la política no como el arte de procurar la prosperidad de un grupo a costa del bienestar colectivo sino como el de labrar la grandeza de una República. Desmostrando que el país estaba podrido desenmascaró las supuestas bondades del sistema político imperante: el parlamento, los partidos tradicionales, las instituciones. Gómez dejaba señalado que la actividad colectiva del país sufría una parálisis y que los estímulos intelectuales habían desaparecido por las intrigas, la eficacia del caciquismo y la preponderancia de las roscas. En la medida que el nuevo establecimiento viraba hacia una nueva hegemonía, ésta de tinte liberal, Laureano fue convirtiéndose en fiscal de la política colombiana y defensor de la sobrevivencia del conservatismo. En el proceso violento de liberalización del país expresado en fraudes electorales, en enfrentamientos con los conservadores en la provincia por negarse éstos a entregar los poderes municipales, sus copartidarios encontraron en él no sólo el baluarte de la doctrina sino además el protector de sus vidas.

En esta época, la actividad política de Laureano recuerda la que años más tarde habrá de desarrollar Jorge Eliécer Gaitán. Un trascendental discurso de Gómez preparado para una Convención regional en Málaga, Santander, prohibida por el gobierno liberal, tiene similitudes extraordinarias con la famosa oración del silencio de Gaitán. En el discurso que Gómez leería en enero de 1933, el líder de la oposición ofreció acatamiento de las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas a cambio de libertad, equidad, justicia, respeto a los derechos individuales y a la vida de los conservadores.

En los comienzos de su gobierno (1950-1953) amainó la violencia. Un buen ambiente para gobernar caracterizó los primeros días. La impresión general en la sociedad era la de una administración seria, serena, reflexiva frente a los problemas nacionales. Vino luego un repunte de la violencia que no impidió, sin embargo, que el presidente adelantara una serie de iniciativas que los distinguen como hombre de Estado: la introducción al país de la planeación a través del Comité de Desarrollo Económico, integrado por miembros de los dos partidos tradicionales y que tuvo el asesoramiento de Lauchlin Currie. Con su gobierno se identifican los planes: vial nacional, de construcción de oleoductos, de comunicaciones (ferrocarriles) y puertos marítimos; creación de Ecopetrol, del Banco Popular y del Ministerio de Fomento. El país avanzó en el desarrollo del campo. Los índices económicos señalaron avance y bonanzas en la economía.

Más adelante, el papel de Laureano como protagonista en los pactos que condujeron al Frente Nacional fue decisivo. Su oposición a la dictadura de Rojas, desde su exilio en España, lo fortaleció a tal punto que su corriente política salió vencedora en las elecciones legislativas de 1958. Lo que, a su vez, le dio derecho a escoger el candidato a primer presidente de la coalición bipartidista. Declinó a favor del jefe liberal Alberto Lleras Camargo cuando se esperaba que seleccionara a una figura de su propio partido, agravando con ello y sin retorno la división de partido. Fue por poco tiempo socio mayor del Frente Nacional. De allí fue expulsado en 1960, a raíz de una votación que favoreció a sus enemigos del mismo partido, los ospino-alzatistas. Murió el 13 de julio de 1965, llevándose el laureanismo que forjó en vida. El que dejó, como herencia e imaginario político, tuvo la magia de restarle votos al conservatismo y aumentárselos al liberalismo!

 

JORGE ELIECER GAITAN 
Por: Mauricio Archila Neira

Fotografia, ca. 1936. Museo de Desarrollo Urbano, Bogotá

 

La importancia histórica de Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948) no radica en que hubiera podido ser presidente de Colombia de no haber sido asesinado el 9 de abril, sino en lo que representó como dirigente político y en la huella que dejó en el país nacional. Un repaso de los principales momentos de su vida ilustra esta afirmación.

En su tesis de grado como abogado de la Universidad Nacional en 1924, Gaitán se declaró socialista y hasta incorporó muchos de los postulados marxistas en su lectura de la realidad. Sin embargo, no proponía un cambio radical del sistema sino una transformación gradual que beneficiaría no sólo a las clases populares sino a sectores medios y de empresarios. Para ello proponía apoyarse en el partido liberal. Años después, y luego de un corto viaje de estudios a Italia, se haría conocer públicamente por sus denuncias en el Congreso sobre la masacre de las bananeras de 1928. Esto le labró una aureola de defensor de los sectores más excluidos de la sociedad, cosa que además practicó como abogado. Su profesión también le aportó una confianza casi ciega en el sistema jurídico y en las posibilidades personales de redención de las clases menos favorecidas, rasgos de su posterior caudillismo.

