13 de noviembre del 2019
 
Septiembre de 2019
Por:
María Elisa Balen*Historiadora, Universidad Nacional de Colombia, Magíster y Doctora en Sociología, University of Bristol, Reino Unido. Profesor Auxiliar, Departamento de Sociología, Universidad Nacional de Colombia.

EL SALADO

En 1997, El Salado era un corregimiento próspero: contaba con acueducto propio, energía eléctrica y alumbrado público; un centro de salud bien adecuado con equipos, medicinas y personal; hogares comunitarios, escuela primaria y bachillerato. Además de buenas tierras donde se cultivaba auyama, ajonjolí, maíz, yuca y ñame, contaba con empleos y movimiento comercial derivado del cultivo y transformación del tabaco. Habían pasado 185 años desde su fundación, y algunos saladeros estaban haciendo gestiones para convertir su corregimiento en municipio. Para el 2001, sin embargo, El Salado se había convertido en un pueblo fantasma donde no habitaba un solo humano.

Entre 1997 y 2006, el bloque norte de las Autodefensas Unidas de Colombia perpetró millares de acciones violentas en diferentes pueblos del Caribe, pero las dimensiones de la masacre que llevó a cabo en El Salado en febrero del año 2000 hicieron a este corregimiento tristemente célebre: 450 paramilitares entrando en tres columnas armadas desde diferentes municipios, helicópteros sobrevolando y la concentración forzosa de los pobladores durante tres días en los que los obligaron a presenciar un escenario público de terror en el que murieron más de 60 personas. Después de la masacre, los cerca de 7.000 habitantes de El Salado salieron de allí, y en los días y meses siguientes otros habitantes de la región abandonarían sus pueblos masivamente, cuando los paramilitares amenazaran con “hacerles lo mismo que en El Salado”. La mayoría de los saladeros llegaron desplazados al casco urbano de El Carmen de Bolívar. De ahí, muchos se fueron hacia otras ciudades. La estigmatización, la prolongación de la violencia, las dificultades para conseguir trabajo, el hambre y las penurias hicieron difícil encontrar un lugar donde asentarse y volver a empezar. En noviembre de 2001, huyéndole a la perspectiva de morir de pena moral, 8 mujeres y casi 200 hombres, liderados por Luis Torres, sin garantías ni apoyo del gobierno, volvieron a El Salado, abriéndose paso con machetes. Sería un proceso de retorno progresivo, que continúa hoy en día.

Con el tiempo, El Salado se convirtió en epicentro de ayuda estatal y de organizaciones no gubernamentales, se reconstruyeroncasas y se pavimentó la vía. Luis Torres ya no vive en El Salado, tampoco otros líderes que han sido amenazados desde entonces. Y es que este corregimiento de Montes de María sigue siendo corredor estratégico de grupos armados. Llegan proyectos, pero es difícil montar una economía productiva cuando las tierras ya son de otros y la lucha por esas tierras despojadas produce nuevas victimizaciones. Ya no se vive el entusiasmo, ni las fiestas de antes. Muchos arrastran con los efectos psicológicos de lo que pasó, y también han llegado nuevas personas de poblados cercanos, de Barranquilla e incluso de Venezuela. Con estos ya suman 2.000 los retornados que siguen resistiendo, aferrándose a la vida y luchando por su territorio.

Referencia bibliografía

Centro Nacional de Memoria Histórica y Ediciones Semana, El Salado: Esa Guerra no era nuestra, Taurus, Bogotá, 2009, 35-37.

Semana, “El eterno retorno de El Salado”, 13 de febrero de 2010