13 de noviembre del 2018
 
Prensa
Abril de 2012
Por:
Juana Salamanca Uribe Periodista, Universidad Jorge Tadeo Lozano.

El nacimiento de las industrias culturales

“No sólo de pan vive el hombre”, sentenció el protagonista de los evangelios hace más de dos mil años. Y, en efecto, la historia de la humanidad no se puede limitar a la lucha por satisfacer las necesidades materiales. Lo que nos hace verdaderamente humanos es el impulso de expresar las realidades históricas en forma de manifestaciones culturales; además, en ellas descubrimos las claves de la sociedad en que se produjeron. Esta última entrega de la serie sobre el nacimiento de las industrias en Colombia pretende mostrar la aparición de las industrias

culturales y como fenómenos inseparables del despegue del capitalismo. Estas se definen como la elaboración de productos culturales con fines de lucro. Para la UNESCO, son las que “reproducen a escala industrial, utilizan como materia prima creaciones protegidas por el derecho de autor y producen bienes y servicios culturales fijados sobre soportes tangibles o electrónicos”.

Abordaremos aquí las más importantes en el surgimiento de la Colombia moderna, como una manera de mirar las relaciones de doble vía entre cultura y economía y de refutar a quienes colocan las manifestaciones del espíritu en un plano marginal. Una mirada al impacto económico de la actual industria del entretenimiento y al gasto del colombiano en actividades de ocio y tiempo libre, nos indica de qué estamos hablando.

Prensa para un país moderno

Los primeros periódicos:empresas políticas

La prensa cumplió un papel definitivo en el nacimiento del país: recordemos que todo comenzó con la publicación de una hojita con los Derechos del hombre, unas cuantas palabras poderosas. Sin embargo, en estricto sentido no podemos hablar de industrias periodísticas en la mayor parte del siglo XIX; si acaso, de empresas políticas dedicadas a la difusión de ideologías.
La prensa decimonónica refleja un país incipiente, desordenado: innumerables publicaciones inestables –ninguna duró más de 15 años y a esa edad solo llegaron tres– en formato pequeño, pocas páginas que rara vez superaron los 500 ejemplares, sin recursos gráficos. Ríos de tinta y toneladas de papel, cuyos vestigios permanecen hoy en bibliotecas públicas y colecciones privadas, que cuentan una historia mucho más colorida que sus páginas.

Los periódicos se producían en casas o talleres pobrísimos, sin que por la mente de sus gestores apareciera la idea de obtener rentabilidad económica; y lejos de ser una profesión lucrativa el periodismo se ejerció a manera de apostolado, que demandaba ante todo cultura e hidalguía.

No obstante, esta prensa supo revelar con claridad las ideas de los partidos políticos nacientes y, en últimas, los intereses económicos que había detrás: un conservatismo nostálgico de la colonia, defensor de los terratenientes; el liberalismo, promotor del desarrollo a partir del comercio y la incipiente industria, y de las libertades, incluso por encima del orden. Sus divisiones en torno del librecambio, que defendían los comerciantes, y del proteccionismo, abanderado por los artesanos, también tienen su reflejo en los periódicos.
No se concebía aún la difusión de noticias como un servicio por el que había que pagar y si los lectores –una exclusiva élite letrada– sufragaban las suscripciones, lo hacían como contribución a sus copartidarios. Por otro lado, la objetividad, valor que sustenta a la prensa moderna, por lo menos en el terreno de lo ideal, no era, precisamente, una línea de conducta para los periódicos de entonces, a pesar de que algunos proclamaran su ánimo neutral.

Las noticias, el relato escueto de los hechos sin sesgos ideológicos, estuvieron prácticamente ausentes hasta finales del siglo XIX. Y eso se explica en parte por las dificultades del flujo de la información. Las novedades, que llegaban por carta o por el relato de viajeros, estaban a merced del servicio de correo y a las distorsiones de los portadores. El servicio telegráfico eléctrico, inaugurado en 1865, significó un avance para la calidad y rapidez de la información, no obstante sus frecuentes problemas técnicos. El comercio, que demandó mejoras en el transporte, favoreció la difusión de la noticia.

La imprenta El Neogranadino nacida en 1849 y la fundación del periódico del mismo nombre por Manuel Ancízar, representaron avances. Ancízar importó máquinas modernas y trajo a los hermanos Echeverría, impresores venezolanos, que actualizaron las técnicas y sacaron, por primera vez, miles de ejemplares de una misma edición. Dibujantes y litógrafos elaboraban grabados de próceres o piezas de música para obsequiar a los suscriptores: una de las primeras estrategias de mercadeo de un periódico. El Tiempo (primer periódico colombiano con ese nombre) nacido en 1855, se consideró el precursor de una verdadera empresa periodística. Pretendía ser “un almacén de noticias y trabajos importantes, un órgano imparcial de buenas ideas”. Tuvo agencias en 42 ciudades y en 4 países.