A lo largo de su trayectoria política fue consecuente con la estrategia del cambio desde el partido liberal, salvo a principios de los años 30 cuando creó la efímera Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria (UNIR). Gaitán sostuvo en esta oportunidad que ambos partidos tradicionales compartían el mismo proyecto oligárquico. Tampoco consideraba al flamante partido comunista como la alternativa, pues proclamaba un cambio revolucionario de la economía capitalista y del Estado, elementos que Gaitán consideraba cruciales en su estrategia de transformación gradual. Aunque el lenguaje del unirismo era bastante radical, nacionalista y hasta marxista, muy similar al estilo del APRA peruano, no faltaron alusiones de simpatía por Benito Mussolini. Se hacían evidentes los principales componentes del discurso gaitanista: cambio pacífico y gradual, alianza entre clases populares y empresariales, nacionalismo moderado y oscilaciones en el lenguaje entre el marxismo y el fascismo. En la práctica, la UNIR no logró ser un partido de masas, sino que se limitó a controlar algunas asociaciones campesinas en el Sumapaz y sindicatos, especialmente del transporte, en las grandes ciudades. Luego del fracaso electoral de 1934, Gaitán retornó a las filas liberales para no apartarse más de ellas.

El presidente López Pumarejo premió este gesto años después con la alcaldía de Bogotá. Fue la primera vez que Gaitán ejerció autoridad y, la verdad, no le fue bien. Al llevar a la práctica sus ideas de educación del pueblo, le otorgó prioridad a la higiene y a la presentación personal como símbolos de mejoramiento social. Por ello prohibió el uso de ruanas y alpargatas en la ciudad e intentó uniformar a lustrabotas y choferes. Estos, en respuesta, organizaron una huelga que lo obligó a renunciar. De la amarga experiencia sacó la lección de oír más a los sectores populares en sus necesidades reales.

Su paso posterior por los ministerios de Educación y de Trabajo fue más exitosos y le garantizo las simpatías de maestros y de trabajadores de base. Cuando la segunda administración de López Pumarejo estaba derrumbándose, Gaitán se lanzó a la oposición denunciando duramente a su antiguo benefactor y a sus aliados, el comunismo y la CTC entre ellos. El choque con el sindicalismo marcará al movimiento gaitanista que, al contrario de otros populismos del subcontinente, como el peronista, no contará con organizaciones sociales distintas de los comandos de base propios. Ello y el rígido control caudillista, hicieron que el movimiento prácticamente desapareciera a la muerte de su dirigente.

Otros rasgos del gaitanismo de los años cuarenta fue su imprecisión programática. Lo más cercano fue el discurso del Teatro Colón en 1945, que se podría sintetizar en una reforma agraria moderada que fortaleciera la economía campesina; una política tributaria que grabará las tierras y la renta, más no las ganancias industriales y los salarios; la nacionalización de algunas industrias como la petrolera y el transporte, no así la banca; la participación de los trabajadores en las utilidades de algunas industrias y la representación del gobierno en las juntas directivas de todas las empresas privadas. En síntesis, era un programa de orden corporativo que buscaba industrializar al país sin amenazar el capitalismo. Pero más que un programa atractivo, lo que explica el éxito de Gaitán fue la canalización del desencanto popular con las promesas frustradas de la República Liberal.

A pesar de lo impreciso y moderado del programa de gobierno, Gaitán asustó a las élites de los dos partidos, posiblemente por la eficacia con la que movilizó a los sectores excluidos de la ciudad y el campo, sin distingos de color político. Las impresionantes concentraciones convocadas por el caudillo mostraban su magnetismo y su control de las multitudes. Aun muerto fue un dolor de cabeza para las élites, no sólo por la insurrección urbana que desató sino por la inestabilidad que podría seguir generando. Su entierro tuvo que ser pospuesto por varios días y, contra la tradición política de sepultar en el Cementerio Central a los grandes personajes, se le dio la casa por tumba. Con el tiempo se trató de borrar su herencia por la combinación del olvido con la integración de lo que quedó de sus cuadros así como de algunos elementos programáticos al partido liberal. Su legado, sin embargo, parece sobrevivir en la mentalidad popular, en la misma forma inorgánica en que Gaitán lo alimentó. El gaitanismo fue sin duda uno de los mejores ejemplos de movilización socio-política y de expresión pública de los sectores excluidos que rara vez participan en la vida nacional. Por eso, aunque Jorge Eliécer Gaitán nunca gobernó al país, es un referente ineludible cuando se habla de la política moderna en Colombia.

