Calle principal de la Mesa (Cundinamarca) José María Gutiérrez de Alba, 1874 Biblioteca Luis Ángel Arango Banco de la República
Mayo de 2020
Por:
Germán Rodrigo Mejía Pavony * Historiador, Pontificia Universidad Javeriana, y Doctor en Historia de América Latina, University of Miami (Coral Gables). Decano, Facultad de Ciencias Sociales, Pontifica Universidad Javeriana.

EPILOGO: UN PAÍS DE ALDEAS

La historia contemporánea de Colombia pasa necesariamente por la de sus aldeas. Es allí, en esos pueblos, donde encontramos el cristol en el que tomó forma y se mezcló aquello que entendemos por nación.

 

Un poco más de mil cien municipios dan forma hoy a Colombia. Ello significa que en el país tenemos el mismo número de cabeceras municipales: una de ellas verdadera megalópolis; otras, importantes metrópolis; muchas más, populosos centros urbanos regionales; decenas de dichas cabeceras, pujantes núcleos provinciales y, las más, centenares de pueblos, podríamos decir aldeas, ordenan el territorio sobre el que señorean y permiten a sus habitantes comunicarse con sus vecinos, con el resto del país y con el mundo. Por esta razón, no hay rincón del país en el que el territorio y quienes lo habitan  no se ordene a partir de un núcleo urbano, por grande o pequeño que sea. Y esto ha sido resultado del modo como poblamos el territorio durante los siglos XIX y XX, esto es, nuestra historia contemporánea.

 

Pero nos confundimos y es importante entender la razón. De una parte, nos enredamos porque leemos esa inmensa presencia urbana mediante dos categorías, rural y campesino, cuyo uso y significado no terminamos de aclarar. De otra parte, nos encerramos en una restrictiva noción de urbano como categoría únicamente referida a la ciudad. Y lo hacemos aún más difícil, porque hoy aceptamos la dualidad urbano–rural como una realidad incontrovertible. Este enunciado se convirtió en paradigma para el estudio de las sociedades contemporáneas y, en consecuencia, criterio para calificar el nivel de “desarrollo” alcanzado por un estado nacional: si predomina la población rural, calificamos un estado como “subdesarrollado”, razón por la cual es requisito para “sacarlo” de ese situación “desarrollarlo” y, para ello, es incuestionable urbanizar a su población y hacerlo en un doble sentido: llevarla a vivir en ciudad y, además, convertir a cada individuo en un urbanita.

 

Sin embargo, es necesario evaluar los alcances y significados de dicha dualidad. Cuando nos informan, por ejemplo, que la población de un país en 1930 es 30 % urbana y 70 % rural –lo que establece una “magnitud de desarrollo”, esto es, con esas cifras decidimos que ese país es “atrasado”–, debemos preguntarnos ¿cuál es en realidad el sustento de la afirmación? La respuesta no tiene dificultad: sin duda es un censo. Pero ese es precisamente el problema: no se informa las razones por las cuales se estableció un umbral para diferenciar una población de la otra. Esto es, ¿por qué cuando están reunidos en un lugar menos de 5.000 personas se considera que dicho lugar es rural y cuando se reúnen, digamos, 5.001 habitantes dicho lugar es urbano?

 

Ese “lugar” es entendido como municipio desde el siglo XIX, pero será en el entrado siglo XX que se diferencie en los censos la población que habita en la cabecera municipal de la que no lo hace. Los censos anteriores tienden a reunir en un solo resultado esas cifras. Así mismo, sobre el umbral y sus categorías –urbano y rural–  opera un prejuicio: toda población rural es campesina y esta es, por naturaleza, un freno al “desarrollo”. De esta manera, convertimos los resultados del censo en una afirmación de acuerdo con la cual en ese país el 70 % de la población es campesina y, por ello, compuesta por ruralitas que cultural y económicamente son ajenos al “progreso”. Pero, insisto, la primera pregunta es: ¿cómo se definió ese umbral y sus categorías?

 

Un umbral entre rural y urbano determinado en 5.000 personas plantea otro problema: en español “población” significa tanto al individuo como al lugar que habita. Por ello, el umbral de 5.000 indica que cuando se reúnen en un “lugar” 5.000 o menos individuos ellos son población rural, lo que termina siendo un singular colectivo que, en su significado, precisamente, se agrava por el prejuicio: automáticamente las ciencias sociales han establecido que todos aquellos que viven en poblaciones menores a 5.000 habitantes son campesinos. Es la equivalencia entre rural y campesino lo que problematiza la relación rural - urbano. Cuál es el significado de esos dos conceptos es algo que está y seguirá estando en debate. Pero lo que interesa para este escrito es detenernos en la categoría “población” entendida como “pueblo/aldea”, pues esa es la que nos permite entender uno de los asuntos centrales en la construcción de Colombia como estado nacional: su población.