En 1864 el presidente Manuel Murillo Toro, el más ferviente defensor de la prensa libre de su tiempo, estableció El Diario Oficial, para registrar los actos del gobierno. En 1871 se publicaban 23 periódicos en 16 imprentas: 2 diarios, un semi diario, 3 que salían dos veces a la semana, 8 semanarios, 5 quincenales y 4 mensuales.

La cultura como “gancho”

Distintos productos culturales se publicaron en la prensa del siglo XIX como “gancho” para nuevos públicos, como el femenino, enclaustrado y aburrido. Los problemas de la importación de libros y su producción en el país, convirtieron a la prensa en el ámbito propio de la literatura y la cultura, en la única manera de conocer las producciones de nuestros autores y de las tendencias foráneas: figurines de París; folletines por entregas con lo último de Alejandro Dumas o de Paul Feval; crónicas sobre los debates políticos del momento.

El Papel Periódico Ilustrado (1881) de Alberto Urdaneta, incluyó en su primera edición cuatro grabados en madera (xilografía) del artista español Antonio Rodríguez. Se publicó hasta 1887 y dejó un testimonio invaluable de su época.

Los contenidos light, no estuvieron ausentes de esta prensa, que incluyó, por ejemplo, temas relativos a la higiene y salud de la mujer, pensamientos, epigramas, anécdotas y recetas, farándula, notas sociales, espectáculos y relatos de viajes. En cuanto a la publicidad, ante la ausencia de una industria en el país, se limitó a dar cuenta de la importación de mercancías o a anunciar servicios profesionales.

Primera sede de El Espectador, Calle del Codo, Medellín.Los primeros grandes periódicos

El período de la regeneración, a partir de 1886, coincidió con el inicio de la prensa moderna en muchos aspectos. El Telegrama, creado en 1886 por Jerónimo Argáez, fue el primero en usar el cable internacional submarino (calograma), lo que permitió publicar, de lunes a sábado, las noticias de Europa y América –que hasta entonces se ofrecían con meses de retraso–. El Correo Nacional de Carlos Martínez Silva, impuso un estilo escueto, tal como lo hizo posteriormente el periodismo. Fue este el primer periódico en pagar a los reporteros, un paso importante hacia la profesionalización del oficio. Con la llegada del reportero profesional y sus crónicas –a veces pintadas de amarillo– se abrió el apetito por esta clase de productos culturales, saciado con producciones en las que no se advierte un límite claro entre realidad y ficción. Es célebre el caso del periodista Ximénez (años 20 del siglo XX), cuyo personaje ficticio, el ladrón Rascamuelas, hizo de las suyas en Bogotá.

     
Con el nuevo siglo llegan los periódicos modernos: fueron empresas familiares, que si bien mantuvieron su sello partidista, buscaron la rentabilidad por medio de la publicidad que se abría paso con el surgimiento de las primeras industrias que, a su vez, demandaban mercados internos. 

El Tiempo (1911), El Espectador –nacido en 1887, cerrado varias veces y reabierto en 1913– El Colombiano (1912), La Patria y otros hacen parte de esta nueva etapa de la prensa. La llegada de la energía eléctrica en 1900 permitió modernizar las técnicas y se inició una carrera sin fin de nuevos sistemas de impresión, de armada, de transmisión de textos e imágenes, etc.

Alberto Lleras Camargo. Atras, a la izquierda, Richard Nixon. Archivo Semana.El primer ejemplar de El Tiempo, de cuatro páginas, formato tabloide, circuló el 29 de enero de 1911 y se imprimió en una prensa de madera, adquirida por su fundador Alfonso Villegas Restrepo. Tenía cuatro páginas y estaba diagramado a cuatro columnas. El valor de un ejemplar era de 3 centavos y la suscripción de cuarenta números costaba un peso. Jorge Mac Douall, se convirtió en el primer suscriptor. En 1913 el diario fue adquirido por Eduardo Santos por 5 mil pesos. Tenía entonces una circulación de 300 ejemplares.
“Los billetes de los conservadores son iguales a los billetes de los liberales”. La frase de don Julio C.

Hernández, uno de los fundadores del diario antioqueño El Colombiano y del bogotano La República en referencia a las ventas de publicidad, es ilustrativa del carácter empresarial que adquirieron los diarios.
Por su parte, en el texto “De cómo vivió y de cómo sabe morir un periódico libre”, escrito a propósito del cierre de El Tiempo por la dictadura de Rojas Pinilla, Eduardo Santos definió al diario como una pujante industria cultural y señaló los derroteros que, en su opinión, debía seguir, sin vislumbrar lo que vendría en los tiempos de la globalización y las TIC.

Estampilla conmemorativa del centenario de El Espectador, 1987.El Espectador, que se definía como “un periódico político, literario, noticioso e industrial”, se publicó simultáneamente en Bogotá y Medellín entre 1915 y 1923 –ese año la suscripción anual valía $ 7,40– hasta cuando la competencia de El Colombiano en la capital paisa lo hizo cerrar.