 

Alberto Lleras Camargo. 
Por: Jorge Orlando Melo

Oleo de Ricardo Gómez Campuzano. ca.1960. 70x58 cm. Museo Nacional de Colombia, Bogotá

 

Ningún colombiano influyó tanto sobre la vida colombiana del siglo XX como Alberto Lleras Camargo. Sus antepasados y familiares se habían destacado ante todo como periodistas, educadores o intelectuales, y de esta tradición heredó la valoración del poder que surge de la palabra y la inteligencia, por encima del que nace de la riqueza o las armas.

Aunque en sus años juveniles se acercó tímidamente al socialismo, fue ante todo un liberal en el más clásico sentido de la palabra, amante del orden y de las jerarquías, seducido por las fuerzas más profundas de la democracia norteamericana, desconfiado de las movilizaciones populares y del lenguaje demagógico. Los primeros éxitos como periodista y político los logró con el apoyo, que nunca le faltaría, de Eduardo Santos y de Alfonso López Pumarejo. A fines de 1929, cuando Lleras apenas tenía 23 años, el primero lo nombró director del diario La Tarde, mientras López le encargó la secretaría de la dirección nacional del liberalismo. Como secretario privado y ministro de Gobierno, fue el principal estratega político y vocero en el primer gobierno de López. Acompañado de Darío Echandía, que fue el ideólogo jurídico y social, defendió y promovió las reformas que recibieron el nombre de "Revolución en Marcha", que debían sepultar la arcaica herencia de la república conservadora.

Entre 1938 y 1942 dirigió El Liberal y promovió la reelección de López, que tuvo lugar en 1942. En este gobierno orientó la reforma constitucional de 1945, encabezó la delegación de Colombia a las conferencias de Chapultepec y San Francisco en las que se crearon las bases para el sistema de las Naciones Unidas y, como ministro de Gobierno, asumió en 1944 la defensa del gobierno legítimo cuando el presidente fue apresado en Pasto por un grupo de conspiradores militares. Entre 1945 y 1946, por renuencia de López, ejerció por primera vez la Presidencia de la República. Lleras mantuvo una rigurosa neutralidad oficial en la elección presidencial que enfrentó a un partido liberal, dividido entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, y el conservatismo encabezado por Mariano Ospina Pérez. Esta actitud, y la entrega tranquila del poder al partido contrario, le crearon la imagen de jugador político limpio que ayudaría, años después, a unir liberales y conservadores.

Tras un breve período como director de Semana, fundada por él en 1946, y de años de actividad como director de la Unión Panamericana y secretario de la Organización de Estados Americanos, regresó a Colombia en 1954, a enfrentar la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. En esta lucha, que se hizo ante todo con artículos y discursos, Lleras unió a todo el país --empresarios, obreros, estudiantes, intelectuales, liberales y conservadores, pueblo y oligarquía-- en una cruzada que culminó con la caída del general Rojas en 1957; fue allí donde mostró con mayor claridad sus virtudes de organizador político y la fuerza que podían generar su figura enjuta y su palabra. Aspecto esencial de su estrategia fue el pacto político que hizo firmar la paz a dos partidos que en los años anteriores crearon el clima de odio y sectarismo que había llevado a una violencia sin precedentes. Lograr que el liberalismo aceptara la paz con quien había tenido la mayor responsabilidad en la generación de ese clima de violencia, el dirigente conservador Laureano Gómez, es la señal más clara de la capacidad de dirección política de López.

La creación del Frente Nacional, sistema por el cual liberales y conservadores se distribuyeron paritaria y alternativamente el ejecutivo, los órganos legislativos, la justicia y la burocracia, fue su obra política más importante. Entre 1958 y 1978 Lleras defendió este sistema. Como su primer presidente, entre 1958 y 1962, creó los precedentes y defendió las características del frentenacionalismo: su casi milagrosa capacidad para lograr superar los odios entre conservadores y liberales junto con el exclusivismo y la incapacidad para afrontar con profundidad los problemas sociales del país que abonaría el terreno para crisis posteriores. Como gobernante, Lleras estableció el programa para la inserción de los guerrilleros que habían firmado la paz, apoyó un proyecto de reforma agraria que, pese a su timidez, resultó a la postre irrealizable, impulsó el mejoramiento de la educación --convencido de que era el único camino de largo plazo hacia el desarrollo del país-- y alineó a Colombia con la política internacional de los Estados Unidos y de la Alianza para el Progreso.

