Enrique Pérez Arbeláez. Oleo de Francisco Antonio Cano, 1929
Septiembre de 2016
Por:
Santiago Mutís Durán

ENRIQUE PÉREZ ARBELÁEZ: PADRE DE LA ECOLOGÍA EN COLOMBIA

Antes de que el mundo viera extenderse sobre el manto de la tierra las manchas terribles del hambre, la contaminación y la erosión, Enrique Pérez Arbeláez quiso hacernos valorar como riquezas magníficas nuestros recursos naturales, y advertirnos de las graves "paradojas" del desarrollo, una peligrosa ilusión en países dependientes, si no tienen los conocimientos suficientes, dispuestos a instalar en sus entrañas una forma de vida que no les es propia.

Ahora que el hombre ha comenzado a preguntarse por el alcance y el sentido del progreso, y que por primera vez ve el aire, las últimas selvas, su propia cultura y hasta los mismos mares como realidades vulnerables, entendemos como visionario el sobrehumano trabajo de Pérez Arbeláez. Considerando en forma anticipada la ecología como la ciencia sobre la cual recaería la responsabilidad del alcance real del desarrollo quiso preparar al país para afrontarlo, con el rigor, la sabiduría, la prudencia los conocimientos y la planificación científica necesarias, sin perder jamás la orientación del beneficio social.

Tuvo que partir de cero. La política había llevado al país hacia la inmadurez, la pobreza y la violencia, abandonando en el olvido o en la miseria a los pioneros de la ciencia en Colombia. Había que inventar una tradición botánica, darle una alta jerarquía como ciencia e instalar el nicho para su cultivo, crecimiento y plenitud, todo esto en medio de la ignorancia, la indiferencia o la franca hostilidad, ya que hacer las cosas en beneficio de una región, de un pueblo o de todo un país reorientaba al Estado, la economía, la educación y la vida misma hacia el bien común, lo cual contradice los objetivos bárbaros del progreso, fundado sobre principios capitalistas, individuales y de acumulación de bienestar y de riqueza poco humanitarios, para no decir que sin ningún interés social.

Tal vez por esto tiene mucha importancia el que Pérez Arbeláez fuera un hombre culto, un filósofo y, sobre todo, un sacerdote. Así se entiende mejor el humanismo con que le dio una extraordinaria coherencia a su infatigable labor, lo que ella misma contiene de sacrificio y el profundo significado de cada uno de sus actos fundacionales. Para Pérez Arbeláez la ciencia, la economía, el Estado... debían estar al servicio del Hombre, de la Cultura y de un destino digno y ético.

Por él se enteró el país de que la decisición de construir un ferrocarril o una carretera, encontrar la ubicación de un puerto marítimo, hacer una hidroeléctrica, un acueducto, secar un humedal, desviar un río... requieren de un cúmulo complejo de conocimientos, intereses y responsabilidades mucho más ricos que los de la sola ingeniería o el inmediato beneficio económico para no crear caos, frustración y miseria, además de un sinnúmero de inmanejables y nuevos problemas sociales, ecológicos y económicos.

Pérez Arbeláez (Medellín, 1896), hecho biólogo en Alemania, regresó al país en 1928 para emprender su titánica labor: reconstruir la fragmentada historia de la botánica en Colombia, hacer que el gobierno reconociera la importancia de esta ciencia, insertar su estudio en la educación elemental y suministrar los materiales necesarios para hacerlo, conocer el territorio nacional; crear los herbarios, museos e institutos suficientes para la formación de científicos; recoger y ordenar el conocimiento popular sobre nuestra naturaleza; crear la investigación y fundar las academias que la fomentaran y mantuvieran; formar criterio en los ciudadanos, profesionales y gentes del gobierno sobre la realidad, el futuro y los problemas colombianos; establecer vínculos reales y permanentes entre la ciudadanía y la ciencia...

Instituto de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de Colombia

 

Treinta y siete libros publicados, tres entidades científicas aún existentes, el Jardín Botánico de Bogotá, cuarenta años de periodismo científico y una lección admirable es el legado que nos dejó don Enrique Pérez Arbeláez a su muerte, acaecida en Bogotá en 1972.