Publicidad para la naciente industria

El punto de partida de la publicidad como actividad formal se puede señalar en 1930, en plena crisis económica, sin que esto sea una coincidencia. En 1932 se realizó la Exposición Industrial Nacional en Medellín y la prensa hace una convocatoria al evento “para salir de la depresión económica y psicológica” y como una manera de “acelerar el retorno a la prosperidad”.

La publicidad comenzó a ser una industria pujante, estimulada por la aviación comercial que aumentó el cubrimiento de la prensa. Y si en 1930 para una empresa un presupuesto de 10.000 pesos se consideraba adecuado, en 1980 noventa productos tenían asignados para cada uno presupuestos de publicidad de más de 15 millones al año, y se registró una inversión de 2.706.000 millones en la sola prensa escrita.
La influencia de la industria publicitaria exigió a los periódicos esfuerzos por demarcar los límites entre la información y la publicidad para la preservación de la credibilidad como valor fundamental para el lector. No siempre la información sale bien librada.

Inevitablemente ligada a los sectores productivos, la prensa colombiana experimentó cambios sustanciales a la llegada del siglo XXI, El Tiempo y El Espectador abandonaron su condición de empresa familiar; el primero terminó siendo parte del grupo editorial español Planeta; el segundo, se integró al grupo económico más poderoso del país.

La radio: el más poderoso sistema de integración

Se necesitaron dos ingredientes fundamentales para que despegara la radio en Colombia: primero, la telegrafía inalámbrica que permitió la circulación de comunicaciones sin cable, a través de ondas que viajan por el aire. Segundo, unos cuantos “locos” que se dieron a la tarea de hacer funcionar el milagro.
El 12 de abril de 1923, el presidente Pedro Nel Ospina inauguró la estación internacional de Morato cuando se comunicó con el artífice de esa maravilla, el italiano Guillermo Marconi, que destacó el paso dado por Colombia.

Estampilla conmemorativa del centenario de El Tiempo, 2011.Los afiebrados de las ondas hertzianas comenzaron a “cacharrear” en talleres y garajes, a tratar de construir transmisores y receptores; en fin, a hacer viajar el sonido. La radio se perfiló como un medio fabuloso de integración, en un país en el que las vías terrestres conectaban a duras penas algunos centros urbanos. Mientras tanto, el italiano Italo Amore, discípulo de Marconi, asesoraba al gobierno en el desarrollo técnico y legislativo de la radiodifusión.

En la capital del Atlántico, el primer experimento lo realizó Víctor Amórtegui; en 1929 Elías Pellet, al fundar La Voz de Barranquilla, inició la era de la radio comercial; en Medellín, Alfredo Daniels creó la HKO, antecedente de La Voz de Antioquia; Gustavo Uribe hizo sonar la HKF, posteriormente La Voz de Bogotá y Pompilio Sánchez a Radio Boyacá. En 1932, Radio Santafé nació en la sala de la casa de Julio Bernal. Con el empuje de técnicos como César Estévez, un verdadero sarampión cubre la geografía nacional.

Hacia la radio comercial

Al posesionarse como presidente de Colombia, Enrique Olaya Herrera le “mete la ficha” a la radio, pues como embajador en Estados Unidos, vio su desarrollo. Impulsó la primera estación oficial, la HJN –antecedente de la Radiodifusora Nacional de Colombia–. Una radio culta, con locutores refinados y declamadores como Víctor Mallarino.

  

Al mismo tiempo, se comenzaron a vislumbrar las bondades del nuevo medio como palanca de la industria, para captar consumidores, habida cuenta de su cubrimiento a sectores amplios, incluso analfabetos, ajenos a los medios impresos. La radio se encaminó definitivamente al mundo empresarial en un contexto de crecimiento económico que alcanzó el 10.8% anual en 1934.

Álvaro Castaño Castillo y Gonzalo Rueda Caro, en las instalaciones del primer transmisor de la HJCK. Tomado de HJCK 50 años.En 1935 nació en Medellín La Voz de Antioquia, con padrinos de postín: Coltabaco, Fabricato, Cervunión, Laboratorios Uribe Ángel, Nacional de Chocolates, La Bastilla y Carlos Escobar. En Bogotá, La Nueva Granada consiguió patrocinadores de igual talla. La radio se mostró como un factor de integración y abrió campos de trabajo en la técnica y el periodismo radiales.

¿Qué escuchan los oyentes en aquellos receptores gigantescos? Música clásica y popular, interpretada por orquestas y artistas en vivo, teatro, concursos, programas femeninos, desde grandes radioteatros. Luego, carreras de caballos, fútbol aficionado, lucha libre y toros.