Terminado su gobierno, continuó en la política colombiana como asesor de presidentes y periódicos: era el gran elector del país, la voz que señalaba candidatos y presidentes. Cuando murió en 1990, había ayudado a conformar a Colombia a la luz de sus convicciones liberales y republicanas. Aún más que la comprensión profunda de los problemas sociales y económicos de su tiempo y el entusiasmo para enfrentarlos, trató de educar a los colombianos en las virtudes de la democracia y el liberalismo, y fue su habilidad para captar las corrientes de opinión, medir la capacidad de las fuerzas políticas, y guiarlos y dirigirlos, lo que lo convirtió en el más importante estadista colombiano de este siglo. 

 

CARLOS LLERAS RESTREPO

Por: OTTO MORALES BENÍTEZ

Oleo de Salas Vega. Casa de Nariño, Bogotá

 

Carlos Lleras Restrepo tuvo la formación que fue tradicional en la política colombiana: la de un pensador de los temas públicos a través de una visión humanista de la comunidad colombiana e internacional. Así fue siempre hasta cuando irrumpió el "clientelismo", que solo se apoya en factores electorales, sin exigencias de rigor ético ni cultural. A la vez, desde muy joven, fue un luchador popular. Esta acción, le facilitó el conocimiento del país detalladamente. El, además, la completaba con estudios metódicos. Era impresionante la acumulación de datos, libros, informes, estudios disímiles para preparar las visitas a las diferentes regiones. A la vez, ensanchaba su visión exterior: la del continente indoamericano, la de Estados Unidos y la de los demás espacios geográficos. Hay en su vida un hecho característico: su unidad de pensamiento, desde su juventud hasta el final de sus días, con las naturales evoluciones que imponen los tiempos sociales al estadista. Así se puede establecer, para mencionar algunos temas, en el caso de tierras (secretario de Gobierno de Cundinamarca, 1931) y el manejo de la Reforma Agraria en el primer gobierno del Frente Nacional de Alberto Lleras, 1960, o en el caso del café, de los petróleos o de los recursos naturales. Actuó, desde su primera juventud, con el designio de ser jefe del partido y sus mensajes, discursos y, por último, sus programas siguen vigentes en cuanto a contenido ideológico y manejo interno de la colectividad para conservar la unidad, sin expulsiones o rechazos.

Su acción pública se caracterizó por su seriedad: desde su primer cargo hasta la Presidencia de la república. Llegó muy joven a la Cámara y participó, como ponente en las reformas tributarias, sociales y constitucionales. Sus intervenciones sobresalían por la densidad conceptual de carácter doctrinario y por la visión de lo nacional. Su paso por la Contraloría General de la Nación lo inclinó, aún más, a los estudios económicos. Para él fue una gran escuela, donde se preocupó de crear desde sistemas estadísticos científicos hasta nuevos controles para el manejo de los dineros públicos con excesivas pulcritud. Luego, en el gobierno de Eduardo Santos -de tan excelente memoria administrativa- ocupó el cargo de Ministro de Hacienda. Le tocó una etapa verdaderamente dramática y sin antecedentes inmediatos, como fue orientar la vida fiscal y económica ante los efectos de la segunda Guerra Mundial. Sus exposiciones, sus declaraciones, sus memorias ministeriales son textos reveladores de la intensidad de la labor y la capacidad de crear formulas para enfrentar temas de inesperada ocurrencia.

Al llegar a la Presidencia de la República, tiene una formación integral. No hay aspecto que desconozca y que él no examine minuciosamente, que es por cierto una de sus características como administrador público. Su gobierno toca los temas básicos del país. Su administración se caracterizó por formar una sociedad más justa e igualitaria, de acuerdo con su pensamiento liberal. Tuvo afán de que lo económico y fiscal obedeciera a principios de planeación. Enunció su tesis central de crear una economía humana, que fue principio esencial de su pensamiento. El presupuesto debería obedecer a un criterio para el crecimiento nacional, con riguroso impulso al desarrollo de las diferentes regiones. Como tenía un criterio orgánico del estado, por ello adelantó la reforma constitucional de 1968 con principios que facilitaron la incorporación de Colombia a los complejos problemas internacionales. Se fortificó la descentralización, fortaleciendo la acción de los municipios y de los departamentos; se idearon las áreas metropolitanas, se reguló el situado fiscal. Su articulado se orientaba hacia el pleno empleo, con racional autorización de los recursos humanos y naturales. Se consagró la política de ingresos y salarios. La iniciativa del gasto público quedaba en manos del Estado, para evitar los vicios del clientelismo, y, a través de organismos como Compes, se buscó la racionalización del gasto público. Las leyes cuadros, lo mismo que la creación de los decretos autónomos, t raían novedades al derecho colombiano. El estado tendría la inspección del crédito público. La intervención del estado en la economía se amplió. La concepción de la inversión se orientaba a mejorar la calidad de la vida para los pobres, conduciendo la inversión pública hacia esos fines.