 

Vista de la plazade Moreno, capital de los llanos de Casanare José María Gutiérrez de Alba, 1875. Biblioteca Luis Ángel Arango Banco de la República. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si dejamos de lado el prejuicio, lo que encontramos es que, en el ejemplo que venimos siguiendo, el 70 % de los habitantes de ese país vive en poblaciones de menos de 5.000 habitantes. Este es, por lo tanto, el punto de partida: cuántos de esos pueblos están en el rango de 4.000 a 4.999 o de 2.000 a 2.999, o cuantos en poblados de menos de 500 habitantes, para mencionar solo una posibilidad de lectura del censo. Pero nos importa conocer las características de “la vida en esos pueblos”. Esto último es lo que realmente cuenta si lo que nos interesa es explicar cómo Colombia se construyó como estado nacional durante el siglo XIX.

 

Hermes Tovar, en su estudio Que nos tengan en cuenta, de 1995, encontró que, en 1851, había 690 pueblos de los que casi la mitad, 300, albergaban entre 1.000 y 2.999 personas. Así mismo, Tovar estableció que el promedio de habitantes por pueblo en el país era de 3.625 individuos en 1870. Con base en estos datos podemos establecer magnitudes para entender qué significa rural y urbano en el siglo XIX colombiano: por ejemplo, en 1883, Medellín tenía una población de 37.237 habitantes, es decir, poco más de diez veces el promedio de 1870 para el resto del país. ¿Esta diferencia la convierte en una ciudad? Esta es una buena pregunta, pues los expertos en la historia de Medellín la califican con “aire pueblerino” en 1889.

 

Es el significado de “pueblerino” el que realmente estamos buscando. El crecimiento demográfico que de manera sostenida vivió el país desde el siglo XIX y que se prolongó hasta bien entrado el siglo siguiente está en la base de esta explicación. En efecto, el país pasó de 1.129.174 habitantes en 1825 a 2.707.952 en 1870 y a 5.069.566 en 1912. Pero, luego de deducir, por ejemplo, que el aumento matemático simple fue superior entre 1870 y 1912 (2.361.614) comparado con la de 1825 a 1870 (1.578.778) –razón por la cual debemos preguntarnos por el efecto de este aceleramiento sobre las condiciones de vida en las aldeas y ciudades– lo que encontramos, pues hoy lo sabemos, es que el movimiento de población entre regiones del país fue intenso durante todos estos años. Ahora bien, lo que hemos pasado por alto en las explicaciones generales es que ese movimiento fue siempre fundador de pueblos en los casos de colonización o de migración de aldea a aldea o de aldea a ciudad. Colonizar y fundar, o migrar entre aldeas o a ciudades, son entonces indicadores que debemos tener en cuenta cuando afirmamos que el país es o era rural. En este sentido, ¿cuántos de ellos eran o se convertirán en campesinos? y ¿cuántos de dichos individuos eran o se convertirán en urbanitas porque habitando en las cabeceras municipales jamás trabajarán la tierra?

 

En un magnifico estudio para Medellín publicado en 2013 por Sandra Patricia Ramírez y Karim León, titulado Del pueblo a la ciudad, se encontró que, durante el medio siglo que transcurre entre 1880 y 1930, una gran cantidad de los fundadores de empresa, como Ricardo Olano, Alejandro Echavarría Isaza, Hipólito Londoño, Luis Eduardo Yepez y muchos más nacieron en poblaciones distintas a Medellín. Igualmente, las autoras informan que entre 1901 y 1912 se matricularon en el Liceo Antioqueño 1.469 estudiantes nacidos fuera de Medellín, o que 823 de las 2.056 mujeres empleadas en 1916 en alguna de las fábricas de textiles o alimentos de Medellín nacieron fuera de dicha ciudad.

 

En este sentido, el activo movimiento de población que ocurrió durante el siglo XIX y que se continúa con el mismo signo hasta mediados del siglo XX se realizó en una doble dirección: de aldea a aldea o de aldea a ciudad. Así mismo, la economía campesina que tomó forma durante esos mismos años quedó atada a dichos centros poblados, aldea o ciudad, razón por la cual no podemos entender los poblamientos dispersos como alejados de los mercados y la circulación, por lenta o pequeña que ella pueda ser. De esta manera, la historia contemporánea de Colombia pasa necesariamente por la de sus aldeas. Es allí, en esos pueblos, donde encontramos el crisol en el que tomó forma y se mezcló aquello que entendemos por nación.

 

Finalmente, cabe advertir que la historia de las aldeas, poblaciones rurales o pueblos, como queramos llamarlas, no se detuvo en el siglo XIX. Por el contrario, además de que muchas aldeas siguen siendo espacios dinámicos, varios acontecimientos significativos para la historia del país han tenido lugar en pueblos de fundación reciente. Por ejemplo, los textos incluidos en este último número de la serie “Poblaciones que hicieron historia” —Dosquebradas, Puerto Gaitán y Puerto Guzmán, poblados que fueron erigidos como municipios en el siglo XX— permiten conocer, entre otros aspectos, cómo se han dado algunos procesos de industrualización y colonización en tiempos recientes. Esas realidades son fundamentales para dimensionar la historia del país.

 

 

Bibliografía:

1 Hermes Tovar, Que nos tengan en cuenta. Colonos, empresarios y aldeas: Colombia, 1800-1900, Colcultura / Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1995, p. 34

2 Sandra Patricia Ramírez y Karim León, Del pueblo a la ciudad. Migración y cambio social en Medellín y el valle de Aburrá, 1920-1970, Universidad de Antioquia / EAFIT, Medellín, 2013, pp. 33-63 y 83-84.