Giovanni, Francesco, Donato Di Domenico, y dos amigos, en el primer Fiat Cero importado a Colombia.Las noticias venden

No se habían descubierto las posibilidades de la radio como medio de transmisión de noticias, cuando el 24 de junio de 1935, dos aviones chocaron en Medellín y entre las víctimas estaba Carlos Gardel. Antonio Henao Gaviria llama por teléfono a La Voz de Antioquia, y comienza a relatar el suceso en directo, inaugurando el oficio de reportero radial, capaz de dibujar en colores, con inmediatez, lo que el receptor no podía ver.
Corría 1936 y el gobierno presentó un proyecto de Ley para estatizar los servicios de radio y ¿capitalizar su poderío a favor de la Revolución en Marcha?Revista Semana, años cincuenta. Una emisión radial en cadena –la primera– tumba la iniciativa. De todas maneras, el gobierno estableció los requisitos para el otorgamiento de licencias para emisoras, técnicos y locutores, y vigiló los radio periódicos, género de opinión política, que entonces emitían los partidos en espacios arrendados por las emisoras.

Se popularizaron los programas de entretenimiento patrocinados por una empresa como Estrellas Mejoral, de la Sydney Ross. Algunas emisoras adquirieron el nombre de las compañías a cambio del patrocinio: Emisora General Electric, Emisora Philco. Se establecieron concursos con llamadas telefónicas; el programa Coltejer toca su puerta para premiar la sintonía, hizo historia hasta 1956.

El nacimiento de nuevas emisoras y el aumento de horarios de transmisión produjeron una gran improvisación en la publicidad. Las cuñas alcanzaron a cubrir el 50% de la transmisión, no tenían tarifas ni tiempos fijos y no se elaboraban según la técnica radial. Se desvalorizó la publicidad radial, quebraron algunas emisoras y surgió la necesidad de formalizar la explotación comercial del tiempo en la radio.

La segunda guerra mundial fue vivida al pie de los receptores; los colombianos “vieron” su desarrollo a partir de los informes de las agencias internacionales y de los servicios informativos de los Estados Unidos.

En 1956 la inversión en publicidad total llegó a 800 millones de pesos, 25% en radio, 40% en prensa y 25% en gráficos. Las agencias de publicidad introdujeron entonces estudios de sintonía y de mercado. En 1940 Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla contaban con cinco emisoras cada una y hacia 1942 el país estaba cubierto por un sistema nervioso cuyo capital se calculaba en 6 millones de pesos mientras que el valor de sus equipos en 100 millones.

Llegó el momento en que los artistas consideraron insuficiente su retribución, entraron en huelga en 1946 y favorecieron el nacimiento de SAYCO.

Eduardo Santos Montejo, 1947. Colección Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Reg. BPP-F-016-0401.El primer locutor del país

En un viaje a la ciudad de Pasto (1944) el presidente Alfonso López fue arrestado por un grupo de militares insurrectos, en un intento de golpe de Estado. En Bogotá, el ministro de gobierno, Alberto Lleras, usó la radio para mantener tranquilo al país, aglutinar al pueblo alrededor del presidente y, de paso, obligar a los golpistas a entregarse. Desde entonces, Lleras fue reconocido como el “primer locutor del país”.

Nacieron las cadenas

Antes de establecer cadenas de radio por medio de operaciones económicas, la técnica posibilitó el enlace “de hecho” de las emisoras. La primera cadena comercial fue La alfombra mágica que en 1937 retransmitía un programa musical de 15 minutos; en 1940, compañías como Bayer y Kresto patrocinaban espectáculos de música en simultáneo por varias emisoras.

Las verdaderas cadenas surgieron después de la segunda guerra, favorecidas por los adelantos tecnológicos y la sociedad anónima que permitió hacer inversiones colectivas, por medio de acciones, en otras empresas.
Pedro Nel Ospina (1858-1927). Revista Semana,El nacimiento de la Cadena Caracol, hoy la más grande del país, se dio a partir de la fusión de la emisora antioqueña Siglo XX, del empresario William Gil y La Voz de Antioquia, y la compra por parte de Coltejer del 50% de esta última emisora. Esa organización paisa se unió luego al proyecto de Radiodifusión Interamericana fundado, entre otros, por Alfonso López Pumarejo, concebido para prolongar en la radio el periódico El Liberal. Así nació la Emisora Nuevo Mundo el 1 de abril de 1948 con un capital inicial de $162.000.

Desde 1956 Caracol experimentó un crecimiento sostenido –a pesar de la competencia de la televisión–; en 1975 tenía 44 emisoras propias y 22 afiliadas y había instalado 22 antenas repetidoras. Dos años más tarde, controlaba el 25% de las emisoras del país y tenía acciones en Caracol T.V. A mediados de los años 80 fue adquirida en un 71% por el grupo Santo Domingo y luego por la organización española de medios, PRISA.
La Voz de Medellín, Fabricato, Cervunión, Postobón, Nacional de Chocolates y otros, se unieron a la Emisora Nueva Granada de Bogotá para dar vida a la Radio Cadena Nacional el 11 de febrero 1949. En 1973 se reagruparon los accionistas y el grupo Ardila Lulle adquirió el control que aún mantiene.
Los años 50 son la época dorada de la radio que enfrenta a las nuevas cadenas: a la vuelta a Colombia en bicicleta, transmitida por RCN, se opone Caracol, con la radionovela El derecho de nacer. Compiten, también, con fútbol profesional y humor.