Como jurista, aceptaba la tesis de que el derecho político "es el pórtico de todas las disciplinas jurídicas". Por ello existió un "tiempo" jurídico en su gobierno. Lo primero fue, a través del decreto 1050 del 68, señalar las teorías, jurídicas y técnicas, de la administración. Por el 444 reguló la evolución de la moneda, que conducía a facilitar, igualmente, el manejo de los precios al consumidor y regular los factores perturbadores de la inflación. Si se repasa el número de institutos que Lleras creó en su acción pública, nos daremos cuenta que la administración nacional de allí depende. El gobierno -y lo predicó- con unas finalidades: fortalecer las libertades, la democracia y atender a un desarrollo económico, donde la justicia social se asumiera como función del Estado. Se ciñó a la concepción liberal colombiana, por la cual combatió políticamente para ejercer la función pública. Esto se puede establecer leyendo más de treinta libros que publicó sobre la historia nacional y su concepción política del Estado.

GUILLERMO ALZATE AVENDAÑO
Por: Carlos Augusto Noriega

Oleo de Guillermo Camacho M. 1972 Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá

 

 

Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960) fue el más grande caudillo civil del conservatismo en el presente siglo. Habiendo irrumpido en el escenario de la política nacional un poco por fuera de tiempo, cuando el desespero de las masas depauperadas, ocupantes de la galería en el empobrecido escenario nacional, no alcanzaba a hacer oír voces de protesta sino apenas tenues murmullos de larvada inconformidad, los alegatos formidables de Alzate Avendaño en favor de un conservatismo insurgente, atrevido, no hipotecado a los poderosos, resultaron simple alimento intelectual para jóvenes generaciones que, como él, se frustraron en su temprana y absurda desaparición.

Pero este Alzate Avendaño, que tuvo que gastar excesivo tiempo de su relampagueante existencia, de inesperada y desgarradora brevedad, en echar abajo, trabajosamente, onerosamente, bravíamente, los obstáculos que con acezante y despavorida solicitud le bastantearon los alcahuetes personeros del miedo al cambio social, desde su tumba asiste a un trágico desquite , el de comprobar que el país que él, Alzate, quiso transformar a fondo, hoy, a los 38 años de su muerte, sigue viviendo en la patria boba, y en lo político asiste, sin estupor y ante la resignada humildad de la clase dirigente, al desmantelamiento inmisericorde de sus instituciones.

En la ardorosa vida combativa de Alzate Avendaño se dieron tres etapas de altivos protagonismos, tajantemente diferenciadas. La primera, en sus mocedades, cuando por el año 1937 al frente de la secretaría del Directorio Nacional Conservador se enfrenta a Laureano Gómez, que ya le estaba imponiendo al partido la "disciplina para perros", y en un caso típico de incompatibilidad de caracteres y de antagónica concepción del Estado, rompe y se va. Se dedica luego, en Manizales, a ejercer la abogacia con mucha fortuna, lo que no le impide calificarla de "actividad parasitaria", "que exige dotes menores", pues "el abogado no crea, no produce nada útil", y para sostenerlo "muchos campesinos y obreros tienen que estar sudando plusvalía". Frases de una indagatoria suya, que es pieza maestra de nuestra literatura jurídica, ya que todos los escritos de Alzate, ensayos históricos y literarios, artículos y discusiones, editoriales de su periódico Diario de Colombia, de brillante rigor académico, son de antología. Ahora mismo a los aficionados al derecho público, politólogos, violentólogos, les servirá para seguir hurgando en las causas de la impresionante catástrofe en que agoniza la nación.