En 1952 La Voz de Cali dio origen al Circuito Todelar de Colombia de Bernardo Tobón de la Roche que, con el tiempo, le plantea competencia seria a las otras dos grandes cadenas. Simultáneamente, pequeñas emisoras locales en muchos municipios del país, luchaban a brazo partido por su independencia.
Un nuevo invento, el transistor, llegado al país en los 50, aumentó la audiencia: bajaron los costos de los receptores y se otorgó movilidad al radioescucha. Según la UNESCO, en 1952 había 500 mil radio-receptores en Colombia, 139 por cada mil habitantes; otras fuentes señalan que en 1959 se calculaban cerca de dos millones; hacia 1972 habían subido a 12 millones. El cálculo para 1977 es de 20 millones de radio escuchas.

Julio Arrastía y Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, s. f. Colección Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Reg. BPP-F-014-0437.Estilo periodístico único

En los años 70 y 80, la radio colombiana impuso un estilo nuevo de periodismo que abandonó el acartonamiento de los noticieros leídos, e introdujo esquemas de diálogo y comentario de las noticias con participación de varios periodistas en torno de una mesa. Es un estilo cuya originalidad se reconoce aquí y en Cafarnaún y del que el programa 6 a.m 9 a.m de Caracol fue el pionero. Esa creatividad se reflejó en el porcentaje del ponqué publicitario para la radio, que en ese momento ascendía al 30%.

Pastor Londoño Pasos y Miguel Zapata restrepo, locutores y comentaristas deportivos en una transmisión de la Vuelta a Colombia en la móvil de Caracol Radio. Colección Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Reg. BPP-F-014-0438.
Al margen de la radio comercial surgen y se desarrollan algunas emisoras culturales: La Radiodifusora Nacional de Colombia ve la luz en 1940 como órgano oficial del Estado; en 1950, un grupo de intelectuales establece la HJCK y en la misma década surge una emisora fundada por el gobierno, pero con patrocinio privado, la Radio Sutatenza que se dedicó a la alfabetización del campesino colombiano, con sus escuelas radiofónicas.

La “caja mágica” aterriza en Colombia

Durante la inauguración de los juegos olímpicos de Berlín en 1936, se exhibió la televisión, apenas en prueba. Estaba presente en el certamen –una demostración del poderío nazi–, un mayor del ejército colombiano, Gustavo Rojas Pinilla, quien dijo: “Este invento tenemos que llevarlo a Colombia”.

17 años después, el 13 de junio de 1953, Rojas se tomó el poder en Colombia; muchos veían en él la solución a años de violencia. Para celebrar el primer año del gobierno militar se preparó una fiesta cívica nacional que incluía la primera transmisión de televisión. Se buscaba difundir el proyecto político de las fuerzas armadas y darle un refuerzo de legitimidad al gobierno. El nuevo medio se anunció como un vehículo de progreso y de unidad para una Colombia fracturada.

Alberto Lleras Camargo, en su despacho. Archivo Semana.Sin vislumbrar el peso específico que años más tarde tendría la televisión en la sociedad moderna, el gobierno estableció la Televisora Nacional como un apéndice de la Radiodifusora Nacional. La implementación se puso en manos del joven Fernando Gómez Agudelo, formado en Estados Unidos. Lo acompañaron el ingeniero de telecomunicaciones Joaquín Quijano y Jorge Luis Arango, director de la Oficina de Información y Prensa del Estado, ODIPE, encargada de la promoción de la imagen de Rojas Pinilla y del control de los medios de comunicación. Mensajes del tenor de “El binomio Pueblo-Fuerzas Armadas salvará a Colombia”; “Por la patria: Paz, Justicia y Libertad”, entran a ser difundidos por la televisión.

Para la emisión, se adquirieron equipos de la Siemens (transmisor de un kilovatio de potencia de imagen y 0.2 kilovatios de sonido) y para la dotación de estudios y cámaras, se trajeron de la Casa Dummont de Estados Unidos. El equipo estaba compuesto por dos cámaras, una trípode (estática) y otra dolly (móvil), más elementos de sincronización e iluminación. Además del personal traído desde Alemania, vino un grupo de cubanos, directores, productores y camarógrafos. Estampilla conmemorativa de los 20 años de Inravisión, 1974.Colombia entraba a ser el sexto país latinoamericano en instalar la televisión. Puesta la antena de emisión en la azotea del Hospital Militar, se comenzaron a realizar trasmisiones de prueba el 1° de junio: una imagen de la edición de El Tiempo fue captada por algunos televisores instalados en los periódicos, en algunas vitrinas y en las embajadas. La antena, colocada en el nevado del Ruiz, alcanzaba a cubrir sólo la Sabana de Bogotá y Manizales.

“Ha comenzado la invasión de televisores a Bogotá”, publicó el Diario de Colombia el 21 de mayo 1954, para dar cuenta de la importación que adelantaba el gobierno, luego de una licitación que ganó la Philips. Años más tarde surgió una acusación de soborno de la compañía holandesa al yerno del general, Samuel Moreno Díaz. (¡!)

El entonces periodista de El Espectador, Gabriel García Márquez, al investigar la noticia que originó el Relato de un náufrago, descubrió situaciones que se apartaban de la versión oficial del accidente por la cual el joven marino Velasco cayó al mar. Gabo encontró que este fue empujado por una “carga” de electrodomésticos de contrabando, entre ellos televisores, que llevaba el barco en cubierta.

Estampilla conmemorativa de la estación de comunicaciones vía satélite de Telecom, 1970.Se importaron inicialmente 15 mil televisores cuyo precio comercial oscilaba entre los 600 y los mil pesos. El gobierno, en su intención de popularizar la televisión, adelantó para los distribuidores un plan de reducción de los precios mediante exenciones tributarias para la importación. El Diario de Colombia tituló “Encendido el primer aparato de televisión en la capital. Una nueva industria surge en el país”, y agregó que “el primer radio-receptor de televisión marca Copehart, de pantalla de 21 pulgadas, y con capacidad de 110 watios, fue encendido ayer en el almacén “El regalo” de Alfonso Cuéllar”.

La costosa importación de los equipos se entendía en el marco de la bonanza cafetera y de los logros en el camino hacia la industrialización –ese año se fundó Paz del Río– dentro de un ambiente optimista. Un lamentable suceso, en el que el régimen mostró su verdadera cara, la represión violenta por parte de las fuerzas del Estado de manifestaciones estudiantiles y la muerte de numerosos estudiantes (8 y 9 de junio) aguó la celebración de un año de gobierno; varios eventos se cancelaron, mas no la trasmisión de televisión.

Fue esa una televisión rudimentaria, que se abrió al éxodo de los espectáculos y las estrellas de la radio, sin advertir que el nuevo medio ofrecía un lenguaje más complejo. A los actos oficiales, transmitidos con enjundia, se sumaban teleteatros, concursos, musicales y películas suministradas por las embajadas.

La televisión comercial

De manera que la historia de la televisión en Colombia es diametralmente opuesta a la de la radio. En principio, los intentos por instalar, desde 1951, estaciones comerciales con financiación norteamericana no fueron exitosos. No obstante, la televisión comercial fue abriéndose paso y el primer programa con patrocinio fue El lápiz mágico, conducido por Gloria Valencia de Castaño, con participación de dibujantes y financiación del Banco Popular. El primer ensayo de la televisión por concesión surgió de un acuerdo entre Gómez Agudelo y Lucio Duzán y resultó un fracaso económico. Posteriormente, las cadenas radiales Caracol y RCN, se unieron para formar la primera programadora privada TVC que, mediante un contrato de concesión, cubrió el 50 por ciento de la programación durante algunos pocos meses, sin resultados halagüeños.

La televisión se reivindica

Habiéndose vinculado tan estrechamente con la dictadura, a partir de 1957 la televisión colombiana hubo de reacondicionarse a las nuevas realidades y despegar definitivamente. La colocación de satélites en el espacio y de transmisores en puntos clave del país, ampliaron sus posibilidades. El 2 de mayo de 1958 se hizo la primera trasmisión fuera de los estudios, en el Teatro Colón de Bogotá: la Novena Sinfonía de Beethoven, ejecutada por la Orquesta Sinfónica Nacional, con el patrocinio de Acerías Paz del Río.

Teresa Gutiérrez en el papel protagónico de “La abuela”. 1981, Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.Los gobiernos comprendieron, finalmente, que la televisión no podía manejarse como un apéndice de la radio y, en 1962, Guillermo León Valencia creó el Instituto Nacional de Radio y Televisión, Inravisión, en cuyo interior adquirieron cada vez mayor importancia los asuntos de la caja mágica. A partir de la propiedad estatal del espectro electromagnético, los estatutos de Inravisión aprobaron la concesión de espacios a particulares, bajo la modalidad de licitación a la que concurrían las programadoras privadas; se identificaron franjas de audiencia y se establecieron los géneros propios de ellas.