Dispuesto a abandonar el foro, porque le impresionaba morir leguleyo, con el alma prendida de una inciso, son sus palabras, Alzate entra a tambor batiente en la política, y sintiéndose incómodo en el conservatismo, al que considera "...un olimpo taciturno de ancianos", funda su propio partido. El extraordinario escritor, su amigo Hernando Téllez, lo llamará "Acción Nacionalista Popular", y su compañero de faenas electorales, Fernando Londoño Londoño, advirtiendo no haber sido "alzatista", lo denominará "Movimiento Nacional". La primera salida en busca de curules en 1939 fue un estrepitoso fracaso, su único representante elegido, ese otro extraordinario escritor y orador, Silvio Villegas, en el instante mismo de instalarse el Congreso, regresa al viejo alero conservador, lo que llevará a Alzate a tildarlo de "gallo de la veleta", sin que esto quebrante su amistad.

Pero Alzate persistirá. Las convenciones conservadoras le siguen pareciendo sombríos cenáculos de fantasmas, reuniones de seres de ultratumba, de momias fosforescentes, a los cuales daban deseos de irresistibles de preguntarles a gritos: De parte de Dios o del diablo, "¿qué necesitan?"

De 1937 a 1943, especialmente desde cuando en este último año dirigió una huelga de choferes que culminó en masacre, con varios manifestantes asesinados por la policía en las calles de Manizales, de ahí la famosa indagatoria de Alzate que armó auténtico escándalo nacional, mezcla de admiración desenfrenada y temor reverencial, comenzó a considerársele un líder de extrema peligrosidad. Se dijo, no sin fundamento, que era admirador de Mussolini, su imitador con la mandíbula saliente y la desnuda cabeza de la que "se habían caído el pelo y las ilusiones"; que admiraba también a Hitler, sin que faltaran burgueses asustados que dada la afición de Alzate por el baile dijeran que lo hacía "a paso de ganso"; que devoto de José Antonio Primo de Rivera y su Falange, marchaba en política "de cara al sol con la camisa rota", y devoto, así mismo, del otro caudillo, Franco, a quien dos lustros adelante le presentaría credenciales como embajador de Colombia, no vacilaría en liquidar nuestro crónico desbarajuste nacional mediante una guerra civil. Estas posiciones de Alzate cobraban cierta consistencia cuando aguerridos nacionalistas, seguidores de su partido, desfilaban de "camisas negras" por algunos lugares del país.

De este Alzate Avendaño, temido como falangista, nazista, fascista, escribía Hernando Téllez: "...No se cree un orador ni un escritor. Pero asegura que habría podido ser lo uno y lo otro, de primer orden, si los dioses no le hubieran asignado la tarea del caudillo político destinado, de acuerdo con su mismo testimonio, irremediablemente al poder. Considera que ese destino sufrió una lamentable, pero eventual frustración, con motivo de la derrota de las armas alemanas... Rommel en el Africa y Von Paulus en Stalingrado, le jugaron, afirma, una mala partida. Su inmediato porvenir político, en ese entonces, y el de Adolfo Hitler, se hallaba, según asegura, ligados en el tiempo y en el espacio... Las Naciones Unidas estaban luchando, sin saberlo, también contra Alzate. El triunfo de Alemania, habría sido el triunfo de las derechas en el mundo. Y en el mundo estaba Colombia. Y en Colombia estaba Alzate. Ese su sencillo y modesto razonamiento".

Juan Lozano y Lozano, con su admirable estilo, en prodigiosa semblanza, al decir que Alzate era un caudillo peligroso, anotaba que hombre peligroso en política es lo que equivale a mujer fatal en el amor, y que el caudillo es el hombre que aguarda su oportunidad, o que la crea. Y Alzate, a nuestro juicio, nunca aguardó su oportunidad. Siempre quiso creársela. Era una imposición de su vitalidad arrolladora, con un itinerario que no respetaba "paraderos", ni admitía señales de tránsito, ni cortejaba al destino con modales convencionales, ni pagaba el peaje de las sumisiones gratificantes, ni, menos aún, pensaba que fuera negociable su agresiva verticalidad. Esa oportunidad no era otra, no podía ser otra, que el Poder, así con mayúscula. Y el Poder, ¿para qué? Para hacer la revolución, esa revolución que todavía sigue esperando el país.

Con penetración zahorí, Lozano y Lozano palpó la carga de transformación sin atenuantes ligada a la personalidad de Alzate, y cuando éste tenía 33 años y ni siquiera había sido concejal, hizo el atrevido diagnóstico: "Es el único hombre con capacidad para hacer una revolución en Colombia, y si la oportunidad le llega, la realiza. Junto a él Gerardo Molina, Diego Luis Córdoba y Gilberto Vieira son miembros de la liga de Damas católicas. Pero ¿cúal es la revolución que se va a realizar? Eso es lo menos interesante... El Deber del país frente a Alzate Avendaño es no darle una oportunidad".