A mediados de los 60 operaban el canal 7, de cubrimiento nacional, y el canal 9, para Bogotá, que en 1967 se convirtió en Teletigre, explotado en su totalidad por la empresaria Consuelo de Montejo, en un ensayo que tampoco duró. En esa década nuestra televisión enfrentó sus primeros grandes retos como la transmisión del Congreso Eucarístico (1968) y la llegada del hombre a la luna (1969). En ese año Colombia participó en un consorcio internacional para la explotación del satélite Intelsat y para ello instaló las antenas repetidoras de Chocontá, que permanecen en su sitio, como antigüedades curiosas. Con 500.000 televisores, Colombia comenzó a ver el mundo por televisión; los noticieros recibían materiales por satélite, enviados por las agencias internacionales. En 1974 hay un televisor por cada 20 habitantes y ya no existen dudas sobre su influencia en públicos con grandes potenciales de consumo como los niños y las mujeres. A la industria de la producción de programas de televisión que, con el tiempo, se convirtió en una industria de exportación, especialmente con los dramatizados, se suma la de la producción de comerciales.

A partir de 1974 se limitó el cupo para un solo adjudicatario hasta de 25% de la programación, para evitar la concentración del medio en unas pocas manos. La televisión educativa, por su parte, se concentró en la cadena 3, dentro de condiciones técnicas y recursos que dejaron siempre mucho que desear.

La televisión como botín

Vista la televisión como un jugoso medio de influencia política, se da un esquema según el cual, durante los años 70 y 80 el gobierno de turno otorgaba los espacios, especialmente los noticieros y programas de opinión, como cuota política, para mantener una suerte de “equilibrio” informativo. La calidad de las propuestas es lo último que se mira.

¿Televisión privada?

Luego de muchos esfuerzos fallidos de la industria de la televisión para abolir el sistema de televisión por concesión, la Constitución de 1991 abrió el camino para una libertad de canales, dentro de un propósito de diversidad y pluralismo. En 1995 se expidió una ley de privatización de la televisión que, sin embargo, mantuvo el sistema mixto. El Estado hizo concesión de la explotación privada, por diez años prorrogables, a las programadoras Caracol y RCN, que pagaron 95 millones de dólares cada una por los derechos (posteriormente, tras una demanda, el Estado debió rembolsar parte de esa suma).

Y ahí vamos: una lucha sin cuartel de grandes empresas de medios de comunicación y conglomerados económicos para hacerse a canales privados, con expectativas de rendimientos económicos inimaginables hace unas décadas. Tener un lugar en la caja mágica es estar en un lugar de privilegio en los hogares, para decirle a la gente qué comer, cómo vestir, cómo comportarse y hasta qué pensar.

El cine: siempre presente  en la cultura colombiana

La primera proyección de una película en Colombia tuvo lugar el 14 de abril de 1897, en el puerto de Colón, Panamá. El espectáculo estuvo a cargo de la Compañía Universal de Variedades, e incluía números de magia, tiro al blanco y a Mademoiselle Elvira, en la danza de la serpentina.

Desde entonces, en pueblos y ciudades el público tiene su primer contacto con el cine; se proyectaron películas consistentes en “vistas”, tomas de lugares o pequeños sucesos –a veces cómicos– para el público que se contenta, sencillamente, con la magia de la imagen en movimiento. En septiembre de 1897 Ernesto Vieco, empresario de espectáculos, presentó cine, por primera vez, en el Teatro Municipal de Bogotá.
“El señor Ernesto Vieco nos ha traído esta maravilla científica a la par que recreativa. La naturaleza fotografiada cuarenta veces por segundo con sus mil variedades”. Periódico La Crónica.

En el mismo escenario, en 1907, se presentaron documentales filmados en Colombia: La vista del Bajo Magdalena en su confluencia con el Cauca, La procesión de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá y el Exmo. Sr. General Reyes en el Polo de Bogotá.

Francesco, Vicenzo y Giovanni Di Doménico. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.De Italia con amor

La historia del cine colombiano está ligada a la vida de los hermanos italianos Di Domenico, que un día de 1910 desembarcaron en Barranquilla con sus máquinas de cine. Uno de ellos, Francesco, tras obtener ganancias por 119.90, 140.40 y 89.90 dólares por tres funciones en el Teatro Municipal de dicha ciudad, exclamó: “en este país me gustaría tener un cine fijo”. En diciembre de 1912 se inauguró en Bogotá el Salón Olympia, de los hermanos Di Domenico, con capacidad para 3.000 espectadores, con la película italiana La novela de un joven pobre. Con la proyección de “vidrios” que contenían anuncios de productos, antes y después de las proyecciones, comenzaron a usarse las salas de cine para la publicidad.

Para realizar su deseo de crear una fábrica nacional de películas”, en julio de 1914 Di Doménico Hermanos creó la Sociedad Industrial Cinematográfica Latinoamericana (Sicla), que funcionó hasta 1928 para realizar “Negociaciones o especulaciones lícitas de comercio en especial que se relacionen con toda clase de espectáculos públicos, teatrales, o cinematográficos, venta o alquiler de equipos y películas”, según el recién nacido periódico El Tiempo.

Escándalo en Bogotá

Los Di Doménico exhibían películas y las producían. En 1915, lanzaron una sobre el asesinato de Rafael Uribe Uribe, con puestas en escena de la operación practicada al herido y con tomas de Galarza y Carvajal, los asesinos reales, filmados con una cámara oculta en el Panóptico. La película fue censurada: convierte en espectáculo la muerte del prócer. Pasan abruptamente a la coronación de la Virgen de Chiquinquirá con éxito total. Otro italiano, Floro Manco, produjo en 1913 el documental De Barranquilla a Cartagena, la primera película de gran metraje filmada y un cortometraje titulado Carnaval de Barranquilla.

Cartel de la película “María” de 1972. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.María en cinta

Con el estreno de María en 1921, película muda basada en la obra de Jorge Isaacs, dirigida por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro, empezó un período de gran producción de largometrajes y de conformación de empresas nacionales que buscaban consolidar una industria cinematográfica para un público urbano regular. Se presentó la primera controversia por derechos de autor en el mundo cinematográfico nacional, cuando la familia Isaacs, planteó un pleito contra la productora de la película, Valley Film. En la misma época se comenzó a realizar en Medellín Bajo el cielo antioqueño, otro hito del cine nacional.

Dos películas sobre el drama de la lepra: Como los muertos y La tragedia del silencio desataron una polémica sobre el impacto negativo de estas historias en la imagen de Colombia y en el precio internacional del café. Hacia 1927, varios accionistas fundaron en Medellín la empresa Cine Colombia, con capital de $1.500.000.oo, y con el objetivo de distribuir y exhibir películas.

Escena de la película “Bajo el cielo antioqueño”, 1925. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.El cine habla

Otros hermanos, esta vez colombianos, los Acevedo produjeron por varios años un noticiero silente y, luego, favorecieron el surgimiento de una estrella de la pantalla, Enrique Olaya Herrera, candidato liberal a la Presidencia, uno de cuyos discursos se convirtió en “la gran película parlante”. Ya nunca más Olaya se alejaría del celuloide. A su muerte, los Acevedo produjeron la cinta De la cuna al sepulcro, con una banda sonora compuesta para el film y en la que se incluyeron discursos con sonido sincrónico directo. Es la primera película sonora de largometraje en Colombia.

En Cine Colombia, Carlos Schroeder y César Estévez convirtieron los proyectores de cine silente en el Cine Voz Colombia un nuevo invento del ingenio colombiano. El Noticiero sonoro Ducrane, que estuvo en las pantallas entre 1939 y 1945, informó sobre deportes, viajes a sitios de interés turístico colombianos y recorridos por textileras, tabacaleras e industrias alimenticias.

Llega el león

La Metro Goldwyn Mayer y otras agencias norteamericanas establecidas en Bogotá, inundaron el mercado nacional y subyugaron al público con el mundo fabuloso de Hollywood. Y aunque en el año 40 fueron estrenados 8 largometrajes nacionales, ya nada pararía el impulso del cine foráneo a pesar de las innumerables estrategias aplicadas desde entonces y hasta el fin de siglo para fomentar el cine colombiano como industria. Y a la avalancha de Hollywood se sumó la de las producciones mexicanas a la que la industria norteamericana respondió con películas dobladas al español. El fracaso de Colombia Films S. A, fundada por los Acevedo en 1938 con un capital social de $50.000.oo –“por fin vamos a tener cine nacional a la altura del de Hollywood”–, fue un ejemplo del declive del cine colombiano.

Escena de la película “El amor, el deber y el crímen”, 1926. Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.Cine comprometido

El cine colombiano de los años 60 se caracterizó por producciones de buena calidad, elaboradas por directores formados en el exterior, influenciados por las nuevas propuestas europeas y enfocados en la denuncia de distintos aspectos de la realidad social, no siempre exentos de un estilo panfletario. Las cámaras se trasladaron a las minas, a los chircales y a las barriadas, pero la taquilla no favoreció a estas tendencias. En 1977 Colcultura y la Cinemateca Distrital realizaron el II Festival de Cine Colombiano: se presentaron 43 cortometrajes y un mediometraje.

Resurgimiento de los últimos años

Sin embargo, en los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI ocurrieron sucesos notables para el cine colombiano: varias películas nacionales obtuvieron reconocimientos internacionales importantes, que culminaron con la nominación al Óscar de Catalina Sandino. En las taquillas también hay cambios: Rosario Tijeras superó el millón de espectadores y se convirtió en la película más taquillera de 2005.
Para muchos es el resultado de una política de apertura al mundo en materia tecnológica y de una sintonía de los temas elegidos, con un público que observa la dolorosa realidad de su país, de su ciudad, de su barrio, en las películas, con un lenguaje cada día más cinematográfico, menos panfletario. Pero este será un tema para los nuevos historiadores del cine. ]

Bibliografía

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