Pero lo de Lozano y Lozano no fue mero diagnóstico sino dramática llamada de atención. Seguida al pie de la letra. La mayor parte de los jefes conservadores se le atravesaron en la vía, sin misericordia y con premeditación y alevosía; los liberales lo admiraron sin reservas, pero le temían, y el resto lo aportó un aciago destino: a los cincuenta años una novedad hepática, que desde entonces manos expertas superaban con sencillez, se lo llevó cuando parecía que ya tenía en sus garras la codiciada oportunidad.

La segunda etapa en la vida de alzate fue la de su retorno al partido conservador, su ingreso al Senado, la integración con Guillermo León Valencia, Augusto Ramírez Moreno, José María Villarreal y Luis Navarro Ospina de una jerarquía que, en horas aciagas, sería soporte del gobierno de Ospina Pérez, para asistir a la traumática elección de Laureano Gómez. Vendría luego los duros tiempos de la desbordada violencia que le permitirían a Alzate, en terminante demostración de su clara vocación democrática, fundar el "alzatismo", recibir palo inmisericorde del gobierno de Gómez, oponerse a los embates dictatoriales de Alvaro Gómez y Jorge Leiva, integrantes del "siniestro binomio", compartir con el liberalismo oprobiosas persecuciones, pregonar el entendimiento entre bandos que se combatían a muerte, y conspirar, así textualmente, conspirar para que se diera "el golpe de opinión" del 13 de junio de 1953. Porque los alzatistas tuvieron acciones mayoritarias, muy abundantes, en la toma del poder por el general Rojas Pinilla. Quien esto escribe recibió el privilegio de ser llamado por Alzate, en estas cruciales jornadas, su segundo de a bordo, cuando el alzatismo jugó un papel como el de los históricos, con Carlos Martínez Silva a la cabeza, frente a las arbitrariedades de ese colosal pensador pero pésimo político que fue Miguel Antonio Caro. Historia por escribir.

La impresionante oración de Alzate contra el plebiscito del 1º de diciembre de 1957, feroz arremetida para las instituciones frentenacionalistas y cúmulo de profecías sobre el desastre a que serían arrastrados los partidos cuando sus diferencias programáticas se convirtieran en mera puja por los cargos y granjerías para sus respectivas clientelas, tornando ingobernable al país, abre la tercera etapa de su vida, en la que Alzate se verá rodeado por una clientela de aluvión bastante ajena al idealista alzatismo que dio en tierra con la dictadura laureanista.

En este instante Alzate logra la gran jugada política de su accidentada carrera, se alía con Ospina Pérez, gana las elecciones de Cámara de 1960, rompe la tenaza laureanista de la que no sólo eran víctima los conservadores sino el propio presidente LLeras Camargo, y pone a sus seguidores a colaborar con el gobierno. Firme amistad con Carlos Lleras Restrepo despejaba insospechados horizontes. El verdadero cambio estaba a la vista.

Gerardo Molina, su amigo entrañable, en semblanza en la que alude a sus "frases rutilantes y esbeltas" (Alzate acuñaba sentencias que por su contenido y belleza formal se convertían en monedas preciosas de forsoza circulación) sostuvo: "Habría sido el presidente de la República en 1962 o en 1970". Pero con la muerte de Alzate todo terminó. Sin que ni siquiera quede el consuelo de poder exclamar, siguiendo la hermosa "Elegía" de Eduardo Cote Lamus, que "tus huesos no tengan nunca paz sino batalla".

Rafael Uribe Uribe y Luis Carlos Galán. 

Por: Aída Martínez Carreño

Fotografía de Benjamin de la Calle

 

 

El orden de una nación descansa 
sobre los hombres elegidos para sostenerla.
Napoleón Bonaparte

Entre obvios paralelos y perceptibles tangentes, los nombres de Rafael Uribe Uribe y de Luis Carlos Galán son heridas no cicatrizadas en la conciencia colombiana, que a lo largo de su historia resentirá la pérdida de dos de sus más promisorios y brillantes estadistas. Liberales ambos, encabezaron disidencias dentro de su propio partido al cual pretendieron reformar modernizando su misión, depurando sus vicios, enriqueciendo sus contenidos a tono con los cambios mundiales.

Sin insistir demasiado en las líneas paralelas de sus vidas, es indispensable recordarlas para luego resaltar las divergencias de sus caracteres y de la época en que actuó cada uno de ellos. Las tres generaciones que median entre uno y otro (1859, 1943) marcan una profunda brecha que comienza a reducirse al recordar sus orígenes de provincia y de montaña (antioqueño y santandereano), su grupo familiar de viejo arraigo, gentes blancas, trabajadoras y honestas, creyentes en la inteligencia y en la educación, tocadas por el sentimiento de patria, movidas por el deseo de servirla.

Precoces ambos en las decisiones de ir tras sus ideales, a los 17 años Uribe Uribe ya había participado en la guerra y recibido una herida en combate; Galán, alumno de bachillerato del Colegio Antonio Nariño, era a los 14 años activista del movimiento estudiantil en contra de la dictadura. Estudiantes talentosos los dos, sus títulos se equiparan: Jurisprudencia para el decimonónico, Derecho y Economía al contemporáneo. Periodistas por pasión y oficio, fueron a lo largo de su vida fundadores, redactores, directores o colaboradores de diversas publicaciones.

El repaso de los nombres de la prensa que ellos animaron ilustra la ideología, refleja las tendencias y necesidades de cada momento: El Trabajo, La Consigna, La Unión, El Republicano, El Relator, La Disciplina, El Autonomista, fueron los voceros de Uribe Uribe; Galán funda Vértice, trabaja en El Tiempo, dirige La Nueva Economía, es co-director de Nueva Frontera. Ambos apoyaron en el periodismo un trabajo de educación ciudadana y de sensibilización a los problemas nacionales, por su intermedio trataron de convocar la inteligencia hacia el cambio indispensable.

Al propio ejercicio de la política llegaron por caminos diferentes, pero impulsados por una rara conjunción de condiciones intelectuales y físicas: inteligencia, decisión, capacidad de trabajo, sensibilidad, vocación de servicio, valor y arrojo, sin desdeñar la habilidad oratoria, la apostura, el fulgor de dos personalidades disímiles, ambas singularmente atractivas.

Uribe Uribe llegó al Senado en la última década del siglo pasado, un período totalmente adverso el ejercicio democrático bajo un régimen intransigente, al cual opuso sus dotes de parlamentario y su coraje. Llegado el momento de no encontrar alternativa diferente a la guerra para defender sus ideas, desgastó en ella sus recursos, su salud y sus energías, su tranquilidad y su nombre, hasta retornar derrotado. De vuelta al Congreso se esforzó por reformar el liberalismo, pretendiendo que éste a su vez llegara a reformar el Estado, modernizándolo al impulso de la creciente onda socialista. Al comenzar el siglo soñaba Uribe Uribe con un desarrollo industrial que trajera el progreso a su agente, el obrero: "Sólo el esfuerzo colectivo, bien dirigido y honradamente manejado puede sacarnos de la postración presente para convertirnos en lo que debemos ser: un pueblo rico, grande y glorioso, el primero en Hispanoamérica", afirmaba visionario.

En el caso de Luis Carlos Galán, un raro sentido de responsabilidad y la conciencia de una misión hicieron breve su niñez y adolescencia; su juventud se disipó sin haberla gozado a plenitud entre las responsabilidades del Ministerio de Educación, asumido a los 27 años, y los apergaminados vericuetos de la diplomacia en los cuales se internó antes de los 30. Senador durante once años, debió enfrentar el poder destructor del narcotráfico, denunció la corruptela administrativa y abrió debates sobre temas vitales al país, incluidas las reformas constitucionales, los derechos humanos, la política petrolera, la paz. "Tantos problemas como los que padecemos, y tantas oportunidades como las que desperdiciamos nos obligan a cambiar... La intransigencia y el fanatismo sólo conducen al dolor y la frustración... las transformaciones no llegan milagrosamente... sin esfuerzo ningún pueblo ha logrado progresar y vivir en paz", escribía en 1989.

Ninguno de los dos concluyó su batalla; a Uribe Uribe lo asesinaron la ignorancia y la miseria que él pretendía combatir; a Luis Carlos Galán lo doblegó la violencia cobarde del narcotráfico. En el momento de su muerte, ya de regreso de sus disidencias, cada uno de ellos encarnaba una firme posibilidad del liberalismo colombiano, no sólo de llegar al poder, sino de generar los grandes cambios que la sociedad demandaba.

Si Rafael Uribe Uribe hubiera tenido tiempo para iniciarlos, ¿habría tenido cabida el terrorismo ciego que asesinó a Luis Carlos Galán?